British Empire Article

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina
Portada
Para el año 1914, la Argentina se había convertido en una de las mayores naciones comerciales del mundo y, según algunos, se encontraba en el décimo puesto mundial en cuanto a prosperidad. Exportaba más que todos los otros países de América del Sur juntos. Argentina era «El Dorado» agrícola del planeta.

Principalmente, fue gracias al capital británico y a la tecnología y la administración británicas —en combinación con una afluencia masiva de laboriosos trabajadores provenientes del sur de Europa— que la Argentina dejó de ser una remota zona económicamente atrasada para convertirse en el país de mayor riqueza de América del Sur, a la vez que Buenos Aires se transformaba en la ciudad más europea, y también más rica, del hemisferio sur.

Bartolomé Mitre, uno de los grandes presidentes de la Argentina que también fue historiador, escribió lo siguiente en 1905, refiriéndose a Gran Bretaña:

« …cuya influencia en todo momento ha sido beneficiosa para la suerte de la República y deberá serlo con mayor eficacia en el futuro».

Esta historia tristemente olvidada necesita volver a contarse y continúa teniendo gran relevancia en la actualidad, como se pone de manifiesto en el capítulo final "¿Y cómo es que todo salió mal?" en el cual se abordan problemas sociales, económicos y políticos que surgieron en la Argentina a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

La historia retorna a la vida gracias a los relatos de las experiencias de muchos inmigrantes británicos, que suman a este libro su toque personal. Entre estos inmigrantes se encuentran algunos antepasados del autor, varios de los cuales contribuyeron al desarrollo de la Argentina desde los inicios de la nación.

CAPÍTULO I
El nacimiento de una nación
El 25 de mayo de 1810, la población criolla de Buenos Aires, la capital del Virreinato del Río de La Plata, se rebeló. La gente se reunió frente al Cabildo —el congreso, donde se reunían los representantes elegidos por la Corona española— y exigió la renuncia del virrey y de la junta gobernante. Sus protestas fueron tan enérgicas y la clase tradicional española, que había gobernado la colonia durante alrededor de 250 años, era tan débil, que el virrey y la junta renunciaron y una junta de origen criollo se hizo con el poder.

En todo el territorio sudamericano, una clase media urbana criolla, liberal y educada, a la que los gobernantes de origen español, mayormente, le había negado el acceso a posiciones de gobierno, exigía su porción de poder. En Europa, Napoleón se había vuelto contra su aliada, España, la había invadido y había impuesto a su propio hermano como rey del resentido país. En América del Sur, esto envalentonó a los criollos y justificó sus incesantes demandas en pos de reformas que les concedieran poder.

La determinación y la potencia de estas fuerzas para el cambio fueron particularmente poderosas. Los criollos de Buenos Aires habían mostrado su fuerza en 1806 y 1807 al vencer a dos ejércitos británicos que los habían invadido. En la primera ocasión, puede argüirse que el ejército británico, de solamente 1.500 hombres, era muy poco numeroso como para que la victoria pudiera considerarse una gran hazaña. Sin embargo, en la segunda ocasión, fue un ejército entrenado y poderoso de alrededor de 11.000 hombres el que se rindió ante la tenaz población de la ciudad. Mucho de este éxito, por no decir la mayor parte, se debió a la población y la milicia local más que a los regimientos permanentes. Esta victoria extraordinaria les dio a los criollos la confianza necesaria y, por cierto también el derecho, para sostener que ellos podían gobernarse a sí mismos.

No obstante, el nuevo gobierno no renunció de manera inmediata a su lealtad con la Corona española, aunque asumió mayores competencias que las que, de ordinario, le hubieran correspondido. Las medidas que llevó adelante, tales como reducir los aranceles aduaneros en las importaciones y la abolición de la trata de esclavos, eran atribuciones que solo un gobierno independiente podía tomarse. En la práctica, la revolución de 1810 fue el paso más importante que se dio en el camino hacia la independencia. Fue la primera revolución exitosa contra España en América, si bien tendrían que pasar otros seis años antes de que la población declarara formalmente la independencia.

Aunque este movimiento fue por completo motivado y llevado a cabo por la recientemente surgida población criolla de Buenos Aires, Gran Bretaña tuvo un papel importante, en múltiples y diversas maneras, en fomentar la independencia de lo que finalmente iba a denominarse la «República Argentina». Ningún otro país hizo más que Gran Bretaña para inspirar y colaborar con esta hazaña.

La Herencia Española

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina
United Provinces of the River Plate
1820 - 1830
Para lograr un entendimiento del desarrollo social y económico del país, conocer su herencia española es de suma importancia. La conquista española de México y, posteriormente, de Perú, en los comienzos del siglo XVI, fue uno de los sucesos más temerarios y dramáticos de la historia mundial. Inicialmente, la conquista tuvo el apoyo de muchos de los pueblos sometidos, los cuales, sin duda, llegaron a lamentar su decisión al ver que los conquistadores eran explotadores aún más despiadados que sus amos anteriores. La extracción, primero del oro y luego de la plata inca, de las minas más grandes del mundo, en los altos Andes de Bolivia, diezmó las poblaciones aborígenes, que fueron obligadas a trabajar en ellas. La gran afluencia de riquezas a España se propagó velozmente por toda Europa en la forma de demandas de bienes de consumo y financiación de guerras. Esta situación desencadenó una serie de modificaciones económicas. Más tarde, América iba a proporcionar una gran cantidad de nuevos productos de origen vegetal—papas, tabaco, maíz y caucho— y finalmente, sus vastas zonas, fértiles y templadas, se volverían un imán para los colonos europeos.

Las enormes propiedades que confiscaron los españoles despojaron a la población indígena de gran parte de su tierra. El régimen inca, aunque despótico, había proporcionado una economía estructurada y eficiente, con un sistema de bienestar incorporado, que los españoles destruyeron. El sistema feudal español y las costumbres sociales españolas que este conllevaba se transfirieron a América. Se trataba de una cultura surgida de hazañas militares, fuerza masculina y actos heroicos individuales, basada en una economía de cría de ganado seminómade. Muchos de los conquistadores provenían de las regiones secas y agrestes de Extremadura, en el oeste de España, y de Andalucía, y ofrecían un contraste con los campesinos del norte de España y Europa occidental, zonas en donde el esfuerzo físico, la austeridad y la cooperación resultaban esenciales para la supervivencia, si no para el éxito. Estos dos importantes sistemas sociales y económicos jugaron un papel crucial en el desarrollo de la Argentina.

Si bien a uno pueden despertarle poca simpatía los despiadados gobernantes aztecas e incas, el trabajo forzoso introducido por los españoles se llevó a los hombres jóvenes más productivos de esas regiones y provocó la disminución, si no la destrucción, de sus comunidades. La mayoría de los que fueron obligados a trabajar en las minas no sobrevivieron. Un sacerdote franciscano inglés que trabajaba en la zona española del Río de Plata escribió en 1807: 1

«Cada Oficial tiene asignado un número de Nativos y, tan pronto estos perecen, demanda una nueva cantidad. Tal insensato sacrificio gratuito de vidas, unido a esa espantosa enfermedad, la viruela, van a terminar ocasionando su exterminio total (...) Espero que no sea pecado desear que este pueblo profundamente herido y que tanto ha sufrido logre hacer valer sus derechos y arroje a estos tiranos bárbaros de sus tierras».

El sistema económico español implicaba un control central totalmente ejercido desde España —Cádiz y Sevilla en particular— y las exportaciones e importaciones de América del Sur solo se permitían vía Lima. A las empresas españolas se les otorgaban monopolios comerciales y las importaciones estaban prohibidas o solo se permitían mediante estas empresas. La inmigración proveniente de países no hispanohablantes o de religión protestante estaba restringida y casi todos los altos cargos en América del Sur estaban ocupados por españoles originarios. Pero con la urbanización y la educación, emergió una clase criolla que iba a desafiar el sistema. Los gobernantes españoles no tuvieron en cuenta estas aspiraciones y tampoco fueron capaces de apreciar la fuerza que las impulsaba.

Sin embargo, la amenaza creciente que constituía tanto la Marina británica como los corsarios en la ruta de transporte tradicional por el Caribe obligó a España a reorganizar la administración de sus colonias y usar la ruta del sur, que pasaba por Buenos Aires, como la conexión preferida con ellas. En 1776, España estableció el Virreinato del Río de la Plata. Buenos Aires pasó a ser la puerta principal al imperio español, en lugar de Lima. Las fronteras de esta nueva colonia abarcaban las ricas zonas mineras de lo que ahora es Bolivia (en esos días, conocidas como «Alto Perú»), así como las tierras tropicales y exuberantes de Paraguay y las vastas planicies de las pampas, que incluían todo el actual Uruguay. Se trató de un cambio sustancial, que convirtió a Buenos Aires en la puerta principal, más que en la trasera, del imperio español. Proporcionó gran ímpetu al crecimiento de esta área que, hasta el momento, había sido descuidada. A partir de ahora, las exportaciones de plata se realizaban desde el sur, no ya desde el norte.

El país que ahora llamamos Argentina contaba en esos días con solo cerca de un cuarto de las dimensiones que tiene hoy. Su frontera sur distaba 43 millas (70 km) de Buenos Aires y, a grandes rasgos, para el oeste llegaba hasta los Andes de Mendoza, mientras que, al norte, un inmenso territorio con forma de U se hallaba en manos de los aborígenes.

Estas reformas reanimaron el ritmo de vida de la aletargada puerta trasera que había sido Buenos Aires. El número de buques comerciales que entraban aumentó de tan solo unos ocho por año en la década de 1750 a 80 o 90 por año en la década de 1780. Además, había gran cantidad de contrabando sin registrar, que ingresaba en Buenos Aires a través de las colonias portuguesas. La ciudad crecía también: pasó de 20.000 habitantes en la década de 1760 a 44.000 en los comienzos del nuevo siglo. El país, o al menos el puerto de Buenos Aires, estaba listo para el cambio.

Gran Bretaña Y La Argentina De La Preindependencia

La independencia es infecciosa y la libertad, contagiosa. En los siglos XVIII y XIV, Gran Bretaña era la fuente de la mayoría de las ideas y los conceptos que contribuyeron tanto a cambiar el mundo. Este periodo de «ilustración» en Gran Bretaña surgió, en parte, debido a la Reforma que aseguró que un estamento clerical reaccionario no aplastara la ciencia y, a la vez, una monarquía que había abandonado el derecho divino de los reyes, la «prerrogativa» en la cual Carlos I, con tanto desacierto, había insistido. Esto permitió que las nuevas ideas y el disenso crecieran. El Parlamento, aunque aún estaba muy lejos de ser un órgano democrático, funcionaba como un efectivo poder compensatorio ante el absolutismo, y el libre discurso prosperaba, dentro de los límites y según los estándares de la época.

Estas condiciones sociales, combinadas con una economía comercial próspera, posibilitaron el desarrollo de innovaciones técnicas y de ideas políticas avanzadas. En consecuencia, la sociedad de Gran Bretaña —y la Londres en particular— se transformó en la más abierta de Europa y, por cierto, también del mundo, y el país pasó a ser un centro para intelectuales disidentes y para los que buscaban asilo político.

Muchos de estos llegaban de América Latina, donde habían estado buscando independizarse de España. Contaban con los modelos políticos de republicanismo tanto de Francia como de los EE. UU., y también con el de la monarquía constitucional de Gran Bretaña, que tuvieron la posibilidad de estudiar y debatir. Si bien al final, comprensiblemente, los latinoamericanos optaron por la solución republicana, hubo un sorprendente gran número de personas, entre las que se incluye quien más tarde sería un héroe nacional, el general San Martín, que argumentaron a favor de alguna forma de monarquía constitucional.

El otro gran asunto ideológico tenía que ver con la economía: libre comercio contra mercantilismo. En este punto, las ideas de Adam Smith ganaban fácilmente. Aparte de tener el mérito de posibilitar que prosperara tanto la iniciativa como la energía individual, el libre comercio servía para socavar el poder político y económico monopólico de las clases dominantes españolas en España y América del Sur y, a la vez, proporcionaba productos de mejor calidad y menor costo para los consumidores.

Sudamericanos En Londres

Hubo una buena cantidad de sudamericanos que visitaron Gran Bretaña, o que pasaron algún tiempo allí, y que se entusiasmaron con las ideas de libertad e independencia. San Martín, Belgrano, Rivadavia y Moreno se encuentran entre los argentinos prominentes que jugaron papeles cruciales en el movimiento por la independencia y que vivieron o visitaron Gran Bretaña y resultaron fuertemente influenciados por las ideas liberales. El latinoamericano más importante, más pintoresco y finalmente, el más efectivo, sin embargo, fue Francisco Miranda, un originario de Caracas cuya trayectoria es impresionantemente rebelde. Fue general del Ejército francés y luego estuvo en Rusia, a las órdenes del zar, donde se rumoreó que era amante de Catalina la Grande. Al final, escapó a Londres, donde pasó muchos años y tuvo considerable éxito en persuadir a Gran Bretaña para que apoyara los movimientos independentistas en América del Sur.

La clase política británica, con quien Miranda desarrolló una estrecha relación laboral, estaba deseosa de que prosperaran países independientes en el continente, si bien su motivación era puramente comercial, no ideológica. Se pensaba que esta rica fuente de oro y plata, que había sido celosamente controlada por España, tenía un enorme potencial para los exportadores británicos. Además, lograr un debilitamiento del poder político y económico de España, un rival internacional de larga data, era el objetivo de cualquiera de las grandes potencias. El Tratado de Utrecht con España en 1713 le presentó a Gran Bretaña la perspectiva de abrir algunos mercados españoles en el Caribe y América del Sur, principalmente a través de la provisión de esclavos y en el recordado auge previo al estallido de la burbuja de la South Sea. (La South Sea Company había esperado obtener derechos comerciales lucrativos con América del Sur y creyó, erróneamente, que las ganancias de la trata de esclavos serían enormes. Los especuladores invirtieron fuertemente en las acciones de la compañía, que se derrumbó de manera espectacular en 1720).

La posterior derrota de Francia ante Gran Bretaña en la Guerra de los Siete Años (1756–1763) significó que no quedaron rivales serios para la fuerza naval de Gran Bretaña. En cuanto a los reparos morales sobre socavar el poder de España mediante el fomento de la independencia de sus colonias, se trataba de una estrategia de vieja data de la que se servían todos los poderes internacionales; una estrategia que España misma había utilizado al apoyar a los colonos norteamericanos contra Gran Bretaña.

Miranda había logrado persuadir a Gran Bretaña de que proporcionara apoyo logístico y financiero secreto a los rebeldes de América del Sur para transportarlos a la costa norte de América del Sur, en el entendimiento de que un gobierno independiente en lo que se llamó Nueva Granada (y que corresponde, a grandes rasgos, a los actuales Colombia, Venezuela y Ecuador) abandonaría el monopolio comercial español. Gran Bretaña estaba apoyando la invasión de Miranda en el norte de América del Sur, la cual resultó fallida, en más o menos la misma época en que el comandante Home Popham (ver más abajo) montó su propia invasión del Río de la Plata. También había otros planes secretos para atacar la zona del Río de la Plata y hasta las colonias de la costa del Pacífico. Sin embargo, la mayoría de estos planes no eran una prioridad y cuando España se convirtió en aliada de Gran Bretaña, ante la invasión de Francia en 1808, dichos proyectos fueron, suponemos, aplazados de mala gana.

Además de ejercer presión sobre el Gobierno británico, los liberales de América del Sur en Londres fueron introducidos a una valiosa sociedad secreta. Se cree que fue Miranda quien los convenció de la utilidad de pertenecer a logias masónicas. Estas eran sociedades secretas ideales a las cuales se incorporaron muchos patriotas. Las logias proporcionaban un valioso foro para debatir y establecer contactos sin la vigilancia del Estado y de la Iglesia Católica Romana. Aunque la Iglesia Católica prohibió las logias y algunos gobiernos las condenaron y persiguieron, estas jugaron un papel importante en América del Sur al posibilitar que los intelectuales rebeldes conspiraran juntos. En realidad, la primera logia había sido introducida en Buenos Aires por el encargado británico de la «factoría» de esclavos en virtud del Tratado de Utrecht en la primera mitad del siglo XVIII. Estas sociedades se establecieron más firmemente durante la primera invasión británica. Posteriormente, la mayoría de los líderes liberales participaron en ellas, que suministraron un foro secreto de incalculable valor para que los patriotas planificaran la independencia.

En términos de ideas y organización, por lo tanto, Gran Bretaña tuvo una importante función en lo que se refiere a la difusión de las ideas y al apoyo a los muchos jóvenes que iban a liderar la rebelión contra España.

La Participación Militar De Gran Bretaña En El Río De La Plata

El 24 de junio de 1806, un grupo de gauchos que arreaban ganado en las orillas del Río de la Plata se sorprendieron al ver una flota de barcos anclada en alta mar. Se precipitaron a la cercana capital a fin de contarle al virrey sobre estos visitantes. El virrey desestimó lo que vieron diciendo que probablemente se trataba de «contrabandistas». Estaba equivocado: era una flota británica a punto de desembarcar 1.500 soldados y tomar Buenos Aires.

La decisión de atacar la parte más vulnerable del imperio español la había tomado el Comandante Home Popham, quien había sido el almirante a cargo de la flota enviada a tomar Ciudad del Cabo del control de los holandeses. Esto lo habían logrado con bastante facilidad. Entonces, el comandante se aseguró el apoyo, aunque renuente, del general Baird —que estaba a cargo de las fuerzas terrestres— para que desviara algunas de sus tropas hacia el Río de la Plata. Las tropas estaban bajo el mando del general Beresford, quien posteriormente se convertiría en héroe, en la Guerra Peninsular. El Gobierno británico no estaba en conocimiento del ataque a Buenos Aires y, desde luego, no lo había autorizado.

Si bien la iniciativa de Popham, rara en los anales de la historia militar británica, puede haber parecido extraordinaria, para él valía la pena correr el riesgo. Popham sabía lo que estaba haciendo porque algunos años antes había elaborado, junto con Francisco Miranda, el plan de montar una invasión para liberar la parte norte de América del Sur. Este plan había sido acordado en secreto con el primer ministro, William Pitt, pero había quedado pospuesto cuando se les había tenido que dar prioridad a otros asuntos importantes. Por otra parte, tanto si Popham lo sabía como si no, esta idea se estaba reactivando a la vez que se elaboraba otro proyecto muy secreto para que la flota de la Marina Real tomara los puertos de Valparaíso y Lima, en el Pacífico. Este proyecto extraordinario —tanto que algunos hasta podrían calificarlo de loco— fue muy impulsado debido a la búsqueda desesperada del Gobierno británico de puntos de venta para su comercio, ya que Napoleón había cerrado los mercados europeos para Gran Bretaña. Por lo tanto, Popham era muy consciente de que, en principio, era poco probable que el Gobierno se opusiera al uso productivo de recursos que, de lo contrario, no se aprovechaban en su totalidad (siempre que tuviera éxito). Su resolución fue, casi con seguridad, reforzada por la captura de un práctico escocés en un barco mercante español, cuando se dirigía a Ciudad del Cabo. Este práctico había trabajado durante años en el Río de la Plata. La inteligencia obtenida confirmó que Buenos Aires se hallaba defendida solamente a la ligera y que la mayoría de los habitantes no estaban contentos con el dominio español y darían la bienvenida a un cambio. Aún más lo entusiasmó la noticia de que un cargamento de plata con un valor de un millón de dólares se encontraba en Buenos Aires a la espera de ser transportado a España. El Gobierno británico alentaba las iniciativas privadas que podrían conducir a ganancias financieras y, con este fin, otorgaba a los iniciadores una parte del botín. Sería más que sorprendente que este factor no hubiese sido crucial en la decisión de emprender tal aventura no autorizada.

Popham debe haberse deleitado y aliviado con la apuesta cuando, el 27 de junio 1806, el general Beresford capturó esta ciudad española clave con la pérdida de un solo hombre. Había existido una ligera oposición, pero el virrey había huido, junto con el tesoro Al tomar posesión de la ciudad, Beresford aseguró a la población que no iba a interferir con su religión o con el gobierno interno del país y que respetaría la propiedad privada. Decretó que se levantaran las restricciones comerciales a las importaciones extranjeras (es decir, británicas) y despachó una pequeña tropa de caballería para capturar el tesoro. La tropa logró su cometido con bastante facilidad y regresó triunfante con el tesoro.

Beresford llevó a cabo su promesa de devolver todos los fondos privados a sus dueños, un acto de extraordinaria contención y honestidad por parte de un general victorioso. El tesoro restante fue enviado rápidamente a Londres, donde, tres meses más tarde, se exhibió con orgullo por las calles. Fue valuado en 270.404 libras esterlinas, 9 chelines y 6 peniques. De acuerdo con las normas de captura, y solo después de una furiosa objeción legal por parte de Popham, el general Baird, que no había estado para nada cerca del Río de la Plata, recibió £23.990 y Beresford £11.995. A un indignado Popham se le concedieron solamente £6.000 y cada soldado y marinero recibió la magnífica suma de £18; un sistema de asignación muy desconcertante.
Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina
Buenos Aires - 1767 + 1825

El mayor Gillespie, ayudante del general Beresford, escribió un espléndido relato con información «desde adentro» sobre la invasión. Cuenta que la recepción del ejército británico en Buenos Aires estuvo lejos de ser desfavorable: 2

«En los balcones de las casas se alineaban ejemplares del bello sexo, que sonreían dando su bienvenida y no parecían en lo más mínimo disgustadas con el cambio. Los hombres se mostraban muy reservados y austeros, con maneras propias de caballeros; por su parte, las damas compensaban ampliamente esta actitud con su charla animada, la dulzura más fascinante y con lo que nunca falla en su objetivo: el deseo de agradar». Todo esto resulta muy confuso, ya que este no es el tipo de reacción que uno espera de un invasor o, de hecho, de los conquistados.

Sin embargo, se percibía menos amabilidad en una taberna donde Gillespie se sentó a comer a una mesa con algunos oficiales españoles (así se debían abrir nuevos caminos para la reconciliación después de una batalla) con quienes había estado en combate un par de horas antes. Gillespie, quien parece ser bastante perspicaz, nota que:

«Una mujer joven y bella que nos estaba atendiendo tenía una profunda arruga en la frente (...) Ansioso por asegurarme de que esto no se debía a que voraces extranjeros le habían pagado una retribución inadecuada, le rogué que nos hiciera conocedores de la causa de su disgusto con toda franqueza. Luego de agradecernos, se volvió hacia sus compatriotas y dijo: “Me hubiese gustado que los caballeros nos hubieran informado antes de sus cobardes intenciones de entregar Buenos Aires, porque me jugaría la vida a que si las mujeres lo hubiéramos sabido, habríamos hecho retroceder a los ingleses a piedrazos”».

Luego de esta manifestación, volvió a mostrarse encantadora y de buen humor. Gillespie continúa contando que, luego de que finalmente se produjera la rendición británica, 47 días después, el tabernero suministró comida y ropa a los soldados e incluso les dio dinero cuando lo necesitaron.

La vida social rara vez ocupa un lugar destacado en las memorias militares pero este relato no carece de instancias sobre ella. El período durante el cual Gran Bretaña controlaba Buenos Aires parece haber sido muy agradable para los vencedores y, de hecho, para algunos de los vencidos, ya que Gillespie nos cuenta:

«Era invierno cuando éramos los señores de Buenos Aires, donde cada noche se ofrecían tertulias o bailes (...) Allí todas las mujeres acudían sin ceremonia, usando largas capas (...) Los valses estaban a la orden del día».

El general Monckland, un miembro del ejército derrotado, también parece haber disfrutado bastante, ya que encuentra tiempo en sus memorias para entretenernos con dos páginas sobre los encantos de las mujeres locales. En resumen, opina: «Nunca vi mujeres con más gracia y belleza».

Está claro que había una rica veta social de clase media en la que se introdujeron sin inconvenientes. No obstante, esta estrecha relación se extendía más allá de solo lo social, ya que Gillespie registra:

«Casi todas las noches después de que oscurecía, uno o más ciudadanos criollos acudían a mi casa para ofrecer voluntariamente su lealtad al Gobierno británico y lo avalaban estampando su nombre en un libro. El número finalmente ascendió a cincuenta y ocho, y muchos otros podrían haber seguido, pero se contuvieron por desconfiar de lo que podría suceder en el futuro».

Este valioso libro parece haber desaparecido, quizás por fortuna para quienes lo firmaron, y no figura en ningún registro de historia conocido. Gillespie nos cuenta, al final de su relato, que tres de los firmantes participaron de la junta de la revolución de 1810.

Otra perspectiva espléndida de la vida social es su testimonio de haber sido invitado a un almuerzo ofrecido por un tal Capitán Belgrano y su esposa. Lamentablemente, no reproduce su conversación, ya que su anfitrión iba a jugar un papel clave en el movimiento por la independencia, pero el menú resulta bastante impresionante:

«...veinticuatro platos; el primero fue sopa, luego bouille y una sucesión de patos, pavos y todo lo que crece en el campo, con un gran plato de pescado como cierre (...) Los vinos de Mendoza circulaban libremente mientras disfrutábamos de nuestros cigarros y la señora de la casa nos entretenía con hermosas canciones inglesas».

Sin embargo, mientras los invasores, o como mínimo, los oficiales, disfrutaban de una vida social increíblemente animada, los comerciantes españoles y el clero incitaban al pueblo para que los expulsara. Según Emilio Fernández-Gómez, 3 el clero urgía a su inculta congregación a levantarse contra «los herejes» mientras los comerciantes españoles reorganizaban a las tropas. También existieron fuertes contingentes de patriotas, sin lugar a dudas indignados y humillados por esta «liberación», que tuvieron un rol crucial en la resistencia que se estaba organizando.

Parece haber habido muchas deserciones en el ejército británico. No se sabe si esto se debió a la inmensa cantidad de carne de la que disponían, a encantos femeninos o incluso a sobornos que se les hubieran ofrecido para desertar. El general Whitelocke, que estuvo a la cabeza de la segunda oleada, en 1807, comenta:4

«Más de 170 hombres se han pasado al enemigo antes de mi llegada a Montevideo y desde entonces, más soldados se han familiarizado con la abundancia que brinda esta tierra y la facilidad para adquirirla: la tentación es irresistible».

Es altamente probable que, al final, varios cientos de tropas, mayormente irlandesas, desertaran.

Como consecuencia de la reorganización de las tropas españolas realizada por Liniers —un francés dinámico que había servido a la administración española por muchos años y que se hizo cargo del mando al huir el deshonrado virrey— junto con la milicia patriota criolla y el apoyo entusiasta de los ciudadanos, se llevó a cabo un contraataque contra los británicos. Después de algunos enfrentamientos limitados, las tropas del general Beresford se vieron desbordadas y, con sensatez, capitularon. Una de las condiciones que exigieron fue que las tropas fueran repatriadas. Aunque Liniers aceptó estos términos, la oposición popular fue tal que no pudo cumplir este acuerdo y las tropas humilladas fueron enviadas al interior, donde no pudieron participar en el segundo ataque que se esperaba. Gran Bretaña había controlado la capital por solo 47 días.

Mientras tanto, en Londres, la sorpresa inicial de la invasión no autorizada se transformó en emoción cuando se anunció la victoria y apareció el tesoro. No obstante, se cayó en cuenta de que las tropas que se hallaban en Buenos Aires eran insuficientes para controlar una población de 44.000 personas, por lo que se envió un contingente a toda prisa desde Ciudad del Cabo, mientras que quienes iban rodeando el Cabo de Hornos con el loco plan de atacar a Chile fueron redirigidos al Río de la Plata. Se conformó entonces un formidable ejército de 11.000 hombres bajo el mando del general Whitelocke. Tal era la emoción ante la idea de estos nuevos mercados que los comerciantes británicos fletaron 70 barcos, sí, 70, para seguir a la flota. Rara vez puede verse de manera tan descarada, o tal vez tan sincera, el autointerés comercial como el propósito de una acción militar.

John Robertson, que era hijo de un comerciante y acompañó a los comerciantes británicos, explica este entusiasmo con cierto encanto:5

La segunda invasión, 11 meses después de que Beresford se hubiera rendido, fue precedida por un ataque a Montevideo, en el otro lado del estuario, ciudad que fue tomada después de algunos combates bastante feroces. Sin embargo, el posterior ataque a Buenos Aires, el 1 de julio de 1807, fue desastroso para las tropas británicas. Su marcha por calles largas y estrechas, divididos en tres columnas y con rumbo al centro de la ciudad —inicialmente con órdenes de no responder con fuego— tuvo como resultado pérdidas devastadoras. Como muchos generales han aprendido, para intentar tomar una ciudad donde uno se enfrenta a la oposición popular hace falta crueldad o gran habilidad. Whitelocke no contaba con ninguna de estas características. La resistencia fue feroz y las bajas, espantosas. De la fuerza de ataque de alrededor de 7.000 hombres (el resto se mantuvo en reserva), 401 fueron muertos, 656 heridos y 1.831 tomados prisioneros: un índice de bajas aterrador.

Whitelocke, rechazando una invitación para cenar con los vencedores, a quienes calificó como «una chusma», accedió a una capitulación humillante, que incluía la retirada de Buenos Aires y Montevideo. Un historiador militar británico describe esta misión como «una de las campañas más vergonzosas librada por un ejército británico».6

Si bien el índice de bajas fue elevado, ningún historiador militar ha explicado por qué tantos se rindieron. De hecho, los británicos también habían capturado 1.000 soldados locales. Tanto si esto se debió a que quedaron atrapados sin otra opción que rendirse o si descubrieron que estar bajo fuego no era tan bueno como se pretendía, el hecho es que lo que sucedió nunca ha sido explicado. Uno sospecha que las afirmaciones de una señora local, quien dijo que había capturado a 12 soldados británicos encerrándolos en su casa después de que habían entrado a pedir agua, indican un deseo prudente por parte de los soldados de evitar peligros externos más que una muerte segura en las calles estrechas. Esta señora le pidió al general español si dos de los soldados podrían quedarse, porque ella quería que se casaran con sus hijas. Se les concedió el permiso.

El desastroso final de esta aventura arrojó a los mercaderes a paroxismos de furia. «Cobardía, traición, incompetencia», fueron solo algunas de las palabras más corteses que utilizaron para expresar su desesperación y desprecio por el fracaso que semejante cuerpo de tropas entrenadas desplegó para la captura de Buenos Aires y por su rendición ante un «ejército de chusma».

A su regreso a Inglaterra, Whitelocke tuvo una corte marcial y fue expulsado del ejército. No podemos más que sospechar, sin embargo, que incluso si se hubiera tratado de un general realmente competente, y si se hubiera seguido una estrategia diferente, la invasión igual habría fracasado. Fue prematura en la medida en que no había suficiente apoyo local criollo. Si se hubiera dejado claro desde el principio que la intención de Gran Bretaña era libertar al país, podría no haber habido tanta oposición. Beresford le escribió a Miranda después de la toma de Buenos Aires, lo que sugiere que él se podría haber unido a ellos, pero la carta llegó demasiado tarde. No obstante, la hipótesis de que los liberales criollos les habrían quitado el control a los españoles, de tener la posibilidad, es muy discutible. Aún no tenían ni influencia ni poder suficientes y, de ocurrir la liberación, como muchos ejércitos han descubierto, no siempre los libertadores reciben el agradecimiento esperado de los liberados.

La partida de los británicos dejó sorprendentemente poco resentimiento, ya que los soldados se habían mezclado bien con la gente o, por lo menos, con las clases medias. Aquí está lo que John Robertson dice de su estancia en Montevideo:7

«Me sorprendió la amabilidad de la gente a pesar de que los ingleses habían sido sus enemigos y conquistadores recientes. Fui invitado a tertulias y una vez que uno era invitado a una casa, “esta es su casa” (en español en el original), podía llegar en cualquier momento y disfrutar de una mezcla de música, bailes, café, risas y conversación. Yo admiraba a las damas por sus atractivos personales, sus atuendos de gala, su fluidez de palabra y la soltura con que se desenvolvían».

Aún más extraordinario fue el banquete de despedida ofrecido por los principales ciudadanos de Montevideo en honor al coronel Gore Browne y Sir Samuel Auchmuty, los conquistadores británicos que luego administraron la ciudad, en la que tuvo lugar el siguiente discurso:

«Les brindamos nuestro más cálido agradecimiento a los dos por su generosidad, paciencia y lenidad, así como por los esfuerzos incesantes que realizaron para disminuir los sufrimientos y miserias de la guerra (...) en los primeros momentos de confusión se cometieron algunos excesos insignificantes, pero los autores fueron castigados públicamente. A las familias se las trató con el máximo respeto. El orgullo de las tropas victoriosas que habían conquistado una ciudad, y penetrado a sangre y fuego, se suprimió en un momento y la exultación se redujo hasta transformarse en calma y tranquilidad. En ningún momento desde ese periodo causaron la menor perturbación. Nuestra memoria siempre guardará el recuerdo de Sir Samuel Auchmuty y el de usted mismo como el de personas muy queridas para nosotros. Para ambos, nuestro más sincero agradecimiento y elevaremos nuestras oraciones para que toda la felicidad y las bendiciones que merece su virtud enaltecida acompañen sus pasos».

Uno se pregunta cuántos generales derrotados y en retirada de la historia se marchan con un elogio semejante. Pero dejémosle la última palabra al gran presidente argentino e historiador, Bartolomé Mitre:

«El inmenso progreso de la idea de la emancipación tuvo sus únicos orígenes en la profunda agitación que produjeron en el aletargado pueblo colonial las dos invasiones inglesas al Río de la Plata».

Las Consecuencias

Contamos con poca información sobre los varios cientos de comerciantes que con tanto optimismo habían navegado con la escuadra y solo nos queda suponer que lamentaron su decisión. Pero en cuanto a la población local, de repente inundada de mercadería, la cosa debe haberse sentido como si fuera navidad, y esto sin duda fortaleció su convicción respecto a los beneficios del libre comercio. Alrededor de 40 comerciantes parecen haber decidido quedarse e ir vendiendo sus mercancías a lo largo del tiempo. Todavía andaban por ahí en 1810, ya que virrey español propuso expulsarlos y los locales no creyeron que fuese una buena idea.

Por increíble que pueda parecer, Fernández-Gómez8 ha descubierto un memorándum de Lord Castlereagh, el entonces Ministro de Relaciones Exteriores, con fecha del 21 de diciembre de 1807, que propone un tercer y último esfuerzo por capturar Buenos Aires, esta vez con la intención más inteligente de crear un estado independiente. Para ello se propone aportar 7.000 fusiles, un millón de rondas de municiones y una buena cantidad de otro equipamiento con el que armar una milicia local. La expedición iba a estar compuesta por 8.000 hombres y él ofrece una lista de los equipos necesarios para ellos. Lord Wellesley iba a estar al mando. Afortunadamente, esta extraordinaria nueva empresa fue frustrada por un levantamiento popular en Madrid contra los franceses en 1808 y Gran Bretaña se encontró, de repente, con que España era su aliada. Esta situación llevó a Gran Bretaña a tomar la decisión de reorientar sus esfuerzos militares para ayudar a España contra Francia y, por lo tanto, las tropas comandadas por Wellesley fueron desviadas a Portugal.

Fernández-Gómez afirma, sin embargo, que los suministros militares fueron puestos a disposición del nuevo Gobierno en Buenos Aires, lo que le permitió a este montar sus campañas militares en el Alto Perú (la actual Bolivia) y en contra de los españoles en Montevideo. «La historia de la financiación de la revolución de mayo», dice Fernández-Gómez, «aún no se ha escrito»; sin embargo, está claro que Gran Bretaña tuvo algo que ver. Después de 1810, Gran Bretaña brindó toda la ayuda que pudo, con discreción, a la causa de la revolución y proporcionó pasajes para Buenos Aires a varios rebeldes. Entre ellos, los más prominentes fueron Moreno, San Martín y Belgrano.

La Creación De Una Nueva Nación

La euforia inicial de la revolución de 1810 se disipó gradualmente cuando los habitantes del interior se opusieron al poder y el liberalismo de los ciudadanos de Buenos Aires. La rica zona de minas de plata del Alto Perú, finalmente se separó del nuevo estado, al igual que el paraíso tropical, fértil y aislado, de Paraguay, mientras que lo que hoy es Uruguay se convirtió en un territorio en disputa debido a que Montevideo estaba controlado por fuerzas leales a España.

Mientras que las dos primeras pérdidas regionales significaron una decepción, si no un desastre en el caso del Alto Perú, ninguna se trataba de una amenaza para el Estado independiente, como sí lo era el control español en Montevideo. Esta era una ubicación estratégica que podía convertirse en una posta para que España reconquistara Buenos Aires, como era su intención, mediante el envío de una flota desde el país de origen. Desde hacía algún tiempo, Montevideo había estado sitiada sin éxito por un ejército patriota de Buenos Aires. Se encontraba bien defendida por unos 6.000 hombres, 220 cañones y una escuadra de más o menos 13 barcos.

No solo esta base significaba una amenaza, sino que los españoles también habían derrotado una pequeña flota patriota y en 1814 habían ocupado Martín García, una isla clave en el estuario del Río de la Plata, lo cual provocaba severas interrupciones en el comercio fluvial con el interior.

Había que hacer algo para eliminar esta amenaza. El nuevo Gobierno se volvió hacia Guillermo Brown, un comerciante irlandés local, que había adquirido amplia experiencia naval en América del Norte y, más recientemente, en la Marina británica, para la que había sido reclutado a la fuerza. Había sido capturado por los franceses, de quienes había escapado, y se había involucrado en el comercio con el Río de la Plata. Como estaba establecido con una familia en Buenos Aires, el Gobierno le solicitó que organizara una flota para enfrentar a la poderosa armada española que bloqueaba la ciudad.

Era un organizador excepcionalmente bueno y un comandante naval imaginativo y audaz. Consiguió armar una flota de ocho barcos, aunque solo cinco de ellos tenían 15 cañones o más. Los dos más grandes tenían 36 y 18 cañones. El número total de armas de fuego de su flota era de 113, contra una flota española de 13 barcos con 150 armas de fuego.

El primer ataque fue contra los españoles de Martín García; después de una dura batalla, la bandera nacional se elevó sobre la isla. Grandes fueron las celebraciones en Buenos Aires.

Dos meses más tarde, Brown enfrentó la flota más grande y la derrotó. De esta forma, Montevideo quedó por completo bloqueada tanto por mar como por tierra y, finalmente, se rindió. La pérdida de esta base disuadió a los españoles de despachar una flota desde España para reconquistar Buenos Aires, y en lugar de ser enviada al sur, dicha flota fue redirigida al Caribe.

Por fortuna, Fernández-Gómez ha realizado una detallada compilación de los que lucharon y murieron por la causa. Relata que el primer soldado que desembarcó en la isla Martín García fue el mayor Richard Baxter, quien dirigía a unos 350 atacantes, la mayoría de los cuales eran irlandeses. Cuando las cosas se pusieron difíciles, y como era el día de San Patricio, se inspiró e hizo que el gaitero y el tambor tocaran la marcha irlandesa St. Patrick’s Day in the Morning. Las tropas tomaron la fortaleza y la bandera nacional fue izada por el teniente Jones, un oficial de una pequeña embarcación que no se enumera a continuación. Las bajas sufridas por los atacantes fueron graves: 110 en total «la mitad de los cuales eran extranjeros». El vicealmirante, un norteamericano llamado Frank Seaver, estuvo entre las víctimas.

Pero, ¿cómo fue posible que la batalla naval posterior fuera tan exitosa para un país sin tradición naval? De hecho, casi todos los oficiales eran británicos y la gran mayoría de los marineros también. La mayor parte de ellos había servido en la Marina británica y luchado en la batalla de Trafalgar.

Y, como cualquier niño de escuela sabe, los marineros británicos eran entrenados para disparar sus armas cuatro o incluso cinco veces más rápido que sus rivales. Los marineros habían sido reclutados por el Gobierno como mercenarios, y de ninguna manera tenían autorización o apoyo del Gobierno británico, que en ese momento no quería molestar a España. La siguiente es una lista de los oficiales británicos (y otros dos marineros, que perdieron la vida) de los barcos que participaron de la batalla:

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina

Fernández-Gómez menciona 27 oficiales navales y otros marineros británicos pero, por razones de espacio, solo enumeramos 12. En total, seis perdieron la vida, incluidos los cuatro cuyos nombres llevan un asterisco. La flota también contaba con 250 marineros; y muchos, si no la mayoría de ellos, eran irlandeses, comandados por un francés, el capitán Martin Jaume.

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina

Además, había tres pequeñas embarcaciones con 3, 4 y 5 cañones cada una, todas comandadas por oficiales británicos.

Fernández-Gómez registra que, excepto por el vicealmirante Seaver (EE. UU.) y Pablo Zufriategui (local), los 52 oficiales que comandaban la flota eran británicos. Lamenta que la posteridad no haya tenido en cuenta los sacrificios realizados por los hombres que tuvieron una participación tan importante en esta batalla crucial, que consolidó la creación de la Argentina. La rendición de Montevideo llevó al general San Martín a manifestar: «La caída de Montevideo asegurada por el cerco naval fue la mayor obra de la revolución».9 Esta importante victoria se celebra todos los años como el día de la Marina Argentina.

Ayuda Militar Británica

Para las guerras de la independencia, en el norte de América del Sur se reclutaron varios millares de soldados británicos con el propósito de que ayudaran a Simón Bolívar. Estas tropas tuvieron un papel preponderante en las principales batallas por la independencia. En contraste, fueron muy pocos los soldados británicos reclutados para luchar en el ejército contra España en la parte austral de América del Sur. Hubo, no obstante, algunos oficiales principales que acompañaron a San Martín en Chile y Perú y que tuvieron roles decisivos en las batallas contra el ejército español.

El de mayor importancia fue Guillermo Miller, quien, a la edad de 27 años, ya había sido nombrado general y estuvo cargo de la extraordinaria función de comandar las caballerías argentina, chilena y peruana en la última gran batalla por la independencia en Ayacucho, en las altas montañas de Perú, en 1825. San Martín le dijo: «Con cuatro más como usted, habríamos terminado esta lucha con España hace dos años».10 Fue un líder ejemplar, un espléndido general de guerrillas, y al final y muy brevemente, un buen administrador. Thomas Hudson ha escrito una excelente biografía sobre su persona.11

El general John O’Brien fue otro soldado irlandés que sirvió en la causa patriota desde 1813. Luchó a las órdenes de San Martín en la mayor parte de las batallas que se libraron desde Chile hasta Perú. Era un edecán clave y se le confiaron muchas tareas de importancia. Una de ellos fue llevar de regreso a Buenos Aires las banderas españolas capturadas cuando Lima se rindió. Fue uno de los británicos que participaron en la liberación del país cuya contribución no fue olvidada, ya que cuando falleció en Lisboa en 1861, sus restos fueron trasladados a la Argentina, donde se lo sepultó en el Panteón de los Héroes.

James Paroissen también jugó un papel esencial en la campaña épica de San Martín en Chile y Perú, principalmente como cirujano, pero también como contacto diplomático entre San Martín y el Gobierno británico. Fue uno de los primeros extranjeros a los que se le otorgó la nacionalidad argentina, ya en 1810, por sus valiosos servicios médicos.

La contribución de los extranjeros experimentados fue inmensamente valiosa para hombres como San Martín y Bolívar; además de que aportaban su experiencia, no se esperaba que tuvieran vínculos políticos con ningún grupo local y, por lo tanto se podía confiar en que brindarían su mejor consejo, no contaminado por lealtades políticas o personales. De hecho, Bolívar, en su último agradecimiento a Guillermo Miller, que había luchado tanto sus órdenes como a las de San Martín, expresamente declaró que uno de sus grandes logros era el haberse mantenido al margen de las cuestiones políticas que eran tan frecuentes en la vida militar.

Se conocen muy pocos soldados rasos británicos, con excepción de un grupo que se unió al ejército de San Martín en Mendoza. Se trataba de soldados que, después de las derrotas en 1806 y 1807, decidieron quedarse en el país. La mayoría habían sido enviados a la lejana Mendoza, para estar seguros de que no se sumarían al segundo ataque, y no es difícil entender por qué decidieron quedarse en este encantador pueblo al pie de los Andes. Sus canales de riego producían buenos vinos y un amplio suministro de alimentos, el clima era agradable y, para la mayoría de los soldados sin ataduras, el establecerse en un entorno tan espléndido era una decisión acertada. Lo que interesa es que, 12 años después de haberse rendido en 1806, 48 de estos soldados se ofrecieron como voluntarios para unirse al ejército de San Martín como compañía de caballería ligera, sus lealtades firmemente unidas a su nuevo país. Si bien sus nombres están todos registrados en los archivos históricos, no hay constancia de si esta unidad participó en la liberación de Chile, aunque en las memorias de Guillermo Miller aparecen los nombres de varios soldados británicos que lucharon en la batalla de Maipú, la primera victoria de San Martín en Chile.

Durante las invasiones, los británicos se habían comportado con mucha disciplina y, después de rendirse, parecen haber sido tratados tan adecuadamente como se podría razonablemente esperar. A pesar de las invasiones, la presencia británica —sin duda mayormente a causa de las enormes ventajas comerciales que creó y a su superioridad naval, que protegió eficazmente al nuevo país contra España— siguió siendo popular entre los criollos liberales, por lo menos, y Gran Bretaña se convirtió en el principal socio comercial de la Argentina después de España. Así que no sorprende encontrarse con que los comerciantes británicos se establecieron en Buenos Aires después de las invasiones y, sobre todo, una vez que se permitió un comercio más libre.

Seis años después de la destitución del virrey español en 1810, el 25 de julio de 1816, en la pequeña ciudad de Tucumán, ubicada en el centro del territorio, se convocó a un congreso en el que formalmente se decretó que este nuevo país era independiente de España.

En Retrospectiva

El movimiento independentista surgió de un levantamiento criollo liderado por el pueblo de Buenos Aires. Gran Bretaña participó través de sus ideas, su ejemplo, el efecto pernicioso de las invasiones, la ayuda proporcionada por los marineros británicos —y en menor medida por los soldados— y el apoyo logístico brindado a los patriotas. Sin embargo, estos aportes fueron de vital importancia para alentar la emancipación, colaborar con su consecución y consolidar la independencia de este país que, posteriormente, se convertiría en la Argentina.

Referencias del capítulo I

1. Davie, J. C. Letters from Paraguay. Londres: G. Robinson, 1805.
2. Gillespie, A. Gleanings and Remarks Leeds, 1818.
3. Fernández-Gómez, E. M. Argentina: Gesta Británica (cinco vol.). Buenos Aires: L.O.L.A., 1993, 1998, 2004
4. Fletcher, I. The Waters of Oblivion: the British invasion of the Río de la Plata, 1806–1807. Stroud: Spellmount, 2006.
5. Robertson, J. P. y W. P. Letters on South America (tres vol.). Londres: John Murray, 1843.
6. Fletcher, I., op. cit.
7. Robertson, J. P. y W. P., op. cit.
8. Fernández-Gómez, E. M., op. cit.
9. Fernández-Gómez, E. M., op. cit.
10. Miller, J. Memoirs of General Miller Londres: Longmans, Rees, Orme, Brown and Green, 1829.
11. Hudson, T. N. The Honourable Warrior: the Career of General William Miller. Edinburgh: Pentland, 2001.

CAPÍTULO II
El comercio en los años posteriores a la independencia 1810 a 1862
«El gaucho anda por todos lados vistiendo ropas de algodón. Tome el equipo completo, examine todo lo que lleva el gaucho y verá que lo que no es de cuero crudo, es británico. Si su mujer tiene un vestido, apuesto diez a uno a que está hecho en Manchester; el hervidor en el que cocina su comida, la loza de barro en donde se sirve, el cuchillo, el poncho, las espuelas, el bocado de su caballo... son todos importados de Gran Bretaña».

Así escribía Woodbine Parish,12 quien había sido nombrado cónsul británico en la Argentina en 1823. Gran Bretaña fue el primer país europeo importante en designar un cónsul. En 1825, Parish intervino en otra «primera vez» para la Argentina, cuando negoció la firma de un Tratado de amistad entre este país y Gran Bretaña. Mediante dicho tratado, los países se reconocían entre sí, se otorgaban una cláusula de nación más favorecida para el comercio mutuo, se permitía la libertad de culto y se garantizaba a los ciudadanos británicos la igualdad de trato ante la ley.

Los Británicos En Argentina

Si bien británicos como el comodoro George Anson, John Byron y el capitán James Cook habían realizado reconocimientos y exploraciones navales por el sur de América del Sur desde la década de 1740 en adelante, se había intentado muy poca exploración de los territorios del interior. El primer británico, y también el más importante, que vivió y participó en el período prerrevolucionario, y que hizo una contribución significativa a su desarrollo, fue el Padre Thomas Falkner. Pasó 37 años en esta remota colonia española y, por suerte para nosotros, registró sus impresiones de ese período en un libro espléndido, publicado en Inglaterra en 1774, titulado A Description of Patagonia, and the Adjoining Parts of South America (Descripción de la Patagonia, y las partes adyacentes de América del Sur), un relato sobre una porción del continente que entonces era poco conocida. Fue educado en la Manchester Grammar School y se dijo que había estudiado con Isaac Newton. Se convirtió en médico y, por razones que siempre quedarán en la oscuridad, navegó en uno de los barcos de esclavos al Río de la Plata en 1730. No era de extrañar que cayera enfermo. Pero después de que los amistosos jesuitas de Buenos Aires cuidaran muy bien de él, decidió unirse a su orden. Fue pionero en la exploración, participó en muchas expediciones; desarrolló nuevos tratamientos médicos y escribió libros sobre asuntos de salud; estableció (sin éxito) un asentamiento indígena cerca de Mar del Plata; y fue el primero en reconocer la importancia de las especies prehistóricas que se encontraron en las pampas. Era el médico y el científico preeminente de su tiempo. Tristemente, él y todos los demás jesuitas fueron expulsados en 1767, ya que habían llegado a ser tan poderosos que el rey de España los vio como una amenaza. Además, habían frustrado los esfuerzos de los colonizadores españoles por esclavizar a los aborígenes.

Su libro, el primer relato publicado en inglés sobre el país que ahora se llama Argentina, causó gran alarma en España, porque en él declaraba que el pueblo estaba cansado del gobierno español, que el país estaba débilmente defendido y que era de una importancia estratégica, ya que se trataba de la única fuente de mulas para las ricas minas en las montañas del Alto Perú. Cualquier país que lograra controlarlo podría socavar el control de España sobre sus minas de plata. En España su libro fue visto, no de forma incorrecta, como una invitación a Gran Bretaña para adquirir estas tierras aprovechándose de su zona más vulnerable. En consecuencia, España envió expediciones para explorar y colonizar la Patagonia (sin éxito), antes de que los británicos llegaran allí. Sin embargo, el libro no alentó a los británicos a entrar en acción —o, si lo hizo, fue un proceso lento— porque tuvieron que pasar 30 años para que las tropas británicas aparecieran en el Río de la Plata, solo para descubrir que el consejo de Falkner era erróneo. Y fue casi 100 años después que los británicos comenzaron a aparecer en la Patagonia en sí.

La otra importante contribución individual a la posindependencia Argentina fue del Dr. Miguel O'Gorman, un médico irlandés que estableció el primer servicio médico público más o menos en 1778 y sirvió bien al país durante más de 30 años. Fundó la primera escuela de medicina y se destacó al tratar a los soldados heridos durante las invasiones inglesas. Es considerado el padre de la medicina Argentina. Un obituario apropiado y encantador apareció en una revista irlandesa cuando se supo de su muerte en 1819:

«Brindó su humanidad y benevolencia a los enfermos y heridos de nuestro ejército (...) era un nativo de este condado y dejó este país cuando era joven y se instaló en la América española, donde fue ascendido al rango de médico de Estado, el primer lugar en el ministerio médico y un puesto de alta consideración. Una larga residencia en esta parte aislada del mundo no hizo que no tuviera todas las generosas cualidades de un irlandés. Cuando sus amigos necesitaban oficios de humanidad, todo hombre encontró un amigo en el Dr. O'Gorman».

(Ennis Chronicle)

Hubo varias otras importantes incursiones de ciudadanos británicos en el Río de la Plata que podrían considerarse «involuntarias». En el olvido ha caído un ataque a Colonia do Sacramento (entonces colonia portuguesa pero ahora Colonia del Sacramento en Uruguay), una posta importante para el contrabando que se hallaba ubicada frente a Buenos Aires. Este ataque lo llevaron a cabo, en 1765, corsarios ingleses y portugueses, pero salió desastrosamente mal ya que su buque insignia explotó al ser golpeado, por suerte o por mala suerte, por una bala de cañón disparada por los atacados. La flota se retiró, dejando a alrededor de 80 marineros británicos en este país extranjero, de los que no se volvió a tener noticias.

Otro contingente británico sorpresa consistía en un cargamento de 119 presos que iba camino a Australia desde Gran Bretaña a finales del siglo XVIII. Los pasajeros vencieron a sus guardias y tripulantes y navegaron a Montevideo. Supuestamente, la mayoría eran «damas de fácil virtud». Parece ser que el entusiasmo inicial que generó la llegada de extraños pronto fue disipado por su comportamiento y se los envió al interior, donde desaparecieron en la historia. Algunas de las damas, sin embargo, fueron a Buenos Aires, donde reaparecieron unos años más tarde, ganando elogios por el cuidado que brindaron a las tropas británicas que habían sido capturadas o heridas durante las invasiones.

La última gran inmigración «accidental» es consecuencia de los soldados desertores en las invasiones inglesas mencionadas anteriormente. Parece casi seguro que varios cientos de ellos decidieron que había lugares mejores y más seguros para pasar la vida que el ejército británico.

En el cambio de siglo, el número oficial de residentes británicos, como de hecho de todos los extranjeros, era extremadamente bajo. De acuerdo con los registros de los demógrafos coloniales,13 solo había 475 extranjeros en «Buenos Ayres» en 1804, de los cuales 24 eran británicos. Esta cifra parece baja, y había probablemente un buen número de extranjeros ilegales o transitorios que no aparecen en los registros. No obstante, indica que España fue capaz de evitar que los forasteros entraran ilegalmente en sus colonias.

Desde el Tratado de Utrecht en 1713, los comerciantes británicos habían existido en pequeñas cantidades en Buenos Aires, administrando las «factorías» de esclavos. También, indudablemente, colaboraron con el floreciente comercio de contrabando que se desarrollaba a través de la Colonia do Sacramento, de propiedad portuguesa, ubicada en el otro margen del Río de la Plata. Este contrabando llegó a hacerse tan grande al fin que los buques españoles tenían muy poca carga que llevar. En 1778 las autoridades lograron aceptar la realidad y permitieron las importaciones de origen no español (principalmente británicas), con la condición de que el comercio se llevara a cabo a través de comerciantes españoles y se pagara un impuesto más alto. Estas concesiones parecen haber sido demasiado pocas y haberse aplicado demasiado tarde, como lo demostraron acontecimientos posteriores.

La siguiente afluencia importante de británicos, y de hecho, la más importante, siguió a la segunda invasión fallida. Los ansiosos comerciantes, en sus 70 buques fletados repletos de bienes de consumo, se habían visto frustrados en sus expectativas debido a la rendición y capitulación ignominiosa del ejército británico. Los comerciantes, a causa de la derrota, deben haber dispuesto sus mercancías a precios que los habrían arruinado a ellos, pero que deleitaron a los consumidores locales, quienes, por supuesto, se convencieron de los beneficios del libre comercio. Sorprendentemente, las autoridades permitieron que entre 40 y 50 de estos comerciantes permanecieran en Buenos Aires. Un comerciante estima que entre 1808 y 1809 entraron al país importaciones procedentes de Gran Bretaña por un valor de alrededor de £1,3 millones. Esto habría hecho que ingresaran unas £150.000 de recaudación aduanera, una suma para nada pequeña para un tesoro local que se hallaba en apuros. Y esto explica por qué se les permitió quedarse a los comerciantes. El virrey español, que necesitaba esta recaudación, tuvo que ser tolerante con ellos. Presionado por los comerciantes españoles, trató de expulsarlos, pero fue tal la oposición de los criollos, para los que no se trataba de una cuestión financiera sino de una lucha por el poder político también, que no fue capaz de hacerlo. La resistencia política a la dominación española fue tan grande que el Virrey y su junta renunciaron el 25 de mayo 1810 para ser reemplazados por un director y una junta designada por la población local.

El sistema mercantilista español, algo similar al que tendría la Unión Soviética 150 años más tarde, ya no podía satisfacer las expectativas de las nuevas clases urbanas. Así como los consumidores soviéticos, mirando la televisión, descubrieron que en Occidente había un nivel de vida mucho más alto, las nuevas clases medias de América del Sur se dieron cuenta de que el modelo de libre comercio británico les proporcionaba una vida mejor, libre de la opresión española.

El Trasfondo Político

Tristemente, llevó décadas que la independencia respondiera a las grandes expectativas de los que lideraron la lucha. Como en tantos países que se han sacudido el yugo de la dominación extranjera, la independencia abrió nuevas fisuras políticas que no pudieron superarse pacíficamente. Y tras ella llegaron la anarquía y la guerra civil. Muchas más personas perdieron la vida en las guerras civiles que sucedieron a la independencia que en la guerra contra España. Lo que dijo Edward Gibbon (citado en W. MacCann14) sobre el estado de Gran Bretaña cuando los romanos se retiraron podría decirse de estos tiempos:

«Contemplaban su nueva libertad con sorpresa y terror; quedaban desprovistos de cualquier constitución civil o militar y sus inciertos gobernantes carecían de habilidad o valor o autoridad para dirigirlos».

Como expresa MacCann, con mayor precisión, en su libro de 1853:

«el gobierno tenía el derecho de hacer leyes, pero las personas no las obedecían. La provincia luchaba contra la provincia, la ciudad contra la ciudad (...) y todo el país se redujo a confusión, tumultos y dudas».

Como en muchos países recién independizados, los primeros líderes fueron liberales de clase media urbana que tenían más para ganar y que eran capaces de emplear contra el dominio extranjero el apoyo —justificado o injustificado— que le brindaban los grupos regionales, rurales o urbanos menos privilegiados. Una vez que se logró la independencia, estalló una segunda lucha por el poder. A la población rural le molestaba que liberales urbanos «sobreeducados e improductivos» les cobraran impuestos. Los fondos necesarios para la defensa, el mantenimiento de la ley y el orden, y para la inversión a largo plazo en la infraestructura económica y social fueron muy a menudo utilizados para el enriquecimiento personal de los nuevos gobernantes. La reacción resultante fue que se hicieran con el poder político los caudillos rurales (líderes populistas semieducados y con carisma) que contaban con el apoyo de las masas rurales resentidas y poco instruidas.

En el caso de Argentina, los intereses urbanos liberales, o «unitarios», ya que con tal denominación se hicieron conocidos, fueron desafiados inmediatamente por los intereses provinciales, o «federales», que estaban resentidos con la dominación de la Buenos Aires urbana. Estos últimos se oponían violentamente a los impuestos a la exportación y a los aranceles aduaneros que, con demasiada frecuencia, se embolsaban quienes estaban en el poder. También tenían el apoyo de muchos de los pueblos rurales más pequeños con industrias artesanales, que no podían competir con los productos importados.

La lucha de poder entre Buenos Aires y el resto del país continúa hasta la actualidad. Pero no se trata de una pugna exclusiva de Argentina. El conflicto entre los intereses rurales y urbanos es universal. En lugar de «caudillos» léase «señores de la guerra» o «grandes señores» en otros continentes. Sarmiento, en su gran clásico Civilización y barbarie,15 escrito en 1845, reflexiona:

«... la revolución (...) era solo interesante e inteligible para las ciudades argentinas, extraña y sin prestigio para las campañas. (...) libros, ideas, espíritu municipal, juzgados, derechos, leyes, educación, todos los puntos de contacto y de mancomunidad que tenemos con los europeos (...) Libertad, responsabilidad del poder (...) eran extrañas a su manera de vivir, a sus necesidades (de la campaña pastora)».

Sarmiento (que tenía antepasados árabes y había visitado África del Norte) continúa hasta trazar un paralelismo entre

«Las hordas beduinas que hoy importunan con su algazara y depredaciones las fronteras de la Argelia, dan una idea exacta de la montonera argentina, de que se han servido hombres sagaces o malvados insignes (...) La guerra de la revolución argentina ha sido doble: primero guerra de las ciudades, iniciadas en la cultura europea, contra los españoles (...) segundo, guerra de los caudillos contra las ciudades, a fin de librarse de toda sujeción civil y desenvolver su carácter y su odio contra la civilización».

Si bien la revolución de mayo de 1810 creó un sistema económico liberal firme, la independencia formal del 9 de julio de 1816 no logró establecer un sistema de gobierno constitucional satisfactorio. Curiosamente se sugirió incluso la posibilidad de un gobierno inca, presumiblemente con la esperanza de atraer a las ricas áreas mineras de estaño a la Confederación.16 La disputa respecto al establecimiento de una monarquía constitucional o una república continuó durante un tiempo sorprendentemente largo, aunque la verdadera lucha por el poder entre la capital y las provincias se extendió aún durante más tiempo —por más de seis décadas. La inestabilidad política se tornó endémica. En los primeros 25 años de la historia del país, a partir de 1810, hubo 36 gobiernos, con una duración media de menos de nueve meses.17

Para aumentar la confusión, hubo guerras costosas con Brasil (1826-1828), con Francia (1835-1838) y luego con Francia y Gran Bretaña (1845-1846). La dificultad de atacar Buenos Aires por mar se debía al poco calado del río, por lo que las guerras tomaron la forma de bloqueos del Río de la Plata. Su impacto fue, por lo tanto, más económico que militar.

Antes de estos 25 años de confusión y anarquía, existió, sin embargo, una breve ventana de relativa tranquilidad y progreso que duró unos cinco años, entre 1821 y 1826. Esta época podría denominarse «los años de Rivadavia», el período en que este gran político y estadista pudo establecer muchos de los requisitos básicos de un Estado moderno.

Rivadavia era un firme defensor del libre comercio y la inversión extranjera, e introdujo una nueva ley de sufragio, una ley de amnistía, reformó el ejército, implementó nuevos controles financieros, aseguró el primer empréstito de Gran Bretaña al sector público y abolió inmunidades clericales. También estableció un banco nacional y una universidad, y fomentó la educación y la inmigración extranjera. Su tratado con Gran Bretaña fue el primero en el continente en permitir la libertad de culto y garantizaba la igualdad de trato de los británicos ante la ley.

Su política de buscar introducir agricultores europeos fue seguida por Sarmiento décadas después. Ambos se dieron cuenta de que las vastas pampas fértiles podrían ser mejor trabajadas por la introducción de agricultores del noroeste de Europa. Solo estos agricultores tenían la habilidad necesaria para cultivar la tierra, habilidad que los gauchos no poseían y en la que los estancieros (hacendados) propietarios de ganado no estaban interesados, al menos no al principio. Por consiguiente, apoyó dos proyectos para la introducción de colonos ingleses y luego escoceses a mediados de la década de 1820. Aunque ambos proyectos fracasaron, gracias a ellos ingresaron al país varios cientos de agricultores laboriosos que aportaron nuevas ideas.

Una de las familias que partió en el SS Symmetry en 1825, en uno de estos proyectos, fueron mis tatarabuelos. Trabajaban de sirvientes en la fallida colonia de Monte Grande. Más tarde se establecieron en la colonia de Chascomús, conformada mayormente por escoceses. Hoy sus restos descansan junto a la encantadora iglesia escocesa construida por ellos y muchos de mis otros antepasados. Uno de ellos, mi tía tatarabuela, Jane Robson, ha dejado un relato único de la vida de los campesinos pobres de la pampa, que subsistían gracias a la cría de ovejas, en las décadas de 1830 y 1840; las memorias de los años de su juventud han sido publicadas recientemente.

La importancia del desarrollo agrícola campesino, a pequeña escala, fue explicada de forma pintoresca por Sarmiento en este extracto de su libro:

«Da compasión y vergüenza en la República Argentina comparar la colonia alemana o escocesa del Sud de Buenos Aires, y la villa que se forma en el interior: en la primera las casitas son pintadas; el frente de la casa, siempre aseado, adornado de flores y arbustillos graciosos; el amueblado, sencillo, pero completo; la vajilla, de cobre o estaño, reluciente siempre; la cama con cortinillas graciosas, y los habitantes en un movimiento y acción continuos. Ordeñando vacas, fabricando mantequilla y quesos (...) La villa nacional es el reverso indigno de esta medalla: niños sucios y cubiertos de harapos viven en una jauría de perros; hombres tendidos por el suelo, en la más completa inacción; el desaseo y la pobreza por todas partes; una mesita y petacas por todo amueblado; ranchos miserables por habitación, y un aspecto general de barbarie y de incuria los hacen notables».18

Rara vez una condena tan aguda de la naturaleza de su propia sociedad ha sido hecha por alguien que llegará a convertirse en político y, finalmente, en uno de los grandes presidentes de su país. Sin embargo, su retrato social hace hincapié en la gran diferencia entre las sociedades campesinas, que él pretendía que desarrollaran estas vastas áreas fértiles, y los estancieros ganaderos, que con el tiempo llegaron a dominar la mayor parte de la pampa.

Uno de los intentos de Rivadavia por construir una sociedad más democrática y una economía más igualitaria fue una ley que promulgó y que ha quedado enterrada en la historia. Vale la pena recuperarla, porque nos recuerda que hubo quienes buscaron moldear el destino del país en una forma que, a largo plazo, podría haber establecido una sociedad más justa, estable y eficiente. Su gobierno aprobó una ley por la cual toda tierra expropiada a los aborígenes pasaba a manos del Estado e impuso un canon del 8 % sobre el valor estimado de las tierras ganaderas y del 4 % sobre el valor de las tierras agrícolas. También limitaba la cantidad de tierra arrendada a los ocupantes.

Desgraciadamente, el Gobierno simplemente no tenía la capacidad administrativa para aplicar esta ley ni tampoco la fuerza política para implementarla. Se hizo caso omiso y la consiguiente lucha por la tierra aborigen habilitó que unos pocos cientos de personas ricas y poderosas se quedaran con la mayor parte de esta. Se estima que unos 6,5 millones de acres (2,6 millones de hectáreas) fueron adquiridos por sólo 122 personas, y algunas sociedades y diez personajes influyentes se hicieron con más de 130.000 acres (52.600 hectáreas) cada uno.19 Así fue como el futuro social, económico y político del país se determinó de manera muy diferente al de América del Norte, donde las pequeñas explotaciones se convirtieron en la norma.

Por desgracia e imprudencia, Rivadavia se extralimitó políticamente. En su intento por introducir una nueva constitución que diera más poder a Buenos Aires, fue derrocado y sobrevino otra era más de caos, asesinato y disturbios. Su sucesor fue ejecutado, y estalló una guerra contra Brasil por el control de lo que, posteriormente, se convertiría en Uruguay. La ciudad de Buenos Aires fue bloqueada por una flota brasileña, tripulada principalmente por marineros británicos, que se enfrentó a una flota argentina, también tripulada principalmente por marineros británicos. Se negoció un empréstito de 1 millón de libras a través de Baring Brothers, y el mismo se destinó a la financiación de la guerra en vez de invertirse en obras de infraestructura. Además, no fue devuelto.

La anarquía condujo, inevitablemente, a la aparición de un «hombre fuerte» en la forma del general Rosas, que representaba los intereses rurales federales y de los propietarios de ganado, y que había realizado una exitosa campaña contra los aborígenes. El general Rosas, que con el tiempo logró establecer el orden y su propio tipo de leyes, tenía una cualidad personal redentora: como era el mayor propietario de tierras del país, no tenía necesidad de utilizar los fondos públicos para enriquecerse.

La forma en que suprimió cualquier oposición fue brutal. El coronel King, un estadounidense que sirvió en muchas de las guerras civiles, afirmó que por lo menos a 3.765 personas se les había cortado la garganta porque «dispararles tenía un efecto muy chillón en el oído humano que podría crear cierta aprehensión en la opinión pública».20 Otros 1.393 fueron fusilados, 722 asesinados y 16.250 murieron o fueron ejecutados en batallas. Si bien estas estadísticas pueden no ser muy precisas, proporcionan una idea de lo que debe haber sido ganarse el oprobio del general Rosas, y explican por qué tantos habitantes urbanos liberales educados consideraron prudente abandonar el país.

Debido a que se mantenían alejados de la política y, por lo tanto, no suponían una amenaza para él, los pobladores británicos, por lo general, no fueron perseguidos ni señalados para ser objeto de maltratos. Puesto que el comercio internacional producía recaudación aduanera, los británicos eran importantes desde un punto de vista económico. La presencia habitual de un buque de guerra británico en el Río de la Plata era más simbólica que práctica, ya que sus aguas eran muy poco profundas como para que esta vía pudiera aprovecharse militarmente. No obstante, el comodoro a cargo actuaba de manera muy efectiva como representante británico.

La comunidad británica en general acogió con agrado el orden público que Rosas logró finalmente establecer, porque solo él pudo controlar las hordas merodeadoras que recorrían las pampas, aterrorizando a la población, robando ganado y caballos y poniendo en riesgo la vida de la población. G. E. Hudson, quien iba a llegar a ser uno de los primeros y de los mejores escritores británicos que se ocuparon de narrar la Argentina, recuerda que en la estancia de su padre había un cuadro del General Rosas colgado en la pared.

Sin embargo, un residente escocés que no estaba para nada contento con Rosas era otro de mis bisabuelos. Thomas Bruce era un experto constructor de embarcaciones que había emigrado a Buenos Aires en 1832, donde estableció un astillero. Dejemos que su hijo George, en sus memorias no publicadas,21 retome el relato:

«Mi padre era dueño de un astillero que quedaba cerca de donde ahora se encuentra la Estación Retiro. El astillero fue la causa de su ruina: había celebrado un contrato con el Gobierno de Rosas para construir cúteres que pudieran atravesar el bloqueo francés. Sin embargo, como Rosas hizo las paces con los franceses no necesitó los barcos que habían construido, y como los documentos de mi padre habían sido robados y él había contraído deudas, tuvo que vender todo, salvo los muebles del dormitorio y las herramientas, para pagarle a sus acreedores. Mi padre fue el primero en construir el barco ballena en Buenos Aires, era de tingladillo, tenía la popa y la proa iguales, y se lo utilizó durante muchos años para transportar pasajeros desde la costa hasta los barcos que se encontraban en los fondeaderos internos y externos, donde solían quedar todos los barcos. Sus barcos estuvieron entre los primeros en traer madera desde Paraguay y el Chaco... además, en aquellos días, estaban todos tripulados con marineros británicos, no había italianos por aquí en ese entonces. Todo el comercio estaba en manos de los ingleses, hasta los bodegones en las cercanías de la playa. Todos los marineros en la playa eran ingleses, y no recuerdo haber visto un solo italiano entonces».

La inestabilidad política casi continua creaba graves problemas económicos. Los bloqueos y los problemas financieros del gobierno afectaban a todos. Los robos —Thomas Bruce, mi bisabuelo, los vivió en carne propia—eran bastante comunes, al igual que la requisa de caballos de las estancias, por lo general, los mejores. Jane Robson relata en sus memorias que solían ocultar los mejores caballos en su dormitorio cuando venía la milicia, y mi madre, que vivía en Uruguay en la década de 1880, cuenta que ellos iban a esconder sus caballos en un bosque cercano. Sin embargo, los violentos ataques o las detenciones que experimentaron muchos lugareños no los sufrió la comunidad británica. Existió, sin embargo, una excepción importante que debe destacarse: el misterioso asesinato de la familia Kydd en una estancia en 1846, durante el bloqueo británico. Este hecho causó gran alarma, pero no fue seguido por ningún otro atentado contra la vida de la comunidad y nunca fue explicado. Lo más probable es que se haya tratado de un ataque indisciplinado llevado adelante por indígenas o gauchos locales.

Finalmente, y debido a que Rosas aparentemente favorecía a sus propios aliados rurales en la provincia de Buenos Aires, sus otros partidarios provinciales tradicionales se volvieron contra él después de que hubiera gobernado durante casi 20 años. Con el apoyo entusiasta de la población urbana de Buenos Aires, el general Urquiza, un caudillo de una de las provincias ribereñas, derrotó rotundamente al ahora nada popular dictador en la batalla de Caseros, en 1852. Rosas buscó refugio en uno de los buques de guerra británicos que solo unos años antes habían bloqueado el Río de la Plata y consiguió asilo en Gran Bretaña, donde vivió durante 22 años más, en una granja cerca de Southampton.

En las memorias de George Bruce, encontramos este interesante relato sobre las consecuencias de la batalla:

«Unos días después de la batalla de Caseros, Urquiza marchó por calle Rivadavia, donde se habían levantado arcos de triunfo y colgaban banderas de todas las naciones en todo el trayecto. Como mi padre había colocado el arco principal, le permitieron poner un andamio contra la pared de la catedral, donde nosotros, los chicos, nos apostamos (...) para nosotros, que nunca habíamos visto algo así, fue inolvidable. Después de la batalla hubo varias ejecuciones, y Troncoso, Alem y Curtino, que habían estado implicados en los asesinatos cometidos en 1840, fueron hechos prisioneros y fusilados. Recuerdo haber corrido todo el camino hasta la Plaza Concepción para ver a uno de ellos colgando. El país y, especialmente, la ciudad comenzaron a mejorar rápidamente después de eso».

Créase o no, la caída del odiado régimen de Rosas no trajo paz, sino que llevó a nuevos conflictos por el control de los ingresos sobre el consumo y la recaudación aduanera entre las fuerzas federales que obedecían al general Urquiza, el líder provincial, y los unitarios de Buenos Aires. Esto llevó a enfrentamientos entre las dos facciones y a que se llegara a un punto muerto entre ellas, situación que se extendió por diez años. Buenos Aires era efectivamente un estado independiente, libre de la Confederación Argentina, cuya base estaba más al norte, en la ciudad de Paraná. En 1856 la ahora más acaudalada facción de Buenos Aires tomó una decisión financiera importante que sentó las bases de la prosperidad futura. Pagó el empréstito Baring de 1824, que aún estaba pendiente, y logró respetabilidad fundada en la solvencia.

Finalmente, las partes contendientes se dieron cuenta de las ventajas que les proporcionaría cooperar y pactar. El sistema ferroviario incipiente, que comenzaba en Buenos Aires, sirvió para que ambas partes apreciaran que ninguno se beneficiaría del milagro de la tecnología ferroviaria a menos que el país lograra estar políticamente unificado. También hubo un aumento en los precios de la lana, del cual las provincias no iban a sacar provecho mientras Buenos Aires controlara los puntos de venta para la exportación. En 1861 se logró un compromiso político que llevó a un acuerdo para compartir el poder; fue un paso clave en la formación de la recién nombrada República Argentina. El descontento político se extendió, sin embargo, hasta que en 1880 se dictó una constitución para la nueva república; la provincia de Buenos Aires estableció su propia identidad, con su capital en la ciudad de La Plata, y Buenos Aires se convirtió en la capital federal del país.

El efecto de los disturbios y conflictos civiles puede ser sobrestimado si hace una lectura simple de los acontecimientos políticos y militares de la época. La mayoría de estos tumultos tenían poco efecto sobre quienes, por suerte o buen sentido, no participaban, como era el caso de la mayoría de los inmigrantes británicos. Las condiciones de vida, la gran cantidad de comida y tierra y la escasez de mano de obra que primaron durante las primeros cinco décadas posteriores a la independencia atrajeron un número creciente de inmigrantes británicos, si bien estos no tenían mucho capital. Las grandes inversiones británicas no se produjeron hasta sobre finales del siglo, en parte porque la economía británica no era lo suficientemente fuerte como para exportar capital y también debido a que se consideraba que el área del Río de la Plata era demasiado inestable para las inversiones a largo plazo.

Sin embargo, las poblaciones británicas y extranjeras continuaron expandiéndose, y el número de residentes pasó de menos de 100 en 1810 a cerca de 4.000 en 1830. Woodbine Parish llevó a cabo una encuesta de sus ocupaciones entre 1825 y 1831 y obtuvo estos fascinantes resultados:22

Comerciantes, mercaderes y vendedores 466
Tenderos193
Médicos, cirujanos, químicos, boticarios27
Maestros de escuela9
Maestros mecánicos93
Sastres66
Hoteleros y taberneros13
Carpinteros362
Albañiles123
Obreros667
Peones rurales125
Zapateros63
Pintores7
Marineros329
Registrados sin denominación107
Mujeres595
Niños827
Total4.072*
*Al menos 1.000 no se encuentran registrados

Lo que a uno le llama la atención de inmediato cuando ve estas cifras es el elevado número de trabajadores británicos no calificados. Posiblemente, este número representan una cuarta parte de la población trabajadora británica si se incluye a las personas no registradas y a los marineros en el total. Indudablemente, esto refleja la desesperada escasez de mano de obra que existía en general. El elevado número de trabajadores calificados también es interesante y, una vez más, indica la falta de formación educativa y un nivel de desarrollo económico bajo por lo general. Mientras que a uno puede sorprenderlo el número de carpinteros y albañiles, el registro de 63 zapateros es un detalle interesante, que refleja la importancia de los zapatos para la población local. Figuran más de 200 tenderos e incluso taberneros, lo que confirma aquello que mencionaba George Bruce de los muchos bodegones (grog shops) atendidos por sus propietarios británicos.

Hubo, sin embargo, relativamente pocos registrados como agricultores, con solo 125 «peones rurales», aunque este es, probablemente, un número menor al real. Sabemos que el SS Symmetry había traído unos 250 inmigrantes en 1825 y que, antes de su llegada, había habido otro plan de asentamiento fallido conocido como el «Proyecto Beaumont». Este fracasó porque no pudieron disponer de las tierras prometidas. Sin embargo, sumó cerca de 400 nuevos colonos británicos al país.

Muchos de estos colonos podrían quizás estar registrados con otras ocupaciones en las ciudades y, ya que muchos trajeron a sus familias, estas podrían haber sido incluidas en la encuesta. Sin embargo, una proporción significativa de estos inmigrantes probablemente no se hicieron registrar en la categoría de agricultores.

Lo que las estadísticas anteriores indican es que hasta alrededor de 1830 la mayoría de los inmigrantes británicos se habían establecido principalmente en Buenos Aires y se dedicaban al comercio y a oficios calificados. Entre los trabajadores calificados en Buenos Aires en la década de 1820 se cuenta uno de mis tatarabuelos. Esto no lo descubrí a partir de una historia de familia, sino que lo encontré en un espléndido libro de lujo ilustrado, titulado Estancias del Uruguay23 en el que se han registrado y fotografiado algunas de las mejores estancias uruguayas. Tuve la sorpresa de encontrar en este ejemplar una hermosa estancia llamada «Rincón de Francia», ubicada en el norte de Uruguay. Esta perteneció a Alexander Stirling quien, por lo que el libro cuenta, emigró con su esposa y sus dos hijos a Persépolis, en Brasil, donde trabajó como artesano experto en el Palacio Imperial. En 1820 se trasladó a Buenos Aires, donde realizó las puertas y los altares de la catedral. Luego compró una estancia en Uruguay y, después de muchas vicisitudes relacionadas con la guerra civil, terminó convirtiéndose en uno de los grandes estancieros del país. Fue la suya una historia de gran éxito (a expensas de los charrúas, en cuyas tierras se encuentra la estancia). Su hija, Aminta Stirling, se casó como es debido con un tal Daniel Cash. Y luego su hija Aminta se casó con un miembro de la familia Bridger y llegó a ser mi abuela.

Hubo, por supuesto, muchos colonos británicos que, realizando grandes esfuerzos, lograron ahorrar lo suficiente para afianzarse en el campo (la llanura) dedicándose a la cría de ovejas. Gracias a una suerte razonable podían convertirse en propietarios de tierras muy ricos. Sin embargo, la mayoría de las grandes estancias fueron adquiridas por pobladores locales acaudalados con buenos contactos. Aunque, como veremos más adelante, los agricultores británicos jugaron un papel clave en la transformación de la pampa, la mayoría de los británicos se establecieron en las ciudades, donde sacaron provecho a sus habilidades comerciales, administrativas y técnicas.

La anarquía general alteró y malogró el período posterior a la independencia, perturbó gravemente la economía y debe haber desalentado a muchos inmigrantes. De hecho, resulta llamativo que la población inmigrante haya aumentado. Sin embargo, el aumento de la inmigración británica se puede explicar por las oportunidades económicas, las posibilidades de incremento de la actividad comercial, la escasez de mano de obra calificada y no calificada y la existencia de enormes recursos agrícolas sin desarrollar.

El capitán Francis Head, cuyo libro,24 publicado en 1824, se basa en una visita para evaluar los recursos minerales del país, dista de ser cortés en su opinión sobre las «clases bajas» irlandesas e inglesas:

«Son perdidamente malos, su constitución física se ve deteriorada por la bebida y el clima, y su moral y carácter se encuentran muy degradados».

Continúa cuestionando la sabiduría de quienes desertaron del ejército británico, porque «han pasado sus días en la decepción y el arrepentimiento, ya que las condiciones de vida son tan difíciles».

Visto que la inmigración británica siguió en aumento, sus opiniones tan críticas parecen un poco exageradas. El buscar consuelo en el alcohol al estar en una zona remota es una reacción común y comprensible; no se limita a alguna raza o nacionalidad en particular y es una conducta a la que los hombres solteros son bastante propensos. No pueden haber sido todos borrachos decepcionados. Es, sin embargo, un recordatorio juicioso de que los inmigrantes británicos no siempre demostraron virtud y buen comportamiento.

La Antiutopía Minera

El interludio liberal de la presidencia de Rivadavia llevó al Gobierno a emitir un decreto que autorizaba a una empresa británica a explotar las minas de las Provincias Unidas. Esta sensata medida fue un intento de resucitar las empresas mineras que los españoles habían desarrollado y que atravesaban épocas malas desde la revolución.

El capitán Head, al ser un minero experimentado, fue enviado por una empresa, en el año 1821, a investigar las minas. Lo acompañaban cuatro mineros del estaño de Cornualles y un agrimensor francés. Las minas se hallaban todas en los Andes o en Chile y, para llegar a ellas, debían recorrerse unas 900 millas (1450 km). Además, parte del trayecto atravesaba peligroso territorio indígena. Este viaje podía llegar a tomar hasta un mes en un coche convencional, aunque a caballo normalmente sería de unos 12 días de duración. El capitán Head, que parece haber sido un individuo extraordinariamente enérgico, hizo cuatro viajes y, en una ocasión, tardó solo ocho días, galopando unas 14 agotadoras horas diarias.

El capitán Head tuvo varios angustiantes escapes, por un pelo, de los aborígenes merodeadores, y relata sus encuentros con las atrocidades que cometían los indígenas:

«…a una mujer le habían cortado la lengua y la habían puesto en un palo (...) y les cortan los pies (...) torturan a los hombres y los niños son, literalmente, atravesados con lanzas de 18 pies y abandonados para que mueran. Continúa: las ancianas y los feos son inmediatamente asesinados, pero los jóvenes y hermosos son ídolos (...) y se los llevan».

En un estado de ánimo más reflexivo, logra hacer caso omiso de estas atrocidades espantosas y se entusiasma hablando de las vidas de estos aborígenes incomprendidos y tan vilipendiados: «nuestros semejantes, colocados aquí por el Todopoderoso». Tiene la esperanza de que «reciban su castigo los descendientes de los europeos que, a su vez, serían pisoteados». Esta vehemencia resulta extraña, ya que su indignación por las atrocidades cometidas por los indígenas y el miedo palpable de convertirse en una de sus víctimas se trasluce muy bien en el relato de su paseo por las pampas.

Sus visitas a las minas en ambos lados de los Andes tienen como consecuencia un apasionado arrebato ante la forma en que se extrajeron las riquezas de estas minas:

«El modo en el que se aseguraron estas riquezas es una de las páginas más culpables de la historia moral de la humanidad, y las crueldades que se ejercieron en las minas americanas son una mancha en el escudo de la naturaleza humana que nunca podrá ocultarse».

Dice que había escasez de alimentos para quienes estaban obligados a trabajar en las minas, que tenían prohibido el alcohol y que debían «cargar más peso que el que se hace llevar a las mulas». Se le dijo que «muchos mineros se lanzaron a las minas para poner fin a una vida de miseria y angustia».

No es de extrañar, pues, que cuando se abandonó el trabajo forzado resultara tan difícil encontrar hombres para que trabajaran en las minas. Pero también contribuyó la pérdida de la administración española, ya que

«…la falta general de educación... las personas no acostumbradas a los negocios... la ausencia de una idea de contrato o de puntualidad... el salvaje saqueo de los gauchos y la absolución de los sacerdotes combinada con la insuficiencia de las leyes».

Todos estos factores se sumaron para que la inversión minera resultara improductiva. Continúa relatando cómo un alemán a cargo de una mina en los Andes fue baleado por el caudillo local por «ser un hereje». Como si esto fuera poco, las garantías gubernamentales —otorgadas a la empresa que representaba Head— de que las minas estarían a su disposición fueron inútiles, ya que «casi en su totalidad habían sido vendidas a empresas de la competencia y los gobiernos de Buenos Aires y las Provincias no pudieron dar cumplimiento a la resolución».

En esas circunstancias, iban a transcurrir años antes de que se dieran las condiciones locales necesarias para atraer capital extranjero para la minería, o de hecho, para cualquier otra industria o actividad comercial importantes. El comercio y la agricultura siguieron siendo las bases de la actividad económica.

Los Comerciantes Británicos

Aunque el comercio internacional se expandió gradualmente y atrajo a más inmigrantes británicos, iban a sucederse entre cinco y seis décadas de inestabilidad, a partir de la independencia en 1810, antes de que el país hiciera progresos económicos significativos. Había cerca de 100 residentes británicos registrados en ese año.

Esta cifra aumentaba de manera constante, pero no espectacular. Como se mencionó anteriormente, en 1830 la cifra había aumentado a alrededor de 4.000. En términos de contribución al progreso económico, sin duda fueron los tratantes internacionales de mercancías quienes tuvieron un mayor impacto. Según una de nuestras fuentes, rara vez tenían menos de un millón de libras en juego; una suma nada pequeña para aquellos días.25

Las principales importaciones, de las cuales había gran demanda, eran artículos de algodón y, en menor medida, productos de lana. Estos eran incomparablemente mejores y más baratos que los productos españoles o de las industrias locales, y una amplia gama de bienes de consumo duraderos ocupaba, bastante más atrás, el tercer lugar. Los comerciantes parecen haberse ganado la buena voluntad de los que estaban en el poder, ya que en 1812 se les permitió exportar oro y plata, algo que con anterioridad se reservaba celosamente a los comerciantes españoles.

Sin embargo, la capacidad de las importaciones estaba seriamente limitada por la pobreza de los consumidores. Las únicas exportaciones en los años iniciales (aparte de la plata, aunque su exportación no duró mucho tiempo, ya que la zona minera del Alto Perú se separó de las nuevas autoridades) fueron cueros y sebo. Existía, no obstante, un creciente interés por adquirir cueros en Gran Bretaña, y eran tan baratos que la demanda para su exportación era considerable y rentable. Dos comerciantes ingleses emprendedores, Robert Staples y John McNeil, iniciaron un nuevo negocio de exportación de carne de res salada o seca en 1810. Este emprendimiento se expandió gradualmente y este producto se convirtió en una importante exportación en 1820, ya que se compraba en Brasil y el Caribe para alimentar el creciente número de esclavos.

El comercio internacional de esos tiempos turbulentos, con entregas que llegaban meses después de que se hubieran hecho los pedidos, imponía enormes responsabilidades y tremendos riesgos para quienes solicitaban mercancías y para quienes debían entregarlas. Por lo general, el sistema legal no podía utilizarse con eficacia en lo que se refería al comercio internacional y las cañoneras rara vez eran una opción. La confianza era, por tanto, un ingrediente esencial entre el comprador y el vendedor. En la época medieval, la prosperidad del comercio internacional dependía en gran medida de los lazos culturales y familiares, en los cuales los exportadores podían confiar. Cuando Gran Bretaña comenzó a desarrollar un comercio de exportación a gran escala, depender de estos vínculos no era posible. Los comerciantes británicos necesitaban establecer estándares de integridad que les garantizaran continuidad en los negocios. En ninguna parte esto podría haber sido más importante que en América Latina, donde la inestabilidad financiera y social dificultaba los negocios y la falta de confianza mutua era un obstáculo verdadero que había que superar. Cuando hacían un pedido para una importación, la mayoría de los comerciantes solicitaban un depósito o pago por adelantado, que debía ser aceptable para el consignatario. Para esto hacía falta un alto nivel de confianza, que los comerciantes británicos que residían en Argentina parecían haberse asegurado. La frase palabra de inglés (en español en el original) era común en las conversaciones. Ahora ya no se utiliza; pero no me atrevería a especular si esto se debe a una cuestión de vergüenza o a que ya no se considera que la palabra de un británico tenga tanto valor.

Otra frase común atribuida a los hábitos de los ingleses es hora inglesa (en español en el original), un indicador muy valioso en cuanto a si algo se hará de verdad en el horario acordado. Quienes se hallan familiarizados con América Latina saben que el tiempo puede ser un concepto muy elástico y hora inglesa sigue siendo una frase ampliamente utilizada.

La mayor parte de las actividades económicas británicas en las primeras cinco décadas posteriores a la independencia se centró en el comercio y la cría de ovejas, más que en la inversión o en el procesamiento de la producción. Las condiciones aún no estaban dadas para hacer frente a las exigencias de una era agroindustrial.

Las Memorias De Los Robertson

Con poco más de 14 años de edad, John Robertson ya había estado disfrutando de una vida social animada en Montevideo, después de que esta ciudad hubiera sido tomada en 1807. Se fue luego de que la ciudad fuera reconquistada por los españoles y decidió entrar a trabajar como empleado en una casa de comercio internacional británica en Buenos Aires. No es de gran importancia si volvió porque se sentía atraído por la idea de las tertulias o si lo hizo en cuenta de las oportunidades comerciales (su abuelo era dueño de una de las grandes casas comercializadoras de Gran Bretaña). Lo que es importante es que él y su hermano nos han dejado sus dos libros Letters on Paraguay y Letters on South America, que consisten en seis espléndidos volúmenes donde tratan sobre su vida y el período transcurrido entre 1807 y principios de la década de 1820 en Argentina y Paraguay.

Además de conocer a todas las personas prominentes que determinaron los destinos de Argentina y Paraguay y de tener una relación amistosa con ellas, los hermanos escriben con perspicacia y de una manera atrapante sobre estos tiempos turbulentos y los problemas que enfrentaban los comerciantes en sus operaciones.

Después de dos años en Buenos Aires, a la edad de 16 años, John se establece en Paraguay, una región que se había separado de las recién independizadas Provincias Unidas del Río de la Plata, se había declarado independiente y se había desligado del resto de las Provincias Unidas (para gran disgusto del nuevo gobierno de estas). Sin embargo, mantenían algún intercambio comercial, y John fue enviado a Asunción, la capital de Paraguay, con un envío de mercancías. Él se congració con el errático y despótico gobernante de ese país y permaneció allí durante tres años, siendo el único inglés en Paraguay en esa época. Francia, el dictador de Paraguay, depositó su confianza en él y le encargó que fuera a Inglaterra y llevara un regalo de producción paraguaya —yerba mate (una infusión de hierbas muy popular en la región) y tabaco— para el Rey, y que firmara un tratado de amistad con Gran Bretaña.

Por desgracia, no llegó más lejos que Buenos Aires y cometió el error de regresar con una carta del enemigo mortal de Francia, el nuevo Director de las Provincias Unidas, pidiendo tropas para ayudarlo a resolver los conflictos internos. Esto enfureció tanto Francia que hizo expulsar a John, aunque afortunadamente se le permitió llevarse dos balsas enormes llenas de lucrativos productos. En su estresante viaje, logró deslizarse, durante la noche, junto a dos ineficientes barcos españoles que bloqueaban el río y que le habrían confiscado todo lo que había ganado con años de esfuerzo. Se las arregló para llegar a Buenos Aires, donde dijo que se había «hecho de una linda fortuna».

Luego, acompañado por un hermano más joven, se estableció para hacer negocios en la anárquica provincia de Corrientes, una región hermosa y fértil que abundaba en ganado y caballos salvajes, pero carente de cualquier sistema de comercialización o economía monetaria. El trueque era el método estándar de intercambio. Tuvieron la suerte de emplear como principal ayudante «al hombre más intrépido y temerario que conocí en mi vida. De rostro duro, bigotes de un rojo feroz, cabello despeinado, y que llevaba consigo dos pistolas y un sable: era una visión aterradora».26 Era la mano derecha del caudillo local y John quedó atónito al descubrir que este gaucho, Peter Campbell, era nacido en Tipperary y había desertado del ejército británico. Con el fin de asegurarse cueros, los comerciantes tenían que hacerles pagos por adelantado a los estancieros, y estos adelantos no siempre eran restituidos. Sin embargo, con Campbell actuando como su representante, no corrían ese riesgo. Las manadas deben haber sido inmensas, ya que los Robertson celebran la compra de 20.000 cueros de caballo en una sola estancia. Estos hermanos no solo introdujeron la moneda en la región, sino que también importaron bienes de consumo británicos muy populares. Luego de un par de años, cargaron dos barcos con cueros y zarparon. Vendieron los cueros a entre un 2.800 % y un 3.000 % más de lo que habían pagado por ellos.

Antes de ponernos demasiado mojigatos con respecto a estos grandes beneficios, tenemos que tener en cuenta los riesgos que enfrentaban, enormes en aquellos tiempos turbulentos y en una provincia tan anárquica. «Uno vivía en un estado de alarma constante»27 cuentan en su libro; no solo de alarma financiera, sino que también con una preocupación personal por la seguridad. De hecho, en una terrible ocasión, John fue capturado por un grupo de gauchos salvajes, desnudado y atado por varios días, e iba a ser asesinado cuando una curiosa costumbre gaucha lo salvó. A los miembros de estas bandas siempre se les concedía un favor y uno de los gauchos pidió que le perdonaran la vida a John. Así fue entonces, y John pudo pasarle a escondidas una nota a un fiel sirviente que, después de tres días de galope, logró llegar hasta el presidente y el comandante de la cañonera británica. Estos prontamente enviaron un mensaje al caudillo local para que interviniera y liberara a John, advirtiéndole las severas consecuencias que debería enfrentar si no lo hacía. Por lo tanto, fue liberado. Cuando más tarde John buscó al gaucho para darle las gracias y una recompensa, le preguntó por qué había decidido salvar su vida. El hombre se encogió de hombros y dijo: «Se me antojó». La recompensa la perdió rápidamente en apuestas. Una nota al margen en cuanto a estos hermanos ilustra la forma en que los comerciantes británicos y sus clientes administraban sus negocios. Artigas, uno de los caudillos poderosos —que posteriormente se convertiría en el «Libertador de Uruguay»— les solicitó a los Robertson que le compraran armas y equipo, y para esto les pagó una gran suma por adelantado. Después de asegurarse de que la compra tenía el apoyo del Gobierno de Buenos Aires, los hermanos procedieron a efectuar el pedido. Lo que este arreglo pone de manifiesto es la confianza que la población local depositaba en los hermanos. A fin de realizar negocios a distancias tan alejadas de la fuente de suministro y al verse obligados a emplear tratantes que no eran familiares fiables, la población depositó gran confianza en los comerciantes británicos.

Las fascinantes memorias los Robertson terminan a principio de la década de 1820, aunque sus libros se escribieron casi 20 años después. Puesto que continuaron ejerciendo su actividad en la zona durante bastante tiempo, el que sus memorias no abarquen más años de su vida es una gran pérdida para la historia y resulta difícil de explicar. Es muy posible que sus empresas financieras no tuvieran el éxito del que habían disfrutado anteriormente.

Tenemos conocimiento, sin embargo, de dos emprendimientos importantes sobre los que ellos no escribieron. Fernández-Gómez relata28 cómo adquirieron en Glasgow el primer barco de vapor, el Druid, para operar en el Río de la Plata. El barco llegó al final del año 1825 y tuvo que ser adaptado para que funcionara con leña, porque no se disponía de carbón en la zona. Se utilizó por primera vez para un evento social comercial en noviembre, cuando llevó a 40 pasajeros navegando hasta San Isidro, una zona residencial al norte de Buenos Aires, en un viaje de un día con refrigerios incluidos. Según la prensa local, fue un día grandioso, emocionante y exitoso, los pasajeros quedaron maravillados de la velocidad y la comodidad de una embarcación sin velas.

Los Robertson parecen haber esperado poder usar el barco para transporte en los ríos Paraguay y Paraná, donde el vapor tendría una gran ventaja sobre la vela. El barco hizo un viaje, solo para ser capturado por un buque de guerra brasileño que se encontraba bloqueando Buenos Aires. Fue rescatado gracias a la intervención del cónsul británico, pero su cargamento fue robado. Fernández-Gómez no logra rastrear su historia posterior, pero parece que los Robertson transfirieron el barco a Montevideo y, luego, a un puerto de Brasil, donde se empleó para transporte entre ese puerto y Río de Janeiro. Como los Robertson no hacen ninguna mención de esta empresa, uno puede suponer que no la consideraron uno de sus grandes logros. Sin embargo, si hubiera tenido éxito, habría sido un paso muy importante en el mundo moderno que estos dos escoceses habrían estado orgullosos de dar.

También hicieron otra inversión, y esta vez se trató de una muy grande, para contribuir al establecimiento de una colonia agrícola escocesa. En 1825, el SS Symmetry zarpó de Leith y tres meses más tarde llegó a Buenos Aires transportando a 250 colonos escoceses. El plan contaba con el apoyo entusiasta del Gobierno y de Bernardino Rivadavia en particular, pero la tierra que les habían ofrecido de manera gratuita se encontraba en el sur, lejos de la capital, en la frontera del territorio indígena. Desde un punto de vista económico y social, era poco realista esperar que los recién llegados se instalaran en un área tan remota. Sin embargo, los Robertson intervinieron y aportaron £60.000 para comprar tierras y ayudar con las inversiones agrícolas en un sitio en Monte Grande, a tan solo 11 millas (18 km) de la capital. El asentamiento, que se describe y analiza en un capítulo posterior, fracasó y los Robertson perdieron su gran inversión.

Sus memorias componen la crónica más completa sobre la vida y el trabajo de los comerciantes británicos pero, por fortuna, no se limitan a sus actividades comerciales. También proporcionan una animada descripción de algunas de las personalidades y los problemas de aquellos tiempos turbulentos.

No se pueden caer en exageraciones al considerar la gran contribución que los Robertson y muchos comerciantes británicos realizaron en pos del desarrollo del país. Más de la mitad de todas las importaciones provenían de Gran Bretaña, pero lo más importante es que casi todos los productos eran bienes nuevos que transformaban la vida de los consumidores, a diferencia de las importaciones procedentes de los EE. UU. (principalmente trigo) y de Brasil (mayormente productos tropicales). La primera bomba fue instalada por un comerciante británico, las primeras imprentas, carretillas, y sigue toda una gama de nuevas tecnologías relevantes en una era industrial de la que el continente había sido excluido, deliberadamente, por España.

Si bien los Robertson hicieron y perdieron grandes fortunas, no es probable que muchos comerciantes hayan hecho lo mismo, simplemente porque los clientes no contaban con ese poder de compra. Las principales exportaciones eran cueros y pieles, que apenas permitían la importación de muchos bienes de lujo. Esta situación siguió siendo así hasta principios de 1820, cuando la carne seca cobró importancia. Durante la década de 1820 las exportaciones se incrementaron gradualmente, en la forma de sebo para Europa y carne seca para alimentar esclavos en Brasil y el Caribe. La población de Buenos Aires aumentó a 80.000 para finales de la década de 1830 y se convirtió en un cliente significativo para las importaciones británicas. No obstante, de acuerdo a Woodbine Parish, en 1827 el país atravesaba un déficit comercial, aunque uno pequeño: el valor de los bienes importados de Gran Bretaña ascendía a £750.000 y las exportaciones a £696.000.

Es evidente que a la mayoría de los comerciantes británicos les iba bien desde un punto de vista financiero, vivían cómodamente y, en consecuencia, desarrollaron centros sociales y culturales, pero las grandes fortunas que se hicieron a finales de siglo no fueron por estos tiempos.

Las memorias de los Robertson contienen muchos comentarios interesantes y pertinentes acerca de la estructura social y política de la sociedad que vale la pena recordar:

«Una de las razones más importantes de la lucha constante que caracterizaba el país se debía principalmente al hecho de que obtuvieron el poder con mucha facilidad, y ese sentido de unidad que crean las grandes luchas no existió en las políticas sudamericanas. Si el poder de los españoles hubiese sido mayor, habrían tenido que unirse más para vencerlos, y habría habido menos oportunidades para las glorias individuales».29

Otro comentario resuena a través de la historia imperial en otras partes del mundo también:

«Qué sórdida, limitada y ruin era la educación que prestaban, y qué pernicioso era el control de los frailes que abundaban en el país».

Y continúan:

«Después de veinticinco años de revolución ha habido muy poco progreso en la ciencia de gobierno y ahora están tan lejos como siempre de la estabilidad política. La gran cruz de las repúblicas sudamericanas ha sido la falta de rectitud e integridad moral en muchos de sus líderes».

Los comentarios que expresaron sobre sus colegas británicos son bastante más corteses que los del Capitán Head:

«En pocos lugares del mundo hay tal franqueza en el intercambio entre la gente del país y los extranjeros en general, pero en especial con los ingleses, como en Buenos Aires. Distintos en lenguaje, religión, costumbres y educación, siempre ha habido una influencia mágica en el espíritu de ambas partes que deja en el olvido esos fuertes rasgos distintivos —que a menudo establecen una barrera casi imposible de superar entre dos naciones— acercando íntimamente a sudamericanos e ingleses, como si pertenecieran a una misma familia. Los ingleses han sido tratados adecuadamente en todas partes, tanto por los ricos como por los pobres. Me atrevería a decir que la riqueza de los extranjeros ha tenido algo que ver en que se genere esta conexión; pero todavía me inclino a atribuirla a la urbanidad y a la cortesía de las personas. Se muestran pacientes ante los errores de los demás, sin ser avasallantes, y si eres aceptado, su bienvenida es, por lo general, sincera y constante».

Sin embargo, al igual que el Capitán Head, los Robertson no mantienen siempre la misma visión; en otra parte, después de este espléndido panegírico de alabanza, sus comentarios acerca de sus compatriotas británicos tienen una resonancia contemporánea:

«Cuando de juzgar a los extranjeros se trata, nosotros los ingleses no solemos darles la importancia debida a ellos o a sus diferencias (...) estamos seguros de que nosotros tenemos razón y de que los extranjeros están equivocados y en nuestra supuesta superioridad no nos detenemos en ninguna posición intermedia (...) ni siquiera tratamos persuadirlos de que entiendan nuestra forma de ver las cosas (...) si hay dos familias inglesas residiendo en una ciudad extranjera, se relacionarán, obstinadamente, solo entre ellas (...) somos muy excluyentes, siempre olvidamos de todos los modos posibles que todos pertenecemos a la gran familia de la humanidad».

Puede esperarse que existan diversos puntos de vista sobre cualquier comunidad y su cultura, pero no hay duda de que la relativa riqueza de los británicos y la posición de Gran Bretaña en el mundo les dieron un sentido de superioridad que otros encontraron irritante.

Las Memorias De William Maccann

Los Robertson nos proporcionan una valiosa perspectiva de la vida y los tiempos vividos en el período inmediatamente posterior a la independencia. A partir de entonces, gracias a la pluma del Dr. William MacCann contamos con un valioso relato personal de la vida en la década de 1840,30 hacia el final del período que estamos cubriendo.

Después del brevísimo liberalismo del período de Bernardino Rivadavia, que terminó en 1827, debe haber sobrevenido una época de vacas flacas para los comerciantes. La guerra con Brasil y el bloqueo naval que este país ejerció interrumpió el comercio durante casi cuatro años, y los disturbios civiles posteriores, las guerras internas y la dictadura no hicieron nada para fomentar la prosperidad. Rosas, por supuesto, estableció un régimen más estable, pero hubo revueltas en las provincias que fueron reprimidas sin piedad.

MacCann manifiesta:

«Mi propósito al establecerme en el Río de la Plata era ampliar las relaciones comerciales (...) pero cuando entré en contacto con la gente local encontré justas razones para comprender que entre comunidades tan inestables no era probable que prosperara el comercio (...) mi primer negocio fue investigar con calma el origen y progreso de tal calamidad, para lograr juzgar si era probable que estas convulsiones tuvieran un rápido final o si los males estaban tan profundamente arraigados como para que hiciera falta que transcurrieran años o pasaran generaciones antes de su eliminación».

El Dr. MacCann llegó al país en 1842 y pasó varios años allí antes de publicar su libro, en 1853, un par de años después de partir. Su primer viaje lo lleva al sur de Buenos Aires, en un recorrido circular que comienza en el lado este, a través de ciudades como Quilmes, Chascomús y Dolores, y que termina en la frontera sur con el territorio indígena, al sur de Tandil. Regresa siguiendo la frontera occidental del territorio indígena que, unos años antes, el general Rosas había conquistado en una campaña militar.

En este primer viaje no tiene ningún problema o temor por los ataques de los aborígenes, y es efusivo respecto a la generosidad y amabilidad de todos los agricultores a quienes visita. Él nunca tiene que pagar nada por la hospitalidad que recibe y los únicos gastos de su viaje son la compra de ocho caballos y el pago a un peón (un jornalero hispanoamericano) para que oficie como guía.

Se aloja con un buen número de agricultores británicos, todos los cuales han construido sus casas de ladrillo y plantado árboles frutales, y que cultivan sus huertos en suelos muy fértiles y poseen varios miles de ovejas o cabezas de ganado y que también, muchas veces, son dueños de la misma cantidad de acres de tierra. Parecen vivir una vida cómoda y alejada, si bien algo solitaria, y su principal preocupación es la agitación social, que los expone a agresiones por parte de bandidos merodeadores. La escasez de mano de obra es el gran impedimento para promover el crecimiento, ya que no se dispone de mano de obra nativa para trabajos que no tengan que ver con manejar ganado. Cualquier trabajo que implique cavar y arar lo debe realizar mano de obra inmigrante, la mayor parte proveniente de Irlanda. Afirma que los salarios permiten que cualquier persona razonablemente laboriosa ahorre lo suficiente como para asociarse con otra y comprar sus propias ovejas. Con cuidado y capacidad, es posible que logren hacerse de un rebaño de ovejas muy grande y próspero en pocos años. Sin embargo, comenta que «la ociosidad y la embriaguez son la ruina de muchos que si se condujeran apropiadamente podrían sentar las bases de una relativa riqueza».

Regresa siguiendo el límite occidental, que en ese momento estaba en paz, y visita asentamientos indígenas primitivos y sucios en extremo. Relata detalladamente las creencias y la estructura social de los indígenas, relativamente comunes en las culturas ganaderas nómades. Termina su recorrido por la provincia de Buenos Aires con la siguiente alentadora conclusión:

«No hay lugar en el que las clases trabajadoras se encuentren tan bien consideradas como en la provincia de Buenos Aires, la cual abre un campo ilimitado para los laboriosos y los emprendedores. Los súbditos británicos son los preferidos, no solo por las autoridades, sino por la gran masa de la población; y los irlandeses, por muchas razones, son particularmente bien vistos».

Luego, en 1848, el Dr. MacCann solicita las impresiones del reverendo William Brown, un ministro escocés, y el reverendo A. Fahy, un sacerdote católico que ha vivido en el país durante muchos años. Proporcionan un cuadro muy diferente de lo que uno esperaría teniendo en cuenta la tumultuosa historia política del país.

El reverendo Brown, quien ha vivido en el país durante 20 años, dice:

«En medio de las convulsiones, los artesanos y los agricultores han quedado exentos de todas las demandas sobre su tiempo o bienes de las que ha sido objeto la población local (...) muchos han llegado trabajando de mecánicos, peones rurales y obreros y han adquirido un patrimonio considerable (...) recientemente hemos hecho provisiones para la caridad, pero la demanda es muy limitada».

El reverendo Fahy se muestra muy a favor de lo que dice su colega protestante:

«Usted habrá estado en contacto con muchos súbditos británicos, dos tercios de los cuales son irlandeses. He vivido aquí durante cinco años y a lo largo de mis viajes a través de las provincias nunca he conocido a un hombre que no pudiera hallar empleo, salvo durante una época cuando el bloqueo (...) he conocido hombres que han hecho £100 al año haciendo zanjas (...) Nunca conocí a ningún súbdito británico que no estuviera profundamente agradecido al Gobierno de Buenos Aires por la protección de la que disfrutaba (...) También debo añadir que el respeto que los súbditos británicos muestran al Gobierno y a las leyes hacen que sean mejor vistos por los locales que los extranjeros provenientes de otros países. Estas declaraciones pueden parecer extrañas en Inglaterra, donde hay tanta falsedad en relación con el estado de este país, pero estoy seguro de que mi evidencia será apoyada por toda inteligencia imparcial».

Difícilmente se pueda encontrar evidencia más sólida para refutar la visión de anarquía e injusticia que impregna la historia de estos tiempos.

Cuando MacCann regresa a Buenos Aires, Rosas se entera de que su viaje está siendo criticado en el Congreso, donde se afirma que se trata de un recorrido de espionaje para Gran Bretaña, y entonces lo invita a una reunión en su residencia. Vagan por las avenidas sombreadas del jardín durante «varias horas», mientras Rosas le asegura que él no tiene problemas con el viaje de MacCann, y que las críticas que esgrime el Congreso demuestran que hay más libertad que la que clama la oposición. Rosas continúa afirmando que él está ansioso por establecer buenas relaciones con Gran Bretaña, «un país que reconoció a Argentina quince años antes que los franceses» y que «el carácter de los británicos era más abierto y moral que el de los franceses», y se explaya sobre el valor de la inmigración británica para el país.

MacCann sostuvo otras distendidas conversaciones con el dictador, que lo impresionó por su sensatez, y le aseguró al visitante que se encontraría totalmente a salvo, incluso en las zonas donde había habido un bombardeo reciente, al norte de Buenos Aires (en 1846 los barcos británicos y franceses habían roto un bloqueo sobre el río Paraná que Rosas había impuesto para detener el comercio con Paraguay).

MacCann tuvo más de una entrevista con Rosas, quien, según nuestro relator, «hacía que sus visitantes se sintieran a gusto y se ganaba la confianza de los que lo rodeaban (...) al irse, uno solo podía sentir que el intercambio de opiniones con un hombre así era agradable y sin restricciones». Rosas exigía que todos los ciudadanos llevaran un lema que dijera: «¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes unitarios!». Él se justificó ante MacCann con el argumento de que esa decisión había sido adoptada en un momento de emoción y que si bien era cierto que muchos unitarios habían sido ejecutados, «solo se hizo para salvar veinte mil vidas después».

Una de las interesantes características sociales de la hospitalidad de Rosas era que cualquiera podía caer a cenar con él en su residencia y contar siempre con ser bien recibido y entretenido por su amable hija, aunque él no siempre aparecía, ya que solo hacía una comida al día. En la actualidad es difícil imaginar una costumbre presidencial tan extraordinaria, aunque presumiblemente no mucha gente pensaría que cenar con él fuese prudente.

MacCann se dirige luego al norte, hacia Santa Fe. En su viaje atraviesa el área donde estaban las baterías y los buques que en 1846 intentaron sin éxito detener a los anglofranceses usando el río Paraná, pero no encuentra ningún tipo de animadversión hacia los británicos. Es interesante señalar que en esta área, que está muy cerca de Buenos Aires, aparece cierta preocupación sobre la posibilidad de que ataquen los aborígenes, pero afortunadamente, esto no sucede.

Sin embargo, en su camino hacia Santa Fe —al norte de Córdoba, la segunda ciudad más grande del país— el peligro de los ataques de los aborígenes es tan grande que se le proporciona una escolta de 12 soldados. El ataque que se teme aquí no es el de los salvajes indígenas nómades del sur, sino el de los del Chaco, que habitan en el norte. Esto demuestra qué precario era el dominio que la población inmigrante tenía del país y lo poco del territorio que se encontraba bajo un control seguro.

MacCann cuenta que se siente como un barón medieval al ser escoltado por todas estas tropas. Visita Córdoba, que le impresiona como una ciudad española bien construida, antes de decidir volverse a Santa Fe, esta vez resuelto a arriesgarse y galopar con solamente un peón como escolta. Viaja por lo que ahora son Entre Ríos y Corrientes, donde encuentra enormes estancias con decenas de miles de cabezas de ganado y caballos salvajes. Esta zona había sido diezmada por muchos conflictos civiles, en uno de los cuales 20.000 soldados se habían enfrentado en el año 1838, y 2000 de ellos habían muerto en la batalla. Esta era un área mucho más rebelde que el sur y constituía un centro importante para la oposición al régimen de Rosas. De hecho MacCann cree que las provincias de Entre Ríos y Corrientes han sido tan injustamente tratadas que estarían mucho mejor como parte de una federación con Uruguay y Paraguay.

En su conclusión, MacCann afirma que el mayor de los males cometidos por Rosas había sido intervenir en la educación, insistiendo en que los maestros llevaran sus terribles lemas y permitiendo que policías analfabetos intervinieran en las escuelas si pensaban que se estaban enseñando ideas subversivas. Su política provocó el cierre de los colegios ingleses y, en consecuencia, los niños tuvieron que ser enviados al extranjero para su educación. Esto también desalentó a los tan necesarios inmigrantes, que de otro modo habrían aportado nuevas tecnologías e inversiones. El derrocamiento de Rosas en 1852 fue un paso hacia la liberalización acogido con beneplácito, así como también lo fue la reapertura del río Paraná para el comercio con otras provincias y con Paraguay.

A pesar de sus varios comentarios altamente favorables sobre su recorrido, MacCann, al igual que otros comentaristas, no mantiene siempre la misma visión. Haciendo caso omiso de muchos de sus propios puntos de vista anteriores y de los benévolos comentarios de los dos clérigos, concluye:

«Mientras nuestras propias colonias en Australia y Nueva Zelanda ofrecen campos tan ricos para un empleo rentable del capital, hay menos incentivo que nunca para que los comerciantes arriesguen su capital y energía entre una raza de personas cuyas riquezas naturales se desperdician por la acción combinada de la ignorancia, el gobierno inestable y la guerra interminable».

Instituciones Y Contratos Sociales

La Revolución industrial en Gran Bretaña y en el noroeste de Europa ocasionó gran movilidad geográfica y social y un serio debilitamiento de lealtades y vínculos familiares ancestrales. Los países latinoamericanos se vieron poco afectados por los cambios técnicos y económicos que habían transformado el noroeste de Europa. En este mundo modificado, se originaban iniciativas individuales y florecían los inventos y las nuevas ideas.

A fin de compensar la pérdida de lazos familiares y comunitarios, debían desarrollarse nuevas estructuras sociales. Los sistemas de bienestar, las organizaciones benéficas, los internados, los clubes sociales y los deportivos, las bibliotecas y las nuevas iglesias cumplieron un papel importante en el sector social, mientras que se crearon nuevos sistemas e instituciones legales, comerciales y financieros para facilitar el cambio económico.

Sin embargo, ninguna de estas nuevas instituciones sociales hubiese podido sobrevivir y prosperar sin estabilidad política, lo que pone de manifiesto la existencia de cierta capacidad para llegar a acuerdos y también de la voluntad para permitir que se produjera el cambio social y político. Además, sin determinado nivel de confianza, las relaciones comerciales nunca hubiesen podido prosperar, especialmente una vez que se expandió el comercio internacional. Y la rigurosidad en cuanto a los tiempos era esencial en la gestión de fábricas y negocios.

Todos estos cambios sociales y culturales que habían ocurrido en Gran Bretaña y el noroeste de Europa, y que habían evolucionado a lo largo de años y generaciones, fueron algunas de las innovaciones sociales y culturales más importantes que los inmigrantes británicos introdujeron en América Latina. Fernández-Gómez31 detalla una serie de estas innovaciones. Pero los inmigrantes británicos también establecieron un tejido que resulta fundamental en una sociedad moderna, a través de escuelas, organizaciones benéficas, clubes, sociedades, bibliotecas y, por supuesto, instituciones financieras como bancos, casas de comercio y compañías de seguros.

Fernández-Gómez revela que, ya en el año 1810, los comerciantes británicos establecieron un fondo para ayudar a las familias de los soldados patriotas que murieron en las batallas del noroeste del país. Un total de 40 ciudadanos británicos reunieron 1.163 onzas de oro para este propósito. Más o menos al mismo tiempo, contribuyeron a financiar la construcción de una escuela estatal e hicieron aportes considerables para crear la Biblioteca Pública Nacional. Fundaron el primer banco privado, crearon instalaciones sociales y sociedades de bienestar y, más adelante, jugaron un papel decisivo en el establecimiento de muchos de los clubes deportivos que existen en la actualidad.

Aunque sería absurdo afirmar que estas contribuciones sociales y compromisos fueron realizados desinteresadamente, lo importante aquí no es qué los motivó, sino el resultado de sus acciones. La creación de tales instituciones y sus instalaciones fue una contribución esencial para el establecimiento de la estructura social y económica de un país del mundo moderno.

En Retrospectiva

Es bastante decepcionante que las grandes esperanzas y los sueños de los patriotas liberales que iniciaron el movimiento de independencia condujeran a resultados tan desastrosos. Pasaron casi 50 años y dos generaciones antes de que los beneficios sociales y económicos del movimiento de independencia comenzaran a mostrarse, y empezaran a emerger líderes capaces, educados, inteligentes y socialmente motivados. No tiene mucho sentido intentar culpar a nadie por esta situación, ya que los factores históricos, que era imposible corregir de la noche a la mañana, explican la mayor parte de la confusión y anarquía que prevaleció durante gran parte de este período. El legado de una sociedad feudal española, con su concentración de la riqueza, sus medidas militares para el éxito en lugar de una ética de trabajo, y su carácter masculino e individualista no iba a modificarse fácilmente. La obediencia ciega de una sociedad dominada por el clero y la falta de espacios educativos que podrían haber permitido el surgimiento de nuevas ideas y el desarrollo de nuevos códigos de conducta fueron las causas principales de los problemas que durante tanto tiempo afectaron a este nuevo país.

Si bien no se puede subestimar la contribución británica al surgimiento de la Argentina, fueron solamente aquellos patriotas que vivieron y lucharon por ella los que la consiguieron. No obstante, la Marina británica hizo que fuera difícil para España peninsular suprimir las revoluciones autóctonas, y los marineros británicos tuvieron un rol vital en asegurar la rendición del último punto de apoyo clave de España en el Río de la Plata, la ciudad de Montevideo. Las ideas británicas de libertad infectaron a una población urbana cada vez más educada, y el libre comercio y las nuevas tecnologías proporcionaron los mecanismos para el cambio.

En el turbulento período posterior a la independencia, los británicos, ya fuesen comerciantes, colonos o trabajadores —tanto calificados como no calificados— desempeñaron papeles importantes en un entorno muy inestable, al proporcionar nuevos conocimientos, nuevas tecnologías y también su ayuda para desarrollar nuevas oportunidades de importación y exportación. Ellos plantaron las semillas que, cuando el país se tornó más estable, en la segunda mitad del siglo, permitieron que la Argentina emergiera como una de las grandes naciones comerciales del mundo.

Referencias del capítulo II

12. Parish, W. Buenos Ayres, and the Provinces of the Rio de la Plata. Londres: John Murray, 1839.
13. Ferns, H. S. Argentina. Londres: Ernest Benn Ltd, 1969.
14. MacCann, W. Two Thousand Miles’ Ride through the Argentine Provinces. Londres: Smith, Elder and Co., 1853.
15. Sarmiento, D. F. Life in the Argentine Republic in the Days of the Tyrants: or, Civilization and Barbarism. Nueva York: Collier Books, 1961.
16. Kirkpatrick, F. A. A History of the Argentine Republic. Cambridge: Cambridge University Press, 1931
17. MacCann, W. op. cit.
18. Sarmiento, D. F. op. cit.
19. Ferns, H. S. op. cit. 20. King, J. A. Twenty-four Years in the Argentine Republic. Nueva York: D. Appleton & Co., 1846 21. Bruce, G. Memorias no publicadas 1909.
22. Parish, W. op. cit.
23. Ministerio de Ganadería y Agricultura – Buenos Aires 1997
24. Head, F. B. Rough Notes Taken during Some Rapid Journeys across the Pampas and among the Andes. Londres: John Murray, 1824.
25. 14 Humphreys, R. A. ‘British merchants and South American independence’, Proceedings. Londres: British Academy, 1965.
26. Robertson, J. P. y W. P. Letters on Paraguay (tres vol.). Londres: John Murray, 1839.
27. Robertson, J. P. y W. P. Letters on South America (tres vol.). Londres: John Murray, 1843.
28. Fernández-Gómez, E. M. Argentina: Gesta Británica (cinco vol.). Buenos Aires: L.O.L.A., 1993, 1998, 2004
29. Robertson, J. P. y W. P. Letters on South America (tres vol.). Londres: John Murray, 1843.
30. MacCann, W. op. cit.
31. Fernández-Gómez, E. M. op. cit.

CAPÍTULO III
«El Dorado» de la agricultura
«Los caballos salvajes no tienen dueño, mas vagan en enormes tropillas por estas planicies, corren de un lugar a otro de cara al viento; y en una expedición tierra adentro que hice en 1744, en la que permanecí por tres semanas en estas vastas planicies, los había en número tan desmedido que durante dos semanas me rodearon continuamente. Algunas veces pasaban en gruesas tropillas, a toda velocidad, durante dos o tres horas».32

Esto es parte del impresionante relato sobre la vida en las pampas que hacía el padre Thomas Falkner, el fraile jesuita al cual nos referimos en el capítulo II. Los colonizadores españoles habían liberado algunos caballos y vacas a mediados del siglo XVI y, en las benignas condiciones de las pampas, esta introducción tuvo como resultado que el número de estos animales aumentara a millones.

Estas enormes llanuras rasas, prácticamente desprovistas de árboles, se encuentran entre las regiones más fértiles del mundo, habiendo sido cubiertas por materiales de la erosión de los Andes durante millones de años. Los ricos suelos tienen varios metros de profundidad y, ayudados por un clima relativamente templado, aunque variable, proporcionan alimentos para el ganado durante todo el año. En consecuencia, los animales maduran rápidamente, mucho más que en la mayor parte del mundo, donde los inviernos fríos retardan el crecimiento hasta en un año y resulta preciso proporcionarles alimentación y refugio costosos durante el invierno.

La introducción de caballos, ganado y, posteriormente, mulas transformó el Río de la Plata y, de hecho, toda Sudamérica, en lo económico y social. En el caso de la región del Río de la Plata, los aborígenes se beneficiaron de la movilidad que les brindó el caballo y de la provisión de suministros gratuitos de carne.

Para los colonos españoles que habitaban esta región, los beneficios fueron decididamente más dudosos. La movilidad que les proporcionó el caballo a los indígenas, y también la fuente inagotable de carne y cueros, hicieron de ellos oponentes feroces, eficaces y peligrosos.

La región pampeana es una de las mejores zonas agrícolas del mundo. Sin embargo, experimenta tormentas, sequías, plagas de langosta y feroces temporales; además, en ocasiones, el clima puede tornarse muy frío allí. Como cuentan muchos colonos, los vientos pueden arrastrar a las ovejas, el granizo puede matar el ganado y la sequía, a veces, provoca que los animales mueran de hambre. No obstante, a pesar de estas deficiencias, al no existir condiciones climáticas extremas y debido a la riqueza de nutrientes de los fértiles suelos, proporciona una de las mejores zonas del mundo para la reproducción del ganado.

Sin embargo, las grandes ventajas agrícolas de la Argentina no se limitan a esa región. A lo largo de las estribaciones de los Andes, el riego posibilita una amplia gama de cultivos: finas uvas y todo tipo de productos hortícolas. Más al norte, en las zonas más altas de Tucumán, se cultiva azúcar con mucho éxito, mientras que en las zonas subtropicales del norte y noreste, prospera tanto el algodón como un sustituto del té de producción local, la yerba mate. Los bosques secos son una fuente de plantas que contienen taninos y de madera de gran dureza, adecuada para los durmientes del ferrocarril. Hacia el este, a lo largo de los ríos Paraná y Uruguay, los cultivos de cereales se dan excepcionalmente bien.

Argentina posee uno de los mejores y más variados entornos naturales del mundo para el desarrollo agrícola y ganadero.

Independencia – 1810

Este rico entorno natural no fue desarrollado, sin embargo, hasta que la independencia permitió a los productores aprovechar el rápido crecimiento en la demanda de los consumidores de los mercados de Europa occidental y del norte. Hasta entonces, las únicas exportaciones eran cueros de caballo y vacas, y mulas para que trabajen en las minas de los Andes. A partir de la independencia, la apertura de los mercados —especialmente de los mercados británicos, y por los comerciantes británicos— condujo a un aumento de las exportaciones de cueros. Ya hemos comentado cómo los jóvenes y emprendedores hermanos Robertson, corriendo un considerable riesgo personal, lograron hacer una fortuna con el acopio y la exportación de cueros provenientes de lo que había sido la anárquica provincia de Corrientes. Muchos otros comerciantes británicos jugaron un papel clave en el fomento de la exportación de cueros.

Las grandes exportaciones de cueros implicaban, naturalmente, un enorme desperdicio de carne, que se dejaba pudriendo en las llanuras, y muchas personas se pusieron a pensar en formas de hacer un mejor uso de ella. Fueron empresarios británicos los que primero transformaron estos desperdicios en una exportación productiva, en la forma de carne vacuna salada y seca. Ellos establecieron la primera industria efectiva de carne seca en la región gracias a la exportación a los lucrativos mercados de esclavos de Brasil y el Caribe.

El primer saladero (en español en el original) fue creado por dos empresarios británicos, Robert Staples y John McNeil, justo después de que se estableció la Primera Junta, en 1810. La fábrica tenía el pleno apoyo de la Junta, y para el año 1812 empleaba a 70 hombres, entre ellos cuatro que habían llegado especialmente de Gran Bretaña para trabajar allí. Giberti señala que esta fábrica inauguró «una nueva época en la vida nacional, ya que todos eran trabajadores pagos y no esclavos».33

El éxito de esta empresa llegó a ser bien conocido y entonces surgieron empresarios locales. El más exitoso, que pronto llegó a dominar el mercado, fue Juan Manuel de Rosas, que abrió su negocio en 1815. Posteriormente iba a convertirse en gobernador y dictador del país. A finales de la década había unas 14 de estas industrias en funcionamiento, de las cuales al menos otra más pertenecía a un inversor británico, Thomas Gibson, un empresario escocés que se había establecido recientemente. Él y sus sucesores harían una gran contribución al desarrollo de la industria ganadera.

La necesidad de sal para estas nuevas industrias condujo a la realización de expediciones en la zona de la pampa dominada por los aborígenes, donde se encontraban los depósitos de sal. Otro de los beneficios secundarios derivados de esta nueva actividad era el sebo, que se utilizaba en gran medida para la elaboración de jabón y velas y en el alumbrado.34

El éxito de esta nueva industria de procesamiento de carne creó un problema que persiste hasta nuestros días. Al destinarse carne para la exportación, el precio de la misma aumentó para los consumidores de Buenos Aires, que se quejaron al Gobierno. Con el fin de mantener bajos los precios para el consumo, el Gobierno buscó limitar las exportaciones, pero esta acción acarreaba una pérdida de los ingresos correspondientes a los impuestos a la exportación. Esta situación originó un problema fiscal. El conflicto entre las demandas de un poderoso lobby de consumidores con la exigencia de comida a bajo costo en la ciudad capital y los productores rurales, cuyas exportaciones financiaban el estado, ha sido la causa subyacente de un conflicto político desde los primeros días de la independencia.

Aparte del desarrollo del comercio de carne vacuna salada, la industria ganadera bovina experimentó muy pocas modificaciones en varias décadas. Aunque las nuevas razas británicas que revolucionaron la producción del ganado vacuno fueron introducidas en la década de 1820 y 1830, no fue sino hasta el último cuarto del siglo —cuando aparecieron nuevas industrias de procesamiento y más nuevas razas— que la industria ganadera se consolidó. Mientras tanto, fue la humilde oveja la que proporcionó la revolución en la producción ganadera.

El Vellocino De Oro

No es por nada que la piel de esta criaturita se ha calificado a lo largo de la historia como «de oro». ¿Qué otra materia prima para vestirnos puede extraerse de un animal vivo como si se tratara de una cosecha, cada año, y brindar una fuente de abrigo tan importante por un costo tan bajo? Además una oveja también sirve de provisión de víveres ambulante.

En los siglos XV y XVI, las ovejas de la raza española Merino eran celosamente custodiadas por su valor. Sin embargo, la producción de lana se extendió a los Países Bajos y posteriormente a Inglaterra y sentó las bases económicas de dos grandes imperios marítimos.

España hizo todo lo posible para evitar la propagación de la raza Merino a otros países y, en particular, a sus colonias de América del Sur. En consecuencia, en la época de la independencia, las ovejas autóctonas de América del Sur eran pequeños animales escuálidos despreciados por los campesinos. Estas ovejas producían apenas 2 libras (1 kg) de lana por año y su carne era considerada muy inferior a la carne vacuna. La ganadería ovina se veía como una manera poco varonil de ganarse la vida.

Sin embargo, la importancia de la mejora de las razas locales no pasó desapercibida para el presidente Bernardino Rivadavia y su clara visión a futuro. Así que fue él el responsable de la importación de 100 ovejas de raza Merino de España y 30 de raza Southdowns de Inglaterra. También adquirió, de manera ilegal, cabras Angora provenientes de Turquía. Desafortunadamente las cabras, que habían prosperado en el interior del país, fueron devoradas por uno de los caudillos que saqueaban la zona. Las ovejas recibieron más cuidado y atención y fueron adquiridas por unos agricultores emprendedores: Harrat, Sheridan y Capdevilla. Sin embargo, la mayoría de los animales se perdieron en un incendio. No obstante, un envío adicional de 150 ovinos de raza Merino se importó desde Alemania en 1826, junto con su pastor alemán, y fue comprado por los estancieros británicos Harrat, Sheridan y Whitfield.

Estos criadores comenzaron una política de cruce con los ejemplares de la raza local de mejor calidad, estrategia que, con el tiempo, derivó en una industria de gran éxito. La producción ovina se extendió rápidamente, especialmente entre campesinos y trabajadores rurales ingleses, escoceses e irlandeses. Las ovejas requieren bastante más trabajo y atención que el ganado vacuno, por lo que la población local, en particular los gauchos, miraban a la cría de ovejas y a sus ganaderos con gran desdén. Las ovejas requerían protección de los depredadores (perros salvajes y pumas), un proceso que resultaba agotador. Además, los carneros importados necesitaban resguardo. La mano de obra local no tenía ninguna experiencia en la cría de ovejas, y los gauchos, por cierto, no iban a degradarse atendiendo a esos animales minúsculos e inofensivos. Por lo tanto, se generó una gran demanda de pastores experimentados.

La ganadería ovina tenía una gran ventaja, y era que los aborígenes no toleraban robar ovejas, ya que se mueven lentamente. Por lo tanto, no las molestaban en sus frecuentes incursiones por los campos fronterizos. Por otro lado, las ovejas necesitaban mayor manejo que el ganado y para esto hacía falta estabilidad social, algo de lo que a menudo se carecía como consecuencia de las frecuentes guerras civiles.

La ganadería ovina era el único camino para que una mano de obra rural empobrecida subiera posiciones en la escala económica. Muchos terratenientes proporcionaron la tierra y, con frecuencia, el capital para que los pastores se convirtieran en responsables de un rebaño de manera compartida. A veces, podía ser en una proporción de 50:50 y a veces de 30: 70 a favor del pastor. Mientras que las ovejas pueden producir un cordero por año, y en la actualidad más de dos, en esos días una tasa de reproducción o supervivencia del 40 % era la expectativa más razonable. Teniendo en cuenta la mortalidad, un incremento anual del 30 % en los rebaños de ovejas parece una expectativa razonable. En diez años un pastor podía prever, o al menos soñar, que su rebaño de 1.000 ovejas hembras aumentara a 10.000 ovejas más.

Sin embargo, las tormentas, las enfermedades, los disturbios sociales y la caída de los precios podían hacer añicos los sueños de estos pastores solitarios y esperanzados. Al final, la expansión de la población ovina de 1830 a 1870, y en particular desde la década de 1850 en adelante, fue espectacular y la demanda de mejores razas ovinas, especialmente por su lana, dio lugar a mejoras en la producción de lana por oveja.

Como resultado de la introducción de nuevas razas y del gran interés que demostraban los inmigrantes escoceses e irlandeses, hubo una intensa actividad en la década de 1830 y para 1840 la lana se había convertido en la segunda exportación más importante del país.

Surgieron contratiempos con la aparición de la sarna, una enfermedad que afecta gravemente al ganado ovino y que fue superada finalmente mediante la inmersión de las ovejas, una vez al año, en un bañadero con desinfectante. Luego estaban los depredadores —perros salvajes y pumas— que mataron gran cantidad de ovejas antes de ser eliminados. A pesar de estos formidables obstáculos, se produjo un aumento extraordinario en la población ovina, que pasó de tan solo 2,5 millones en 1830 a 5 millones en 1840, 41 millones en 1870 y 69 millones en 1883. La cantidad de lana por oveja se incrementó durante este período en un 60 % y el precio de la oveja casi se quintuplicó.35

La situación de las exportaciones se transformó después de 1883 debido a la inversión en no menos de cinco inmensos frigoríficos, y la escasa cifra de 17.000 reses exportadas en ese año aumentó a 1,2 millones de reses nueve años más tarde, lo que representaba una tercera parte de las reses congeladas de todo el mundo, y 6 % del consumo anual de Gran Bretaña.

Este enorme aumento fue el resultado de que, inicialmente, empresarios y pastores ingleses, irlandeses y escoceses captaron la producción ovina. Según Mulhall,36 para 1883 los ganaderos irlandeses y escoceses poseían entre 22 y 24 millones de ovejas y alrededor de 11 millones de acres (4 millones de hectáreas) de tierra. Según las afirmaciones de Mulhall, la riqueza de estos podía estimarse en 33 millones de libras.

El desarrollo en el valor de los productos ovinos tuvo lugar entre 1854 y 1870, cuando aumentaron en doce veces y llegaron a representar el 60 % de las exportaciones. Mientras tanto, las exportaciones de ganado vacuno apenas se modificaron.

Los numerosos inmigrantes irlandeses ganaderos de ovinos jugaron un papel esencial en esta bonanza y, al ser católicos, rápidamente se integraron con la población hispana. Mucha de la nueva aristocracia rural surgió con nombres irlandeses.

Fueron introducidas nuevas razas ovinas, que desafiaron a la Merino que se venía criando hasta el momento debido a que proporcionaban lana de mejor calidad, tenían un crecimiento más rápido o eran más adecuadas para las diferentes condiciones del país. Todas estas nuevas razas —Lincoln, Corriedale, Southdown y Romney Marsh— provenían de Gran Bretaña. La suya es una historia fascinante en lo que concierne a la innovación en la producción ovina, pero no es estrictamente relevante para este relato. Lo que es relevante para nuestros registros es que para el año 1925, 167.109 ovejas de pedigrí se habían importado a Argentina, de las cuales un 90,45 % eran de origen británico.37

Para 1883, Argentina había acumulado la mayor población de ovejas del mundo, gracias a los esfuerzos de los pastores, mayormente irlandeses y escoceses, y de los colonos ingleses, y mediante la introducción de razas británicas y aportes de inversiones británicas.

La Conexión Chascomús

A alrededor de 68 millas (110 km) al sur de Buenos Aires se encuentra la pequeña y agradable ciudad rural de Chascomús. Con su laguna, sus plátanos de sombra y su arquitectura española de una sola planta, ha escapado a la fiebre de edificios de hormigón que tanto ha dañado la personalidad de la mayoría de los pueblos rurales.

Por el año 1839, esta era una zona de producción ganadera, más allá del alcance de los indios depredadores. En esa época, algunos terratenientes se alzaron contra la dictadura de Rosas, quien, imprudentemente, se había aventurado en una guerra contra Francia. Esta tuvo un efecto devastador en los ingresos de los ganaderos de la zona. Los franceses habían bloqueado el Río de la Plata y arruinaron a muchos productores de ganado vacuno que hasta entonces habían sido partidarios de Rosas. La revuelta de los terratenientes fue brutalmente sofocada y las tierras fueron confiscadas y puestas en venta.

Aunque ya existían algunos estancieros británicos en la zona, entre los cuales los Gibson eran los más conocidos y contaban con la estancia más grande, estos se habían mantenido prudentemente alejados de la política y no perdieron sus tierras (aunque sí perdieron muchas cabezas de ganado y caballos, que fueron requisados por el ejército victorioso). La posterior disponibilidad de tierra a bajo precio atrajo a muchos nuevos colonos británicos a la zona de Chascomús, un gran porcentaje de los cuales eran escoceses.

Para 1857 había tantos escoceses en el área, y a sus empresas de cría de ovejas les iba tan bien, que establecieron y construyeron una encantadora iglesia de estilo clásico que existe en la actualidad. Al principio se trató de una simple construcción de adobe, construida dentro de los límites de una estancia perteneciente a la familia Dodds, en una parcela que Thomas Bruce les había arrendado. Después de su quiebra como un constructor naval (a la que nos referimos en el capítulo II), Thomas había estado trabajando como carpintero en la estancia ovina pionera perteneciente a los Sheridan y había decidido probar suerte él mismo como criador de ovejas.

Reconocidos hombres de campo escoceses —con apellidos como Grant, Bell, Dodds, Manson y Gaul— formaron la primera comisión, cuyo propósito era construir la iglesia y que estaba presidida por Thomas Bruce. La primera iglesia, conocida con el nombre de Rancho Kirk, es descrita como «una cabaña con bajo techo de paja, con suaves paredes blancas de yeso, piso de ladrillo y tres ventanas de cada lado. El mobiliario interior era obra del Sr. Thomas Bruce, quien, en su juventud, había sido ebanista».38

Unos años más tarde se construyó en las afueras de la ciudad una iglesia más bella, de ladrillo, que aún sigue en pie. Se financió a través de aportes equivalentes al valor de diez ovejas por cada mil que poseían quienes contribuyeron.

La reaparición de Thomas Bruce, nos permite tener una visión de lo que era la vida de estos pioneros, ya que George Bruce nos cuenta en sus memorias39 cómo sus padres y un hermano, Robert, se establecieron en Chascomús. La familia construyó su propia casa, y su estirpe de artesanos, sin duda, les permitió hacerla con mayor facilidad que lo que muchos de los colonos ingleses mejor educados habrían podido:

«Arrendamos un pedazo de tierra y tuvimos que construir una casa y corrales, ya que no había nada más que campo desierto. Mi hermano y yo levantamos toda la construcción. Terminó siendo una de las casas más bonitas y más cómodas de esa parte del país, pues aunque estaba construida de barro y recubierta con una mezcla de tierra y estiércol de caballo, estaba tan bien cubierta que una vez encaladas las paredes parecían construidas de ladrillo».

Desgraciadamente, y debido a la mala suerte, el mal clima y los malos precios, Thomas Bruce no logró pasar de trabajador rural a terrateniente, algo que sí lograron muchos de sus compatriotas.

Sin embargo, la experiencia de vida y los esfuerzos de Thomas han sido rescatados del olvido, ya que la lechería que inició fue la primera en introducir la pasteurización en el país. Fernández Gómez, con su dramatismo exagerado, dice:

«… la casa todavía existe (Valle de Santa Ana), junto con la antigua lechería y planta generadora, gracias a la terquedad de un escocés (Thomas Bruce), que ayudó a crear un país que fue capaz de contribuir a resolver el hambre en el mundo y a poner fin a una lacra del siglo XIX, la tuberculosis».

Dos compatriotas que tuvieron éxito fueron Jane Robson y su marido. Ella era tía bisabuela del autor de este relato. Jane había zarpado con sus padres en el SS Symmetry en 1825. Comenzó siendo una niña escocesa analfabeta perteneciente a la clase trabajadora, y en sus memorias comparte con el lector la determinación que la guió durante toda su durísima vida. A la edad de 11 años, pasó una vez nueve horas en su caballo arreando el ganado disperso de su padre. Decidida a convertirse en una mejor persona, Jane comenzó a trabajar a la edad de 14 años como sirvienta de una familia inglesa, a condición de que se le enseñara a leer y escribir. Llegó a casarse y establecerse en Chascomús, en donde, según un mapa de propiedad de la tierra publicado por Fernández-Gómez, su familia fue dueña de una de las estancias más pequeñas. (Véase el capítulo VII para leer más de su fascinante autobiografía.)

Una fotografía de ella y sus tres hermanas nos brinda un testimonio visual de una familia escocesa valiente, decidida y finalmente exitosa.

Estos recuerdos personales son solo retazos de la vida vivida por dos familias que desempeñaron un papel muy pequeño en el desarrollo de Chascomús y la Argentina. Hubo muchos otros agricultores y trabajadores escoceses, ingleses e irlandeses que hicieron importantes contribuciones tecnológicas para el desarrollo del país. Tal vez los más importantes fueron Thomas Fair y, más tarde, Robert Blake Newton, que poseían grandes estancias y fueron responsables de la introducción de nuevas razas ovinas y vacunas y también de la implementación de nuevas prácticas agrícolas. La estancia de Fair en Espartillar era una de las grandes explotaciones pioneras de ovinos de raza, y contaba con unas 60.000 ovejas de raza Lincoln y Merino. Fue en la estancia de Newton en Chascomús, donde se introdujeron los primeros alambrados y fue Newton quien jugó un papel clave en la creación de la Sociedad Rural Argentina, que cumplió una importante función en el desarrollo de la agricultura del país.

Una Revolución Agrícola

A quienes estén interesados en el desarrollo de la Argentina les podrá resultar sorprendente que hasta la década de 1880 era necesario importar trigo y harina al país. Los líderes más ilustrados de la nación, como Rivadavia y, posteriormente, Sarmiento, habían reconocido la falta de una economía de cultivo, por no hablar de una estructura cultural y social que la acompañara. Por su parte, cuando J. B. Alberdi asevera «Gobernar es poblar» muestra su entendimiento de que era necesario pasar de una economía ganadera a una agrícola. Pero, con una sociedad basada en la posesión de ganado, según el modelo heredado del sur de España, donde se carecía de una tradición agrícola, esta transformación habría resultado imposible sin la inmigración.

Como ya hemos señalado, se habían realizado esfuerzos en la década de 1820 para introducir colonos británicos, pero estos planes fracasaron y durante varias décadas no se hicieron más intentos. Sin embargo, en 1856 un empresario local fue precursor de un nuevo proyecto de colonización en la provincia de Santa Fe. En sus comienzos, el plan atrajo a campesinos de Suiza y Alemania; más tarde, también de Francia y el norte de Italia. Se les facilitaron pequeñas propiedades de alrededor de 150 acres (60 hectáreas), equipo agrícola y ganado, y debían pagar un arrendamiento anual por las tierras, que eventualmente podrían comprar. Si bien varias de estas colonias fracasaron, sobre todo las que organizó el estado, la mayor parte de ellas tuvo éxito y para 188340 había 66.000 colonos en estos proyectos en la provincia de Santa Fe. Había cantidades inferiores en la provincia de Entre Ríos, al este de Santa Fe, pero en la provincia de Buenos Aires prácticamente no había colonos.

A este tipo de colonos se lo valoraba porque normalmente se trataba de agricultores experimentados. Las dimensiones de sus propiedades los obligaron a desarrollar actividades agrícolas en lugar de criar ovejas o vacas, y tuvieron que cultivar la tierra, sembrando, entre otros, trigo y maíz. Muy pocos agricultores británicos participaron de estos proyectos.

La razón de que estos asentamientos de colonos no se extendieran a la potencialmente mucho más rica provincia de Buenos Aires fue que los propietarios de ganado no contaban con un gran incentivo para introducir lo que podría ser un elemento social perjudicial en sus tierras. En cualquier caso, la mayoría de estas áreas todavía estaban dominadas por los aborígenes.

La nueva tecnología que iba a revolucionar la producción de ganado, y que fue introducida por los agricultores, fue la siembra de alfalfa. Este riquísimo cultivo forrajero se adaptaba perfectamente a los suelos de la pampa y, una vez plantado, volvía a crecer cada año, durante más de diez años. Además, requería que los ganaderos limpiaran la tierra de malas hierbas y, en particular, de los cuantiosos cardos, que eran una molestia para las tierras bajo cultivo. La alfalfa era un alimento magnífico para acelerar el crecimiento del ganado. En la región pampeana, los novillos bien manejados llegan al peso de faena a precios muy bajos en un plazo de 18 meses, en comparación con los hasta tres años que les lleva en otras áreas donde prevalecen sistemas de gestión extensivos similares.

Sin embargo, en la década de 1870, con las incursiones de los indígenas restringiendo la agricultura —e incluso las comunicaciones— al norte de una línea que corre hacia el oeste, desde Buenos Aires hasta Mendoza, no se tenía ni la capacidad ni la motivación para expandir la frontera agrícola hacia el sur.

El Problema De Los Indígenas

No resulta sencillo apreciar que hasta 1880 la Argentina ocupaba menos de la mitad de su territorio actual. Los aborígenes eran dueños del resto. En la década de 1830, se había realizado una incursión exitosa en los territorios aborígenes del sur de la provincia de Buenos Aires y se los había conquistado. Allí, posteriormente, se habían asentado los europeos. Desde entonces, el Gobierno no había hecho mucho más que extender una línea de fuertes no muy efectivos, cuyo personal consistía en conscriptos mal pagos, poco más que esclavos, que estaban apenas mejor armados que los indígenas.

En un año tan reciente como 1876 había habido un audaz ataque de los indígenas, quienes penetraron 186 millas (300 km) al interior de Buenos Aires y capturaron 300.000 cabezas de ganado y 500 blancos.41 Pero la continua lucha civil interna en el país no solo imposibilitaba que se enviaran recursos para la defensa de las fronteras, sino que también, con frecuencia, significaba que los aborígenes eran llevados como aliados para apoyar un lado o el otro. Aunque carecían de armas, los indígenas eran superiores en términos de movilidad y lograban sus propósitos si conseguían sorprender a sus adversarios. Los lentos fusiles de carga trasera utilizados por las fuerzas de defensa solamente eran eficaces en una situación estática cuando un fuerte era atacado, pero no eran tan ventajosos en la velocidad de una batalla con hombres montados.

Fue recién cuando la guerra contra Paraguay llegó a su fin, en 1870, y se comenzó a utilizar el rifle Remington que el Gobierno consiguió organizar una campaña para resolver el «problema» de los indígenas de una vez por todas. En 1878 el ejército avanzó contra los pueblos originarios y con bastante facilidad los eliminó o los trasladó a otros asentamientos, abriendo así la totalidad de la pampa, desde el Océano Atlántico hasta los Andes, a propietarios europeos. Unos 21 millones de acres (8,5 millones de hectáreas) pasaron a manos de 381 propietarios, un promedio de 55.000 acres (22.300 hectáreas) por persona.42

Sin negar que esto fue una gran injusticia para los pueblos originarios —no importa cuán despiadados, crueles e incivilizados se haya considerado que eran, y ellos tenían entonces, y tienen hoy cada vez más, sus defensores entre las clases liberales— la eliminación mundial de las sociedades nómadas por las sociedades agrícolas se ha producido a lo largo de toda la historia. Sin esta lucha histórica o «darwiniana», el mundo habría seguido habitado por una empobrecida comunidad de subsistencia. Se han llevado a cabo muchos intentos bien intencionados para convertir las comunidades nómadas a una forma de vida agrícola y más productiva, pero, por desgracia, casi todos han fracasado. Y en los casos en que se ha logrado esta conversión, ha llevado generaciones en lugar de años.

Esta repentina disponibilidad de tierras condujo a lo que Fernández-Gómez y, de hecho, la mayor parte de los historiadores argentinos, describe como el mayor escándalo perpetrado en la historia argentina: la asignación de estos fértiles y ricos pastizales a unos pocos favorecidos. A diferencia de gran parte del asentamiento de colonos en el oeste de América del Norte, donde la Ley de Pequeños Agricultores (Smallholder Act) otorgó a los colonos 160 acres (65 hectáreas) de tierra cultivable y dio lugar a un sistema de agricultura de pequeña y mediana escala, en la Argentina se crearon enormes latifundios debido al nepotismo, la mala administración y la corrupción. Esto creó una aristocracia ganadera terrateniente que jugó un papel clave en la configuración de la política y la economía del país. La alternativa podría haber sido una economía de pequeños agricultores más eficiente y democrática y una sociedad basada en la producción de cultivos en lugar de en la cría de ganado.

La Nueva Economía Ganadera

Hubo cinco factores e innovaciones que hicieron que los animales escuálidos y semisalvajes, que habían prosperado tan bien en las tierras indígenas, llegaran a convertirse en unos de los mejores animales productores de carne del mundo. El primero fue la eliminación de los aborígenes y la creación de grandes estancias ganaderas, propiedad de una poderosa clase criolla. El segundo fue la invención de la refrigeración y de barcos para el transporte de carne a los centros de consumo europeos. El tercero fue la inversión en nuevos frigoríficos. El cuarto fue la introducción de nuevas razas de vacunos, que produjeron animales de mucha mejor calidad. El quinto fue la siembra de alfalfa, que incrementó ampliamente la capacidad de las estancias para sustentar cantidades de ganado mucho mayores y producir suministros para el engorde de ganado criado en otro lugar.

Exceptuando el primer factor, la habilidad y el capital británico, y los británicos en sí, jugaron un papel clave en esta transformación. Es cierto que el primer barco frigorífico fue en realidad un invento francés, que hizo su primer viaje en 1878, al igual que un segundo barco que siguió poco después, pero estos primeros envíos no tuvieron gran éxito, porque la carne no llegó en condiciones muy satisfactorias. Luego los transportistas británicos introdujeron mejoras en el sistema, capturaron la mayor parte del mercado y se convirtieron en los principales portadores de este nuevo producto.

Desde alrededor de 1880 hasta 1900, hubo, de hecho, un avance provisorio: el envío de animales vivos a Gran Bretaña. Esta circunstancia tuvo el efecto significativo de desarrollar razas de ganado de mayor calidad, ya que se descubrió que los novillos Shorthorn resistían mejor los viajes por mar.

Antes de que se pudieran producir exportaciones, tuvo que desarrollarse una nueva industria de procesamiento de carne. En 1882 el River Plate Fresh Meat Company fue el primer gran frigorífico de carne en establecerse, con £200.000 de capital británico. Otras dos grandes empresas la secundaron: la Compañía Sansinena de Carnes Congeladas y el frigorífico Las Palmas. Esta inversión resultó ser en extremo rentable y otras empresas comenzaron a invertir en el negocio del procesamiento de carne vacuna. La industria recibió un gran incentivo para su expansión cuando la exportación de animales vivos, que había aumentado rápidamente, fue prohibida por Gran Bretaña en 1900 debido a la preocupación que generaba la infección de la fiebre aftosa.

Mientras tanto, las razas mejoradas importadas de Gran Bretaña —Hereford, Aberdeen Angus y Shorthorn, todas las cuales aportaban al peso, la calidad y la productividad de los animales— cada vez tenían mayor demanda. En 1886 se estableció un libro genealógico de líneas británicas, y los registros indican que para el año 1925, el 88,83 % de los 227.000 animales asentados en el libro de la Sociedad Rural eran de origen británico.43

La Sociedad Rural Argentina, otra organización en la cual los colonos británicos jugaron un papel fundador, estableció una muestra anual que pronto adquirió fama internacional y sirvió como vidriera para ganado premiado, que en seguida se vendía a precios astronómicos. Para todos los argentinos, el bife es, acertadamente, uno de sus productos de mejor calidad y una vez que uno lo prueba, no es posible olvidarlo. Lo que a menudo no se tiene en cuenta es su origen británico y, por cierto, hasta la palabra «bife» (beef) viene de Gran Bretaña.

La importación de razas de calidad se remonta a mucho tiempo atrás. Fue en el año 1825 cuando John Miller, un escocés dueño de una estancia muy famosa actualmente, cuyo nada sorprendente nombre es La Caledonia, importó el primer toro de reproducción de raza Shorthorn. Esto ocurrió mucho antes de su tiempo económico; la calidad y el peso de los animales productores de carne aún no aseguraban un precio superior. Sin embargo, la progenie del toro se extendió gradualmente y la raza se convirtió en una favorita para finales del siglo. La importancia de este toro, llamado Tarquino, fue reconocida 100 años más tarde, cuando la Sociedad Rural Argentina le erigió un monumento. Su presidente afirmó en un discurso muy cortés:

«No solo le rindo homenaje a este evento, sino también a todos aquellos británicos que, desde nuestra independencia, nos ayudaron con su entusiasmo y colaboración, no solo como marineros, exploradores y como soldados refugiados, sino también a los aristócratas que han establecido fuertes raíces en las familias argentinas. La contribución británica a nuestro progreso ha sido muy importante y quiero decir, sin reservas, que nuestro país, a través de sus leyes liberales y de la fertilidad de sus suelos les brindó una bienvenida y una hospitalidad incondicionales».

Mientras que las exportaciones de carne vacuna congelada se iniciaron en la década de 1880, no fue hasta la década de 1900 que aumentaron a cantidades importantes y sobrepasaron a las exportaciones de carne de ovino congelada. Las exportaciones de carne vacuna congelada alcanzaron su pico de 400.000 toneladas entre 1915 y 1919, pero luego comenzaron a decaer, a medida que mejoraron las instalaciones para la comercializar carne vacuna refrigerada.

La tecnología de la carne refrigerada se había introducido en la década de 1880 y proporcionaba un producto de mucha mejor calidad, pero era necesario que la carne se vendiera dentro de los 45 días de su llegada a Gran Bretaña, y para esto hacía falta una cadena de comercialización que asegurara su venta en ese lapso. Pasaron varios años hasta que se pudo implementar este nuevo sistema de comercialización. Cuando se estableció, las exportaciones de carne refrigerada superaron a las del producto congelado, cuya calidad era inferior. Para la década de 1920 las exportaciones de carne refrigerada superaron las 400.000 toneladas por año, mientras que las exportaciones de carne congelada cayeron a la mitad de esta cifra.

La industria ovina alcanzó sus cifras máximas en la década de 1880, pero luego decayó, ya que la producción de cereales y carne vacuna se volvió más rentable. Sin embargo, el rendimiento lanero aumentó, por lo que el valor total de la industria ovina se mantuvo.

La contribución británica fue la clave para este desarrollo fenomenal del sector de ovinos y bovinos, y no fue poco importante en otros sectores de la ganadería, como la producción lechera, la producción porcina y el desarrollo equino. Fueron los escoceses de Monte Grande los primeros en introducir una industria lechera comercial en el país, en el año 1825. Su legado fueron los productos lácteos de larga data que posteriormente se comercializaron con la marca La Martona, que muchos recordarán de su juventud. Desde entonces, vascos trabajadores han tomado la posta de la industria láctea y la han seguido desarrollando.

Inmigración

La etapa final para la construcción de esta nueva economía y de una nueva sociedad era conseguir suficiente gente. Despojadas de aborígenes, enormes extensiones esperaban ser explotadas, y los propietarios de ganado y los especuladores se habían apropiado de la mayor parte de estas tierras. Mientras las poderosas clases ganaderas inicialmente no habían visto ninguna gran ventaja en la idea de atraer colonos, que competirían con ellos por la tierra, los inmigrantes se convirtieron en una bonanza debido a que las vastas nuevas extensiones solo podían explotarse si se limpiaban de las malas hierbas y los pastos de baja calidad y se plantaban cereales y alfalfa. Antes de 1880, la inmigración había sido moderada, solo unos pocos miles de almas por año, pero después comenzó a acelerarse hasta alcanzar un pico de un total neto de 208.000 inmigrantes en el año 1910.44

Lo que es particularmente interesante es que la inmigración bruta de ese año fue casi el doble de la cifra neta. En el período de tres años de máxima inmigración, de 1910 a 1912, la cantidad total anual de inmigrantes fue de 335.000, pero la cifra neta fue de solamente 174.000. La reducción se debió a la vuelta de unas 161.000 personas, principalmente a Italia, ya que solo habían emigrado para trabajar durante la corta temporada de la cosecha.

Es altamente probable que muchos se habrían quedado si hubiera habido tierra para que cultivaran, pero los beneficios percibidos por una mejor explotación de la tierra fueron tan importantes que los propietarios no estuvieron dispuestos a vender ninguna porción de sus tierras.

Durante el período que va desde 1857 hasta 1924 hubo 2,6 millones de inmigrantes italianos,45 1.8 millones de españoles, 226.000 franceses, 100.000 alemanes y solamente 64.000 británicos. En estos números solo se encuentran registrados los pasajeros de segunda y tercera clase, por lo que las cifras de inmigrantes británicos probablemente hayan sido mayores, ya que hubo una buena cantidad de inmigrantes ingleses que llegaron con fondos para invertir y deben haber viajado en primera clase.

La mayoría de los inmigrantes que se asentaron en zonas rurales se instalaron en tierras de la región pampeana, lejos de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, que previamente habían sido populares.46

Gran parte, si no la mayoría, del progreso viene de los forasteros con energía e ideas, que transforman las sociedades a las que emigran. Las zonas templadas de América del Sur y del Norte eran imanes para los campesinos desesperados y necesitados provenientes de Europa y significaban una gran atracción para los empresarios. El esmero de estos trabajadores, combinado con tecnología y capital mayormente británicos, convirtió a la Argentina en El Dorado agrícola del Hemisferio Sur.

Un Despegue Con Crecimiento Sostenido

Desde los comienzos de la década de 1880, el crecimiento económico de la República Argentina fue bastante espectacular. Para utilizar la definición de un popular economista de los últimos años «despegó con un crecimiento sostenido». La producción de granos se disparó y, en el trascurso de una década, la Argentina se convirtió en uno de los mayores exportadores de cereales y productos pecuarios del mundo. Para 1905, la Argentina, que había estado importando trigo y harina en 1880, se había convertido en el quinto mayor productor de trigo del mundo. Y para 1929, la Argentina era el mayor exportador mundial de carne refrigerada, maíz, semilla de lino y avena, y ocupaba el tercer lugar en la producción de trigo y harina. En tres décadas, el país se había convertido en la sexta nación exportadora del mundo.

En 1920, la Argentina, con una población de 8 millones de habitantes, tuvo exportaciones por un valor de mil millones de dólares, el mismo valor que el de las exportaciones del resto de América del Sur, cuya población ascendía a 56 millones. El valor de las importaciones que ingresaban a la Argentina era de 846 millones de dólares, casi idéntico al valor de las importaciones del resto de América del Sur. Dicho de otra manera, la riqueza promedio de la población argentina era siete veces mayor que la del resto de América del Sur.47

Un escritor estadounidense escribía, de forma muy pintoresca, en 1928:48

«Las capitales europeas durante mucho tiempo han considerado a los argentinos los derrochadores del mundo. Si a un estadounidense en París se le pueden hacer pagar nueve francos por un durazno, un argentino si le piden nueve, pagará diez. ¿De dónde sacan el dinero para gastar?».

Colin Clark, un economista internacional muy reconocido en su tiempo, estimaba que en 1940 la Argentina era el séptimo país más rico del mundo.

¿En qué medida contribuyó Gran Bretaña a esta revolución agrícola? Sería justo concluir que el desarrollo del ganado ovino y vacuno fue técnica y administrativamente un logro británico casi en su totalidad, al igual que la inversión en el procesamiento y el transporte de estos animales.

Sin embargo, el desarrollo de los cereales, si bien dependió de manera crucial de la inversión británica para el transporte, fue el producto de los propietarios de tierras locales y de los agricultores y trabajadores inmigrantes. La nueva tecnología necesaria para lograr este gran aumento requirió maquinaria agrícola e inversiones en alambrados y riego, y estas fueron, en gran parte, de origen británico.

También existía una inmensa infraestructura institucional británica, que era un eslabón esencial en la cadena de exportación. Había agencias de importación, empresas de exportación, bancos, compañías de seguros y negocios, todos componentes fundamentales de una economía exportadora.

Finalmente, pero no porque esto tenga menos importancia, está el papel desempeñado por los colonos británicos en la creación de instituciones rurales, tales como la Sociedad Rural Argentina y el famoso Jockey Club, y en el establecimiento de muestras rurales anuales, de las cuales la Exposición Rural de Palermo se convirtió en un gran evento internacional. Se crearon estándares para los productos agropecuarios, desde la cría y la producción hasta la transformación y la comercialización. Un instituto de investigaciones agropecuarias estatal, en la colonia escocesa de Monte Grande, fue el primero de su tipo en todo el continente.

Hubo pocos aspectos, si es que existió alguno, de la transformación de la economía agropecuaria argentina que no llevaran una huella británica significativa.

Referencias del capítulo III


32. Falkner, T. A Description of Patagonia, and the Adjoining Parts of South America
33. Giberti, H. C. E. Historia Económica de la Ganadería Argentina. Buenos Aires: Editorial Solar/Hachette, 1961.
34. Giberti, H. C. ibid.
35. Mulhall, M. G. y E. T. Handbook of the River Plate. Buenos Aires: Standard Printing Office, 1869.
36. Mulhall, M. G. y E. T. ibid.
37. Richelet, J. E. La Ganadería Argentina y su Comercio de Carnes. Buenos Aires: Lajouane, 1928. 38. Merchant, R. M. An Historical Record of the Scots Presbyterian Church, Chascomús. Buenos Aires: St Andrew’s Scots Presbyterian Church, 1957.
39. Bruce, G. Memorias no publicadas.
40. Mulhall, M. G. y E. T., op. cit.
41. Rock, D. Argentina 1516–1987. Berkeley: University of California Press, 1987.
42. Rock, D., ibid.Argentina
43. Richelet, J. E., op. cit.
44. Tornquist, E. & Co. Ltd. The Economic Development of Argentina during the Last Fifty Years. Buenos Aires, 1919.
45. Jefferson, M. Peopling the Argentine Pampa. Nueva York: American Geographical Society, 1926
46. Jefferson, M., ibid.
47. Jefferson, M., ibid.
48. Jefferson, M., ibid.

CAPÍTULO IV
Los cimientos económicos de la Argentina moderna

Los Ferrocarriles

Nadie que hubiera asistido a la inauguración de la primera línea ferroviaria comercial entre Liverpool y Manchester el 15 de septiembre de 1830 podría haber pronosticado que esta innovación transformaría el mundo (y menos aún Robert y George Stephenson, cuya compañía había diseñado y construido la famosa locomotora de vapor Rocket). Especialmente porque George Huskisson, el parlamentario por Liverpool, que había hecho tanto para promover la empresa desde el Parlamento, se convirtió en la primera víctima mortal de un accidente ferroviario ese mismo día, cuando fue embestido por la Rocket y más tarde murió. Rara vez una ocasión tan trascendental debe haber tenido un comienzo tan poco auspicioso.

No obstante, algunas décadas después, los ferrocarriles habían cambiado el mundo. Conectaron las distintas regiones de los países y llevaron al desarrollo de remotas zonas rurales: las praderas de los EE. UU. y Canadá, y las zonas de Siberia en Rusia. Los trenes sentaron las bases para la India moderna, crearon una nueva Australia y, a medida que se fueron extendiendo sobre la Pampa, dieron forma a la Argentina moderna.

Estas vastas extensiones, hasta ahora poco desarrolladas, se transformaron en cultivables gracias a los ferrocarriles y a los inmigrantes europeos, muchos de los cuales habían huido o sido expulsados de las tierras agrícolas del oeste de Europa, asoladas por la pobreza, para producir alimentos para los trabajadores de las fábricas y los habitantes de las ciudades de la Europa industrial.

Los ferrocarriles y la consecuente transformación que provocaron en las templadas zonas agrícolas no habrían sido posibles sin un cambio radical en la política gubernamental de Gran Bretaña. Este cambio fue consecuencia de la llegada a su fin de la alta protección que recibía parte del sector agrícola británico al ser derogadas, en 1848, las Corn Laws (Leyes de Granos). Esta derogación asestó un golpe devastador a la población rural de Gran Bretaña, pero proporcionó alimentos más baratos para los trabajadores urbanos de las fábricas que estaban produciendo bienes de consumo masivamente.

Cada cambio tiene perdedores y ganadores y esta revolución técnica y económica, a la vez que benefició a los agricultores de los nuevos países, firmó la sentencia de muerte para las comunidades nómades que vagaban por las praderas fértiles de la región pampeana argentina y el interior australiano. En Gran Bretaña, los agricultores estaban en bancarrota y muchos trabajadores rurales perdieron sus puestos de trabajo.

Entre los perdedores y los ganadores se encontraban mis antepasados. Mi bisabuelo, George Bridger, que tenía una enorme finca de 1.500 acres (607 hectáreas) colindante con Winchester (el dominio absoluto pertenecía a la Catedral), tuvo que renunciar a ella en 1862 y tres de sus hijos emigraron a Uruguay. Dos de ellos sobrevivieron y fueron precursores de nuevas granjas y sistemas de cultivo para alimentar a los trabajadores urbanos de Gran Bretaña.

Todo esto fue posible porque el ferrocarril y el barco de vapor permitieron que zonas distantes, sumamente fértiles y templadas, se convirtieran en la canasta de víveres de Europa. El mundo moderno se inició con la primera conexión ferroviaria entre Liverpool y Manchester.

Argentina

Fue en 1852, 22 años después de la inauguración del ferrocarril que unía Liverpool y Manchester y con la expulsión del gobernante tiránico y negado a todo lo que viniera del exterior, el general Rosas, que los nuevos gobernantes más liberales de la Confederación Argentina reconocieron la necesidad de abrir su economía al resto del mundo.

Sin embargo, como el país no había pagado el empréstito Baring por 1 millón de libras de 1822, los inversores británicos no estaban con ánimo para prestarle dinero a la Argentina y no tenían muchas intenciones de hacerlo. El empréstito, que se había previsto para el desarrollo de infraestructura, se había desviado a necesidades más urgentes —la financiación de la guerra con Brasil— y la Argentina había incumplido con los pagos.

Los potenciales inversores británicos le dejaron en claro a este nuevo régimen argentino que era prudente que devolvieran ese empréstito si esperaban que la Confederación alguna vez volviera a disponer de inversión extranjera. En 1856, el gobierno de Buenos Aires —la provincia más rica— que se había separado de la Confederación, hizo de tripas corazón y honró este compromiso de larga data.

Esto marcó un importante límite financiero entre la vieja y la nueva Argentina. Pero todavía había importantes obstáculos políticos que debían superarse antes de que la inversión extranjera a gran escala tuviera lugar. Hacía falta que se estableciera un gobierno estable que asumiera la responsabilidad de los empréstitos públicos. En 1861, con la creación de un gobierno unificado, que se conoció como la República Argentina, se cumplió otro requisito. Sin embargo, al entrar este país en una guerra con Paraguay, que se extendió de 1865 a 1870, un obstáculo más se colocó en el camino de la inversión extranjera.

La Era De La Transformación

Era obvio para quienes gobernaban que los traqueteantes carros de bueyes que tardaban semanas, si no meses, en transportar productos desde los distantes centros de Mendoza, Córdoba y Tucumán a Buenos Aires podían y debían ser sustituidos por conexiones ferroviarias más eficientes tan pronto como fuera posible.

Sin embargo, esto no era tan obvio para los inversores extranjeros y, en realidad, para ser justos, la Argentina de mediados del siglo XIX era una pequeña zona remota que solo ocupaba bastante menos de la mitad del área que abarca ahora. Las fronteras de las peligrosas tierras aborígenes se encontraban apenas a 60 millas (100 km) al sur de Buenos Aires y se extendían hacia el oeste hasta los Andes. La ruta principal, o la huella, hasta Córdoba en el interior y hasta las ricas minas de plata de los Andes era tan precaria que podía ser invadida por los indígenas. La mayoría de las otras áreas secas del norte seguían siendo territorio aborigen. En esta época, el área más prometedora para el desarrollo era el noreste entre los dos ríos principales de las provincias de Santa Fe y Entre Ríos, donde los aborígenes eran menos problemáticos y los suelos, magníficamente fértiles. Era muy conveniente, por razones económicas, sociales y políticas, mejorar los vínculos entre esta fecunda zona y la segunda ciudad del país, Córdoba.

No es sorprendente, por lo tanto, que en 1852 se concibieran los primeros planes para llevar el ferrocarril a fin de cubrir esta fértil área agrícola desde Rosario, un puerto accesible al norte de Buenos Aires, hasta la ciudad de Córdoba. Desafortunadamente, el país estuvo dividido en dos hasta 1861 y fue Buenos Aires, que contaba con fondos, y no la Confederación provincial, que incluía a Rosario, quien construyó la primera línea ferroviaria en 1857.

El Ferrocarril Oeste De Buenos Aires

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina
En primer ferrocarril en Argentina
Un joven ingeniero británico, William Bragge, se ocupó del diseño y la construcción del ferrocarril, y tuvieron que traerse 160 peones y técnicos especializados de Gran Bretaña para esta obra, ya que la mano de obra local no estaba capacitada para llevarla a cabo. Prominentes angloargentinos jugaron un rol esencial en su desarrollo. Se trataba solo de un tramo corto, desde una terminal donde ahora se encuentra el Teatro Colón hasta Flores, unas 6 millas (10 km) de vías. Se lo conoció como «El Oeste» y el primer tren llevó a un entusiasta grupo de directores e invitados a un recorrido con refrigerios incluidos, que salió bien hasta que, en el viaje de vuelta, el tren se salió de la vía y uno de los invitados resultó herido, una experiencia menos desastrosa que la del servicio inaugural de la línea entre Liverpool y Manchester. La línea se extendió luego a Mercedes y Chivilcoy, pero cuando la empresa tuvo problemas financieros, fue adquirida por el gobierno provincial, en 1863. La expansión continuó hasta que el gobierno de la provincia, encontrándose con más problemas financieros, lo vendió a una compañía británica, la Western Buenos Aires Railway, en 1880. Para entonces, la línea comprendía 560 millas (900 km) de vías.

El Ferrocarril Central Argentino

En 1862, el Gobierno le otorgó a William Wheelwright, un empresario norteamericano muy emprendedor y experimentado, la concesión para la construcción del enlace ferroviario entre Rosario y Córdoba. Con el fin de asegurarse el financiamiento, que los inversores consideraban de mucho riesgo ya que especulaban sobre el tráfico que generaría, se les ofreció una garantía del 7 % de los costos de construcción de £6.400 por milla (£4.000 por km), y también 3 millas (5 km) de terreno a cada lado de la vía férrea para que la empresa vendiera a colonias rurales. Como se trataba en gran parte de tierras de los aborígenes, no costaba casi nada. A cambio, el Gobierno conseguiría el correo gratuito y el transporte de tropas a precios reducidos. Surgieron muchas demoras para la financiación de la obra, que no se completó hasta 1869.

El Gran Ferrocarril Del Sur

Casi al mismo tiempo, el Gobierno otorgó una concesión a la compañía del Gran Ferrocarril del Sud, la cual iba a extender la línea hacia el sur, hasta la ciudad de Chascomús, a 70 millas (112 km) al sur dentro de la provincia de Buenos Aires. La concesión que se le dio no implicaba ninguna tierra para colonias, pero la garantía del 7 % se basaba en costos de construcción de £10.000 por milla (£6.200 por km), bastante más que la otorgada a Wheelwright para el Ferrocarril Central Argentino. Esto molestó a Wheelwright sobremanera y desató una importante polémica en los círculos del gobierno sobre este trato diferencial, lo que detuvo el desarrollo por algún tiempo. Los patrocinadores británicos del Gran Ferrocarril del Sud afirmaron que Wheelwright quería controlar todo el sistema ferroviario y que, de todos modos, ellos no recibían concesiones de tierras que no fueran esenciales para el tendido de la vía. Finalmente resolvieron el problema mediante el pago de £22.000 en sobornos a funcionarios locales, lo que les permitió empezar a trabajar en 1863.49 Para 1866 habían llegado a Chascomús, para el deleite de los muchos criadores de ovejas escoceses de la zona. El Gran Ferrocarril del Sud fue extendiendo gradualmente su red gigantesca sobre todas las tierras del sur y se convirtió en la empresa ferroviaria británica más grande y exitosa de todas.

Problemas Iniciales

Durante las dos décadas transcurridas hasta 1880 solamente se tendieron 1.860 millas (3.000 km) de vías férreas, a pesar del interés del Gobierno, formado por agricultores y comerciantes, ya que estos se daban cuenta de los increíbles beneficios que podría generar una red ferroviaria. Un convoy de carros de bueyes necesitaba entre 40 y 50 días para cubrir la distancia desde Buenos Aires hasta Mendoza, 30 días para ir de Rosario a Tucumán y hasta tres meses para el trayecto de Buenos Aires a Salta.50 En 1884, la tarifa para el transporte de mercancías desde la ciudad andina de Mendoza hasta el puerto fluvial de Rosario era de 90 pesos por tonelada, en comparación con el costo que tenía en tren: 18 pesos.51

En 1870, el presidente Sarmiento, uno de los escasos visionarios con los que contaba el gobierno, estaba ansioso por promover los ferrocarriles y la inmigración rural. Por lo tanto, le dio prioridad a las concesiones que ampliaban la red al oeste, hacia Chile, al norte, hacia Bolivia y al noreste, hacia Paraguay. Por desgracia la guerra contra Paraguay había sido una distracción económica costosa y agotadora, y los aborígenes todavía ocupaban gran parte de las fructíferas tierras de la región pampeana central. Las concesiones no siempre se otorgaban en las rutas preferidas por los inversores privados, porque implicaban objetivos estratégicos y políticos que no se correspondían con operaciones rentables.

Además los inversores extranjeros, casi en su totalidad británicos, tenían oportunidades más atractivas y que suponían menos riesgo en otros países, mientras que los inversores locales argentinos eran pocos y preferían especular con la adquisición de tierras en lugar de apostar a la riesgosa inversión en ferrocarriles.52 El principal incentivo ofrecido por el Gobierno, un retorno del 7 %, parecía generoso, pero era similar al que se les ofrecía a los inversores británicos en los países continentales de Europa.

Sin embargo, los empresarios británicos locales intervinieron de manera muy activa en la búsqueda de inversiones para los ferrocarriles. En todas estas empresas, las familias angloargentinas se involucraron de lleno. Compraron acciones, participaron en la gestión y adquirieron tierras asociadas con la explotación. Familias prominentes como Gowland, Armstrong, Hope, Lafone, Miller, Seward y Temperley figuran entre quienes fueron parte del desarrollo ferroviario.

Uno de los motores fundamentales de la compañía del Gran Ferrocarril del Sud fue John Fair, un prominente angloargentino, cónsul del país en Londres, quien se desempeñó en su junta directiva. Otros destacados angloargentinos cumplieron funciones en la junta del Ferrocarril Central Argentino y consiguieron garantizar que se utilizaran y se mantuvieran los conocimientos y los contactos locales.

Sin embargo, los primeros años no resultaron tan exitosos como los inversores habían esperado. Los costos de capital, aunque bajos a causa del terreno plano en comparación con otras partes del mundo, con frecuencia fueron subestimados, y los costes del transporte de mercancías a menudo fueron groseramente sobreestimados. La Argentina todavía no estaba produciendo el grano suficiente para justificar los costes de transporte, que dependían del combustible importado a altos precios y de la costosa mano de obra extranjera. Fue recién cuando los aborígenes fueron eliminados de la sumamente fecunda región pampeana, a finales de los años 1870, que los ferrocarriles ayudaron a explotar el potencial de estos suelos tan productivos.

Las autoridades provinciales fueron importantes iniciadoras en esta etapa pionera. Dependían, por supuesto, de la experiencia británica y del equipo británico, pero estos a menudo no servían a las zonas más productivas y algunos utilizaban líneas de vía angosta que, a largo plazo, pasaban a ser una desventaja. Conseguir fondos para nuevas inversiones y asegurar la continuidad de las mismas resultaba problemático.

Como ya hemos mencionado, para 1880 se habían tendido solamente 1.860 millas (3.000 km) de vías, y los británicos propietarios de los ferrocarriles eran objeto de críticas por su falta de espíritu emprendedor, ya que recibían subsidios gubernamentales. Los funcionarios de las compañías ferroviarias fueron acusados de lerdos e ineficientes.

Avellaneda, que había sucedido a Sarmiento en la presidencia y que era un partidario entusiasta del ferrocarril, acusó a los directores ferroviarios británicos con estas palabras:

«...hemos pagado hasta este momento todo, y lo hemos pagado sin investigaciones prolijas y hasta casi sin examen, porque bueno o malo, este es uno de los rasgos de nuestro carácter nacional».53

Aunque probablemente el presidente fue justo en este arrebato de exasperación, en los primeros años gran parte de esta inversión para abrir nuevas áreas habría sido muy arriesgada y poco rentable. Intentar determinar culpas sería una tarea extremadamente difícil y, a tanta distancia en el tiempo, no sería un ejercicio muy fructífero. Lo que finalmente es importante es que el resultado de estas inversiones y de esta tecnología británica fue la transformación de una atrasada economía rural en una moderna.

Topografía De La Región Pampeana

Las inversiones ferroviarias requirieron relevamientos preliminares del terreno y prácticamente todos ellos los llevaron a cabo ingenieros y topógrafos británicos; sin embargo, no se han publicado muchos registros de sus hazañas pioneras. No obstante, tenemos la suerte de contar con la historia de un ingeniero británico, Robert Crawford, Máster en Humanidades, «Máster Honoris Causa en Ingeniería, Universidad de Dublín (…) Profesor de Ingeniería Civil de la Universidad de Dublín, etc. etc.» (como menciona la simpática página de títulos de su libro), quien escribió un relato sobre el relevamiento de la ruta para el Ferrocarril Trasandino que realizó en 1871. Es una desgarradora historia de peligro y sufrimiento físico de principio a fin y una oportunidad única para saborear los actos heroicos, con demasiada frecuencia olvidados, de los topógrafos pioneros que fueron parte de estas grandes hazañas de la ingeniería.54

Claramente, Crawford estaba habituado a las dificultades y, por lo tanto, parece haberse tomado todo con calma. Después de un viaje bastante cómodo de un mes de duración desde Liverpool, al llegar al Río de la Plata se encuentra con la noticia de que no pueden desembarcar en Buenos Aires a causa de un brote de fiebre amarilla. Viéndose obligado a desembarcar en Montevideo, lo hace en medio de una pequeña guerra civil, con la ciudad en estado de sitio y «esperando todos los días ser atacado por un ejército rebelde». Sin embargo, se toma la situación con filosofía y comenta con esperanza que:

«...aunque las guerras civiles en América del Sur no suelen ser sanguinarias ni el soldado raso lo suficientemente buen tirador como para salir bien parado si se lo compara con los competidores de Wimbledon, hasta las voleas disparadas al azar en una ciudad habitada podrían hacer daño, y tampoco puede uno contemplar la posibilidad de que entren tropas enfurecidas e indisciplinadas sin experimentar algún estremecimiento».

La epidemia de fiebre amarilla, que diezmó a la entonces insalubre Buenos Aires y mató a entre 25.000 y 30.000 personas, llevó a la evacuación de cerca de dos tercios de sus 200.000 habitantes. La enfermedad fue disminuyendo gradualmente (a un ingeniero británico, John Bateman, se le encargó planificar un sistema de abastecimiento de agua y drenaje) y al profesor Crawford se le permitió pisar tierra en la «sombría ciudad» el 16 de junio 1871.

A pesar de esta primera reacción, Buenos Aires parece gustarle, porque la describe como «una gran ciudad bien construida», diciendo que «la inferioridad de las calles ha dado lugar a tranvías tirados por caballos, que cubren todo el lugar en una intrincada red que se extiende a los suburbios», un interesante servicio del que pocos han sido conscientes y que se realizó con financiamiento británico. Más conocido es un problema del cual de queja: los grandes barcos de vapor tenían que anclar a unas 6 o 7 millas (unos 10 km) de distancia, y los pasajeros y la carga tenían que ser trasladados a barcos más pequeños y luego a carretas de bueyes a fin de desembarcar.

En tono despreocupado, el profesor Crawford nos informa que tiene una «reunión ceremonial con el presidente, el gobernador y el ministro de Hacienda». El presidente era Sarmiento, uno de los más distinguidos líderes del país, y nos hubiera gustado conocer un poco más acerca de esta reunión, no importa lo superficial que pueda haber sido. Es evidente que el profesor tenía asuntos que lo preocupaban más, y le sobraban los motivos. En su primera reunión con el ministro responsable del relevamiento que debía realizar, se le pidió que leyera dos cartas en relación con la ruta planeada para su grupo: una era del general que comandaba en la frontera y la otra del gobernador de Mendoza, ciudad de destino del equipo de relevamiento.

La respuesta del general al mando, a quien se le había consultado si habría un gran peligro en la ruta elegida, es bastante inequívoca: «Por desgracia, a lo largo de toda la ruta habrá peligro (...) los indios les librarán una guerra sangrienta (...) no habrá más remedio que la fuerza». Al preguntarle cuánta fuerza se requeriría para garantizar su seguridad, dice: «1.500 hombres bien armados».

La carta del gobernador de Mendoza era aún más desalentadora. «Seguramente morirán», dice en cuanto a la ruta propuesta. El profesor pareciera estar subestimando la situación al comentar: «No fue una introducción para nada placentera del negocio que teníamos que tratar». Pero su determinación de llevar a cabo el relevamiento no se debilitó en lo más mínimo.

Se le consultó al presidente si se podría disponer de 1.500 soldados para el relevamiento, pero Sarmiento dijo que haría falta la aprobación del Congreso y que dudaba de que se pudiera contar con esta. Había que encontrar otra solución. Siempre guiado por su determinación a llevar adelante su tarea, el profesor Crawford describe de forma muy pintoresca la decisión de permitir que la partida del relevamiento siguiera una ruta más al norte, que estaría «tan al alcance de la frontera» (donde tenían base las tropas) «como un rayo de sol». No iban a disponer de tropas, pero se les suministrarían armas y transporte.

Un topógrafo más sensato habría decidido renunciar en este punto, pero no así este temerario líder de grupo. No debía de haber tenido mucha experiencia en tratar con gobiernos porque luego está muy desilusionado al descubrir que, en vez de los fusiles de carga trasera que había solicitado para armar a su personal, lo habían provisto de armas de avancarga muy lentas y completamente inadecuadas. Cuando reclamó, le dijeron que se trataba de armas excelentes fabricadas por Enfield. «Si estos fusiles constituyen una muestra fiel de lo que produce Enfield», escribe indignado, «cuanto antes nos deshagamos de esa pequeña fábrica, mejor, porque nunca se han puesto en manos de un soldado armas más inútiles que estas».

Del gran número de rifles que le ofrecieron, solamente pudo aceptar 12, pero incluso estos «manejándolos con gran habilidad dispararán la tercera vez que el percutor golpee la cápsula». Afortunadamente, pudo conseguir algunos fusiles franceses de carga trasera y también algunos Snyders alemanes, que, sumados a las armas que habían traído con ellos, permitieron que la partida fuera «adecuadamente armada».

Justo cuando estaban por emprender el viaje, al examinar los carros de bueyes se encontraron con que varios no les iban a servir, y también que muchos de los caballos no estaban entrenados, por lo que tuvieron que rechazarlos. Al fin, cuando habían resuelto todos estos problemas y estaban esperando para salir, sucedió que faltaban algunos conductores. Se le informó al profesor que a varios los habían encarcelado para asegurar que no se escaparan, y luego, justo cuando estaban por partir, una fuerte tormenta de lluvia los tomó desprevenidos y recibieron una paliza de piedras de granizo tan grandes como huevos de paloma.

Sin embargo, ni siquiera esto logró disminuir su resolución de emprender el viaje y, el 30 de octubre de 1871, una partida compuesta por 66 hombres inició su camino hacia los Andes. La conformaban Crawford, siete ingenieros, un médico, un capitán a cargo del transporte, un comisionado del Gobierno, un intérprete, un encargado de víveres, «33 europeos», dos norteamericanos y 18 gauchos. Resulta extraño que hable de «europeos», pero eso está explicado en el apéndice de su libro, donde los enumera con su nombre. Todos tenían nombres británicos y claramente se trataba de peones semicalificados o no calificados provenientes de Gran Bretaña, a quienes se los había contratado porque no podía emplearse mano de obra argentina para este tipo de trabajo.

Viajar a través de las interminables llanuras rasas de la Pampa podría no haber parecido una tarea particularmente ardua. No había que atravesar montañas, ríos ni bosques, y la zona estaba bien abastecida, por no decir sobreabastecida, con animales salvajes y mansos de todos los tipos imaginables para cazar y consumir. Y él se puso en marcha en primavera, cuando ya deberían haber pasado las olas de frío y las fuertes lluvias, y la ruta, aunque prácticamente sin árboles, parecía bastante atractiva y fácil de recorrer.

Pero, ¡ay!, ese no era el caso. Primero, estaba la amenaza de un ataque de los aborígenes. A pesar de que debería haber estado razonablemente seguro con una fuerza de 65 hombres armados viajando con él, las armas que tenían eran de mala calidad y muchos de los hombres que lo acompañaban no deben haber tenido mucha experiencia en su uso. En segundo lugar, si bien podrían haber representado una buena unidad defensiva de estar concentrados en un área, durante su marcha se encontrarían dispersos a lo largo de una gran distancia y esto los haría vulnerables ante un ataque aborigen veloz y repentino. A Crawford pueden haberlo tranquilizado con los «fuertes» que salpicaban la frontera y a los cuales, le dijeron, podía acudir por ayuda. Parece haber imaginado estos «fuertes» como pequeñas construcciones tipo castillo, con almenas y una bandera, de la que valientes defensores de la paz podrían surgir a castigar a los nativos rebeldes. Si así fue, la realidad fue un duro golpe para él.

Después de unos 11 días de marcha, en la que tuvo que lidiar con un motín por cuestiones salariales, el «escape» (en español en el original) de dos conductores y un cocinero, sumado a un cuadro de deshidratación grave, ya que no pudieron hallar nada de agua durante aproximadamente 36 horas, se encontraron con su primer fuerte. Esto era muy conveniente, ya que habían recibido informes inquietantes sobre una incursión de los indígenas.

«El fuerte era una cosa miserable que consistía en algunas chozas de barro con techo de paja gruesa, ocupadas por cincuenta soldados, y la única fortificación visible era una zanja de diez a doce pies de ancho* y seis o siete pies** de profundidad, que rodeaba el recinto».

El oficial al mando salió y les advirtió sobre posibles ataques de los aborígenes, pero solo fue capaz de proporcionarles una escolta de dos hombres. Enviaron un mensajero a un fuerte más grande para pedir una escolta de 100 hombres, pero regresó solamente con 50 hombres y tres oficiales.

A pesar de ser primavera, la temperatura cayó muy por debajo de los 32 °F (0 °C) y pasaron una noche helada en sus tiendas de campaña. Luego, otra vez sufrieron la escasez de agua, pero en esta ocasión la sequía llegó a su fin con un torrencial aguacero, que los dejó a todos empapados hasta los huesos. Impaciente por no poder hacerse con una escolta más grande, y a pesar de las advertencias del oficial, Crawford decidió incursionar en territorio indígena. Pasaron bastante miedo en los días siguientes, ya que veían a los aborígenes asomarse en el horizonte. Cuando acampaban, formaban un círculo defensivo con los carros, del tipo que uno ve en las películas estadounidenses del Salvaje Oeste.

Se alarmaron muchísimo cuando unos 150 aborígenes aparecieron en el horizonte y galoparon hacia ellos. Crawford supo entonces que, de la escolta de 15 soldados que llevó para examinar la situación, seis eran indígenas que habían sido obligados por la fuerza a unirse a ellos y en los que no podía confiar. Por fortuna, después de una larga discusión, los aborígenes resultaron ser amables y «se comportaron de forma muy encomiable».

Tal vez vale la pena mencionar que los soldados rasos habían sido reclutados en contra de su voluntad para el ejército. El pago que recibían era errático y, a veces, no se les daba su paga durante un año; sus armas eran de carga lenta; y sus caballos no eran rivales para los que montaban los indígenas. Todo esto quiere decir que no se trataba de un cuerpo de hombres tremendamente confiable y, mucho menos, eficiente. Muchos de ellos habían estado detenidos o eran presos a los que se había puesto en libertad, y algunos de ellos eran aborígenes.

Los meses de noviembre y diciembre fueron testigos de una salvaje explosión de actividad indígena a lo largo de la frontera, y los periódicos locales y nacionales estaban llenos de historias de ataques de los aborígenes. Uno de los periódicos urgía «se le debe solicitar al señor Crawford que regrese». Los periódicos informaron que 67 soldados habían sido masacrados en un fuerte y que muchos otros fuertes habían sido atacados.

Si bien Crawford dista mucho de ser elogioso respecto a los desafortunados soldados rasos que habían sido reclutados a la fuerza en el ejército, se sorprendió al encontrar que los oficiales y sargentos eran, en general, muy competentes. En un fuerte de gran tamaño se encuentra con un tal coronel Roca, con quien entabla una amistad, y se deshace en elogios sobre él. Este coronel Roca iba convertirse luego en general y, más tarde, en presidente de la República.

A pesar del caos general y de los temores ante los posibles ataques de los indios, milagrosamente el equipo de relevamiento no experimentó ninguno, aunque sus nervios deben haber sido puestos a prueba.

Si bien la posibilidad de ataques de aborígenes no podría escapar nunca de sus pensamientos cotidianos, el grupo también tenía que lidiar con la naturaleza, que no fue nada amable con ellos y se sumó a sus penurias. Los aguaceros los empapaban, tanto a ellos como a todos los elementos de su equipamiento. Luego, en una ocasión, en noviembre, la temperatura cayó debajo de los 32 °F (0 °C) y se congelaron. Entrando el año nuevo, un calor extremo de 104 °F (40 ° C) casi los derritió. Y además, de vez en cuando, tenían que vérselas con insectos. A menudo pasaban días terribles, sin agua durante largos y desesperantes períodos, a pesar de que llevaban con ellos un especialista en pozos.

Los que conocemos la región pampeana, no podemos sino sentir que su equipo tenía muy mala suerte, porque el clima, a pesar de las tormentas erráticas ocasionales, es bastante benigno en esa época del año. O tal vez él solo recuerda los malos ratos.

Puede ser injusto concentrarse solamente en las dificultades que enfrentó el equipo de relevamiento, porque una gran parte de su libro trata de la enorme variedad de fauna que encontraron a su paso. Sus descripciones detalladas, y a menudo líricas, de la vida silvestre honrarían a cualquiera de los grandes naturalistas que recorrieron América del Sur, como Darwin, Waterton o Bates. En esos días, la pampa estaba llena de pájaros, ciervos salvajes, vizcachas (una especie de roedor grande similar a un conejo), ñandúes, zorros, armadillos y, por supuesto, caballos y vacas salvajes. En los ocasionales lagos, encontraban variedad de especies de aves silvestres en gran cantidad, y que significaban un cambio gastronómico para los viajeros que habitualmente se veían obligados a consumir carne vacuna.

Las entusiastas descripciones de Crawford no conocen límites, así que uno lee con gran sorpresa, y hasta con horror, que su interés subsecuente es dispararle a cualquier forma de vida salvaje con la que se cruza. No solamente les dispara a los venados y las vizcachas, sino que todas las aves que ve parecen ser víctimas de su rifle. Está muy orgulloso de recostarse sobre la espalda, pateando al aire con las piernas, para atraer magníficos grandes cóndores, a los que luego procede a dispararles. Mata a cuatro en total, pero no queda del todo claro con qué propósito lo hace.

A pesar de los numerosos ataques de los aborígenes a las granjas fronterizas en busca de ganado, el equipo de Crawford tuvo la suerte de llegar sin ningún daño, aunque él no podía confiar en que las tropas que ocasionalmente se les asignaban para protegerlos no se unieran a los indígenas. En una ocasión, Crawford se encuentra con que a la escolta que le habían proporcionado no le habían sido entregadas municiones, pero hace caso omiso de este sorprendente descubrimiento, diciendo filosóficamente «sus armas eran tan viejas que probablemente no habrían disparado».

El 12 de febrero, casi tres meses y medio después de haber salido de Buenos Aires, una columna de hombres muy cansados y aliviados finalmente arribó a Mendoza, una ciudad grande, con amplias avenidas y frescos canales de riego al borde de las calles y que aún se estaba recuperando de un devastador terremoto ocurrido diez años atrás, durante el cual miles de personas habían perdido la vida. Si bien estos hombres todavía tenían que hacer algún relevamiento para completar una ruta a los Andes, ya habían logrado cumplir su principal cometido.

Por toda la Argentina, estos resistentes y emprendedores topógrafos e ingenieros británicos, ahora hace mucho olvidados, junto con peones británicos, tanto calificados como no calificados, exploraron, relevaron y crearon nuevas rutas para los rieles de hierro que transformarían el país.

El Ferrocarril Transandino, una obra de ingeniería muy notable, demoró en concretarse unos 40 años más, y se completó en el año 1910. Su ruta de 147 millas (236 km) se elevaba a más de 10.000 pies (3.050 m), e hicieron falta innumerables túneles y largas zonas de rieles cubiertos para proteger la vía de las nevadas. Esta hazaña fue en gran parte el resultado de la determinación visionaria de dos hermanos británico chilenos, los Clark, que establecieron una empresa británica, con capital y experiencia británicos, y finalmente consiguieron completar la primera conexión ferroviaria en América del Sur que unía los océanos Pacífico y Atlántico.

Hice el viaje en tren de Santiago a Buenos Aires en 1961; una experiencia fascinante pero problemática. Hubo demoras debido a que había ocurrido un descarrilamiento, y uno viajaba a través de paisajes de interminables pastizales sin árboles, ocasionalmente rotos por grandes manadas de enormes bovinos y pequeños grupos de árboles que rodeaban las casitas de adobe de los peones que cuidaban el ganado. Los vastos espacios vacíos siempre nos resultan fascinantes y magnéticos, tal vez porque nuestra vida cotidiana transcurre en paisajes cambiantes. Darwin y Hudson registran la misteriosa atracción de estos enormes espacios abiertos en sus viajes por la Pampa y la Patagonia.

Mi viaje estuvo colmado de retrasos y averías, una señal de que esta espléndida empresa de ingeniería estaba llegando al final de su vida. De hecho, fue abandonada en 1984 y ahora ya no existe. La mala gestión, pero sobre todo la competencia de los ómnibus, hicieron que este tramo en tren resultara muy poco rentable. Treinta años más tarde, cuando hice el viaje inverso en ómnibus en unas cuatro horas, todo lo que pude ver de este otrora famoso ferrocarril fue, de vez en cuando, las vías del tren.

Los gobiernos de Chile y Argentina han acordado reconstruir el ferrocarril, aunque los fondos para una empresa tan costosa serán considerables.

Un Tren Para La Patagonia

Mucho más al sur de la Argentina, en la provincia de Chubut, un grupo grande de resueltos idealistas galeses frustrados decidió, en 1865, escapar de la dominación inglesa y establecer una comunidad autosuficiente donde la cultura y el idioma galeses pudieran florecer. Después de experimentar grandes dificultades y de encontrarse a menudo al borde de la inanición, se trasladaron tierra adentro, a unas 70 millas (113 km) de Puerto Madryn. Se establecieron en parcelas de 400 acres (160 hectáreas) y fueron capaces de aprovechar un río local para regar sus tierras. Tuvieron mucho éxito en la producción de cereales, especialmente de trigo. El trigo era de tan alta calidad que ganó un primer premio en la Exposición de París en 1881 y más premios en otras muestras realizadas en los EE. UU. Puesto que la Argentina todavía se encontraba importando trigo en este momento, el hecho de que esta zona remota pudiera producir un cereal de tan alta calidad fue considerado un logro muy significativo.

El principal problema económico al que se enfrentaban era transportar el trigo que producían, ya que los separaba de Puerto Madryn una gran distancia, un desolador desierto sin agua. Podía llevar hasta dos semanas llegar a la costa en las pesadas carretas de bueyes, y por cierto que se necesitaban muchas para transportar el trigo. Los galeses de la colonia, que ahora eran varios miles, se entusiasmaron mucho con la idea de contar con un ferrocarril. Tuvieron la suerte de que uno de los colonos era Eric Williams, un experimentado topógrafo que llevó a cabo un relevamiento para hacer una conexión en 1885. El líder del grupo de galeses, un enérgico emprendedor de nombre Lewis Jones, fue a Buenos Aires para obtener el permiso para una concesión que atravesara las tierras fiscales. La consiguió y luego navegó a Inglaterra para reunir el capital, originalmente £100.000.55 No era del todo sorprendente que los inversores no compitieran por invertir en una empresa tan distante, diseñada para responder a las necesidades de transporte estacional de unos pocos cientos de agricultores galeses. Sin embargo, gracias a una suerte extraordinaria, en un viaje en tren Lewis Jones tuvo como compañero de viaje a un acaudalado hombre de negocios de Liverpool, que se prendó del proyecto instantáneamente y accedió a financiarlo.

Como no había mano de obra local para la construcción del ferrocarril, todos los obreros tuvieron que ser traídos de Gales. La empresa recientemente creada, Ferrocarril Central del Chubut, logró reclutar a 375 entusiastas obreros galeses, atraídos por la oferta de tierra gratis al final de un contrato de tres años. Sin embargo, su entusiasmo mermó pronto, cuando se dieron cuenta de lo que significaba vivir en una tienda de campaña y trabajar en un desierto desolador, frío e inhóspito. Y lo que es peor aún, la oferta de tierra gratis parece haber sido prematura. La vida, en particular para los solteros, era difícil y aburrida, y solo contaban con el alcohol para sentirse un poco mejor. Muchos de los obreros habían venido de Glamorgan y no se adaptaron para nada, y «ensuciaban la vida social de la comunidad y los describían como “escoria y chusma”».56 Uno de los comodoros navales británicos que visitó el sitio comentó que «Cien ya se han vuelto a su casa —y al resto le gustaría hacerlo».57 Tales fueron los problemas de construcción a los que se enfrentó el contratista que tuvo que hacer traer 40 obreros italianos para completar el trabajo.

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina
Chubut
El ferrocarril de Puerto Madryn a Trelew fue inaugurado en 1889 y posteriormente se extendió a Gaiman, cerca de 19 millas (30 km) tierra adentro, en 1909. El ferrocarril había dado lugar a una oleada de especulación con la tierra «muchos funcionarios argentinos ya se habían enriquecido, acaparando una gran cantidad de tierras aptas para el pastoreo y la agricultura con el propósito de venderlas con enormes beneficios».58

El ferrocarril permitió que varios miles de toneladas de trigo se exportaran rápidamente, pero muchos agricultores distaban de estar felices debido a la tarifa de £1 por tonelada —era lo mismo que costaba el envío a Liverpool— y pronto comenzaron a quejarse por los altos cargos que imponía la empresa «inglesa», aunque el presidente local era uno de sus líderes. Según informes, los inversores obtuvieron un beneficio del 1 % en los primeros años, y es poco probable que esta suma haya sido mayor con un mercado tan pequeño, a pesar de que se amplió considerablemente durante las próximas dos décadas.

No es de extrañar entonces que los planes para extender la línea a los Andes y Chile nunca se cumplieran, aunque Eric Williams relevó 300 leguas de tierra (1.800.000 acres / 728.000 hectáreas) en las estribaciones, que posteriormente fueron «cedidas» a la Argentine Southern Land Company (Compañía Argentina de Tierras del Sud), una empresa británica de la que fue director. Uno tiende a sospechar que le fue bastante bien con esta inversión.

El ferrocarril nunca fue rentable, pero sirvió un propósito social y económico de valor incalculable. En el año 1947 fue nacionalizado y 16 años después dejó de funcionar.

La Era De Oro

No fue sino hasta finales de la década de 1880 que se realizaron las principales inversiones en los ferrocarriles. Existieron una serie de razones para ello. Quizás la más importante fue que, hasta el final de la década de 1870, la mayor parte de la fértil llanura pampeana era territorio aborigen. Sin colonos ni cosechas de cereales que transportar, no había ninguna carga y, por lo tanto, no había ingresos para los ferrocarriles. Sin embargo, para principios de la década de 1880 los indígenas ya habían sido sacados de la zona. Otros problemas incluyeron las garantías financieras del gobierno, que podían significar un gran incentivo, pero que a menudo llevaban a discusiones y demoras en cuanto a si las empresas las merecían, si habían invertido lo suficiente y sobre a cuánto debían ascender los cargos del transporte ferroviario. Con frecuencia, el Gobierno no cumplía con sus obligaciones debido a sus problemas financieros.

Para 1884 había nada más que unas 1.860 millas (3.000 km) de vías de trenes en funcionamiento en el país. La línea principal era la que iba de Rosario (que no estuvo conectada a Buenos Aires hasta 1886) a Córdoba. Se habían realizado extensiones del Gran Ferrocarril del Sud desde Buenos Aires hacia el oeste y al sur a través de Chascomús y, posteriormente, a Tandil.

Hacia la segunda mitad de la década de 1880 comenzó a darse un notable incremento de inversión británica en los ferrocarriles y la longitud de líneas mencionada anteriormente se elevó a cerca de 5.600 millas (9.000 km) en 1890 y a 9.300 millas (15.000 km) en el año 1900.

En 1890 el gobierno abandonó su política de subsidios, ya que se encontró que obstaculizaba, en lugar de ayudar, a los inversores, y además los ferrocarriles estaban empezando a obtener beneficios. Esto fue bien recibido por los inversores, ya que se encontraban ganando un 10 % o más por sus inversiones y, por lo tanto, no necesitaban ningún incentivo para invertir. Para 1910 había 15.500 millas (25.000 km) de vías de tren cruzando el país y para el año 1914, ya eran 24.800 millas (40.000 km).

Argentina poseía por ese entonces la sexta red ferroviaria más grande del mundo.

La mayor parte de estas nuevas líneas eran de propiedad y operación británicas. El pico se alcanzó en 1901, cuando el 80 % de los ferrocarriles eran propiedad británica, aunque este porcentaje disminuyó al 70 % en 1914. La inversión de las empresas británicas era enorme, y en 1910 totalizaba £186 millones, casi el 70 % del total de las inversiones británicas emitidas públicamente.

En las zonas más remotas y menos rentables, donde por razones sociales o estratégicas se consideraba que era necesario un sistema ferroviario, se construyeron ferrocarriles con capitales locales, principalmente estatales. Estos ferrocarriles se tenían como un medio de establecer fronteras y permitían un rápido movimiento de tropas.

William Koebel, viajero y escritor, se explaya con entusiasmo sobre la comodidad de la que disfrutan los pasajeros en «los coches dormitorio Pullman, con baños, servicio de restaurante y un asistente que irá atenderlos solo con presionar un botón, proporcionando un servicio mejor que en casa».59

La red ferroviaria transformó la economía y la estructura social de la Argentina. Los desafortunados aborígenes fueron reemplazados por unos pocos terratenientes argentinos y miles de agricultores europeos, principalmente del sur de Europa, que llegaron para cultivar estas fértiles tierras. Produjeron trigo, maíz, semilla de lino, avena, alfalfa y cebada, y la Argentina rápidamente se transformó en uno de los mayores exportadores de granos del mundo.

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina
Expansión del ferrocarril, 1916 - 46
A lo largo de la vía férrea de Rosario a Córdoba y en la provincia de Santa Fe se desarrolló un sistema de pequeñas explotaciones de cultivos. Estas hicieron un uso eficiente de los ricos suelos y establecieron una estructura social más democrática y, de hecho, una más productiva que la que había surgido en las vastas llanuras del centro de Argentina, donde a los ferrocarriles no se les ofrecieron los mismos incentivos. Si se les hubieran ofrecido estos incentivos y la región pampeana hubiera sido poblada por pequeños productores, el impacto económico y social habría generado una sociedad política más equitativa y una economía más eficiente.

A medida que la ciudad de Buenos Aires fue creciendo, también la red ferroviaria urbana se expandió y esto condujo a la creación de suburbios con casas elegantes, cuyos propietarios se desplazaban a diario para ir a trabajar. El barrio de Banfield fue nombrado en honor al primer gerente británico del Gran Ferrocarril del Sud. El sistema ferroviario era extremadamente eficiente y recuerdo que, cuando comencé a trabajar para una gran empresa británica en Buenos Aires, en el año 1944, volvía a casa todos los días para almorzar durante el receso de dos horas que me daban, ya que así de confiable era el sistema entonces. Salía del trabajo a las 12 en punto y corría como un rayo hasta el eficiente subterráneo a tiempo para tomarme el tren de las 12:17 que me llevaba a mi estación suburbana, a 17 minutos de distancia. Tenía unos 25 minutos para almorzar antes de regresar en el tren de las 13:15, que invariablemente llegaba a tiempo y me permitía estar de vuelta en la oficina a las 14:00. No recuerdo haber llegado tarde ni una sola vez.

El gran éxito de esta empresa ferroviaria británica hizo que se construyeran dos enormes terminales en Buenos Aires. Una de ellas, la terminal del Ferrocarril Central Argentino, fue diseñada por un arquitecto británico muy conocido, Eustace Conder. La inmensa estructura de hierro fundido fue prefabricada en Gran Bretaña y enviada a la Argentina en 1915. En su época, era la más grande del mundo. La otra, diseñada por Arnold Mitchell y también prefabricada en Gran Bretaña, fue la terminal del Gran Ferrocarril del Sud en la Plaza Constitución.

Para la época en que estalló la Primera Guerra Mundial, la inversión británica casi había alcanzado su cénit y la guerra proporcionó gran impulso a los proveedores argentinos que debían satisfacer las necesidades agrícolas de Gran Bretaña. Los años de la posguerra fueron prósperos hasta octubre de 1929, cuando la economía mundial se derrumbó y la agitación posterior generó las condiciones para la Segunda Guerra Mundial. Durante la Gran Depresión, en la década de 1930, hubo poca inversión en el sistema ferroviario; para cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, los ferrocarriles necesitaban nuevas inversiones desesperadamente. Fue entonces cuando un nuevo gobierno argentino nacionalista, con las enormes reservas financieras que había acumulado en Gran Bretaña durante la guerra, nacionalizó este gran activo privado. Y como dicen, «el resto es historia».

La historia de los ferrocarriles en la Argentina registra frecuentes disputas con el Gobierno sobre si los subsidios estaban justificados, con impuestos en las tarifas de pasajeros para obtener beneficios, y acusaciones de que los inversores no expandieron las redes como estaban obligados a hacerlo. Al igual que con todos los servicios públicos, hubo constantes quejas de los usuarios por los altos precios del transporte ferroviario, la falta de vagones en el momento adecuado y la insuficiente capacidad de almacenamiento. De parte de los nacionalistas, hubo críticas de que los inversores británicos habían explotado y saqueado la economía argentina. Sin duda, algunas de estas acusaciones estaban justificadas, pero muchos inversores perdieron grandes sumas de dinero, mientras que otros lograron grandes ganancias. Lo que con demasiada frecuencia no se tuvo en cuenta fue la habilidad y dedicación de todos los que participaron en la planificación, construcción y gestión de este gran sistema de transporte revolucionario. Más allá de las críticas sobre las tarifas y la disponibilidad de material rodante, la red ferroviaria fue, sin lugar a dudas, una empresa bien gestionada.

Sin esta gran tecnología e inversión británicas, la región pampeana nunca se hubiera transformado en una de las principales zonas productoras de alimentos del mundo. El historiador norteamericano Winthrop Wright brinda una evaluación equilibrada del impacto de los ferrocarriles:

«A pesar de las acusaciones, tanto contemporáneas como posteriores, lanzadas contra los ferrocarriles, debe admitirse que estos hicieron posible la rápida expansión de la producción de trigo en la Argentina. Transportaban, con una eficacia notable, una carga muy estacional, con un cargo que representaba el 10 % de los costos de los productores de trigo. Los ferrocarriles pueden haber ocasionado algunos efectos secundarios desafortunados: el aislamiento del país, la negligencia en la construcción de caminos rurales, un tributo anual en beneficios pagado a Londres porque el capital nacional era insuficiente o no se tenía la intención de utilizarlo para construir ferrocarriles, un objetivo obvio para las susceptibilidades de los nacionalistas argentinos. Los ferrocarriles, no obstante, proporcionaron al país un sistema de transporte que no se podría haber logrado de otra manera, y mostraron un sentido de progreso y capacidad de adaptación que no exhibieron con frecuencia los productores de trigo o el gobierno argentino».60

Tráfico Marítimo

Los ferrocarriles, si bien transformaron los sistemas sociales y económicos internos de todos los países en los que se los construyó, solo eran una solución parcial ante la transformación del mundo. Fue necesario el barco de vapor para completar eficazmente el enlace entre productores y consumidores.

Los barcos de vela, que durante siglos fueron el único medio de transporte entre América y Europa, tardaban meses en llegar a sus destinos. Las mejoras en las técnicas de navegación a principios del siglo XIX lograron reducir el tiempo de navegación entre Gran Bretaña y el Río de la Plata a unos tres meses, en condiciones favorables.61

Gran Bretaña desarrolló en 1808 un «servicio postal rápido de paquetes» por velero desde Falmouth a América. Este correo realizaba salidas mensuales regulares a Brasil y posteriormente al Río de la Plata. Su objetivo era la entrega de correo rápido y el transporte de carga valiosa y de pasajeros importantes. Los barcos estaban ligeramente blindados con el propósito de defenderse de los muchos corsarios que asolaban la región. Estas embarcaciones pequeñas y rápidas fueron utilizadas para el transporte de muchos patriotas hacia y desde América del Sur y el Río de la Plata durante las guerras de independencia.

Sin embargo, la revolución de los transportes no estuvo completa hasta que se proporcionaron los enlaces regulares de los vapores. Sin ellos, el rico potencial de las zonas centrales argentinas no se hubiera podido aprovechar.

El primer barco de vapor que surcó el Río de la Plata fue el Druid (mencionado en el capítulo II), gracias al emprendimiento de los hermanos Robertson, en la década de 1820. Pero se trataba solamente de un pequeño vapor de ruedas.62 No fue hasta que se desarrollaron los barcos de vapor accionados por tornillo sinfín, que podían cruzar los turbulentos océanos, que pudo darse una verdadera revolución en el transporte. Recién en 1852 se estableció el primer enlace regular mediante un vapor entre Gran Bretaña y América del Sur, aunque el barco solamente llegaba hasta Brasil. Este servicio se extendió posteriormente a través de la empresa de William Wheelwright, quien fundó la Pacific Steam Navigation Company en 1853. Su recorrido pasaba por alto Buenos Aires —porque el acceso de los modernos buques de vapor se veía obstaculizado por las aguas poco profundas del Río de la Plata— y llegaba hasta Chile. El viaje a Buenos Aires, que a vela había sido de tres meses o más, se había reducido ahora a alrededor de 32 días. Sin embargo, esto incluía un cambio de buques en Río de Janeiro, así que cuando se estableció una línea directa, en la década de 1850, la travesía se redujo a 28 días. Y gracias a la aparición de buques más potentes y modernos, se redujo a poco menos de tres semanas sobre fin del siglo.

En la segunda mitad del siglo, los barcos de vapor accionados por tornillo sinfín cruzaban regularmente el Atlántico, y las líneas Royal Mail Lines, en particular, se convirtieron en unas de las principales conexiones entre Gran Bretaña y América del Sur. Estas contaban con grandes transatlánticos de 10.000 toneladas que llegaban a Brasil y Uruguay. Ambos países tenían puertos de aguas profundas, no así Buenos Aires. Los fletes internacionales cayeron drásticamente alrededor de 1877, y 20 años más tarde habían caído a la mitad. Esto permitió que las exportaciones de trigo prosperaran a pesar de la caída de precios en los mercados mundiales. Cuando en la década de 1880 se introdujeron por primera vez los buques frigoríficos (que originalmente fueron una innovación técnica francesa), la perspectiva de la exportación de las reses hasta ahora desperdiciadas abrió un nuevo futuro fabuloso para los productos cárnicos procedentes de la región del Río de la Plata.

El problema de Buenos Aires residía en el hecho de que el Río de la Plata es alimentado por dos ríos enormes, el Uruguay y el Paraná. Estos dos cursos de agua arrastran el rico suelo de la región central de América del Sur, desde las espectaculares Cataratas del Iguazú y a través del aislado y soñoliento Paraguay, para crear el gran delta del Río de La Plata, colmado de sedimentos amarronados, que impide que las naves puedan atracar en Buenos Aires. En los primeros tiempos poscoloniales esto no era más que una molestia; sin embargo, al construirse buques cada vez más grandes, que necesitaban más de 10 pies (3 m) de calado y que tenían que echar el ancla más y más lejos, esta molestia se convirtió en una desventaja cada vez más importante a medida que los buques de vapor se hacían indispensables para el comercio mundial.

Esto permitió que prosperara el puerto de Rosario, 186 millas (300 km) río arriba de Buenos Aires, ya que contaba con un canal de aguas profundas que el río había tallado sobre la orilla, lo que permitía excelentes medios de carga y que, además, estaba más cerca de las zonas productoras de trigo. Esto explica por qué la primera inversión importante en ferrocarriles se planeó desde este puerto y a través de las tierras de cultivo de trigo hasta la ciudad interior de Córdoba. Finalmente, en 1902, una empresa francesa construyó nuevas instalaciones portuarias, pero no fue en el momento oportuno, porque coincidió con una crisis en los precios del trigo en todo el mundo y los altos intereses de los préstamos para la inversión, junto con la aparición del nuevo puerto de Buenos Aires, socavaron su desarrollo.

El vapor había reducido el tiempo de viaje de Gran Bretaña al Río de la Plata de tres meses a solo tres semanas y, lo más importante, había permitido que se pasara de una capacidad de carga de transporte de alrededor de 200 toneladas en la década de 1850 a diez o veinte veces esa capacidad unas pocas décadas después. Pero los barcos procedentes de Europa tenían que esperar en la rada exterior de Buenos Aires para descargar, y eso podía ser en cualquier lugar de 6 a 12 millas (10 a 20 km) de distancia de la costa, dependiendo de la embarcación. Primero había que hacer trasbordar a los pasajeros a balleneras y pasar la carga también a estas embarcaciones. Luego, cuando estaban más cerca de la ciudad, volvían a pasarlos a enormes carretas tiradas por bueyes, para llegar a un muelle construido sobre el barro. Esta era una gravísima desventaja, ya que podía llevar 100 días descargar un barco en las radas de Buenos Aires, en comparación con los 12 días que se tardaba en un puerto moderno en cualquier otra parte del mundo.63

La Argentina era muy consciente de este problema, pero debido a la agitación política y a la escasez de fondos no fue sino hasta 1861 que se consideraron los primeros planes para construir una instalación portuaria moderna en Buenos Aires. La fuerza impulsora detrás de estas propuestas fue Eduardo Madero, una persona decidida, miembro de una familia terrateniente poderosa que estaba involucrada en el negocio de la importación y la exportación. Madero viajó a Inglaterra y contrató a dos ingenieros británicos de Proudfoot and Company para que planificaran una solución.

Esto despertó bastante oposición, como ocurre con toda innovación; así es cuando se sugieren propuestas nuevas. Lo que se necesitaba era que se dragara un canal hasta el puerto y que se construyeran diques para que contuvieran el agua y permitieran que buques de hasta 23 pies (7 m) de calado pudieran surcarlo. La tierra extraída del dragado del río podría utilizarse para crear un área, formada a partir de este relleno, que proporcionaría propiedades de alto valor en el mercado inmobiliario.64

Otro proyecto, también promovido por Madero, fue posteriormente elaborado, en 1871, por otra empresa de ingeniería británica. Madero parecía lograr lo imposible, ya que consiguió que se ocupara del proyecto uno de los más famosos ingenieros civiles británicos, John Bateman, quien había diseñado el sistema de suministro de agua de Manchester y era considerado el mejor constructor de represas del mundo. Bateman realizó una breve visita a Buenos Aires y trazó un proyecto de puerto. Este proyecto también se pospuso, principalmente debido a la guerra con Paraguay y, posteriormente, porque se le dio mayor prioridad a la campaña contra los aborígenes de la región pampeana.

No fue sino hasta 1881 que se le solicitó a Bateman que realizara planos detallados para la construcción de un nuevo puerto. Dichos planos implicaban el dragado de dos canales, uno al norte y otro al sur, que servían a cuatro dársenas independientes. Pero estos planos recibieron objeciones de un ingeniero civil local, Luis Huergo. Este último proporcionó una solución menos costosa, que involucraba un solo canal, ya que él afirmaba que no era necesario contar con dos canales de acceso y que las cuatro dársenas encarecían el costo de la obra. Sin embargo, el proyecto de Bateman posibilitaría costos operativos más bajos, porque las dársenas podrían ser utilizadas por más buques y haría falta menos tiempo para llenar la cuenca. Una larga y enconada batalla se desarrolló entre los dos grupos interesados, los aliados de Huergo, que tenían intereses creados debido a haber realizado inversiones en la periferia sur de la ciudad, y el grupo de Madero, que tenía intereses creados en el centro de la ciudad.

Si bien el proyecto de Huergo tenía la ventaja de significar menores costos de capital, los costos operativos probablemente serían mayores, y fue el más influyente grupo de Madero el que finalmente ganó la pulseada. Pero se habían producido otros tres años de retraso, y el proyecto de muelle de Madero fue finalmente aprobado recién en 1884, más de 13 años después de que se presentaran los primeros planos detallados. Sería financiado por un empréstito de Baring Brothers. Tan importante era el proyecto que lo firmó no solo el presidente Roca, sino también tres expresidentes que actuaron como testigos. Sin embargo, más retrasos, acusaciones de corrupción y críticas al diseño técnico detuvieron el progreso de la obra y no fue hasta 1890 cuando, habiéndose superado por mucho el presupuesto inicial, se completó el proyecto de muelle. Desafortunadamente, Madero falleció antes de ver concretado su sueño de 30 años en 1890.

El servicio de estos nuevos muelles transformó las perspectivas económicas de la comunidad agrícola y de las exportaciones del país. Tantos buques colmaron las nuevas dársenas que no alcanzaron las instalaciones para la carga y descarga, y el almacenamiento se convirtió en un importante cuello de botella. No obstante, sean cuales hayan sido las deficiencias del sistema y las demoras, lo cierto es que este proyecto completó el enlace de transporte final que permitió que la Argentina se volviera una de las naciones líderes del comercio mundial.

La Creación De Una Capital Moderna

Las interminables disputas que Buenos Aires y su provincia tenían con el resto del país finalmente se terminaron debido a las nuevas disposiciones constitucionales de 1880. La ciudad de Buenos Aires pasó a ser la capital federal de todo el país y se separó del gobierno de la provincia del mismo nombre al establecerse en La Plata la capital provincial. Esto se hizo para separar los intereses de las autoridades provinciales de las del país en su conjunto. La nueva capital provincial parecía tener potencial económico, ya que contaba con instalaciones portuarias razonables para buques oceánicos y una línea de ferrocarril a su servicio. Sin embargo, estas características finalmente quedaron en desventaja ante las nuevas instalaciones portuarias de la capital federal y los servicios del sistema ferroviario, que favorecían a esta última.

El establecimiento de Buenos Aires como ciudad capital federal reconocía su preponderancia demográfica, ya que, en el primer censo nacional, efectuado en 1869, se supo que su población ascendía a 178.000 habitantes. En comparación, la segunda ciudad más grande, Córdoba, era sorprendentemente pequeña: tenía solo 28.500 habitantes. Rosario, una rival potencial debido a sus facilidades portuarias naturales, tenía una población de nada más que 23.000 personas. Y de las ciudades del interior, Salta tenía 11.500, Corrientes 11.000 y Santa Fe 10.500 habitantes. La «ciudad» más grande de la provincia de Buenos Aires era Chivilcoy, cuya población era de 6.500 habitantes.65

Buenos Aires no solo tenía la ventaja que significaba esta enorme población, sino que también contaba con mayores beneficios económicos porque los derechos de importación representaban el 80 % de los ingresos del gobierno y la mayoría de las importaciones entraban a través de la ciudad. No es de extrañar que las luchas de poder que se iniciaron con la independencia se basaran en quién tenía el control de Buenos Aires y su capacidad de gravar el comercio internacional.

Hacia finales del siglo XIX, una ciudad ampliada y un sistema de gobierno más estable fomentaron que los inversores no británicos intentaran posicionarse en este mercado potencialmente lucrativo. Comenzaron a aparecer capitales y tecnología alemanes, franceses y norteamericanos, y el monopolio británico disminuyó. Liebig’s Extract of Meat Company (Lemco) invirtió en forma de nuevos productos de procesamiento de carne y una empresa francesa comenzó a invertir en obras para el suministro de electricidad, ya que en este aspecto existía una enorme necesidad (el primer sistema de suministro de gas había sido de origen británico, en 1857).

Gran Bretaña había estado invirtiendo fuertemente en enlaces telegráficos internacionales y, en la década de 1850 y 1860, cables submarinos conectaron a Gran Bretaña con la Europa continental primero y con los EE. UU. después. En agosto de 1874 se estableció una conexión directa con Argentina, y un entusiasta Presidente Sarmiento envió el siguiente mensaje a la reina Victoria:

«El oro inglés y el ingenio inglés han instalado un cable a través del océano que me permite felicitar a su Majestad y desearle un próspero reinado».66

Más tarde, en 1881, una empresa belga norteamericana inició el primer servicio telefónico comercial en Argentina y fue comprada de inmediato por inversores británicos. La primera empresa de tranvías tirados por caballos fue establecida por los Hermanos Drabble en la década de 1870 y se extendió rápidamente desde el centro de Buenos Aires, lo que permitió una rápida expansión de la población urbana. Más tarde se transformó en una empresa angloargentina, la Compañía de Tranvías, que electrizó todo el sistema y fue de gran utilidad para la ciudad, hasta que estos vehículos fueron superados por la competencia de un sistema de ómnibus locales más eficiente, en los años 1930 y 1940.

A medida que la ciudad se fue haciendo más grande, su administración se convirtió en un problema cada vez más serio; el suministro de agua y la falta de saneamiento adecuado habían causado un brote de fiebre amarilla masiva en 1870, que se cobró la vida de miles de personas. El cólera era endémico, por lo que el suministro de agua limpia se convirtió en una prioridad urgente. Una vez más, se encomendó a los ingenieros británicos de J. F. Bateman que elaboraran e implementaran un plan de suministro de agua y alcantarillado para esta ciudad de rápido crecimiento. El enorme proyecto se puso en marcha en la década de 1880, y en 1886 la revista especializada británica dijo que se trataba de «las obras más grandes en progreso en todo el mundo, que cuando se hayan finalizado harán de Buenos Aires la ciudad más saludable del planeta».67 Con esta optimista evaluación, el informe explicaba que el proyecto implicaría la recolección de agua, la construcción de estaciones de bombeo y tanques de almacenamiento, y que proporcionaría un desagüe de aguas residuales y brindaría un suministro de agua seguro para los consumidores.

Una de las inversiones más extraordinarias realizadas para mejorar el suministro de agua era el depósito principal: situado en el centro de una de las más prometedoras zonas residenciales, no debía desentonar en este próspero entorno residencial, así que se le solicitó a Bateman que diseñara un edificio que cumpliera también con este propósito. Los componentes de este depósito fueron construidos en Gran Bretaña bajo la supervisión de un ingeniero sueco de formación británica. Un magnífico edificio de tres plantas, que ostentaba la más extraordinaria fachada barroca a fin de disfrazar los poco atractivos tanques, fue enviado a Buenos Aires. Estaba decorado con 170.000 piezas de terracota fabricadas por Royal Doulton y 130.000 ladrillos esmaltados, y exhibía los escudos de las 14 provincias que entonces componían la república. No debe existir un reservorio decorado con más esplendor en ninguna otra parte del mundo, pero, por desgracia, es poco conocido y poco visitado, a pesar de que alberga un museo.

Con el advenimiento de un nuevo puerto y la apertura de la región pampeana, la Argentina experimentó una era de oro del desarrollo. El desarrollo público y privado se vio beneficiado por enormes préstamos británicos. De manera directa o indirecta, mediante préstamos e impuestos, Buenos Aires se transformó, con parques y bulevares de estilo parisino y bellas obras de arte público. Mucho de esto tuvo como consecuencia gastos desmedidos, que la posteridad debe agradecer, pero que desembocaron en la gran crisis financiera del Baring Bank en 1890 y en el incumplimiento del pago, por parte del Gobierno, de deudas asumidas de manera descuidada y permitidas debido a la imprudencia de los acreedores. Sin embargo, la inversión en infraestructura básica aseguró que el potencial económico esencial del país no se viera afectado y pronto, a finales de la década de 1890, este se vio reavivado por una segunda ola masiva de inversiones, en gran parte británicas. En 1908 la Argentina era la opción preferida en los dominios de la inversión británica.

En Retrospectiva

La compleción de las obras portuarias, conectada con la inversión en ferrocarriles, redujo de manera drástica los costos de las exportaciones agrícolas y posibilitó que la Argentina llegara a ser uno de los países productores agropecuarios más eficientes del mundo y una de las grandes naciones comerciales. Esto entonces se tradujo en un auge de inversiones, de nuevo, mayormente británicas, que transformaron a la Argentina en una economía agricultora líder mundial.
* Nota de la trad.: aprox. 3 m a 3,5 m.
** Nota de la trad.: aprox. 1,80 m o 2 m

Referencias del capítulo IV


49. Platt, D. C. M. Latin America and British Trade, 1806–1914. Londres: Adam & Charles Black, 1972.
50. Hirst, W. A. Argentina. Londres: T. Fisher Unwin, 1910.
51. Hirst, W. A. ibid.
52. Lewis, C. M. British Railways in Argentina 1857–1914. Londres: Athlone Press, 1983.
53. Scobie, J. R. Buenos Aires: Plaza to Suburb, 1929–1910. Nueva York: Oxford University Press, 1974.
54. Crawford, R. Across the Pampas and the Andes. Londres: Longmans, Green & Co., 1884.
55. Skinner, K. Railway in the Desert. Wolverhampton: Beechen Green Books, c. 1984.
56. Skinner, K. ibid.
57. Skinner, K. ibid.
58. Skinner, K. ibid.
59. Koebel, W. H. Modern Argentina. Londres: F. Griffiths, 1907.
60. Wright, W. R. British-owned Railways in Argentina. Austin: University of Texas Press, 1974.
61. Howat, J. N. T. South American Packets. York: Postal History Society in Association with William Sessions, 1984.
62. Fernández-Gómez, E. M. Argentina: Gesta Británica (cinco vol.). Buenos Aires: L.O.L.A., 1993, 1998, 2004
63. The Builder, 4 de septiembre de 1886. Londres: The Builder Offices.
64. Scobie, J. R., op. cit.
65. Lewis, C. M., op. cit..
66. The Buenos Aires Standard, 10 de agosto de 1874, citado en Raffo, Víctor. El Origen Británico del Deporte Argentino. Buenos Aires: Edición del autor, 2004.
67. The Builder, op. cit.

CAPÍTULO V
La última frontera europea
«Cuando Thomas Bridges —cuyo hijo fue el primer europeo nacido en Tierra del Fuego en 1872— izó la bandera argentina en el cielo de Ushuaia en 1884, una ciudad fundada por los ingleses se volvió parte del territorio soberano argentino».68

Así fue como Argentina tomó formalmente el control de este remoto puesto austral. Viéndose obligado a atender mayores preocupaciones y posibilidades, hasta entonces el Gobierno había demostrado poco interés en el sur de la Patagonia. Chile sí tenía ambiciones expansionistas y contaba con un asentamiento en Punta Arenas, que antes se llamaba «Sandy Point» (es decir, «Punta Arenosa» en inglés), desde 1843, y había enviado misiones de reconocimiento al lado Atlántico (lideradas por John Williams, un inglés que trabajaba para el Gobierno chileno). En 1884, el Gobierno argentino, despertando ante las predatorias actividades de su vecino y ansioso por consolidar su dominio en estas tierras distantes, envió cuatro cañoneras a esas aguas embravecidas e inhóspitas.

En lugar del pequeño asentamiento que había imaginado encontrar, el comandante Laserre, quien lideraba esta pequeña flota, se sorprendió al descubrir que había unos 80 europeos, mayormente ingleses, bien establecidos, y unos 300 aborígenes.69

En honor a la hazaña de la familia Bridges, quienes habían sido los primeros colonos, Laserre decidió que Thomas Bridges debía ser el primero en izar la bandera argentina en la isla. Para desalentar las actividades expansionistas chilenas, Ushuaia fue declarada subprefectura al mando de «un oficial formado en Inglaterra acompañado de 20 militares, casi todos marineros británicos».70

Los chilenos se dieron por aludidos y, con su atención vuelta a los ricos yacimientos de nitratos de Perú, al norte, con los que querían quedarse, no cuestionaron esta pretensión, que Argentina pudo legitimar gracias al asentamiento de colonos británicos.

El Desafío

Tierra del Fuego y la Patagonia austral fueron los últimos grandes espacios abiertos del mundo en ser colonizados por los europeos. No fue debido a su lejanía, porque los inmigrantes estaban preparados para lo que hoy en día suena como un insoportable viaje de seis meses para escapar a Australia, e incluso para un viaje aún más largo hasta Nueva Zelanda. En gran parte fue la revolución en el transporte marítimo la que hizo que estas áridas tierras, hasta entonces improductivas, pudieran ser aprovechadas por cualquier persona valiente o lo suficientemente desesperada como para instalarse en ellas.

La Patagonia Argentina se extiende aproximadamente desde la altura de Carmen de Patagones, en el límite del Río Negro, más al norte del Río Chubut —donde primero se establecieron los colonos galeses en 1865—, pasando por las enormes extensiones de tierra vacía y seca de las provincias de Chubut y Santa Cruz. Llega hasta Tierra del Fuego, donde en 1856 los misioneros ingleses trataron de convertir a los resistentes nativos de la zona. La distancia de un extremo a otro es de cerca de 1.000 millas (1.600 km), equivalente a la distancia entre Londres y Roma.

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina
Patagonia
Sobre la frontera norte, las aguas del Río Negro posibilitan la agricultura bajo riego. Bien al sur, el extremo de la cordillera de los Andes se encuentra mayormente bajo agua e infinidad de bahías, ensenadas e islas fracturan el terreno y complican el desarrollo del área.

Los Andes constituyen la frontera occidental. Las montañas, con su grandiosa belleza, hacen las veces de escudo, evitando que la lluvia alcance los cientos de kilómetros de árida Patagonia, donde soplan vientos incesantes que doblegan a voluntad los pocos arbustos que luchan por prosperar en el suelo disperso.

Darwin tiene un sentido descriptivo extraordinario y pocos relatos pueden ser mejor logrados que los que él escribió sobre Tierra del Fuego y los desiertos de la Patagonia. Describe estos últimos (que pueden tornarse en un paisaje de singular belleza y seducir a los infrecuentes visitantes, si el clima lo permite) un día en el verano de 1832:

«... hacia el sur pudimos ver una escena de salvaje magnificencia, apropiada a Tierra del Fuego. Había un grado de misteriosa grandeza en esas montañas, que se iban sucediendo una tras otra, con profundos valles interpuestos entre ellas, todo cubierto por una sola masa de bosques impenetrables y sombríos. La atmósfera también, en este clima donde un temporal sigue a otro, con lluvias, granizo y aguanieve, parece más oscura que en ningún otro lado. Aquí en el Estrecho de Magallanes, cuando se mira hacia el sur desde Puerto Hambre, las montañas parecieran, por su aire tenebroso, llevar hasta más allá de los confines del mundo».71

Este paisaje es bastante diferente, sin embargo, del resto de la Patagonia, la cual, fuera de los pocos distantes y ricos valles andinos, se trata de un gastado desierto sin árboles. La escasez de madera sumada a los suelos arenosos se traduce en que no había materiales de construcción naturales locales para que los colonos levantaran sus casas y, que tampoco contaban con leña para alimentar un fuego y calentarse durante los largos y fríos inviernos.

Los vastos espacios sin fin ejercen una fascinación especial, particularmente para los que están acostumbrados al infinitamente variado paisaje de la Europa occidental marítima. Sin embargo, para quienes vivían en este desierto sin árboles, la monotonía y el aislamiento eran una pesada carga que solo ciertos individuos y familias excepcionales pudieron tolerar. Para soportar esta vida tenían que contar con algún incentivo espiritual o material mucho mayor que el que pudiera haber en los entornos más amigables de Canadá, los EE. UU., Sudáfrica o Australasia.

En el resumen de su libro,72 Darwin recuerda la Patagonia, y con su pluma logra conmovernos y transmitirnos esa belleza:

«Al evocar imágenes del pasado, con frecuencia las planicies patagónicas cruzan mi mente; no obstante, todos declaran que estas planicies son desoladoras e inútiles. Pueden describirse solo con rasgos negativos: sin moradas, sin agua, sin árboles, sin montañas, sustentando meramente unas pocas plantas enanas. ¿Por qué, entonces, y esto no ocurre solo en mi caso particular, estos áridos yermos se han prendido con tanta fuerza en mi memoria? ¿Por qué no la más uniforme, más fértil y más verde Pampa, que presta un servicio a la humanidad, no me ha impactado de la misma manera? Difícilmente pueda yo analizar estos sentimientos, pero debe ser en parte debido a la libertad que le damos a la imaginación. Las planicies de la Patagonia son infinitas, apenas pueden atravesarse, y, por lo tanto, desconocidas; llevan el sello de haber permanecido como están ahora por eras y parece no haber límite para su permanencia en los tiempos futuros (...) ¿quién no miraría estas últimas fronteras del conocimiento del hombre con sensaciones profundas e imprecisas?».

Primer Asentamiento

El descubrimiento de Magallanes, en el año 1520, del estrecho que recibió su nombre fue seguido por otras expediciones que, por lo general, se encontraron con que cruzar este estrecho era en extremo peligroso. No obstante, el aliciente de un acceso más fácil al oro y la plata de las minas andinas fue suficiente para alentar a muchos a arriesgarse a atravesar este estrecho traicionero y azotado por los vientos. Uno de los exploradores más aventureros y exitosos fue Francis Drake, quien, en 1578, con tres pequeñas naves, se abrió paso a través del estrecho y llegó al Pacífico, donde saqueó los enormes e indefensos depósitos que albergaban los tesoros acumulados por los españoles. El tesoro que se aseguró, o mejor dicho, robó, fue el más grande que alguna vez hayan capturado marineros británicos.

Esto tuvo consecuencias y un efecto traumático en el futuro desarrollo de la Patagonia. Sacudida por este devastador ataque a sus colonias del Pacífico, España decidió establecer un asentamiento en el estrecho. No queda claro en qué forma el hecho de que hubiera un asentamiento iba a detener los ataques de los piratas que surcaban los mares cercanos, pero, supuestamente, los poderes que toman este tipo de decisiones estratégicas decidieron que valía la pena. Un distinguido capitán español, Pedro Sarmiento, que había atravesado el estrecho en 1579, hizo la siguiente observación:

«El clima en esta parte del Estrecho es templado y mejor que en otras partes, como puede entenderse debido a la gran población de pacíficos habitantes. Hay ganado manso y salvaje y buena caza y los altos aborígenes dicen que hay algodón y canela; y aquí el cielo está despejado y el sol brilla intensamente».73

Este favorable relato tuvo como consecuencia que en 1581 se enviara una impresionante flota de 23 barcos con más de 3.500 hombres, con el propósito de combinar el fortalecimiento de las colonias españolas del Pacífico con un nuevo asentamiento en el estrecho.

Después de dos años de terribles desgracias debido a tormentas, deserciones y batallas, solamente dos barcos con unos 400 hombres y 30 mujeres llegaron a destino, en febrero de 1583. Aquí, después de probar en más de un lugar, y habiendo sofocado una rebelión mediante la ejecución de sus líderes, Sarmiento dejó a unos 300 hombres y 13 mujeres y niños para que establezcan una nueva base para España. Por su parte, él se embarcó rumbo a Brasil para recoger provisiones, ya que las que tenían no eran suficientes para un año, pero la mala suerte no lo abandonó y su barco se hundió. Sobrevivió de milagro y, más tarde, camino a Europa, fue capturado por un buque inglés, pero lo liberaron luego de una audiencia con la reina Isabel I de Inglaterra. Cuando regresaba a España, fue capturado por los franceses, que lo mantuvieron preso durante cuatro años, hasta que se pagó un rescate para liberarlo. Volvió a España ocho años después de haber dejado su malogrado asentamiento. Tal fue la fama de sus desgracias que «tener la suerte de Sarmiento» se volvió un popular refrán español.

En cuanto a los colonos, bueno, nunca se dudó de su suerte. Todos perecieron tristemente de frío, hambre, enfermedades o ataques de los aborígenes. Pocos años después, un barco que pasaba levantó a un único colono sobreviviente, pero este mismo barco encontró un clima tan horroroso en su travesía de regreso a Europa que solo seis miembros de la tripulación lograron llegar a puerto. El colono sobreviviente no estaba entre ellos.74

Estas pérdidas devastadoras y terribles adversidades quedaron profundamente grabadas en la historia del Estrecho de Magallanes e iban a tener que pasar 300 años antes de que se intentara otro asentamiento de europeos.

Exploradores

Las graves pérdidas sufridas por los barcos que deseaban pasar al Pacífico tuvieron como consecuencia que los españoles desistieran de utilizar el estrecho para acceder a sus ricas colonias andinas y que prefirieran la ruta panameña. No obstante, la tentación del oro atrajo a los corsarios británicos a través de los peligrosos mares y a estos los siguieron navegantes de los nacientes Países Bajos, que buscaban nuevas rutas hacia las islas de las Especias (ahora las islas Molucas, en Indonesia). Sin embargo, si fuera posible sopesar las masivas pérdidas de barcos y hombres contra las ganancias, los resultados probablemente serían negativos; pero bueno, las loterías siempre tienen más perdedores que ganadores.

Durante el siglo XVIII hubo desganados intentos por parte de Gran Bretaña para establecer una base en la Patagonia. En 1670, una expedición al mando de Narborough tuvo como resultado un mapa hermoso y a colores de toda la costa, pero nada más surgió de su asentamiento.

Los españoles también trataron de establecer colonias allí, sobre todo después de que el libro de Thomas Falkner, publicado en Gran Bretaña en 1774, instara a los británicos a tomar el control de esta zona, la más vulnerable del imperio español. No obstante, estos asentamientos no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir debido a que no eran económicamente autosuficientes.

La desolada pobreza de la zona invariablemente socavaba las ambiciones políticas y las perspectivas económicas para un asentamiento, aunque el Gobierno español intentó llevar adelante algunos proyectos fallidos a lo largo de la costa del norte de la Patagonia hacia finales del siglo XVIII. Una expedición dirigida por Antonio de Córdoba, en la década de 1780, llegaba a la conclusión de que «la Patagonia es el lugar más desafortunado y menos deseable del mundo».75

Diez años después, una expedición científica española, que llevó a cabo un relevamiento exhaustivo de la zona, concluyó:

«… que era inútil tratar de colonizar la región al sur del río Negro, la cual no es apta para ser habitada por europeos».76

Era una evaluación justa para la época.

Relevamientos

La incursión más minuciosa y provechosa en estas costas inhóspitas, retorcidas y erráticas fue realizada por el Almirantazgo británico, que en 1829 envió barcos de investigación para elaborar un mapa de toda la costa, desde Buenos Aires hasta el sur de Chile. El relevamiento fue efectuado por el capitán Phillip Parker King en dos navíos, el HMS Adventure y el HMS Beagle. Antes de realizar esta ardua tarea en los oscuros mares del extremo sur de América, tan peligrosos y azotados por el viento, este capitán ya había realizado relevamientos y exploraciones en Australia. Fue durante este período cuando se descubrió una ruta alternativa al Pacífico, el Canal de Beagle.

El relevamiento fue posteriormente retomado por el capitán Robert FitzRoy, al mando de la nave que iba a convertirse en el más famoso barco de investigación de todos los tiempos, el HMS Beagle. Cualquiera que mire un mapa de la Patagonia austral solo puede maravillarse ante la extraña complejidad de sus márgenes y admirar las habilidades y la determinación que hicieron falta para elaborar un mapa exacto de estas ventosas y peligrosas costas. Y esa fue la tarea a la que se dedicaron los minuciosos comandantes y sus tripulaciones a lo largo de más de cinco años. Lo que ha quedado de ello es un legado para todos los tiempos, que nombra a la mayoría de los arroyos, canales, acantilados y ríos con nombres locales deliciosamente pertinentes, en vez de utilizar el de políticos muertos largo tiempo atrás.

Este notable relevamiento sigue en vigencia, ya que debido a su precisión ha debido rectificarse muy poco, y muchos de los nombres británicos originales aún persisten, a pesar de que Sandy Point se ha convertido en Punta Arenas. Es acertado el reciente reconocimiento que, en 2008, han realizado la Armada de Chile y la Universidad de Magallanes a la contribución de Parker King. Estas instituciones le han dedicado un merecido monumento, ya que su nombre en la historia ha sido eclipsado por el de Fitz Roy.

Aborígenes

Había cinco sociedades tribales diferentes escasamente distribuidas sobre estas vastas tierras áridas.

Los tehuelches nómades, en el interior, eran el pueblo más grande. Vivían de guanacos y ñandúes (los huevos de ñandú revueltos eran una buena comida: los cocinaban sobre un fuego y los revolvían con un palito a través de un agujero en la parte superior de la cáscara), y también de perdices, liebres y armadillos. La que en apariencias es una dieta limitada debe haber sido en realidad muy adecuada, porque a menudo medían 6 pies (1,80 m) de altura y, vestidos con sus pieles, deben de haberles parecido enormes a los europeos, mucho más pequeños, cuando se encontraron por primera vez en el siglo XVI.

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina
Aborígenes
En el año 1869, George Musters, realizando una de las más grandes expediciones británicas del siglo XIX, viajó con ellos por la Patagonia, durante todo un año, de sur a norte.77 Vivió, comió, se vistió como ellos y, para el final de sus viajes, se había convertido en negociador y jefe honorífico. Musters ofrece un espléndido y empático relato de la vida de esta sociedad ahora extinta. A diferencia de los aborígenes de la Pampa, estos pueblos no atacaban las casas de los colonos, porque generalmente eran autosuficientes y se llevaban bien con los colonos galeses e ingleses. Su problema principal parece haber sido el alcohol y, a pesar de la costumbre de sus mujeres de esconder todas las armas de los hombres antes de que comenzaran a beber, Musters dice que más de ellos murieron en peleas por estar alcoholizados que por cualquier otra causa.

Los otros cuatro pueblos se hallaban en el extremo austral del continente, principalmente en Tierra del Fuego. Los más importantes eran los onas, un robusto pueblo nómade similar al tehuelche, cuya forma de vida ha sido registrada brillantemente en la obra maestra de Lucas Bridges78 Uttermost Part of the Earth (en español: El último confín de la tierra). Lucas relata que cuando se encontraba construyendo un camino para su nueva estancia, al norte de la isla, con frecuencia se entretenía practicando luchas amistosas con los onas que trabajaban para él y explica cómo finalmente logró enseñarles a algunos de ellos a trabajar de pastores en su nueva estancia. Si bien su libro es un relato fascinante y excepcional sobre cómo su familia explotaba la cría de ovinos en Tierra del Fuego —y, por cierto, se trata de un clásico— también es un excelente relato antropológico sobre los onas.

De los otros tres pueblos, los yámanas (o yaganes) y kawésqar (también llamados alacalufes) vivían una triste, fría y miserable existencia, siendo empujados al sur —escapando principalmente del acoso de los onas—, a este entorno duro e inhóspito, en el cual apenas sobrevivían alimentándose de mejillones, lobos marinos, nutrias y otros productos del mar. El pequeño pueblo de los haush, una ramificación de los onas, conformaba el cuarto grupo. Los yámanas y kawésqar estaban tan bien adaptados al frío que podían nadar desnudos en el mar para pescar y, en los inviernos, sobrevivían albergándose en chozas cubiertas con pieles. Los onas los dejaban bastante en paz, ya que estaban separados de ellos por una alta cadena montañosa y, además, no tenían muchas cosas que valiera la pena robarles.

Misioneros: Un Impacto Fatal

En la pequeña villa pesquera de St. Levan, al sur de Cornwall —no lejos del hermoso teatro de Minnack, construido en el borde de los acantilados—, hay un monumento tristemente conmovedor, dedicado a tres pescadores del lugar que murieron en la distante Patagonia intentando inculcarles el cristianismo a los yámanas.

Eran miembros de un equipo conducido por el capitán Allan Gardiner, un líder misionero resuelto y experimentado que había trabajado en el África austral, Bolivia y Chile llevando el mensaje de Cristo a las desafortunadas sociedades que no se habían visto favorecidas por su llegada. Con anterioridad, a principios de los años 1844 y 1848 había realizado visitas breves y no muy fructíferas a Tierra del Fuego, a fin de interesar a los nativos en el cristianismo.

Sin embargo, en esta ocasión ayudado por la Sociedad Misionera de América del Sur, que él había creado, organizó una misión más grande y a largo plazo, y con otros dos misioneros y tres marineros de Cornualles, se estableció entre los yámanas. Pero, por desgracia, los aborígenes los hostigaron por sus alimentos y, al quedarse sin suministros durante el invierno, todos ellos murieron de hambre y frío.

Si bien uno puede admirar la nobleza y las convicciones de quienes están dispuestos a dar su vida para convertir a otros a sus propias creencias, también es posible deplorar los efectos desastrosos que tales intervenciones pueden crear en las diferentes culturas. No hace falta ser cristiano para reconocer que los misioneros a menudo han hecho un gran trabajo en la prestación de ayuda médica, educativa y agrícola a sociedades no cristianas, muchas veces protegiéndolas de depredadores comerciales (como los jesuitas hicieron en Paraguay), pero en el caso de los indígenas de la Patagonia, es difícil ver qué grandes beneficios les podían llegar a brindar, con excepción de los espirituales.

Sin que los amedrentara este desastre, realizaron un esfuerzo aún mayor con el propósito de salvar sus almas y, en 1859, volvió a enviarse una misión, compuesta por ocho hombres, para llevarles el cristianismo a los yámanas. Pero esto tuvo como resultado un desastre aún mayor, ya que todos los misioneros menos uno fueron asesinados por los indígenas, ansiosos de adquirir sus escasas pertenencias.

Después de este segundo desastre, una política más cautelosa los hizo a cambiar de táctica: llevaban a los aborígenes a las Malvinas/Falkland, donde los convertían al cristianismo y luego los enviaban de vuelta a su tierra. Y en el año 1869, el reverendo Waite Stirling consideró que las cosas eran lo suficientemente seguras como para poder instalarse en Ushuaia. Él fue el primer europeo en establecerse y, de hecho, el fundador de este nuevo asentamiento. Aunque fue acompañado por 15 pobladores nativos conversos, que habían sido entrenados en su misión en las Malvinas/Falkland, se trató de un valiente acto de autosacrificio, porque implicaba vivir en soledad en una pequeña choza durante muchos meses, entre una población mendiga desesperadamente pobre, que podía repentinamente volverse violenta.

Fue sucedido por Thomas Bridges, el primer europeo en hablar el idioma de los yámanas, lengua que llegó a dominar por adquirirla de los niños llevados al asentamiento misionero. Fue así como pudo establecer un contacto convincente con ellos. Thomas sintió suficiente confianza en la relación que recientemente había establecido con los aborígenes como para llevar a su esposa a vivir con él en 1871. Su hijo, Thomas, fue el primer europeo en nacer en Tierra del Fuego, en el año 1872.

Su obra en esta estación misionera se extendió a lo largo de 16 años, pero desafortunadamente, debido al contacto con los europeos y principalmente debido a las enfermedades que estos le contagiaron, la población originaria fue devastada muy rápidamente y, para el año 1886, solo quedaban 3.500 aborígenes. También había colonos europeos que les disparaban a los indígenas, pero no se conoce cuántos de estos murieron de tan terrible manera. Pareciera existir una cortina cubriendo este espantoso episodio.

Según el relato de su hijo Lucas, en 1884 Thomas Bridges abandonó su rol de misionero y comenzó a dedicarse a la cría de ovejas, ya que esta era la única manera en que podría mantener a su gran familia. Los cínicos podrían preguntarse si es que quedaba algún indígena para convertir.

Mientras que la actividad misionera puede haber aportado algo beneficioso al bienestar espiritual de los aborígenes, la exposición de estos pueblos a enfermedades importadas, se presume que en algunos casos por el clero, llevó a su extinción. En 1907, Carl Skottsberg, un explorador sueco que iba camino a la Antártida, visitó a algunos aborígenes conversos en la Misión salesiana y registró lo siguiente:

«Le pregunté en español, un idioma que sus lenguas transformaban en una jerga apenas inteligible, cómo se habían visto afectadas sus vidas. “Venimos del oeste, de muy lejos... había tantos y ahora” —la voz de ella expresa desesperación y desamparo— “todos muertos, todos muertos”. Pero a nuestro alrededor había decenas de imágenes e ilustraciones de santos que atestiguaban el triunfo de la civilización cristiana».79

Quizás es en el libro Patagonia, publicado por la British Museum Press en 1997, en el que se llega a las conclusiones de mayor autoridad en el tema. Este libro se refiere a un genocidio, particularmente del pueblo ona, en la parte norte (mayormente chilena) de Tierra del Fuego.80

Lucas Bridges y sus hermanos hicieron un intento por salvar a los onas en la parte sur de Tierra del Fuego y, en su libro, Lucas describe cómo le dieron forma a su proyecto. Según su propio relato:

«Ninguno de los invasores blancos contaba con la maravillosa ventaja de conocerlos, de la que sí disfrutábamos mis hermanos y yo. Para ellos no se trataba de seres humanos como nosotros, sino de nativos indómitos y peligrosos, que debían limpiarse tan rápido como fuera posible, vestirse con ropas de hombres blancos y de los cuales se esperaba que trabajaran para ganarse la vida, a menos que murieran –como un pájaro silvestre muere en una jaula– anhelando su libertad».81

Lucas decide cruzar una cadena montañosa y establecer una conexión con una estancia que se propone fundar en las tierras de los onas, al norte, en terreno más llano. Para lograr crear este camino tienen que trabajar arduamente durante dos estaciones, abriendo un paso a través de los bosques y atravesando más de 100 arroyos. La distancia desde el pueblo de Ushuaia, recién establecido, hasta la costa atlántica era de 40 millas (64 km) en línea recta, pero siguiendo el camino que él creó implicaba una caminata de unas 80 millas (128 km).

Lucas trabajó codo a codo con sus trabajadores onas durante muchos meses y completó el camino en 1902. Gracias a este, podría alcanzar la costa del Atlántico en solo dos días. Había que recorrer 40 millas (64 km) a caballo por día, lo cual era un gran logro, para poder llegar en dos días.

Luego de muchas negociaciones con el Gobierno, se le cedieron 250.000 acres (sí, 250.000 acres o 101.000 hectáreas, aunque la mitad entraba en un contrato de arrendamiento) para una estancia en la costa atlántica, en Viamonte. El personal para su estancia estaba conformado casi en su totalidad por trabajadores onas, a quienes había capacitado para que se desempeñaran como pastores, leñadores e instaladores de cercas y, en un momento, llega a tener unos 200 de ellos en su rancho y entre 80.000 y 120.000 ovejas. Logró demostrar que, con tiempo y paciencia, una forma de vida de subsistencia podía transformarse. Desafortunadamente, pocos de los otros colonos tenían el tiempo, el conocimiento o la paciencia para seguir su ejemplo.

El relato que Lucas Bridges hizo de sus propios esfuerzos es único, ya que no proviene de un académico que estudió el comportamiento exótico de una sociedad de subsistencia o de un observador que pasó tiempo con ellos, si no de alguien que vivió y trabajó con estas personas durante más de 10 años y que, a pesar de los enormes peligros a los que en un principio se enfrentó, finalmente ganó su confianza y se hizo miembro honorario de su tribu. Su deporte favorito era competir en luchas con sus compañeros onas y, como medía 6 pies (1,80 m) de alto y era muy fuerte, no siempre resultaba perdedor. Es muy interesante el hecho de que no trata de convertir a los onas al cristianismo, a pesar de que se queda a un lado mientras un sacerdote católico bautiza ridículamente a un grupo de estos aborígenes, celebrando la ceremonia en latín. Por lo demás, Lucas afirma que los onas no tenían creencias religiosas en absoluto.

Chubut: La Arcadia Galesa

Más al norte, el 28 de julio de 1865, un grupo resuelto e idealista de 169 colonos galeses desembarcó en la desolada costa de la Patagonia, después de un viaje de dos meses desde Gales en el SS Mimosa. Estos inmigrantes deseaban establecerse en un entorno en el que su cultura galesa, que sentían que se estaba debilitando, pudiera florecer en lugar de ser erosionada por los estragos de la industrialización y el idioma inglés.

Habían escuchado relatos coloridos, pero, por desgracia, inexactos de esta parte remota de la Patagonia. El Gobierno argentino, deseoso de extender su frontera de manera activa, apoyó la empresa, ya que, aparte del puerto de Carmen de Patagones, bien al norte, los únicos otros asentamientos europeos eran los de Chile, en el extremo sur de Punta Arenas. Se habían realizado algunos intentos en el pasado para establecer asentamientos intermedios, pero ninguno fue sostenible y todos habían sido abandonados.

La mayoría de los colonos eran artesanos alfabetizados, no agricultores y, como se ha dado con mucha frecuencia en el caso de los asentamientos pioneros, luchaban para ganarse la vida a duras penas en un ambiente seco, que era muy diferente al que habían conocido. Puerto Madryn, su primer asentamiento en Chubut, era demasiado seco para la agricultura comercial.

No es el propósito de este relato cubrir la historia de lo que finalmente llegó a ser un desarrollo exitoso,82 sino identificar la contribución económica y social que hizo al desarrollo de la Argentina.

En este caso, aunque eran una comunidad de relativamente pocas personas, el impacto que esta población provocó fue desproporcionado para su pequeño número. Sus desastres iniciales fueron mitigados por algún tipo de ayuda financiera recibida del Gobierno durante un corto tiempo, pero fue gracias a su perseverancia y a una buena dosis de suerte que el proyecto de colonización tuvo éxito. Según el folklore, un domingo, la observadora esposa de un granjero le sugirió a su marido que cavara un canal desde el río cercano y dejara que el agua fluyera por una conveniente pendiente hasta sus plantitas hambrientas de agua. El granjero siguió el consejo de su mujer, lo que tuvo como resultado una magnífica cosecha de trigo. Otros siguieron su ejemplo y así se crearon las bases de una economía exitosa y viable.

El sistema de riego que se desarrolló fue uno de los primeros de su tipo en el país; estos industriosos colonos construyeron 186 millas (300 km) de canales de riego. Para manejar los canales se tuvo que conformar una cooperativa bien gestionada. Para el año 1880, ese número relativamente pequeño de habitantes, 800 en total, producía 2.000 toneladas largas/imperiales (2.030 toneladas métricas) de trigo, y había surgido una próspera industria láctea que contaba con 1.600 vacas lecheras.

El trigo era de tan buena calidad que ganó premios en los EE. UU. y en Francia. Tan poco explotada estaba la actividad agrícola en el resto de la Argentina que era rentable exportar la cosecha a Buenos Aires junto con los productos lácteos.

Los colonos sufrieron la desventaja de las sequías, que a veces dañaban seriamente los cultivos. No obstante, la construcción de un ferrocarril, fundado por un emprendedor británico optimista en exceso en la década de 1880, fue crucial para el desarrollo de la colonia.

La exploración de los coloridos y fértiles valles al pie de los Andes llevó a que algunos colonos migraran hacia el oeste y a que se fundaran nuevos pueblos y granjas en áreas mucho más productivas. Sin embargo, su ubicación distante fue un serio obstáculo para el desarrollo hasta que la línea del Gran Ferrocarril del Sud se amplió de Buenos Aires y la Pampa a Bariloche.

Los logros de los colonos galeses, cuyo número llegó a 2.000 en 1880, condujeron a la fundación de nuevas ciudades: Rawson, Gaiman y, a la sombra de los Andes, Esquel y Trevelin.

Su autogobierno, al que respetaban y conferían gran valor, estaba basado en la elección de representantes mediante votación secreta, lo que constituyó un ejemplo que otros siguieron. No obstante ello, tuvieron que aceptar, de mala gana, que constitucionalmente formaban parte de la Argentina. Pero en las normas que se establecieron para las provincias influyó la experiencia galesa. En particular, la introducción del voto secreto sentó un precedente que se convirtió en una de las contribuciones que ellos hicieron y que permanecerían en la Constitución argentina.

Por último, pero no menos importante, sus asentamientos a lo largo de las estribaciones de los Andes fueron una consideración importante para que se determinaran los límites entre Chile y la Argentina en favor de este último. El arbitraje británico independiente que fijó los límites recabó las opiniones de la población local y habría sido influenciado por el referéndum celebrado en Trevelin, que votó a favor de un vínculo con la Argentina en lugar de Chile.

Así que estos pocos miles de colonos galeses no solo ayudaron a consolidar los límites de esta nueva república, sino que también fundaron varias ciudades nuevas, que conformaron la provincia de Chubut, fueron pioneros en los nuevos sistemas de riego —lo que condujo a una economía autosuficiente— y ayudaron a crear instituciones públicas modernas.

Transformación Económica

Fue una decisión trascendental y un suceso transformador, que cambió la Patagonia austral para siempre. En el mes de enero de 1877, un joven empresario de 29 años de Yorkshire importó 300 ovejas a la Patagonia chilena, durante una visita a las Malvinas/Falkland. Henry Reynard había llegado solo tres años antes a Punta Arenas, donde estableció el primer aserradero de madera dura y compró un pequeño barco mercante para utilizar en estas regiones australes.

Él introdujo las primeras ovejas en el Estrecho de Magallanes y las instaló en la Isla Isabel. Reynard las compró a £1 por cabeza en la granja de Blake y Holmstead, en las Malvinas/Falkland, y con cuatro precarios viajes en su pequeña embarcación, a un costo de 50 peniques por cabeza, transportó 3.000 ovejas más al continente. Para 1883, este joven emprendedor proveniente de Yorkshire exportaba vellones a Londres, había introducido la primera maquinaria de esquila y construido una fábrica de sebo.

La introducción de ovejas transformó la economía de la Patagonia, que pasó de ser una desolada región improductiva —con Punta Arenas como su única población, un insustancial puerto de abastecimiento de combustible para los barcos camino a California— a una zona autosuficiente y próspera.

Sin embargo, por lo general hay perdedores y ganadores en el progreso económico y, para los indígenas, la introducción de ovejas fue un golpe devastador, similar al que los «crofters» (pequeños agricultores escoceses) experimentaron más o menos un siglo antes, cuando fueron expulsados en las grandes «clearances» (reordenamientos de parcelas). Sin embargo, a diferencia de los escoceses, los aborígenes, en el extremo de la tierra, no tenían dónde ir.

Para alrededor del año 1880, en la región pampeana, las ovejas habían alcanzado la cima de su desarrollo, ya que actividades económicas más rentables, como la cría de bovinos y el cultivo de cereales, habían ocupado su lugar, pero en la Patagonia austral, las amplias y vacías extensiones iban a ser transformadas por la introducción de estos resistentes animalitos.

Es oportuno rendirle homenaje al emprendedor Henry Reynard. No solo ayudó a establecer la empresa más grande de cría de ovinos en granjas de Chile, sino que también se convirtió en vicecónsul británico en la próspera ciudad de Punta Arenas, ayudó a establecer el primer cuerpo de bomberos de la población y luego se trasladó a Argentina, donde desarrolló una granja de ovejas modelo en la provincia de Santa Cruz. Su ejemplo fue seguido, a principio de la década de 1880, por Ernest Hobbs, proveniente de las Malvinas/Falkland, quien se estableció en el lado chileno y, con el tiempo, se convirtió en el alcalde de Punta Arenas.

En 1884, el Gobierno argentino, en la distante Buenos Aires (tan distante como lo es Londres de Estambul) se reorganizó y comenzó a afirmarse en estos confines remotos, para lo que nombró a un gobernador, con sede en Río Gallegos. El gobernador, Carlos Moyano, era uno de los exploradores más famosos del país y un representante competente, que, durante una visita a las Falkland/Malvinas, se había casado con la hija del gobernador de las islas. Moyano fue un modelo de gobernador y jugó un rol clave en la posterior conformación de la provincia de Santa Cruz.

Organizó el arrendamiento o la venta de grandes extensiones de tierras públicas (o, más exactamente, tierra de los aborígenes). Por sumas simbólicas, estas tierras se ofrecían en bloques de diferentes tamaños, pero el promedio parece haber sido alrededor de 49.400 acres (20.000 hectáreas).83 Al juzgar estos inmensos arrendamientos o ventas de tierras, hay que tener en cuenta su muy baja productividad y los miles de ovejas que hacían falta para que esta pudiera representar una actividad fructífera para un colono europeo; la oferta tenía que ser de verdad atractiva para inducir a alguien a vivir en un entorno tan agreste.

Es difícil imaginar la colonización de un entorno tan implacable, sin árboles, arrasado por el viento, sin características naturales que rompieran el horizonte, sin madera para hacer casas y proporcionar refugio, y con suelos frágiles, no aptos para la construcción de viviendas. Los materiales de construcción, la madera y el hierro corrugado tenían que importarse y a duras penas servían para construir una morada atractiva o cómoda.

Hasta que lograron crecer los árboles, los colonizadores tuvieron que vivir una vida aislada y solitaria durante meses, si no años y años, antes de poder construirse un estilo de vida modestamente cómodo. No es de extrañar que el alcoholismo y el suicidio fueran compañeros constantes de muchos colonos en estos primeros años.

Las políticas del gobernador Moyano dieron sus frutos y, durante los últimos años de la década de 1880, muchas de estas generosas ofertas fueron aprovechadas por agricultores provenientes de las Malvinas/Falkland. Ellos se aseguraron algunas de las mejores tierras cercanas a la costa y con buenos abrevaderos, que eran vitales, pues aunque había suministros acuíferos subterráneos, a una profundidad de entre 50 y 200 metros (165 y 655 pies), estaban más allá del alcance de la tecnología de la época.

Los hermanos Halliday se mudaron a «la costa», como le decían en 1884, y también lo hicieron los Rudd, los Hamilton y los Smith.84

Un censo efectuado en el año 1895 indicó una población de solamente 1.095 habitantes, de los cuales 247 se habían establecido en las inmediaciones del pueblo costero de Santa Cruz, al norte, unos 150 vivían en las cercanías de Río Gallegos y otros 46 en San Julián. De estos, el 58 % habitaba zonas rurales, había 2,5 hombres por cada mujer y el 48 % había nacido en el extranjero.85

La cifra de un 48 % de extranjeros parece menor que la que uno esperaría, ya que era difícil persuadir a los pobladores nacidos en la Argentina para que migraran del entorno mucho más confortable de la Pampa a una región tan árida. De los extranjeros, el 29% era de origen británico —y de estos, un alto porcentaje habrían sido terratenientes— y aparentemente habrían adquirido un alto porcentaje de la tierra. Una fuente estima que 1,9 millones de acres (780.000 hectáreas) estaban ocupadas por colonos británicos, lo que representa alrededor del 68 % del total.86 Para 1920, se habían dado unos 64 arrendamientos o ventas de tierras a ganaderos británicos en Santa Cruz, cuyas dimensiones variaban de 12.350 acres (5.000 hectáreas) a 100.000 acres (40.000) hectáreas. No obstante, dos empresas británicas, la Southern Patagonia Sheep Company y la Ganadería Las Vegas, consiguieron adquirir varios lotes y ocuparon con su actividad 276.750 acres (112.000 hectáreas) y 234.750 acres (95.000) hectáreas respectivamente.

Surtir de ovejas estas regiones semidesérticas era un problema. Aunque muchas ovejas eran arriadas hacia el sur desde la región pampeana —varios miles cada vez, en un viaje que podía tomar hasta dos años— parecería que la mayoría, al menos en la primera década, provenía de las Malvinas/Falkland. Los ganaderos con el mayor número de ovejas eran Robert Blake, que tenía 35.000, y la familia Waldron, que poseía otra propiedad más grande y exportaba sus excedentes a «la costa».

No había más tierras públicas que se pudieran comprar en las Malvinas/Falkland, así que los espacios vastos, abiertos y desaprovechados del continente ejercían una gran atracción. Uno puede imaginar la incredulidad de un pastor escocés, que probablemente no poseía más que unos pocos acres, si es que llegaba a eso siquiera, ante el ofrecimiento de decenas de miles de acres. Un beneficio adicional que con frecuencia encontraban los ganaderos era que en la Patagonia conseguían mayores tasas de pariciones y vellón de mejor calidad que en las Malvinas/Falkland.87

La magnitud de estas vastas concesiones de tierras (porque esto es lo que fueron básicamente) inevitablemente ha ocasionado numerosas críticas, por considerarse que estas cesiones fueron innecesarias y, con gran frecuencia, otorgadas de manera corrupta. Sin embargo, en lo que respecta a la magnitud, uno tiene que tener en cuenta que la tierra era de baja productividad y que solo podía sustentar producción ovina muy extensiva. Se necesitaba una cantidad de 24.700 acres (10.000 hectáreas) como para ganar lo suficiente para que viva un colono europeo y, considerando el agreste entorno, mucho más que eso como incentivo. La creación de unidades de menores dimensiones podría haberse dado de haber existido gran demanda por parte de los colonos. Pero esto no fue así. Además, surtirse de miles de ovejas y atenderlas para lograr obtener ganancias a partir de esta actividad habría requerido una gran cantidad de capital. Esto explica los muy grandes campos de ovinos y la importancia del capital financiero para su establecimiento .

Se adquirieron unidades inmensas. Robert Blake adquirió un área gigantesca, de 432.400 acres (175.000 hectáreas). No hay duda de que, con el fin de atraer gestión y capital suficiente para la explotación de estas regiones distantes y desoladoras, tuvieron que ofrecerse como incentivo vastas extensiones de tierra. Si el Gobierno hubiera restringido las tenencias de tierra, digamos, a 50.000 acres (20.000 hectáreas), es dudoso que hubiera atraído a más participantes. Incluso si lo hubiera hecho, el número total de colonos interesados no habría hecho mucha diferencia a la población. Los proyectos de colonización similares a los de la mucho más fértil Pampa, más al norte, no eran una propuesta realista.

Con frecuencia se hacen acusaciones de corrupción en relación con la concesión de tierras, pero estas propiedades necesitaban en última instancia de la aprobación del Congreso para ser legalizadas. Sería incoherente señalar y criticar a un propietario o empresa en particular en este sentido, ya que es todo el sistema el que era defectuoso y permitía la adquisición de inmensas extensiones de tierras para su explotación.

La Argentine Southern Land Company

La Argentine Southern Land Company (ASLC) fue fundada en Gran Bretaña en 1889, contando con la extraordinaria cantidad de 6,9 millones de acres (2,8 millones de hectáreas) de tierra. Según Ramón Minieri,88 quien ha realizado un exhaustivo estudio sobre una de las empresas terratenientes de mayor envergadura, unos 193 millones acres (78 millones de hectáreas) de tierra aborigen fueron puestas a disposición de colonos europeos luego de que se eliminara a los indígenas de la tierra, en lo que hoy puede clasificarse como genocidio. En la Argentina, esta eliminación fue conocida como la «Conquista del Desierto».

El Gobierno había establecido un máximo de 50.000 acres (20.000 hectáreas) por concesión, lo que parecería ser muy razonable, salvo por el hecho de que esto fue constantemente ignorado por el Gobierno, los legisladores y los compradores.

Como el mismo Minieri admite: «Fue el Estado el primero en infringir estas leyes». Como hemos observado, el presidente Roca cedió generosamente 50.000 acres (20.000 hectáreas) de tierras aborígenes a los Bridges, y por cierto otros presidentes y ministros hicieron cosas similares, normalmente con la aprobación del congreso. Puede argüirse que un Estado establecido recientemente simplemente no contaba con la capacidad o la estructura administrativa necesarias para disponer de estas nuevas e inmensas adquisiciones de tierras en parcelas más pequeñas y que no había suficientes interesados que dispusieran del capital necesario para comprarlas e invertir en ellas. No obstante, fueron unos pocos terratenientes influyentes quienes se beneficiaron de la expansión de la frontera. Minieri afirma que entre 1876 y 1889 el Gobierno dispuso de 38,3 millones de acres (15,5 millones de hectáreas) en 234 concesiones, un promedio de 160.600 acres (65.000 hectáreas) por concesión.

No es de extrañar entonces que empresas británicas participaran de esta loca carrera. Según manifiesta Minieri, la ASLC demostró una eficiencia extraordinaria en conseguir que sus adquisiciones fueran autorizadas oficialmente mediante contactos y sobornos, métodos bastante comunes en esos días. Desafortunadamente, fue así como se adquirieron y distribuyeron todas las tierras aborígenes. Lo que es más, la ASLC había encargado varios relevamientos y sabía lo que estaba comprando, a diferencia de muchos otros inversores.

También se acusa a la ASLC de no desarrollar pequeñas propiedades tal y como lo exigía la ley, de aportar poco a la economía del país y de embolsillarse enormes ganancias. El primer requisito, el establecimiento de unidades más pequeñas de explotación agrícola, fue de hecho rescindido por el gobierno debido a que obviamente era ilusorio, en especial en la mayoría de la Patagonia (aunque en algunas regiones más al norte, cuando los ferrocarriles se extendieron al sur, algunos proyectos a pequeña escala habrían sido posibles). El segundo cargo, el del poco «valor agregado» que generó la compañía, no es uno que deba tomarse muy en serio, ya que era llanamente cierto e inevitable, porque la explotación ganadera es inherentemente menos productiva por hectárea que la actividad agrícola, en especial en la Patagonia austral.

Minieri proporciona una perspectiva única y valiosa sobre el accionar de una gran empresa internacional a lo largo de varias décadas. Se trataba de una inversión redituable, como lo eran, de hecho, casi todas las inversiones de esta naturaleza en las regiones pampeana y patagónica, aunque la contabilidad anual, que Minieri ha recopilado cuidadosamente, no indica que hayan obtenido márgenes de ganancia exorbitantes. En donde es probable que la ASLC haya logrado hacerse de grandes ganancias es en la especulación con la tierra, pero es difícil estimarlas, si bien sin duda deben haber sido similares a las de los grandes terratenientes de la Pampa.

Entre los aspectos positivos, cabe mencionar que la ASLC explotó principalmente tierras marginales y fue pionera en el mejoramiento de la producción ovina y bovina. Las arduas condiciones de vida de quienes administraban y desarrollaban estas grandes estancias no son tenidas en cuenta en el análisis de Minieri.

Este detallado y recomendable estudio de Ramón Minieri es comprensiblemente crítico de la magnitud de la empresa y de las ganancias que esta logró. Inmensas ganancias, y ciertamente mayores, hicieron los productores locales en la más benigna y fecunda pampa.

Si bien existe el argumento legítimo de que algunas de esas empresas eran demasiado grandes y de que las concesiones otorgadas por el Gobierno se obtuvieron mediante contactos y pagos, los gerentes y los inversores extranjeros arriesgaban mucho al explotar tierras relativamente improductivas, que era algo que no intentaban los inversores locales.

Que se cometió una gran injusticia contra los aborígenes a quienes se les quitaron sus tierras resulta obvio, pero moralizar en retrospectiva es reconfortante para la conciencia e ignora el hecho de que la transformación agrícola de la Argentina y, de hecho, del mundo, que llegó a ocurrir debido a que las sociedades nómades fueron remplazadas por sociedades agricultoras más productivas ha sido un proceso «civilizador» implacable.

Sin duda es justo aseverar que se le concedieron demasiadas tierras a la ASLC, lo que fue consecuencia los muchos relevamientos del área que realizó esta empresa y de su diligente cortejo a funcionarios y políticos responsables de la asignación de tierras. Sin embargo, mientras la ASLC podría haber hecho más por establecer proyectos de pequeños tenedores de tierras, esto solo hubiera resultado posible en las áreas más fructíferas del norte de la Patagonia, y esto podría haberse dado únicamente una vez que se hubiera extendido la línea del ferrocarril para que la producción de cereales pudiera resultar rentable.

Las estancias de decenas de miles de hectáreas eran las únicas que podrían llegar a atraer capitales, gerenciamiento y mano de obra europeos a un entorno tan inhóspito. Que las empresas británicas transformaran la Patagonia austral y que obtuvieran ganancias por eso fue una gran hazaña pionera (aunque no para los aborígenes), de la cual se beneficiaron tanto los inversores como el país. Emilio Fernández-Gómez89 no duda de que fueron los asentamientos británicos en la Patagonia los que evitaron que la zona fuera absorbida por Chile.

Mano De Obra

La escasez de mano de obra fue uno de los problemas más serios que enfrentaron quienes desarrollaron su actividad de producción en la Patagonia. Desafortunadamente, la población indígena, acostumbrada desde hacía mucho a una forma de vida de subsistencia, como casi todas las sociedades seminómades, no pudo adaptarse con suficiente rapidez a los cambios radicales —no solo en términos de patrones laborales sino en los referente a la estructura social que requerían las nuevas explotaciones. La repentina llegada de criaturas lanudas, pequeñas y comestibles, debe de haberles parecido maná caído del cielo, una tentación difícil de resistir. La aparición de alambrados en las tierras que con razón podían reclamar como propias significó una provocación para ellos, a la que a menudo respondieron cortando estos alambres.

El inevitable choque entre dos culturas enormemente diferentes, la aborigen y la europea, solo podía tener un resultado. En algunas áreas, pero —según asegura John Blake— no en el continente, se ofrecía £1 por cada indígena asesinado. Se desconoce cuántos aborígenes fueron asesinados por este motivo en la isla de Tierra del Fuego (y sospechamos que es algo que nunca se sabrá) aunque parece razonable suponer que, de lejos, la mayor causa de la trágica desaparición de los tres pueblos principales fue el contagio de enfermedades introducidas en la zona por los europeos.

Las ovejas necesitaban pastores y lo que ocurrió fue, simplemente, que no había pastores en la Patagonia. Aunque Lucas Bridges logró enseñarles el oficio de pastor a los onas, el cambio radical en sus hábitos de trabajo iba a destrozar su comunidad seminómade tradicional. Se reclutó a algunos chilenos y se les enseñó la labor de pastor, pero la mayor parte de la mano de obra tuvo que importarse principalmente de Escocia y el norte de Europa, donde había una larga tradición de pastores.

Un complemento esencial eran los perros ovejeros, así que se los trajo junto con los pastores, especialmente desde Escocia. Una carta del mes de julio del año 1905 al reverendo McCallum de Stornoway, la capital de la isla de Lewis en Escocia, de un reclutador de la Patagonia, solicita que le recomiende seis hombres buenos y confiables que pudieran traer perros con ellos:

«El salario es de £55 por año, con aumentos de £5 por año hasta el quinto año, con los viáticos habituales. Se solicita a cada pastor que lleve dos perros. Nos haremos cargo del costo de llevar los perros, pero nos reembolsaremos este costo al pagar los salarios. Los perros deben tener entre 1 y 2 años de edad, ya que el clima es algo cálido. El lugar es Comodoro Rivadavia y el clima es delicioso».

Es obvio que el reclutador no estaba demasiado familiarizado con el clima en Comodoro Rivadavia y esperemos que los reclutados no se hayan sentido muy engañados cuando llegó el invierno. Su empleador, un tal Sr. Menéndez (un chileno con impresionantes latifundios) no era particularmente generoso con los incentivos en el tema perros. No podemos saber cuántos respondieron, pero existen registros que muestran que al menos 200 trabajadores emigraron desde Lewis para trabajar en la Patagonia.90

Muchos pastores trabajaban según un régimen de ganancias compartidas con sus empleadores, y esto al menos les daba la oportunidad de obtener mayores recompensas y la posibilidad de volverse propietarios de tierra después de algunos años.

Pero no solo había escasez de mano de obra calificada, como pastores y esquiladores, sino que a menudo también había que importar cocineros y trabajadores desde Europa, si bien hubo chilenos que se ocuparon de algunas de estas tareas.

Desarrollo Comercial

Un componente fundamental para la expansión de la producción ovina era una infraestructura institucional esencial para comprar, procesar y comercializar productos cárnicos y lanares.

Punta Arenas se convirtió pronto en el centro principal de esta actividad comercial. Había crecido rápidamente como estación de abastecimiento de combustible entre las costas este y oeste de América, pero gradualmente desarrolló un mercado local a medida que la producción ovina fue cobrando mayor relevancia. Para esto no solo hacían falta exportadores para la lana, sino también importadores para productos para las ovejas y bienes de consumo para los colonos. A su vez, esto originó la demanda de instalaciones comerciales tales como bancos, agencias de seguros y navieras y, por supuesto, tiendas comerciales.

En 1895 había alrededor de 291 habitantes de nacionalidad británica viviendo en la Patagonia chilena y esta cifra aumentó a 728 en 1906 (el 73 % eran hombres solteros). Pero, para 1914, la población total se había incrementado con bastante rapidez y el porcentaje de británicos había caído de un 14 % a un 5 %. Sin embargo, en su mayoría se trataba de gerentes y estancieros y, por lo tanto, eran participantes clave del desarrollo de la región.

Muchas de las instalaciones comerciales eran de origen británico y la libra esterlina era la moneda que se utilizaba con mayor frecuencia. Se designó a un cónsul británico, que asistía a unos 1.500 británicos que habitaban en la Patagonia austral.

El establecimiento de frigoríficos en Río Gallegos, Santa Cruz y San Julián, en los inicios del siglo XX, significó un incentivo para la producción ovina y los sistemas de transporte marítimo mejorados y más eficientes transformaron el potencial de la Patagonia austral.

Para 1910 la región contaba con una población de 10 millones de ovinos, mientras que los habitantes europeos de Santa Cruz y Tierra del Fuego totalizaban alrededor de 20.000, aunque casi la mitad de este número habría residido en Punta Arenas.

En Retrospectiva

El papel fundamental que jugaron el gerenciamiento, la mano de obra y el capital británicos en esta última frontera para la colonización europea es, en cierta manera, sorprendente, porque había entornos mucho más amigables en América del Norte, África y Australasia para atraer este capital e inmigración. En términos de números de inmigrantes, sin embargo, el total fue ínfimo, probablemente entre 3.000 y 4.000, un porcentaje insignificante de la importante emigración que se dio en Gran Bretaña en el siglo XIX.

La tecnología que llevaron con ellos, sus habilidades para el gerenciamiento, y —quizás lo más importante— la perseverancia que mostraron para lograr vivir en este inhóspito entorno, sumado al capital que invirtieron, transformaron la Patagonia austral. Por supuesto que no se trató de una transformación impulsada puramente por los británicos, porque hubo inversiones llevadas a cabo por chilenos, alemanes y por personas de otras nacionalidades, pero fueron los británicos los mayores responsables del desarrollo de la Patagonia.

Tristemente, como con toda innovación económica, hubo perdedores, y en este caso fueron los pueblos originarios, que fueron arrasados por un huracán de cambio. Hubo quienes buscaron la forma de mitigar estos efectos, como los misioneros y algunos colonos, pero, lamentablemente, no pudieron evitar la desaparición de estos habitantes nativos.

La crítica acerca de que estas inmensas propiedades fueron obtenidas ilegalmente no es estrictamente cierta, ya que la adquisición de estas tierras necesitaba de la aprobación legal del Gobierno. Puede argüirse de manera más legítima que era todo el sistema estatal el defectuoso. La situación era mucho peor en la región pampeana, y no me parece justificable señalar en particular a los inversores británicos como objeto de acusaciones especiales. Ellos, a diferencia de los estancieros de la Pampa, maximizaron el potencial de producción de estas tierras mucho menos productivas y transformaron la calidad de las razas de ganado en las que invirtieron.

La clave del éxito del desarrollo de la Patagonia austral fue el trampolín o punto de entrada de las Malvinas/Falkland en el sur, y en el norte, los resueltos e idealistas galeses, que introdujeron un proyecto de riego organizado y extendieron el límite de la colonización hasta los Andes. Apuntalando este desarrollo estaban las nuevas razas de ganado británicas y las nuevas tecnologías generadas por la revolución industrial que hicieron que todo esto fuera posible, mediante los vapores y la refrigeración de la producción cárnica.

Estos factores transformaron la Patagonia.

Referencias del capítulo V


68. Fernández-Gómez, E. M. Argentina: Gesta Británica (cinco vol.). Buenos Aires: L.O.L.A., 1993, 1998, 2004
69. Fernández-Gómez, E. M., ibid.
70. Fernández-Gómez, E. M., ibid.
71. Darwin, C. A Naturalist’s Voyage. Londres: John Murray, 1889.
72. Darwin, C., Ibid.
73. Cordova, A. de. A Voyage of Discovery to the Strait of Magellan. Londres: Sir Richard Phillips & Co., 1819.
74. Brebbia, C. A. Patagonia, a Forgotten Land: from Magellan to Peron. Southampton: WIT Press, 2007.
75. Brebbia, C. A., Ibid.
76. Brebbia, C. A., Ibid.
77. Musters, G. C. At Home with the Patagonians. Londres: John Murray, 1871.
78. Bridges, E. Lucas. Uttermost Part of the Earth. Londres: Hodder & Stoughton, 1948.
79. Skottsberg, C. J. F. The Wilds of Patagonia. Londres: Edward Arnold, 1911.
80. McEwan, C., L. A. Borrero and A. Prieto. Patagonia: Natural History, Prehistory, and Ethnography. Londres: British Museum Press, 1997.
81. Brebbia, C. A., op. cit.
82. Bridges, E. Lucas, op. cit.
83. Barbería, E. Los dueños de la tierra en la Patagonia Austral 1880–1920. Río Gallegos: Universidad Federal de la Patagonia Austral, 1995
84. Blake, J. L. A Story of Patagonia Lewes: Book Guild, 2003.
85. Godoy, C. J. El Gran Libro de la Provincia de Santa Cruz. Buenos Aires: Milenio/Alfa, 2000.
86. Barbería, E., op. cit.
87. Blake, J. L., op. cit.
88. Minieri, R. Ese Ajeno Sur. Viedma: Fondo Editorial Rionegrino, 2006.
89. Fernández-Gómez, E. M, op. cit.
90. Mackenzie, G. Why Patagonia? Stornoway: Stornoway Gazette, c. 1995.

CAPÍTULO VI
El gran despegue económico
«Ninguna ciudad en el globo tiene una importancia más envidiable que Buenos Aires. No ha conquistado solamente sus propios destinos, sino las libertades de Chile (...) Un floreciente comercio con el universo se ha abierto ahora para ella; el hechizo de la superstición se ha roto y se ven industrias con satisfacción a lo largo de sus llanuras (...) puede proporcionar, gracias a sus ilimitados productos vegetales y animales, ingresos mucho más preciosos que los metales a una nación manufacturera como la nuestra (...) mientras que sus gobernantes han liberado a miles de siervos miserables de las mazmorras de la pobreza y la tristeza».91

Esto escribió el mayor Andrew Gillespie en 1818. Había participado en la malograda primera invasión británica en 1806 y, después de su captura, lo habían enviado a un número de provincias del interior para asegurarse de que él y sus colegas no fueran a unirse a una segunda invasión británica, que terminó ocurriendo un año después.

Sus captores lo habían tratado muy cortésmente, y su gratitud y el optimismo con el que veía el futuro del nuevo país no conocían límites. Las comparaciones que hace de Buenos Aires, con Cartago, Constantinopla y —más modestamente— Boston y Filadelfia, sugieren que sería un poco demasiado entusiasta. Sin embargo, es lo suficientemente observador como para poder identificar a un país con un enorme potencial no desarrollado.

Si hubiera podido volver un siglo más tarde, se habría sorprendido al encontrar que su optimismo había sido certero. Lo que había sido un pequeño puerto lodoso con algunos miles de personas se había convertido en una metrópolis mundial de casi 1 millón y medio de habitantes, con espléndidos edificios barrocos, un Congreso de estilo clásico, una enorme y elegante Casa de gobierno, un teatro de ópera que era un digno rival del de Milán, amplias y prolijas avenidas, impresionantes edificios gubernamentales, zonas residenciales opulentas, y verdes y distinguidos parques y plazas. En pocos años, Buenos Aires había pasado a ser la ciudad europea más elegante en el hemisferio sur: el París de América del Sur.

¿Cómo había sucedido esto?

Las Decadas Estériles

Pasó mucho tiempo —décadas, de hecho— antes de que se explotara el increíble potencial del país.

Los sueños y las esperanzas de los liberales que lideraron el movimiento de independencia en 1810 pronto se hicieron añicos. Los españoles habían hecho poco para educar a la población nativa. Las nuevas élites educadas se concentraron en Buenos Aires y, debido a la posición de esta ciudad en el control de las exportaciones e importaciones, su poder económico era inmenso. Había mucho rechazo por parte de las provincias rurales y, como hemos señalado antes, la lucha por el poder y el control de la economía —que poseía el puerto de Buenos Aires— llevó a la destitución de los líderes liberales urbanos de la revolución y a su sustitución por caudillos rurales, semieducados, populistas y resentidos.

Transcurrieron unos pocos, breves años de políticas liberales a principios de la década de 1820, una época que fue seguida por el caos y luego, más o menos a partir de 1832, vinieron los 20 años de la dictadura cerrada al exterior del general Rosas.

Mientras que Rosas aportó bastante estabilidad rural, lo que llevó a que se hiciera querer por residentes y colonos británicos, sus intentos de controlar el comercio con Paraguay y Uruguay sumados al trato que les propinaba a los residentes franceses, provocó que buques franceses efectuaran un bloqueo al Río de la Plata desde 1838 a 1840 y, más tarde, sufrió otro bloqueo, esta vez anglofrancés, de 1845 a 1848. Esta situación desalentó seriamente el comercio exterior y, naturalmente, la inversión extranjera.

Cuando Rosas fue derrocado en 1852, gobernantes liberales de mentes más abiertas al exterior llegaron al poder. No obstante, en 1853, la capital Buenos Aires se separó de la Confederación hasta 1861, cuando una nueva estructura de poder estableció la República Argentina. Esto reconcilió, en gran medida, los intereses provinciales y citadinos, pero, a los ojos de las provincias, aún le daba a Buenos Aires un papel político y económico demasiado poderoso. Recién en 1881 se acordó una solución satisfactoria para los 70 años de lucha constitucional, cuando la provincia de Buenos Aires se separó de la ciudad homónima y estableció su propia capital en La Plata, al tiempo que la ciudad de Buenos Aires se convertía en la capital federal de todo el país.

A pesar de las incertidumbres políticas y constitucionales, se había producido un progreso económico desde la independencia. Hubo un aumento considerable de actividad agrícola, que se dio principalmente en la producción de ovejas y lana, mientras que la población humana se incrementó de 550.000 en 1825 a 1,7 millones en 1869. Los inversores extranjeros habían sido espantados por el comportamiento de Rosas y por las condiciones inestables descritas anteriormente.

Sin embargo, es importante poner estas guerras y disturbios civiles en perspectiva, ya que depender de los historiadores y la prensa puede distorsionar y exagerar las cosas. Habiendo vivido yo mismo varias «revoluciones» en los últimos años de las décadas de 1940 y 1950 sin darme cuenta de ello, sé que es muy fácil sacar demasiadas conclusiones del caos civil resultante de turbulencias en el gobierno. Los hermanos Robertson nos recuerdan esto cuando, en 1842, escriben:

«No hay ninguna otra parte en el mundo en la cual el sentido de la palabra revolución haya sido tan tergiversado como en América del Sur. En otros países, una revolución es algo que sobresalta nuestra mente, pero para los sudamericanos todo disturbio público es una “revolución”.»92

Si bien de vez en cuando hubo horrendos asesinatos y masacres y el régimen de Rosas fue particularmente cruel, los residentes británicos solían estar a salvo de los efectos directos de la violencia, ya que tenían cuidado de no mezclarse en alianzas políticas y, al contar con una mejor educación y una mejor situación económica, por lo general eran capaces de ejercer más influencia que la mayoría de los inmigrantes, en caso de que se los molestara. Los gobernantes se esmeraron en tratar de asegurar que sus soldados merodeadores no molestaran a los agricultores británicos, y los colonos británicos, como estaban exentos del servicio militar, pudieron mantenerse al margen de los conflictos civiles y evitar lo peor de la venganza civil. Como veremos más adelante, en ocasiones se ejecutó a soldados indisciplinados por robar en estancias de propietarios británicos.

Tanto el gobierno como los rebeldes, incluso durante el conflicto con Gran Bretaña en 1846, se mostraban ansiosos de evitarles problemas a los residentes británicos. Si bien varios agricultores británicos fueron asesinados por indígenas y bandidos, en general los colonos británicos no recibían un trato violento. Sin embargo, sufrieron el robo de su ganado, la pérdida de sus caballos en manos de bandidos, insurgentes y tropas del Gobierno, y sus rebaños de vacas y ovejas eran a menudo devastados por hordas de rebeldes y de soldados hambrientos.

Si bien los colonos y comerciantes británicos realizaron una cierta cantidad de inversiones privadas durante este período para la compra de tierras y la adquisición de ovejas, así como para la mejora de las razas de ganado y para instalaciones de procesamiento de carne, era generalmente a una tasa bastante baja y esto, combinado con el inquieto escenario político, hacía poco para animar a los inversores extranjeros.

El Empréstito Del Baring

Bajo la influencia de Rivadavia, el Gobierno realizó importantes esfuerzos para alentar la inversión extranjera y, en 1824, intentó obtener un préstamo de un millón de libras en el Mercado de Londres a través de Baring Brothers. Si bien se trataba de una cantidad considerable para los estándares locales, era mucho menor que los préstamos que se habían otorgado a México, Colombia, Brasil y Perú. El Gobierno ofreció un 6 % por bonos de £100, pero solamente se obtuvieron £700.000 (no un millón) y la suma que finalmente recibió fue de £570.000. Esto ha sido mal interpretado por los nacionalistas y los izquierdistas como un ejemplo de la codicia capitalista. Sin embargo, £50.000 ya se habían transmitido al Gobierno y, como era la práctica de la época pagar el interés de los cuatro años y la cuota del primer año con antelación, la cantidad no era irrazonable. Como afirma D. Platt: «El empréstito de 1824 está tan profundamente arraigado en la demonología de financiamiento externo que, aunque fue insignificante, no puede ser ignorado».93 Sostiene que: «En Londres, el empréstito de 1824 se administró con honestidad, como era de esperarse para un pequeño préstamo con el nombre de la principal casa financiera de la época».

Esto es algo que no entendieron los críticos, que afirmaron que los intermediarios se quedaron con buena parte del saldo. La tasa de interés que se pagó finalmente fue, de hecho, bastante menor que las tasas que predominaban en la Argentina en la época, y el préstamo fue bastante razonable, e, incluso, moderado. Pero esto no ha detenido a quienes se oponen a la inversión extranjera alegando que se trata de un ejemplo de banqueros británicos, extranjeros y codiciosos.

Desafortunadamente, en 1826 el país se vio envuelto en una guerra con Brasil sobre Uruguay y los recursos se utilizaron para financiar dicha guerra. El préstamo fue desviado a este otro fin y no se utilizó para mejorar la infraestructura, que era para lo que se lo había destinado. El Gobierno dejó de pagar el empréstito, así que no fueron los prestatarios los engañados, sino que fueron los acreedores quienes salieron perdiendo.

Los prestatarios potenciales desean aplacar a los acreedores insatisfechos. Es por eso que, en 1842, el dictador Rosas realizó intentos para resolver el problema de los acreedores que aún no habían recibido su pago cuando, con el fin de persuadir al gobierno británico de que cancelara la deuda pendiente, se ofreció a renunciar a la pretensión del país a las Malvinas/Falkland. Sin embargo, el Gobierno británico vio poco mérito en tener que pagarle a los acreedores a cambio de una colonia muy lejana y poco productiva —que, de todos modos, alegó ya poseer— y rechazó la oferta.

Un Lento Despegue

Luego de la caída de Rosas en 1852, los inversores de la ciudad de Buenos Aires, que se había separado de la Confederación, intentaron, sin mucho éxito, interesar a los inversores británicos en el desarrollo ferroviario. Los inversores de Europa estaban acostumbrados a los ferrocarriles que unían ciudades existentes y la idea de iniciar ferrocarriles en zonas no probadas era un paso demasiado arriesgado para ellos.

Sin embargo, gracias a la iniciativa local, principalmente angloargentina, y al Gobierno, se recaudaron fondos para la construcción, en 1857, de las primeras 23 millas (37 km) de ferrocarril en la ciudad de Buenos Aires. Este se conoció como el Ferrocarril Oeste.

La segunda inversión ferroviaria, y la que iba a convertirse en la más exitosa, fue el Gran Ferrocarril del Sud. Este fue ampliamente promovido e inicialmente financiado por capitalistas angloargentinos que supieron ver su potencial. Destacados apellidos angloargentinos, como Lamb, Drabble, Parish, Fair, Duguid y Green, invirtieron fuertemente en esta nueva empresa.94 Los Anchorena, considerados los terratenientes más ricos del país, solo aportaron £200 para el ferrocarril. Los inversionistas privados locales eran no solo insuficientes para proporcionar el capital necesario, sino que lo que tenían lo habían destinado a la especulación, mucho más rentable, de las tierras.

La tercera gran inversión ferroviaria fue el enlace de Rosario a Córdoba, promovida activamente por el Gobierno de la Confederación, en 1853 (esto no incluía a Buenos Aires), pero, se carecía de los fondos necesarios para su ejecución. La Confederación tenía un gran interés en enlazar el puerto de Rosario, un rival de Buenos Aires, con la ciudad central del país, Córdoba.

En la década de 1860, el nuevo gobierno unificado de la República Argentina intentó recaudar más préstamos en el mercado monetario de Londres, pero no tuvo mucho éxito. Sin embargo, como una señal de que se estaba progresando, en 1862 se creó el Banco de Buenos Aires y el Río de la Plata, con £500.000 de capital extranjero, y Baring hizo algunos préstamos relativamente pequeños. Hubo poco interés, ya que el país se vio envuelto en la guerra de la Triple Alianza (Brasil, Uruguay y la Argentina contra la minúscula Paraguay), que se inició en 1865 y se prolongó durante cinco años angustiosamente largos.

La Argentina había sido arrastrada a la guerra a regañadientes, por temor a que algunas de sus provincias norteñas, que estaban descontentas con el dominio de Buenos Aires, se separaran y formaran una unión con Paraguay. El rey Leopoldo II de Bélgica, desesperado por adquirir un imperio, investigó sin éxito las posibilidades de hacerse del control de la agitada provincia de Entre Ríos y de la isla Martín García.

El limitado capital para la inversión en la década de 1860 aún provenía, en gran medida, de inversores locales. Las fecundas pampas todavía se hallaban en manos de los aborígenes. Los ataques a los topógrafos del ferrocarril, como vimos en el capítulo IV, seguían constituyendo una seria amenaza, y hubo un gran debate en Gran Bretaña en cuanto a si los agricultores en la Argentina estaban a salvo de las incursiones de los indígenas. Richard Seymour describe cómo, a principios de los años 1860, unos vecinos suyos fueron asesinados durante una incursión de los aborígenes para robar ganado.95 Los ranqueles, que aterrorizaban a los colonos y se habían llevado entre 1.000 y 1.500 mujeres y niños, constituían una efectiva barrera contra la expansión.

Sin embargo, en el año 1878, con la «Conquista del Desierto» (un nombre peculiar, porque mayormente se trataba de suelos en extremo fértiles) del general Roca, se barrió a los aborígenes de la Pampa con la ayuda de una última adquisición de la época: los fusiles de repetición. Mientras que la supresión de las tribus nómades que atacaban a sus vecinos es comprensible, e inevitable, la eliminación de los mapuches y tehuelches —ubicados hacia el oeste a lo largo de los Andes y al sur, en la Patagonia—, pueblos que no representaban una amenaza para los colonos, fue manifiestamente injusta. Esta campaña militar fue financiada en gran medida por la previa venta de las tierras. La apropiación de tierras indígenas duplicó el tamaño de la nueva República.

La escena ahora estaba lista para el auge de la economía.

El Gran Despegue

No fue solo el acceso a las vastas llanuras de este nuevo país —un país que por fin tenía algunos presidentes instruidos y visionarios, como Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca— lo que preparó el camino para una revolución agrícola. Europa, y Gran Bretaña en particular, necesitaba alimentos para su población industrial y contaba con el capital y la tecnología para posibilitar esto. Así se dio un matrimonio económico ideal entre Gran Bretaña y la Argentina.

En la segunda mitad, y especialmente en el último trimestre, del siglo XIX, Gran Bretaña tenía el capital para invertir en el extranjero y también la tecnología que se requería para el progreso. A esta situación debe sumarse el hecho, igualmente importante, de que existía una creciente necesidad de alimentar a la población urbana.

El mejor indicador concreto de este «despegue» en la Argentina es el crecimiento que experimentó la red ferroviaria. En 1880 había solamente 1.400 millas (2.250 kilómetros) de vías, pero para 1914, el tendido era de 22.250 millas (35.800 km). Este sistema representaba el 40 % de la red ferroviaria de América Latina, y constituía la red más grande de la región y la décima red más grande del mundo.

La carga del ferrocarril, principalmente de cereales, aumentó de 5 millones de toneladas largas/imperiales (5,08 millones de toneladas métricas) en 1890 a ocho veces esa cantidad en 1913, mientras que los ingresos del ferrocarril aumentaron casi siete veces. Pero este enorme aumento de la producción agrícola no habría ocurrido sin una inmigración masiva. La inmigración neta comenzó a dispararse a mediados de la década de 1880, cuando empezaron a ingresar al país entre 20.000 y 40.000 trabajadores por año, provenientes principalmente del sur de Europa. Después de 1905, esta cifra se incrementó abruptamente a entre 100.000 y 200.000 por año, hasta 1914, cuando la Primera Guerra Mundial puso fin a la inmigración.

No solo se estaban construyendo ferrocarriles, sino también un nuevo puerto, sistemas de agua y alcantarillado, centrales eléctricas, tranvías y también instalaciones de procesamiento de alimentos y nuevas industrias. Fue el mayor auge económico que alguna vez haya experimentado América Latina. Para 1914, la Argentina, con una población de 8 millones de habitantes, se encontraba produciendo, en términos económicos, más que todo el resto de América del Sur, que contaba con 54 millones de habitantes.96

Esta gran transformación se produjo gracias a una enorme inversión, principalmente de Gran Bretaña, y a la inmigración desde la Europa meridional. Hubo dos períodos de inversiones. El primero fue desde alrededor de 1882 hasta 1890, pero entonces la economía se derrumbó, debido a inversiones demasiado optimistas y a que el Gobierno no pudo cumplir con sus compromisos de préstamos. El segundo período abarca desde 1905 hasta 1914.

A continuación se muestra el patrón de inversión británica en bonos estatales y emisiones públicas (se trata de fondos recaudados a través de instituciones financieras en subastas públicas y se excluyen las inversiones privadas): 97

Millones de £ 1865 1875 1885 1895 1905 1913
Total 81 175 247 552 686 1.173

Lo anterior muestra que la inversión aumentó hasta más del doble entre 1885 y 1895, pero la mayor parte del aumento se produjo en 1890, y más tarde, después de 1905, se dio un gran aumento. El desglose por sector en el año 1913 es el siguiente:

Préstamos gubernamentales 445
Ferrocarriles404
Servicios públicos 139
Financieros94
Tierra, minas, petróleo 36
Industria, varios37
Barcos18
Total 1.173
Millones de £

Del total de £1.173 millones, casi la mitad se había invertido en ferrocarriles (£404 millones) y otra gran suma en servicios públicos (£139 millones). La suma más importante, no obstante, había ido a préstamos gubernamentales (£ 445 millones). 98

Se ha manejado una amplia variedad de cifras para estimar el total de la inversión extranjera (pública y privada) en la Argentina, pero, debido a la dificultad que supone medir el flujo privado, es imposible dar con un número preciso. Como ya hemos mencionado, un 80 % de los préstamos gubernamentales procedentes del extranjero fue de origen británico.

Esta inversión transformó la economía argentina y, para la Primera Guerra Mundial, se había convertido en la sexta nación comercial más grande del mundo. Las siguientes estadísticas, presentadas por el Gobierno en una Feria mundial internacional realizada en San Francisco en 1915, en un pabellón de Argentina construido como un palacio, resumen magníficamente la transformación económica que había tenido lugar: 99

1892 1895 1912 1913
Área bajo cultivo – hect. (mill.) 3,7 23,0
Exportaciones USD (mill.) 120 483
Importaciones USD (mill.) 95 421
Ferrocarriles (miles de millas) 8,8 21,0
Población (mill.) 3,9 10,0 (estimado)

El informe de la Comisión argentina detalla a continuación el extraordinario desarrollo de la economía del país durante tan solo 30 años y enumera todas las inversiones en el sector público llevadas a cabo en este período. Afirma que el 90 % eran de origen británico.

Cualquiera que visite Buenos Aires no puede más que impresionarse por la profusión de edificios barrocos y clásicos que dominan el casco urbano y la hacen una ciudad equivalente a las grandes capitales de Europa occidental. Hay muchos edificios e infraestructura del sector público de gran elegancia, la mayoría de los cuales se financiaron a partir de bonos estatales colocados en el mercado monetario de Londres. Entre ellos, puede mencionarse el edificio del Congreso, el Palacio Municipal de la ciudad, el espléndido edificio del Correo y la rambla de la localidad balnearia preferida del país, Mar del Plata. La posteridad puede celebrar la visión de los prestatarios, pero los acreedores que se encontraron con que el país incumplía el pago de sus deudas pueden haber pensado diferente.100

La Gran Caída

A inicios de la década de 1880, las ganancias del ferrocarril estaban resultando muy atractivas y los inversores británicos cayeron de pronto en la cuenta de que existía potencial para incrementar su desarrollo. En consecuencia, en los últimos cinco años de esta década se produjo un auge en las inversiones. Baring, el banco de inversión más prestigioso de Londres, se dejó llevar por las expectativas en Argentina y destinó más de la mitad de su cartera extranjera a este país. Habían suscrito unos £75 millones en créditos. Desafortunadamente para ellos, no examinaron sus inversiones garantizadas con el cuidado que estas ameritaban. Como cualquier persona sagaz podría haberles dicho, garantizar un préstamo para un sistema de abastecimiento de agua y alcantarillado —el más grande del mundo en esa época y que tenía como joya de la corona un depósito urbano disfrazado de palacio— podía implicar cierto riesgo financiero. Baring, que había garantizado el préstamo —un préstamo evitado por inversores británicos más desconfiados—, se encontró con que quedaba con una pérdida que, sumada a otras inversiones temerarias que había hecho, lo llevaba al borde del colapso.

Mientras tanto, en la Argentina, los prestatarios habían tenido un día de campo. Los gobiernos provinciales, y de hecho también el gobierno central, no se habían quedado atrás para pedir prestado de manera imprudente e invertir de manera insensata. El hecho de que las inversiones realizadas por los gobiernos no produjeran los retornos adecuados tuvo como consecuencia que no pudieron pagar los préstamos. No existen dudas en cuanto a que algunos de estos préstamos se invirtieron en servicios productivos, tales como carreteras, ferrocarriles y alcantarillado, por los cuales los políticos rara vez les cobran a los usuarios una tarifa económica. Muchos préstamos se utilizaron en la construcción de edificios espléndidos, parques y avenidas que transformaron Buenos Aires y algunas de las principales ciudades del país, y una parte del dinero probablemente se la embolsaron políticos corruptos, contratistas y funcionarios públicos.

El gobierno se había excedido con los préstamos y el Baring, el pilar de la rectitud financiera y el agente principal del gobierno en 1889, se encontró cara a cara con la quiebra. Sin embargo, el conocido dicho sobre los bancos «demasiado grandes para quebrar» hizo que otros bancos y el Banco de Inglaterra le otorgaran un préstamo de 17 millones de libras, para la humillación de este gran banco privado.

El Gobierno argentino realizó intentos desesperados por pagar sus deudas mediante la venta de su participación en los ferrocarriles, pero una crisis financiera en Gran Bretaña empeoró más la situación, a medida que los ingresos por las exportaciones de la Argentina caían.

Los salarios reales en Buenos Aires cayeron un 50 % y hubo una fuerte merma en la inmigración, de 220.000 personas en 1889 a solo 30.000 al año siguiente. El desempleo se disparó, los precios de la lana cayeron a la mitad y valor de la tierra se redujo en un 50 %.101

El gobierno británico se negó a intervenir ya que no veía por qué tenía que hacerse cargo de la imprudencia de las malas inversiones del Baring y otros. Sin embargo, un grupo de bancos privados, presididos por Lord Rothschild, se las rebuscaron para reunir una garantía de £12 millones de libras para dar en préstamo al Gobierno argentino a fin de ayudarlo a manifestar solvencia.

En consecuencia, en 1893 se logró un acuerdo entre el gobierno argentino y sus acreedores, que llevó a que se devolviera el empréstito pendiente (finalmente fue devuelto 60 años más tarde, según explica Fernández-Gómez). La deuda externa de Argentina ascendía a £100 millones en esa época o a £25 por cada uno de sus 4 millones de habitantes.

Hubo seis años de miseria, particularmente para los inmigrantes que habían llegado al país con tantas esperanzas, y, por supuesto, para los acreedores que habían invertido precipitadamente sus ahorros. No obstante, el impulso de la construcción de ferrocarriles no se había detenido durante este período y condujo a un gran aumento en la producción de trigo, semilla de lino y maíz, que, para finales del siglo, hizo que el país se disparara en un boom de exportaciones. El valor de las exportaciones se triplicó entre 1895 y 1914102, y esto, por supuesto, llevó a otro auge en las inversiones cuando se cayó en la cuenta de que la Argentina era la fuente de cereales y productos de la ganadería más barata y más eficiente del mundo.

La inversión británica en emisiones públicas103 se había reducido a cero en 1891, pero se recuperó gradualmente. Para 1905, los inversores o se habían olvidado del desastre ocurrido o eran plenamente conscientes del enorme potencial que poseía el país. Las inversiones se dispararon una vez más a niveles récord en 1909 y 1910, cuando el 10 % de todas las emisiones públicas extranjeras británicas se colocaron en la Argentina.

En 1880, la inversión británica en emisiones públicas (sin incluir las inversiones privadas por parte de empresas y particulares, que habrían sido considerables) era de £20 millones; para 1890 aumentó casi ocho veces, hasta alcanzar los £157 millones, y luego, en 1913, se incrementó a más del doble, £358 millones.104 Esto representaba más de un tercio de todas las inversiones británicas de este tipo en América Latina. En este momento, justo antes de la Primera Guerra Mundial, las inversiones en el exterior realizadas por Gran Bretaña representaban aproximadamente el 45 % de toda la inversión extranjera del mundo. La Argentina, con un 8,5 %, era uno de los principales destinatarios.105 En 1930, la Argentina ocupaba el cuarto lugar en el monto total de la inversión británica en el extranjero, detrás de la India, Canadá y Australia, pero por delante de los EE.UU. y otros países europeos.106

Este auge de fuertes inversiones llegó a un abrupto final con la llegada de la Primera Guerra Mundial y, lamentablemente, nunca se recuperó. En realidad, el costo de la guerra para Gran Bretaña, tanto en términos humanos como económicos, fue tan grande que nunca logró recuperar su posición internacional. Durante la guerra, los EE. UU., y luego otras potencias europeas, asumieron los papeles principales y Gran Bretaña ya no contó con los recursos para invertir en el extranjero con el mismo ritmo.

Inversión Privada Británica

Las enormes inversiones que hemos mencionado anteriormente se refieren únicamente a préstamos obtenidos a través de instituciones financieras en subasta pública. No cubren las inversiones en la industria, el comercio o las invisibles realizadas por empresas privadas y por particulares. Y estas deben de haber sido inmensas. Los ferrocarriles generaron la necesidad de invertir en almacenamiento y en empresas de venta de semillas, fertilizantes y seguros.

También estaban los mataderos y los frigoríficos, mientras Liebigs y Vesteys desarrollaban nuevos tipos de productos cárnicos. Se produjo una inversión masiva en barcos de carga y de pasajeros para facilitar el transporte rápido de mercancías y personas a Gran Bretaña, que era, de lejos, el mayor socio comercial de la Argentina.

Hubo otras explotaciones, como la de tanino, en el norte de Argentina, desarrollada por la empresa británica La Forestal Company. Alpargatas Company se convirtió en la principal fábrica de calzado del país, a la vez que surgía una masa de empresas de importación y exportación británicas para brindar sus servicios a la nueva economía. Los bancos y las compañías de seguros eran, en su mayor parte, británicos, y aparecieron sucursales de muchas tiendas también británicas. La tienda más prestigiosa, y una que simboliza la posición que tenía Buenos Aires en el mundo, era Harrods. Era la única en el mundo fuera de Londres.

Las estimaciones del capital británico privado invertido en Argentina están lejos de ser exactas, pero en 1915 la Secretaría de Industria y Comercio argentina estimaba que había 847 empresas que cotizaban en bolsa en el país, con una inversión total de £382 millones, de los cuales £275 millones correspondían a empresas británicas.107

Otra fuente estima que las inversiones extranjeras se triplicaron entre 1900 y 1927, y que la inversión británica fue responsable del 90 % en el primer año y del 70 % en el último período.

Las siguientes cifras, extraídas del libro de David Rock108 muestran la abrumadora importancia del capital británico en millones de dólares, a precios de 1970:

1900 1913 1927
Britain 912 1,860 2,002
USA - 39 487
Other 208 1,237 984
Total 1,120 3,136 3,474

El gran período de la financiación británica para el desarrollo de la Argentina claramente tuvo un brusco fin ante la Primera Guerra Mundial, pero la gestión y los activos británicos siguieron desempeñando un papel clave en el país durante dos décadas más, y disminuyeron drásticamente con la venta de los ferrocarriles en 1946.

En Retrospectiva

A lo largo de sus primeros 100 años la Argentina contó siempre con una significativa presencia económica británica. Al principio, esta tomó la forma del libre comercio, que abrió las fronteras del país a nuevos bienes de consumo, más baratos y de mejor calidad, facilitó un mercado de exportación para sus productos agrícolas y sustituyó a una dominante y monopolista clase mercantilista española por criollos y comerciantes extranjeros más dinámicos. Posteriormente, durante las décadas de enfrentamientos civiles y pugna constitucional, los agricultores británicos se unieron a los comerciantes para llevar adelante el desarrollo del país.

Sin embargo, fue solamente desde principios de la década de 1880 hasta 1914 que una economía y una sociedad estable en la Argentina, combinadas con las necesidades de una economía británica industrializada, transformaron el país, en tres décadas, en una sociedad moderna de estilo europeo. La fertilidad innata del país, junto con la inversión británica y con un enorme aumento de la inmigración, convirtieron a la Argentina en el país latinoamericano más rico.

¿Cómo pudo lograrse esto con un país que parecía ser incapaz de mantener un gobierno estable? Ocurrieron muchas tonterías, de las cuales fueron responsables las principales figuras políticas. Algunos ejemplos pueden ser la hipoteca de la Casa de Gobierno de Paraná, la hipoteca de todos los ingresos aduaneros y la aprobación de aumentos masivos de moneda sin la autorización del banco central. Con tanta incompetencia y tantas figuras líderes corruptas, ¿cómo pudo crecer la Argentina, con un gobierno con tantas falencias?

Dejemos que Fernández-Gómez responda este interrogante:

«La respuesta es que, en este país rico pero desorganizado, con un potencial de producción prodigioso, pero para nada previsor en su administración pública, había una pequeña colonia de gerentes que controlaban la inversión privada y que lograron superar las fallas fundamentales que presentaba el sector público en la década de 1890. También lograron asegurar, durante la primera década del siglo XX, casi £300 millones de capital de riesgo, así como los préstamos externos a 60 años concedidos al Gobierno, que ascendieron a £222 millones en 1892. Ningún otro país de América logró estos niveles de financiación europea, y debemos tener en cuenta que, como resultado de la inversión de fondos británicos, muchos otros países de Europa invirtieron también.

Estas comunidades minoritarias tenían el genio y el know-how del negocio, así como también los contactos para obtener financiamiento externo, con lo cual se lograron inversiones acertadas.

Por un lado, existía una clase gobernante con buenas intenciones para gobernar el país, pero que no tenía mucho sentido del orden o de la administración prudente. Generaba déficit y deudas internacionales fabulosas, pero era respetuosa de la libertad de empresa y de los derechos de propiedad. Una clase liberal despilfarradora.

En otro nivel había minorías activas que pudieron utilizar la libertad económica y judicial, que desarrollaron sus empresas y que, como consecuencia de su enorme productividad, tuvieron lo suficiente como para superar el desorden de la administración pública».109

Referencias del capítulo VI


91. Gillespie, A. Gleanings and Remarks. Leeds, 1818.
92. Robertson, J. P. y W. P. Letters on South America (tres vol.). Londres: John Murray, 1843.
93. Platt, D. C. M. “Foreign Finance in Argentina for the First Half of the Century of Independence”, Journal of Latin American Studies 15, 1983.
94. Lewis, C. M. British Railways in Argentina 1857–1914. Londres: Athlone Press, 1983.
95. Seymour, R. A. Pioneering in the Pampas. Londres: Longmans, Green & Co., 1869.
96. Statistical Abstract of the United States 1921. Washington: Government Printing Office, 1922.
97. Stone, I. “British Long-Term Investment in Latin America, 1865-1913” in Business History Review, vol. 42, núm. 3. Cambridge, MA: The President and Fellows of Harvard College, 1968
98. Ferns, H. S. The Argentine Republic, 1516–1971. Newton Abbott: David and Charles, 1973.
99. Argentine Republic. Comisión Exposición Internacional Panamá-Pacífico, 1915. The Argentine Republic. Panama-Pacific Exposition. Nueva York: J. J. Little and Ives Co., 1915.
100. Fernández-Gómez, E. M. Argentina: Gesta Británica (cinco vol.). Buenos Aires: L.O.L.A., 1993, 1998, 2004
101. Rock, D. Argentina. 1516–1987. Berkeley: University of California Press, 1987.
102. Rock, D., Ibid.
103. Las emisiones públicas son los fondos obtenidos en los mercados públicos mediante las instituciones financieras.
104. Ferns, H. S., op. cit.
105. Ferns, H. S., op. cit.
106. Fernández-Gómez, E. M., op. cit.
107. Holder, A. L. (ed.) Activities of the British Community in Argentina during the Great War 1914–1919. Buenos Aires: British Society in the Argentine Republic, 1920.
108. Rock, D., Ibid.
109. Fernández-Gómez, E. M., op. cit.

CAPÍTULO VII
Una nación de extranjeros
«Un argentino piensa como un francés, se comporta como un italiano y se viste como un inglés».

La mayoría estaría de acuerdo en que hay un elemento de verdad en este aforismo que supo ser muy popular, aunque esperemos que la referencia sartorial sobre los ingleses se refiera a un período muy anterior al presente. Los argentinos son una gran mezcla de culturas europeas, en gran parte, del sur de Europa, pero con elementos de Europa septentrional y oriental, así como de los países del Mediterráneo oriental. Alrededor del 86 % se identifica como de ascendencia europea,110 y de estos, el 60 % afirma tener lazos italianos.

Los argentinos (como los chilenos y uruguayos) son los más europeos de los pueblos latinoamericanos. La población indígena o amerindia, que ha sobrevivido en muchos otros países del continente, ha desaparecido en la Argentina, a raíz de la «Conquista del Desierto» de 1878. En cuanto a los pobladores negros, que habían sido importados principalmente como esclavos domésticos durante la dominación española y que para la época de la independencia representaban casi un cuarto de la población de Buenos Aires, muchos fueron carne de cañón en las guerras posteriores a la independencia y el resto quedó oculto por la inmigración masiva.

Desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, unos 6,2 millones de personas se abrieron paso a través del Atlántico hasta la Argentina, apostándolo todo a fin de tener aquí una vida mejor que la que la mayoría de ellos había tenido en Europa. Los períodos de inmigración pico se dieron en 1889 y en 1909, cuando más de 200.000 personas atestaron el puerto de Buenos Aires. En cuanto a la cantidad de inmigrantes recibidos, la Argentina fue el segundo mayor receptor en el mundo, superado solamente por los EE. UU.

Estos recién llegados, llenos de energía y a menudo desesperados, fueron una de las claves para la transformación de la Argentina, que pasó de ser una pequeña zona rural a uno de los diez principales países del mundo. Hace algunos años, en una conferencia pública sobre las causas del desarrollo económico que di en una universidad británica, me preguntaron si había una «llave de oro», algo que explicara por qué algunos países se desarrollaron más rápido que otros. Mi respuesta fue «los extranjeros».

Esta transformación radical en lo social (y también en lo económico) de la Argentina tuvo lugar de manera sorprendentemente rápida y hace muy poco tiempo. La mayor parte de este asombroso desarrollo se produjo solamente a partir de cerca del año 1880 y hasta la década de 1920. La centenaria población española fue repentinamente abrumada por un tsunami de inmigración.

La población europea, que en los primeros años de la independencia ascendía a más o menos unas 400.000 personas (excluyendo los pueblos indígenas), aumentó gradualmente a 1,7 millones en 1869, a casi 4 millones a la vuelta de siglo, a 10 millones en 1925 y a la cifra estimada más reciente de 40 millones en 2009. Esto creó una cultura y una sociedad nuevas, activas, vibrantes y emprendedoras. La contribución británica a este aumento de la población fue sorprendentemente pequeña, a pesar de que jugó un papel crucial en darle forma a esta nueva nación.

La Comunidad Británica

La primera y la única mención oficial de colonos británicos en las colonias españolas del Río de la Plata se refiere a los siete que tenían su base allí para ocuparse del asiento de esclavos establecido por el Tratado de Utrecht de 1712. En años posteriores hubo unos pocos sacerdotes jesuitas o de otras órdenes católicas y algunos marineros del fallido ataque a Colonia en 1756. En 1804, según H. Ferns, solamente había 675 extranjeros en Buenos Aires, de los cuales 15 eran ingleses, ocho irlandeses y uno solo, escocés.111

Las fallidas incursiones militares británicas de 1806 y 1807 crearon una nueva oportunidad para una invasión de inmigrantes más pacífica. Esta estuvo dada por el gran número de soldados que desertaron durante los ataques a Montevideo y Buenos Aires. Su número es desconocido, pero, en vista de la preocupación expresada por sus oficiales al mando sobre la cantidad de deserciones —provocadas, sin duda, por el hecho de que muchos soldados rasos habrían sido irlandeses y por la tentación de la amplia oferta de alimentos disponibles a nivel local—, es probable que varios cientos de soldados razonaran que la deserción ofrecía una forma de vida más cómoda y menos peligrosa.

Sin embargo, la mayoría de los desertores, si no todos, no eran instruidos y fueron absorbidos rápidamente por la vida rural básica, por lo que tuvieron poco impacto en el país. Esto lo confirman muchos relatos de viajeros británicos que conocen a «gauchos» que habían sido soldados en el pasado, pero que hasta se habían olvidado de cómo hablar en inglés.

La invasión británica realmente significativa fue la de los comerciantes que aparecieron con el movimiento independentista. Sabemos que había muchos comerciantes, principalmente ingleses y escoceses, y que también había muchos marineros que sirvieron en la Armada argentina, una alta proporción de los cuales eran irlandeses.

Durante las primeras una o dos décadas de la independencia, la mayoría de los nuevos inmigrantes fueron británicos más que europeos del sur. Si bien en un principio eran comerciantes en su mayoría, la escasez desesperada de mano de obra calificada y no calificada atrajo a muchos trabajadores británicos. La escasez de trabajadores no calificados se debió a que se agotó la oferta de esclavos y a que los trabajadores nativos existentes estaban «pegados» a sus caballos. Tareas tales como arar y cavar, y ni hablar de limpiar y cocinar, no eran para ellos.

A raíz de la afluencia de inmigrantes británicos en 1811, una señora Clarke abrió las British Commercial Rooms of Buenos Aires, en lo que hoy es calle 25 de Mayo, que era «un lugar de reunión preferido, donde pueden encontrarse periódicos ingleses, mapas, cartas y telescopios. Los socios, 56 en total, cenan en el hotel Faunch cada trimestre. Adjunto, cuenta con una librería con 600 volúmenes».112

Los emprendimientos británicos estaban a la orden del día, y un tal Sr. Thwaites estableció la primera destilería en 1812. La segunda fue fundada unos años más tarde en San Telmo por el Sr. John Dillon, pero, por razones que el autor no ha podido comprobar, ambas empresas fracasaron. Otro proyecto innovador, pero que tampoco tuvo éxito, fue el de un molino de viento construido por un tal señor Stroud.113

Sin embargo, más exitosas fueron aquellas actividades asociadas con el aumento del comercio exterior, porque este incremento llevó a que hicieran falta gabarras en el puerto de Buenos Aires, y un inglés, el Sr. Cope, poseía la mayoría de ellas. Las tripulaban marineros británicos, al igual que a muchos de los buques de guerra estatales. La prestación de este servicio esencial parece haber continuado en manos británicas por muchos años, porque George Bruce afirma en sus memorias que en la década de 1830 los barcos de su padre comerciaban con Paraguay y estaban «todos tripulados por marineros británicos».114

Para el año 1823, la Oficina del residente británico tenía registradas a unas 3.500 personas de esta nacionalidad que habitaban suelo argentino, y muchas de ellas eran comerciantes. Sin embargo, hubo, indudablemente, muchos más marineros y trabajadores calificados y no calificados que se vieron atraídos por los altos salarios del Río de La Plata, pero que no se molestaron en registrarse.

George Bruce, recordando sus primeros días en las décadas de 1840 y 1850, escribe en sus memorias de Buenos Aires, en 1909:

«Todo el comercio estaba mayormente en manos de los ingleses, hasta los bodegones ubicados en la playa y en sus cercanías. Las mismas casas comerciales que en ese momento constituían la gran mayoría son una minoría ahora. Todo ha cambiado. No recuerdo haber visto un solo italiano entonces. Ahora ellos tomaron la posta».

La población británica registrada en el Consulado británico aumentó gradualmente, pero no tan rápido como la población en general. En 1829 se hallaban registrados allí unos 4.100 británicos.

Las estadísticas oficiales sobre la población de residentes británicos comenzaron a reunirse en 1869 y fueron las siguientes:115

ARGENTINA: POBLACIÓN (en miles)
AÑO TOTAL EXTRANJEROS BRITÁNICOS
1869 1.700 2.100 11
1895 3.950 1.005 22
1914 7.885 2.358 28

Pero estas cifras reflejan solamente a quienes se habían tomado el trabajo de registrarse en el Consulado Británico. Muchos no se habían molestado en hacerlo. Otros no se habrían siquiera enterado de que podían registrarse, y también es casi seguro que los católicos irlandeses no se registraron. Y, finalmente, habría muchos hijos y, de hecho, nietos, que formaban parte de la comunidad pero que habían nacido en el país y que, por lo tanto, eran ciudadanos argentinos.

Mulhall,116 un observador local bien establecido, estima que en 1882 el número de miembros de la comunidad británica se acercaba más a 51.000. Viendo las fuertes inversiones posteriores efectuadas por empresas e individuos británicos después de esta fecha, esta comunidad tiene que haberse incrementado.

Sin embargo, una estimación muy posterior, realizada en 1925 por lo que se considera un organismo con autoridad, la Sociedad Británica en la República Argentina, afirmaba que la comunidad británica todavía se calculaba en unas 50.000 personas. La Sociedad, no obstante, no habría incluido a la mayoría de los católicos irlandeses o a los súbditos británicos que habían optado por desvincularse de la Embajada. Sea cual haya sido su número, la comunidad era lo suficientemente grande como para sostener muchas iglesias anglicanas, metodistas y presbiterianas, y también varias escuelas modelo. Surgieron varios clubes de campo deportivos para proporcionar entretenimiento de fin de semana, y desde los primeros años (desde 1827) se publicó un periódico inglés que fue sustituido más tarde por dos diarios de renombre: el Buenos Aires Herald en 1875 y el The Standard en 1861. En 1843 se construyó un hospital británico y se formaron muchas organizaciones sociales y filantrópicas para satisfacer las necesidades sociales y de bienestar.

Todas estas importantes instituciones, en su mayoría pertenecientes a la clase media, permitieron que esta comunidad británica, relativamente acomodada pero pequeña, lograra ser socialmente autosuficiente. La naturaleza estrechamente unida de esta comunidad ha sido criticada, no sin cierta razón, debido a que sus miembros no se integraban con la comunidad argentina, mucho más grande. Los perspicaces hermanos Robertson, cuyos libros están llenos de su interesante manera de entender la sociedad, recogieron esto en su libro en el año 1843:

«Cuando de juzgar a los extranjeros se trata, nosotros los ingleses no solemos darles la importancia debida a los demás (...) fijamos nuestros estándares basándonos en la formación, las relaciones y las costumbres, ¡y pobres de los que se aparten de ellos! Estamos seguros de que nosotros tenemos razón y de que los extranjeros están equivocados (...) somos muy excluyentes».117

Quienes estamos familiarizados con la comunidad británica en la Argentina no podemos negar este cerrado sentido de superioridad. La famosa frase de Cecil Rhodes: «Recuerde que usted es inglés, y por lo tanto ha ganado el primer premio en la lotería de la vida» era una creencia firme, aunque de la que no hacían ostentación. Sin embargo, todas las culturas tienen un sentido de su singularidad basado en un sentimiento de superioridad. Los que han criticado por esto a los británicos no han estado exentos de mostrar actitudes similares hacia los demás. Después de haber vivido en muchas comunidades diferentes en distintas partes del mundo, todavía no he encontrado una que no construya al menos parte de su identidad basándose en el sentimiento de ser superior a las demás, idea que declaran con demasiada frecuencia.

Un factor importante, que explica esta falta de integración, se suele pasar por alto y, de hecho, justifica el aislamiento cultural. Para los protestantes que residían en una comunidad católica, la integración social a través del matrimonio se vio seriamente obstaculizada por diversos factores: las exigencias de la Iglesia Católica de que abandonaran sus creencias protestantes de larga data, la necesidad de educar a sus propios hijos en escuelas católicas y la prohibición de la anticoncepción.

Aunque la Argentina fue uno de los estados religiosos más liberales del continente, y el primero en permitir la libertad de culto, paso que dio en el año 1825, estos requisitos significaron un gran obstáculo para la integración. Solo en las últimas décadas se han aflojado los requisitos religiosos gracias al surgimiento de una sociedad secular más liberal, y los matrimonios mixtos se han vuelto mucho más comunes.

Aunque la comunidad se desarrolló socialmente y en términos de autosuficiencia, esto no impidió que los británicos extendieran su mano para ayudar y participaran en muchas actividades nacionales, aunque excluyendo la política. La ausencia de cualquier tipo de participación significativa en la política fue en muchos aspectos una vergüenza, ya que se podría haber hecho mucho para el beneficio del país. Pero debido a que la política argentina era inestable y socialmente excluyente, la comunidad británica, que contaba con bastantes recursos, se sentía poco tentada a pisar este camino traicionero. Su ausencia en el escenario político y el hecho de que evitaran tomar partido, sin duda les dio sus frutos al final.

Pioneros Escoceses

Alrededor de dos millones de escoceses dejaron su tierra natal durante los cien años previos a la Primera Guerra Mundial para unirse a la mayor migración de personas desde Europa que el mundo haya conocido. El factor clave que permitió este movimiento masivo fue la aparición repentina de un servicio económico y seguro para cruzar los océanos: el barco de vapor.

Sin embargo, dejar atrás una patria que posee tan grandes dotes escénicas y muchas elegantes ciudades construidas en granito no puede haber sido fácil. Pero un rápido aumento de la población, más la disminución de las perspectivas de empleo —especialmente en las zonas rurales donde los trabajadores habían sido expulsados de sus tierras— combinado con las duras condiciones climáticas, explican, sin duda, este movimiento masivo.

Como suele ser el caso, en un principio la mayoría de los inmigrantes provenían de las clases medias más acomodadas y de las clases trabajadoras. La unión política y económica entre Escocia e Inglaterra en 1707, combinada con los beneficios comerciales resultantes de que Glasgow se encontrara diez días más cerca de América del Norte que los puertos ingleses, había beneficiado a la economía escocesa. Esto condujo a que se invirtiera en educación, lo que a su vez creó el período conocido como la Ilustración escocesa. Su consecuencia fue que una proporción excepcionalmente alta de emigrantes eran personas instruidas y, por lo tanto, tuvieron un papel creativo en los países en los que se establecieron.

La mayor parte de los primeros comerciantes británicos que se asentaron en Buenos Aires pocos días después de que se declarara la independencia, en 1810, eran de origen escocés. Tenían vínculos con casas comerciales en Gran Bretaña, y tuvieron mucho éxito, ya que establecieron negocios rentables. Algunos de los más conocidos fueron John Miller, John Orr, los hermanos Robertson, David Spalding, Thomas Gibson, Thomas Fair, John Hannah, James Lawrie y George Bell. Muchas de estas casas comerciales invirtieron sus ganancias en vastas estancias en cercanías de Buenos Aires. La mayoría de los estancieros eran progresistas y hacían grandes esfuerzos para mejorar su stock de ganado ovino y vacuno. Ellos constituyeron, de hecho, el foco de la innovación de ganado en el país. Se considera que John Hannah, en el año 1837, poseía una de las mejores granjas de ovejas de la Argentina. Se creía también que Thomas Fair, otro exitoso hombre de negocios, tenía 100.000 cabezas de ganado, incluido ganado ovino.

El impacto económico de la apertura del comercio con Gran Bretaña y la gestión emprendedora de estas enormes estancias transformaron el país. Una implicación interesante e inusual fue la de los emprendedores hermanos Robertson, en la provincia norteña de Corrientes, donde se instalaron y durante un tiempo generaron profundos cambios económicos. Allí, se encontraron con que esta exuberante y verde provincia estaba llena de caballos y vacas salvajes o semisalvajes, y que los pobladores se manejaban como en una economía de subsistencia, con un primitivo sistema de trueque. Mediante la introducción del dinero en efectivo, la oferta de una amplia gama de bienes de consumo y la compra de cueros a los terratenientes, transformaron esta economía en una más próspera y moderna.

En el año 1820, un viajero inglés en Buenos Aires comentaba lo siguiente:118

«La mayoría de los comerciantes británicos son nativos de Escocia, proverbiales por su diligencia y actividades como comerciantes».

Para lograr establecer empresas comerciales internacionales exitosas, y a fin de que el negocio prospere, es preciso poseer un cierto grado de fiabilidad y confianza. Este es el motivo por el cual muchas empresas internacionales han dependido de la lealtad de su familia o clan. La confianza es crucial si los bienes han de ser encargados y enviados hacia y desde países lejanos, de los cuales es poco probable que se obtenga algún tipo de resarcimiento si algo sale mal. Esta es, entonces, esencial para el éxito de los negocios a largo plazo. El éxito de los Robertson les permitió invertir la enorme cantidad de £60.000 en el primer proyecto de colonización agrícola escocesa, que tratamos en un capítulo anterior. Este proyecto trajo más de 250 escoceses más al país.

Trabajadores Calificados

No obstante, no todos los inmigrantes escoceses se dedicaban al comercio exterior o la agricultura. Hubo muchos trabajadores calificados que se sintieron atraídos por los altos salarios que se ofrecían y por las oportunidades de progreso económico. Entre ellos se encontraban Thomas Bruce y su esposa, de Newburgh en Fife, que en el futuro iban a ser mis bisabuelos. Thomas y su hermano, que se embarcó con él, eran carpinteros calificados y fueron contratados por el Gobierno para trabajar en el puerto de Buenos Aires. Ellos prosperaron; comenzaron un astillero y poseían una flota de balleneros que operaba en Buenos Aires.

Está claro que los artesanos laboriosos podían ganar una buena cantidad de dinero, y otros dos carpinteros escoceses, Alexander Sterling (también un antepasado mío lejano) y Robert Young, hicieron tanto dinero que, para el año 1823, lograron comprarse una gran estancia en Uruguay, donde ellos y sus descendientes, con el tiempo, se convirtieron en parte de la aristocracia rural.

Capitalistas Emprendedores

Los colonos escoceses provenían de un amplio espectro social y económico, pero la mayoría traía su trabajo y sus habilidades, en lugar de capital. Una excepción a esto fueron los Gibson, una familia de prósperos comerciantes y productores textiles de Paisley y Glasgow, que buscaban nuevos mercados y que enviaron al primero de sus cuatro hijos a Buenos Aires en 1818. El negocio anduvo bien y pronto se diversificaron y se dedicaron a la compra de tierras, que estaban muy baratas. Para el año 1826 habían adquirido cinco estancias, con 60.000 cabezas de ganado, unos 4.000 caballos, muchas mulas e incluso unos cuantos esclavos.119

Los Gibson habían adquirido su estancia más importante en el año 1825. Esta era conocida como «Los Yngleses» y abarcaba unos 30.000 acres (12.000 hectáreas). Estaba ubicada al sur de Buenos Aires, en la frontera del territorio aborigen. Sufrieron dos ataques de los indígenas que fueron frustrados, uno en 1831 y el otro en una fecha tan tardía como 1857, pero estos no impidieron que la estancia se desarrollara como una empresa ganadera pionera. En un momento llegaron a contar con 100.000 ovejas. Introdujeron ovinos raza Merino y, más tarde, raza Lincoln, y esta estancia fue la primera en la Argentina en donde se construyeron bañaderos para sumergir a las ovejas y matar las garrapatas, que afectaban seriamente la productividad. La estancia fue también la primera en utilizar embaladoras mecánicas para la lana.

Los intereses de los Gibson, sin embargo, excedían esta estancia, porque compraron otras en la Pampa, en Mendoza e incluso en Paraguay. En la década de 1820, tres de los hermanos Gibson fueron enviados por su padre, el rico industrial, a administrar sus estancias o negocios en Buenos Aires.

Después de algunos grandes éxitos financieros, la empresa de los Gibson casi quiebra, durante el bloqueo de Brasil, en 1826. Sin embargo, las estancias que poseían les proporcionaron un sustento financiero vital, que fue lo que permitió que su empresa sobreviviera. Thomas Gibson fue el más activo y destacado de los tres hermanos, y su hijo Herbert se convertiría en uno de los líderes y gerentes más sobresalientes, no solo de la comunidad escocesa, sino también de la británica.

Nacido en 1863 en Escocia, Herbert tuvo una destacada trayectoria en el colegio secundario, pero nunca fue a la universidad. A la edad de 18 años fue enviado a la Argentina para trabajar como aprendiz de gerente en una de las muchas estancias de la familia. Durante la mayor parte de su vida, llevó laboriosamente un diario, que Iain Stewart ha editado fielmente. Sus crónicas nos proporcionan un retrato inestimable de uno de los grandes «capitanes de la industria», cuyas inversiones, capacidad de gestión y trabajo social y comunitario representaron una contribución crucial a la edad de oro del desarrollo económico, desde la década de 1880 en adelante.

Aunque gran parte de su diario trata de asuntos personales de la familia, que, por desgracia, eran angustiantes con frecuencia, y sus relatos de los innumerables viajes por mar desde Buenos Aires a Southampton son agotadores, su contenido ofrece una verdadera historia «desde adentro» sobre su positiva contribución al desarrollo económico del país.

A la edad de 22 años, en 1885, se hizo cargo de la administración de una descuidada estancia familiar, que su padre había adquirido 60 años atrás, y la transformó rápidamente. Mejoró su stock en Los Yngleses, que era de solamente 25.000 ovinos de condición inferior, mediante la importación de 13.000 animales Lincoln de gran calidad.

Si bien trabaja muy duramente, le gusta el polo y juega para su equipo, Los Yngleses, contra el Resto del Mundo, pero pierden 9 a 1, mayormente debido a los caballos de poca calidad que tiene el equipo. En ocasión de la boda de su hermana en Los Yngleses, organiza una grandiosa celebración, a la cual asisten 500 invitados que se quedan bailando hasta las 8 de la mañana del día siguiente, en un establo decorado con banderines, carteles y más de 300 velas. Fue «la mejor y mayor fiesta» que se hubiera dado en la región.

En 1888, Herbert decide adoptar la nacionalidad Argentina. En un extraordinario arranque de patriotismo recientemente adquirido, decide escribir su diario en castellano, cosa que hace impecablemente bien, considerando que solamente había estado en el país por unos pocos años.

Habiendo transformado la estancia de 40 años de antigüedad de su padre entre sus viajes de ida y vuelta a Inglaterra, se muda luego a otra estancia familiar, a la que también moderniza. Mientras tanto, encuentra tiempo para comenzar una rama del partido Radical en su zona, en el año 1890. Es electo intendente del Tuyú, la población donde se encuentra la estancia Los Yngleses, y realiza con éxito mejoras en su puerto fluvial.

Luego de tres años de llevar su diario en castellano, y a la edad de 28 años, registra lo siguiente en sus páginas:

«… el fin de mis escritos en castellano. Mientras viva en la República Argentina, continuaré haciendo todo lo que pueda por la patria que adopté, pero siempre pensaré en inglés, y debo registrar mis pensamientos y mi vida en la lengua que me viene con mayor naturalidad a la mente. Reconozco que mis años de sueños y fantasías son parte del pasado, y ahora he despertado a la realidad de la lucha cotidiana».

Muchos de nosotros reconoceremos esa fase en nuestras vidas que exige que nos ocupemos de solucionar problemas prácticos más que de tratar de salvar el mundo, pero no puede más que sorprenderme e intrigarme la naturaleza de esta «lucha cotidiana» que enfrentaba este joven.

Sus esfuerzos no se limitaron a la simple administración de varias grandes estancias, sino que además encuentra tiempo para escribir una obra seminal, en 1893, titulada The History and Present State of the Sheep-breeding Industry in the Argentine Republic (Historia y estado actual de la industria de la producción ovina en la República Argentina), que es bien recibida por la crítica en Gran Bretaña, Nueva Zelanda, Canadá, Australia e Irlanda, en publicaciones reconocidas, tales como The Manchester Guardian y The Spectator, e incluso en The Australasian Pastoralists’ Review.

Publica en el prestigioso Journal of the Royal Agricultural Society sobre la producción de alfalfa y recibe el encargo, por parte del Gobierno, de escribir, en castellano, informes sobre la producción de manteca y queso, y también sobre la exportación de carne y ganado en pie. Su éxito en estos campos se extiende a informes sobre medios de identificación de ovinos. Estos informes se utilizaron en una conferencia para acordar una norma para las marcas de identificación. Más tarde se lo designa delegado para un Congreso Internacional en Chicago, a partir del cual produce un informe de 53 páginas para la Sociedad Rural Argentina respecto a de qué manera podrían mejorar su trabajo.

La defensa pública que hace del libre comercio lo enfrenta a la postura de la revista Review of the River Plate, una publicación mensual respetable que trataba temas económicos y sociales, pero él refuta sus puntos de vista más proteccionistas con una respuesta erudita, citando a muchos de los grandes economistas y filósofos. Si bien no había pasado por la universidad, no malgastó su tiempo para leer. Su queja principal era contra el excesivo proteccionismo, que socava la eficiencia interna; y esto tiene validez para el día de hoy.

En sus correspondencias con la Sociedad inglesa de Literatura y la Buenos Aires Scots Magazine se explaya en temas sociales y políticos. Él reprende a la población en general, por «olvidar sus deberes como ciudadanos del Estado, los cuales son un fundamento de la economía política cristiana», y a la comunidad británica por la actitud que sostienen algunos de sus miembros, para los cuales «la vida pública es sucia y su asociación con ella los hará contaminarse». Esta última es una idea que para él es inexcusable, porque «donde las cosas son más sucias es donde se requieren los hombres más limpios», si bien él no logra entrar en la batalla política. Además se queja de que la comunidad no hace todo lo que puede por los recién llegados y que muchos los consideran un «asqueroso estorbo».

Da que sospechar que estas observaciones morales patricias podrían haber irritado a muchos de la comunidad, e incluso ser un poco injustas, ya que existían muchas organizaciones de bienestar filantrópicas. El reclamo que hace en la sociedad de debates de St. Andrews cuando dice que «el fracaso en la integración fue un impedimento de la circunstancia de su religión protestante» resultó una inútil declaración de algo que era obvio. Sus exhortaciones dieron algunos frutos, sin embargo, ya que se crea una Cámara Angloargentina de Comercio y uno de sus hermanos se convierte en su presidente.

El inicio de la Primera Guerra Mundial lo lleva a abandonar estas nobles ideas de integración; retoma su nacionalidad británica y se va a cumplir con un importante rol en la guerra. Después de haber sido rechazado por el ejército británico por razones de edad, se involucra en el armado de cabañas del Ejército de la Iglesia (Church Army) en Francia para los soldados del frente que están de licencia. Se lo retira de este trabajo y se lo designa comisionado responsable de la compra de trigo argentino y otros cereales para los países aliados. Esta función requiere grandes habilidades administrativas y de negociación. Durante tres meses, en el año 1918, fue responsable de la compra de 2.404.000 toneladas largas/imperiales (2.442.000 toneladas métricas) de cereales en la Argentina.

Cuando la guerra llegó a su fin, su contribución a la misma fue reconocida con el título de caballero, un raro honor para alguien que en una etapa de su vida había renunciado a su ciudadanía británica. Sus próximos años implicaron continuos viajes entre Argentina y Gran Bretaña, ocupó cargos en varias grandes empresas angloargentinas y, finalmente, se convirtió en presidente del Gran Ferrocarril del Sud.

Mientras tanto, se planeaba, para 1931, una exposición del Imperio Británico en Buenos Aires, que iba a ser inaugurada por el Príncipe de Gales. Esto, como se puede imaginar, originó una enorme emoción, así como gran actividad, y a Sir Herbert se le encomendó la tarea de organizar el evento. También les daba la bienvenida a los invitados y era el encargado de llevarlos a recorrer el país. Todo salió sin inconvenientes en sus calificadas manos administrativas, tal como podía esperarse, y la ulterior distinción real bajo la forma de un título de barón se sumó a sus condecoraciones anteriores.

Sir Herbert murió en 1934 a la edad de 71 años. Su muerte fue un evento nacional y a su entierro asistieron muchas figuras locales prominentes. Ya lo dijo entonces un periódico: «dedicó su vida al servicio público y fue un verdadero amigo de la Nación Argentina».

El presidente de la Sociedad Rural Argentina dijo de él:

«Sus virtudes patricias, su integridad moral irreprochable, su talento sobresaliente y su demostrado “argentinismo” le han conferido la dignidad de una figura nacional».

¿Quién podría tener un mejor obituario?

Campesinos Agricultores

Ninguna historia podría ser más distinta a la de Herbert Gibson que la de Jane Robson. Ella llegó a Buenos Aires en el SS Symmetry en 1825, con sus padres, James Rodgers y su esposa, y otros tres hijos.

Su historia, escrita en su vejez, se trata de un excepcional relato de la vida de una familia escocesa de clase trabajadora que llega al país para trabajar como sirvientes de los agricultores, más prósperos, que iban a establecer la primera colonia escocesa en el país. Es una historia de increíble coraje y determinación, en el cual vemos como su protagonista se sobrepone a obstáculos físicos, sociales, económicos y políticos.

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina
Mt Stanta Catalina-Lomas
De los 250 pasajeros que llegaron a Argentina en el SS Symmetry, una cantidad sorprendente, 47 en total, eran sirvientes. Cuando llegaron, estos sirvientes se encontraron con que constituían una situación social y económica anómala en un país donde la mano de obra era desesperadamente escasa y donde todavía se empleaban esclavos para llevar a cabo el trabajo doméstico. En su perfectamente redactado relato «A Faith Hard Tried» (Fe probada a fuego) que recién salió a la luz en un libro120 publicado por Iain Stewart, después de 100 años de circular entre sus descendientes interesados, ella trata fríamente la relación de su padre con el proyecto de colonización. Afirma: «mi padre, viendo que las cosas no eran como le habían dicho que serían, decidió actuar por su cuenta».

El proyecto de colonización implicaba que él se convirtiera en accionista con un propietario de la tierra. Se le proporcionaba un rebaño de ovejas que iba a ser administrado por el pastor, a quien le correspondería un tercio o tal vez la mitad de las ganancias. Jane cuenta que los tiempos eran tan difíciles para sus padres, y que tan resuelta estaba ella a ayudar que, a la edad de cinco años —sí, cinco— se emplea como niñera de una joven madre que tenía que salir a trabajar para ganarse la vida.

Por esta edad, ya se había convertido en una competente jinete y ayudaba a su padre a arrear las ovejas y el ganado. Sobrevivió a un rayo, a un ataque de ladrones —que mataron a su perro favorito cuando este defendía a su madre— y a la pérdida de una de sus hermanitas recién nacidas.

Uno de los grandes problemas que tenían los agricultores lo causaba la falta de cercados. Por este motivo, el ganado vagaba fuera, se mezclaba con otros rebaños y podía desaparecer fácilmente o ser robado. Se queja de que una vaca que su padre había comprado a... «un nativo regresó de vuelta con este, y mi padre tuvo que ir a buscarla para recuperarla, pero tuvo que comprarla de nuevo, o en todo caso, pagar algo por ella».

Escribe:

«Yo hacía el trabajo de un peón. Montaba constantemente a caballo, y era valiente como el viento. A veces salíamos en las mañanas frías de invierno a buscar el ganado, el barro estaba duro por las heladas, pero en cuanto salía el sol, se derretiría y podíamos llegar a estar con el barro hasta las rodillas, porque no teníamos ni medias ni botas puestas. En una ocasión, a la edad de once años, anduve nueve horas a caballo arreando desesperadamente el ganado que se nos había escapado».

A los 12 años de edad, toma la firme decisión de asistir a una escuela para niñas que dirige un vecino, pero, desgraciadamente, su padre no puede pagársela. Entonces, para poder educarse, se ofrece para trabajar al servicio de la señora y cuidar a sus niños a cambio de recibir clases. Pasa seis meses con esta dama, pero debe volver a su casa debido a que su madre había sufrido una caída de un caballo y necesitaba cuidados. Relata: «Esa fue toda la educación que pude recibir». Sus memorias dan crédito de su tenacidad y su capacidad de autosuperación.

Sus historias incluyen la recuperación de caballos robados, amenazas de ladrones y hasta una pelea en la que se ve involucrada para proteger a su marido, a quien lo ataca un peón armado con un cuchillo. Salta sobre él y lo golpea con una a pala, gracias a lo cual casi seguro le salvó la vida a su esposo. Pero las cosas se ponen peores: pierden ovejas en la más terrible de las tormentas; su casa es destruida por el fuego debido a una pareja ingratos a los que han ayudado y que también roban sus ahorros; un hijo joven fallece y el otro es asesinado por un peón que le dispara accidentalmente con una pistola; y los disturbios civiles de la época en que les toca vivir a menudo los dejan a merced de los bandidos itinerantes. En una ocasión, cuando los soldados se llevan 16 de sus caballos favoritos, los persigue y avergüenza a su capitán para que le devuelva algunos.

Rara vez acepta un «no» como respuesta. Cuando un médico del recientemente inaugurado hospital británico se niega a atender a una paciente, ya que no era su política tratar mujeres, Jane se pone tan insistente que tienen que aceptarla «por lo que a través de mi persistencia me convertí en el medio para que este hospital admitiera pacientes femeninos».

Después de muchos contratiempos, su vida se torna más tranquila, y ella y su marido se establecen cómodamente en la encantadora pequeña ciudad de Chascomús, junto al lago, donde cumplen un rol activo en las labores de la nueva capilla. Sin embargo, no parece que todo le vaya bien a esta decidida mujer, porque se produce una disputa inexplicable con miembros de la iglesia sobre los servicios de la Escuela Dominical en la casa parroquial. Ella consigue recaudar fondos para construir una sala alternativa, adecuadamente llamada Robson Hall, que se mantiene hasta hoy. Otro problema surge cuando muchos fieles de la congregación parecen oponerse a que ella construya, en el cementerio, una bóveda para ella y su familia, lo que tiene como resultado considerables desacuerdos. No podemos sorprendernos al enterarnos de que ella finalmente gana y se le permite llevar a cabo la construcción. La bóveda sigue allí hasta el día de hoy y contiene los restos de esta extraordinaria mujer.

Las últimas palabras en esta historia agotadora e impresionante, palabras que escribió a sus 89 años de edad, fueron:

«Desde hace algunos años mi vida recorre un camino sin sobresaltos... es tan tranquila como puede serlo con una gran familia de 60 bisnietos. Ahora es 1908 y por la noche tuvimos un gran baile en Robson Hall, que disfruté enormemente (...) un amigo mío se sintió profundamente conmovido por algunas líneas que yo había escrito sobre la muerte de nuestra querida Reina y le envió mis palabras a Eduardo VII. Para mi sorpresa y satisfacción, recibí una carta del Palacio de Buckingham agradeciendo esas líneas».

Esta historia merece ser leída por completo para poder captar los grandes obstáculos que los colonos pobres tuvieron que superar a fin de lograr finalmente el éxito. Jane fue una de mis muchas tías bisabuelas que se establecieron en el país, y espero que algunos de sus genes hayan llegado hasta estas ramas en el árbol genealógico.

La Pionera Feminista

Cecilia era nieta de William Grierson, uno de los ocho campesinos escoceses ricos que habían llegado en el SS Symmetry en 1825. El diario que escribió William de esta travesía sin incidentes se publicó en el libro de Iain Stewart, junto con las memorias de Jane Robson. Claramente se trataba de una persona de educación considerable y una buena cantidad de capital. Aunque, como sabemos, ese proyecto de colonización no tuvo éxito, él y muchos otros establecieron estancias rentables.

William Grierson se convirtió en un miembro destacado de la comunidad y fue padre de ocho hijos. Uno de estos hijos se casó con Jane Duffy, cuyo padre era un irlandés que administraba una librería muy conocida y que también fue bibliotecario de la Biblioteca Buenos Aires. Cecilia, nacida en 1859, fue el producto de esta unión. El crédito por la nacionalidad de Cecilia, si bien lo esgrimen los irlandeses, debe compartirse con los escoceses, ya que su padre era escocés.121

Ella fue realmente una mujer notable: una combinación de una Florence Nightingale profesional y una Sylvia Pankhurst, todo incluido en una reformista política socialista. Criada en una cómoda estancia del norte, a la muy temprana edad de seis años fue enviada a una escuela inglesa y, más tarde, a una escuela francesa, en Buenos Aires. Posteriormente, comenzó a trabajar como docente. A los 23 años, decidió que quería estudiar medicina y, a pesar de la gran oposición de la corporación médica en Buenos Aires, fue aceptada. Debe haber poseído una energía y determinación extraordinarias, ya que, durante sus estudios, se comprometió como trabajadora voluntaria de salud pública, organizó un servicio de ambulancia (con la innovación de las campanas de alarma) y, dándose cuenta de la importancia de la enfermería profesional, estableció la primera escuela de formación de enfermeras en el país, que se basaba en las mejores prácticas británicas. Con el tiempo, esta institución se convirtió en la principal escuela de enfermería de la Argentina. Ella llegó a ser su directora y, tiempo después, la escuela fue nombrada en su honor. En 1890, fundó también una escuela de formación de enfermeras en el hospital británico.

Tres años después de graduarse, creó la Sociedad de Primeros Auxilios Argentina y también publicó libros sobre la atención de víctimas de accidentes, de personas ciegas y del paciente en general. También fue pionera en la educación de niños ciegos y sordos, así como en el asesoramiento psicológico de niños con necesidades especiales.

Su sorprendente energía la llevó posteriormente a fundar la Asociación Obstétrica Nacional, en el año 1901, y la Sociedad de Economía Doméstica, en 1902. Sus impresionantes logros no pasaron desapercibidos para el Gobierno, así que la enviaron a Europa a estudiar cuestiones de interés para las mujeres, viaje que derivó en otro libro, titulado Educación Técnica de la Mujer, que, básicamente, trataba del cuidado de los niños.

No contenta con estas actividades relacionadas con la salud y el bienestar social, se unió al Partido Socialista Argentino. Además, se convirtió en una sufragista, y fue elegida vicepresidente del Consejo Internacional de Mujeres, celebrado en Londres en 1889. Esto, a su vez, la llevó a fundar una nueva organización en el año 1900, el Consejo de Mujeres de la República Argentina, cuyo objetivo era la emancipación de la mujer. Desde allí, ejercieron presión para conseguir beneficios sociales tales como la licencia por maternidad, la abolición de la trata de blancas, la igualdad de derechos legales para las mujeres y los hombres y el divorcio.

No es de extrañar que haya entrado en conflicto con la Iglesia, por ser una librepensadora, y también con las mujeres de las clases altas, a causa de sus opiniones políticas. Era muy adelantada para su tiempo. A pesar de sus enfrentamientos con la autoridad, sus logros fueron reconocidos públicamente en 1914 y 1916, cuando se retiró a la provincia de Córdoba. Sus buenas obras no se detuvieron allí, ya que donó a la comunidad local una escuela y una residencia para docentes y artistas.

Pocas mujeres han tenido un impacto social tan positivo como Cecilia Grierson, y pocas personas han logrado introducir tantas nuevas ideas e instituciones con la eficacia de la que ella hizo gala, siendo además una pionera en el movimiento sufragista en América Latina.

Un Pionero Patagónico

Fue a mediados del verano del año 1885 cuando un granjero escocés llamado William Halliday, junto con su esposa María, sus siete hijos y William MacCall, su suegro—que hasta entonces se había dedicado a la cría de ovejas en las Malvinas/Falkland — desembarcaron en una playa patagónica, en las inmediaciones de lo que hoy es la ciudad portuaria sureña de Río Gallegos.122

William había inspeccionado previamente la zona y decidido aprovechar una enorme extensión de 30.000 acres (12.000 hectáreas), que el Gobierno argentino ofrecía en arrendamiento para tentar a los colonos a habitar esta zona remota, cuya propiedad se disputaba con el Gobierno chileno.

William había elegido una zona con algunas colinas, que poseía varios manantiales y que, aunque no tenía árboles, contaba con un número inusual de arbustos y, lo que era más importante, de pastos adecuados para ovejas.

Como muchos pastores escoceses, en las Malvinas/Falkland, habían podido ahorrar dinero, pero no comprar tierras, porque todo estaba en manos de unos pocos propietarios. Así que, para los pastores escoceses, la oferta de 30.000 acres en la Patagonia realizada por el flamante Prefecto, Carlos Moyano, debe haber sido irresistible, a pesar de que este entorno duro, sombrío, ventoso y sin árboles había desalentado y hecho fracasar los asentamientos de europeos en el pasado.

Después de haber ahorrado los fondos suficientes para alquilar un pequeño barco y adquirir todo lo necesario para subsistir por lo menos durante un año, así como seis perros pastores, y luego de haber comprado hasta 1.000 ovejas en Punta Arenas —que quedaba a 120 millas (190 kilómetros) al sur— William y su familia se embarcaron en una de las más osadas empresas pioneras.

Debían desembarcar a una milla (1,6 km) de la costa, en dos gabarras cargadas con todos sus suministros. Mientras se dirigían a la orilla, una increíble mala suerte los golpeó bajo la forma de una tormenta inesperada. Su segunda gabarra, que estaba cargada con tiendas de campaña, mantas, azúcar, sal y muchos otros suministros vitales, se hundió en las aguas.

La familia consiguió desembarcar a salvo y levantar campamento a unos pocos cientos de yardas de la playa. Sin embargo, no tuvieron tiempo de mover todos sus bienes de la playa antes del anochecer. Al día siguiente descubrieron, con el corazón destrozado, que durante la noche las mareas en esta zona, ignoradas por William por alguna razón imperdonable, se habían llevado la mayoría de sus pertenencias. Todo lo que parecía haber quedado era una caja de herramientas, una máquina de coser y una pava. Incluso sus rifles y municiones, que habrían podido proveerlos de fuentes de alimentos, habían desaparecido. No tenían más que una gran cantidad de galletas para subsistir y una vela de lona bajo la cual cobijarse.

Es difícil imaginar lo que William Halliday debe haber sentido, ya que solo él tenía la culpa de este terrible error. Él era la causa por la que su esposa y sus siete hijos estaban varados en esta playa aislada, sin nadie a quien pedir ayuda. Encuentra que el estiércol de guanaco, que abunda en toda el área, es un excelente combustible y entonces pueden hacerse un té con las hierbas locales y mantenerse calientes.

Es posible que la situación no fuese tan extrema, después de todo, ya que rápidamente se pone en marcha hacia Punta Arenas para recoger las ovejas que había comprado y está de vuelta unos diez días más tarde. Llega con poco más de 700 animales, a pesar de que tiene que recorrer el trayecto del último día a pie debido a que se le escapó el caballo.

Pero el buen Dios no los había abandonado por completo. Sorprendentemente, su suegro logró recuperar sus rifles de la playa y hacerlos funcionar. Y como si se tratara de algún milagro casi bíblico, muchos peces fueron arrastrados a la playa y se congelaron, y entonces ellos y sus perros tuvieron con qué alimentarse durante algún tiempo.

Sus condiciones de vida deben haber sido terribles, ya que no había materiales de construcción locales: no había árboles de donde obtener madera y el suelo era demasiado quebradizo como para que sirviera para hacer ladrillos. Tuvieron que vivir en tiendas de campaña caseras durante muchas semanas hasta que consiguieron importar madera y láminas de hierro corrugado que, junto con el material de un naufragio, les dieron la posibilidad de construirse una casa de cuatro habitaciones.

Es imposible imaginar cómo alguien podría vivir en esas condiciones tan solo durante unas semanas, y ni hablar de meses o años, con una enorme familia. Pero lo hicieron. Al año siguiente de su llegada, también fueron a vivir allí unos primos escoceses, los Rudd, igualmente provenientes de las Malvinas/Falkland. Un año después llegó a las costas un barco para recoger su primera cosecha de lana.

Más familias, en su gran mayoría escocesas, pero también algunas inglesas, se fueron mudando gradualmente a la Patagonia, y sus condiciones de vida mejoraron. En 1896, Río Gallegos se convirtió en la capital de la provincia de Santa Cruz y hoy es una ciudad muy próspera.

Pero el coraje y el espíritu emprendedor de los Halliday fueron finalmente recompensados. Veinte años después de su desalentador primer desembarco en la Patagonia, eran lo suficientemente ricos como para regresar a Escocia de visita y para encontrar escuelas a fin de enviar a sus hijos mayores.

Pioneros Rurales

«En Buenos Aires y Montevideo han tenido lugar grandes cambios. Ambas poblaciones se han extendido ampliamente y son hermosas ciudades, que pueden compararse con la mayoría de las urbes de su tamaño en el mundo, en lo que hace a sus edificios y limpias calles pavimentadas. El conjunto es realmente maravilloso, y todo se ha hecho en los últimos 50 años. Todo esto se ha logrado con capitales británicos. Los británicos descubrieron los grandes recursos agropecuarios del país e invirtieron libremente aquí en ferrocarriles, muelles y también en mejores razas de ganado, de modo que la calidad de este último ha mejorado muchísimo. Nuestras exposiciones en la Sociedad Rural son muy admiradas por la clase de animales que presentamos y que, al ser vendidos, reportan mayores precios que los importados».

Esto escribía George Bruce, el padre de mi madre, en el año 1909, en sus memorias personales inéditas.123

Thomas Bruce y su hijo George tuvieron diferente suerte. Thomas en realidad nunca logró, como sí lo hicieron muchos otros escoceses ganaderos de ovinos, convertirse en un terrateniente importante. Contaba con todas las cualidades necesarias para tener éxito, pero no con ese elemento fundamental, la suerte. Su empresa de construcción naval y su iniciativa de transporte fluvial, a los que nos referimos en el capítulo II, quebraron cuando les robaron los contratos con el gobierno de Rosas y este se negó a pagarles. Luego se empleó como carpintero y trabajó para uno de los grandes ganaderos de ovinos escoceses; posteriormente participó en la estancia de los Dodd, en Chascomús, de un acuerdo de cría de ovinos en el cual se repartía la producción. A diferencia de muchos otros que por estos medios lograron adquirir su propia tierra, Thomas parece haber entrado en el ciclo de la producción ovina en el momento equivocado y nunca llegó a convertirse en propietario de tierras. George, sin embargo, tuvo más éxito. En 1880 asumió la gestión de una estancia de ganado ovino y bovino en Uruguay. Su propietario era el señor Bell, un escocés que tuvo los fondos para mejorar la genética de sus animales, la habilidad para designar a un gerente de primera clase y la suerte de llegar al mercado en el momento justo. Su estancia fue descrita como una de las mejores del país.

Pero después de 15 años, George se separó del Sr. Bell, ya que «no podían acordar en cuanto a los términos» y se hizo cargo de una estancia a orillas del río Uruguay, en Paysandú. La mayoría de sus ocho hijos se crió allí, y mi madre recordaba esa época como una de las más felices de su infancia. Al visitar la estancia, casi 100 años más tarde, con mi esposa, nos encontramos con una enorme mansión romántica, semiabandonada, con una galería acristalada, habitaciones vacías donde reverberaba el sonido de nuestro pasos, y baños con bañeras de hierro lo suficientemente fuertes como para flotar a través del Atlántico. Los bosques que la rodeaban eran un paraíso de loros ruidosos y coloridos. Por desgracia, como suele suceder a menudo, la casa había sido abandonada por muchos años debido a una disputa familiar sobre su propiedad.

Al retirarse, el abuelo Bruce pudo construirse una casa en el exclusivo barrio de Palermo, en Buenos Aires, y llevar a todas sus jóvenes hijas solteras, una de las cuales era mi madre, a una «gran gira por Europa». Una fotografía de él tomada cerca del año 1908, un amable y corpulento propietario de un coche de lujo, con su familia pululando a su alrededor, es un recordatorio típico de la realización personal.

No cuenta en sus memorias cómo logró convertirse en un estanciero acaudalado, si bien menciona de manera casual al retirarse que poseía dos estancias y arrendaba tres más.

Por suerte, encontré un gran aviso en Uruguay que publicitaba la venta de tres excelentes estancias cuyos propietarios eran el Sr. George Bruce y su hijo Thomas. Estas abarcaban 27.000 acres (11.000 hectáreas) y albergaban 6.100 cabezas de ganado, de las muy valoradas razas Hereford y Durham, y 18.000 ovejas de calidad, principalmente de raza Lincoln.

Evidentemente, George había sido un empresario eficaz, así como un buen gerente de hacienda, y se había visto beneficiado por el enorme aumento de la demanda de ganado que se produjo a partir de década de 1880. La fotografía en la que se lo ve con su numerosa familia cubriendo con orgullo su nuevo coche de lujo lo dice todo: él lo hizo.

Pioneros Irlandeses

El vínculo de Irlanda con América Latina se remonta, a través de España, a varios siglos. La religión común era el principal atractivo de España para muchos irlandeses católicos. Varios destacados jesuitas que sirvieron en América Latina eran de origen irlandés. Hubo también muchos refugiados perseguidos por protestantes e ingleses que huyeron hacia España. El irlandés más famoso en la historia colonial española fue Ambrosio O'Higgins, quien se convirtió en uno de los virreyes con mayor capacidad de la colonia española más valiosa, la del Perú. Uno de sus hijos ilegítimos, Bernardo, fue igualmente famoso porque llegó a ser el primer presidente de la Chile independiente.

Teniendo en cuenta los varios millones de irlandeses que, desesperados, abandonaron su superpoblada patria en el siglo XIX, es asombroso que tan pocos hayan emigrado a América Latina, una reserva para la cultura católica. La Argentina atrajo a más irlandeses que cualquier otro país de América Latina y, aunque resulta difícil cuantificar su número con precisión, varios autores de aquellos tiempos sugieren que entre 45.000 y 50.000 irlandeses emigraron a la Argentina durante los 100 años previos a 1929. Sin embargo, las condiciones variaron y, mientras algunos fueron afortunados, otros llegaron en momentos de desaceleración económica y tuvieron que partir. Las difíciles condiciones laborales, las epidemias y los bajos precios de la producción agrícola desanimaron a muchos y se estima que, sorprendentemente, al menos el 50 % de ellos no se quedó en este país. Con el tiempo, se consideró que la comunidad irlandesa establecida aquí comprendía unas 15.000 personas.124

Sin embargo, los irlandeses tuvieron un papel clave en el desarrollo de la agricultura argentina, en particular en lo relativo a la cría de ovinos. Estos inmigrantes proporcionaron el trabajo físico no calificado para tareas simples pero importantes, tales como cavar zanjas, construir cercas, y cualquier otra cosa que no se relacionara con caballos.

En las invasiones inglesas de 1806 y 1807, muchos de los desertores del ejército fueron de origen irlandés. En la independencia, como ya se ha registrado, muchos irlandeses formaban parte de la armada patriota, y Guillermo Brown se convirtió en su marino más exitoso. Hasta la actualidad se lo recuerda como su principal héroe y es el fundador de la Armada Argentina.

Aunque hubo un buen número de profesionales, mayormente médicos, que emigraron al país (entre ellos Miguel O'Gorman, recordado como el padre de la medicina argentina), la gran mayoría de estos inmigrantes eran jornaleros, por los cuales existía una demanda desesperada.

No hubo muchos emigrantes irlandeses hasta aproximadamente la década de 1840, cuando el fracaso de la cosecha de papa en Irlanda hizo que la emigración se transformara en una necesidad y, según William MacCann, quien hizo un recorrido muy completo y extenso de la Argentina, había probablemente alrededor de 3.500 de ellos en este país.125

El reverendo Anthony Fahy, un «pastor» eclesiástico muy franco y efectivo para su rebaño irlandés, afirmaba en 1848 que:

«Nunca he conocido a un hombre que no pudiera hallar empleo, salvo durante una época cuando el bloqueo. De hecho, hay tanta escasez de trabajadores que su jornal ha aumentado de cinco chelines a siete chelines y seis peniques diarios. En más de una ocasión me he encontrado con hombres pobres que han hecho £100 al año haciendo zanjas solamente. En un país sin piedras, un gran número de trabajadores siempre encuentran trabajos de este tipo cuando los estancieros comienzan a rodear a sus casas con chacras y quintas. El pastoreo de ovejas dará empleo a gran cantidad de mano de obra. Una vez que se establezca la paz, y si se logran introducir trabajadores laboriosos, en pocos años esta provincia podría ser un paraíso perfecto».126

El hecho de que muchos irlandeses no se quedaran sugiere que los asesores espirituales no siempre consiguen hacer juicios correctos. Lo interesante es que el Padre Fahy, al igual que muchos otros tempranos observadores extranjeros, era consciente del enorme potencial físico del país, que no se estaba aprovechando porque había gran inestabilidad política.

Para los irlandeses, la adquisición de ovejas, con un manejo razonable y cierta cantidad de suerte, representaba la forma de escapar de la pobreza. Algunos de ellos acumularon un capital considerable rápidamente, en un breve periodo de tiempo. Esto parece haber comenzado en los albores la década de 1840, viendo que el observador MacCann asevera que:

«El descuento de letras está monopolizado por reconocidos prestamistas de dinero, alrededor de la mitad de los cuales son extranjeros; y es gratificante afirmar que los pobladores irlandeses son prestamistas de dinero en volúmenes importantes; de hecho sus negocios solos serían un elemento importante para un corredor. Sin embargo, llegaron al país como extraños y en la pobreza».

Esta revelación acerca de que los irlandeses eran prestamistas es, en cierta forma, sorprendente, ya que algunos de los grandes ganaderos de ovino pioneros en la década de 1830 eran de origen irlandés, siendo los más conocidos Sheridan y Harrat.

A los que tuvieron la suerte de cerrar acuerdos de aparcería en los años 1840 y 1850 les fue bien, siempre y cuando no les haya tocado sufrir los desastres causados por tormentas, langostas y sequías, y las depredaciones de soldados y bandidos. Los colonos británicos —y los irlandeses eran considerados británicos— se salvaron de la mayoría de las consecuencias de los conflictos civiles, ya que todos los gobiernos dejaban en claro a sus soldados que debían proteger a los colonos británicos siempre que fuera posible. Para fin de siglo, los exitosos productores de ganado ovino irlandeses, como por ejemplo los Duggan, Murphy, Maguire y Casey, se habían convertido en parte de la nueva aristocracia argentina.

Peter Sheridan, uno de los primeros en llegar, a principios de 1817, comenzó a importar ovejas de raza Merino en 1824, se asoció con John Harrat, participó en el establecimiento de un saladero, fue uno de los fundadores del Strangers’ Club en Buenos Aires y, cuando murió en 1844, era propietario de 44.000 ovejas.

Según Edmund Murray, sin embargo, la llegada de 114 inmigrantes irlandeses en 1844 fue el «comienzo de la emigración más importante de Irlanda a América Latina».127 A los irlandeses parece haberles ido desproporcionadamente bien en su escalada económica hacia el éxito social. No obstante, la compra de tierras se hizo cada vez más difícil y esto, sin dudas, explica la muy elevada cifra de emigración del 50 % que sostiene Murray.

Una de las familias irlandesas más exitosas que no se dedicó a actividades agropecuarias fue la de los Mulhall, que fundó un diario en inglés The Standard, en 1862. Se trataba de una publicación informativa de calidad que no estaba diseñada específicamente para la comunidad irlandesa (un periódico más claramente dirigido a ellos fue The Southern Cross, creado en 1875), sino para la población de habla inglesa, que era mucho mayor. Su independencia e imparcialidad hicieron que fuera leído por personas que no pertenecían a la comunidad británica. Sobrevivió por casi 80 años y se cerró durante la Segunda Guerra Mundial, lo que significó una gran pérdida para todos sus lectores.

Los Mulhall también produjeron un Handbook of the River Plate (Manual del Río de la Plata) en 1869, y cuatro ediciones más en años posteriores. Estos proporcionaban una gama completa de información estadística, económica y política sobre los países rioplatenses: Argentina, Uruguay y Paraguay. Aunque a menudo se las criticó por hacer un uso descuidado de las estadísticas y la información, las publicaciones de los Mulhall fueron innovadoras y, en general, representaron una fuente inestimable para los lectores y para quienes tenían la función de tomar decisiones.

En su Handbook de 1885, los Mulhall afirmaban que los ganaderos de ovinos irlandeses y escoceses poseían de 22 a 24 millones de ovejas y alrededor de 11 millones de acres (4 ½ millones de hectáreas) de tierra, y que su riqueza pecuaria total era de £33 millones.

Estimaban que, del valor total de la población ovina argentina, 136 millones de pesos, los irlandeses que se dedicaban a la cría de ovinos poseían 30 millones, mientras que los escoceses eran dueños de 7 millones, los vascos, de 20 millones, y los argentinos, de 73 millones. Desafortunadamente, no indican cuántos agricultores en total estuvieron involucrados y uno se pregunta cómo se clasificó a los agricultores ingleses, porque no se incluye tal categoría. De hecho, es asombroso que se contara con estadísticas tan detalladas en esos primeros años. También es sorprendente que la propiedad de los escoceses fuese tanto menor que la de los irlandeses. Sin embargo, la enorme contribución de los inmigrantes irlandeses probablemente sea correcta.

Siendo católicos, y ya que muchos habían sufrido debido a la superpoblación en Irlanda y también resentido la ocupación inglesa, los irlandeses se fusionaron con eficacia en la sociedad argentina. Sin embargo, hubo algunos disidentes, como los Mulhall, que se integraron más estrechamente con la comunidad inglesa.

No obstante, debe tenerse en cuenta que quizás los inmigrantes no lograron cumplir la mitad de sus sueños, por lo cual tuvieron que partir en busca de mejores utopías. Ningún grupo de inmigrantes tuvo una recepción tan desastrosa como los 2.000 que llegaron en el MV City of Dresden en 1889. El Gobierno argentino les había ofrecido pasajes gratuitos, pero dos agentes irlandeses les habían hecho ofertas falsas de tierra fértil, semillas, implementos y viviendas gratis, así como de fondos para ayudarlos, pretendiendo que venían de parte del Padre Fahy (que entonces llevaba fallecido ya 20 años).128

Llegaron en el auge de la ola inmigratoria a un país cuyo departamento de inmigración estaba sobrepasado y era ineficiente y corrupto y que no podía hacer frente a esta masa de personas indigentes. No había ni tierras ni viviendas para ellos, y tampoco había comida; se deshicieron de ellos, literalmente, en los muelles, y se esperó que se las arreglaran solos.

La población irlandesa y británica local tuvo que recaudar fondos para darles de comer, e hizo todo lo posible para encontrarles a trabajo. Muchas de las chicas tuvieron que recurrir a los burdeles para poder hacerse de un ingreso. A algunos simplemente los dejaron en los campos; otros tan solo murieron. El escándalo de este trato deshonesto puso fin a cualquier proyecto de inmigración irlandesa organizada.

Es lamentable que uno tenga que cerrar con una nota negativa este relato sobre la importante contribución de la conexión irlandesa, que fue muy valiosa para el desarrollo de la Argentina en sus años de formación. Pero se pueden extraer conclusiones bastante diferentes de la historia, ya que en 1889, el embajador británico decía de estos inmigrantes:

«Los irlandeses, en definitiva, han resultado un éxito tan grande y un elemento tan valioso en el Río de la Plata como fueron, en muchos sentidos, un fracaso en América del Norte. Son dueños de distritos prácticamente enteros en el norte y centro de la provincia de Buenos Aires, a los que han dotado de capellanías y donde fundaron escuelas propias con bibliotecas; y en conjunto presentan un aspecto tan diferente del de sus hermanos en su “angustiosa tierra” natal, que solo puede pensarse que estas regiones les han ofrecido una salida providencial».129

Pioneros Ingleses

«Los comerciantes británicos constituyen una parte muy influyente de la clase más respetable de la comunidad; sus principios honorables y sus iluminadas opiniones sirven de incentivo para aquellos que aprecian el valor del alto carácter mercantil y suponen un control saludable para sus opuestos. Una clase superior de jóvenes ha surgido últimamente de Inglaterra, son administrativos que finalmente van a convertirse en auxiliares valiosos para el interés mercantil del país. Tanto en la ciudad como en la provincia de Buenos Aires, los colonos británicos son prósperos. Ya sea como comerciantes o estancieros, como artesanos o peones, los inmigrantes son bien recibidos y la perspectiva de recompensa para el capital y la industria británicos es de lo más favorable».130

Esto escribió William MacCann en el año 1848, después de su minucioso recorrido de 2.000 millas (2.500 kilómetros) por todo el país. No usa el término «británico» en un modo riguroso, sino que, en la mayoría de los casos, quiere decir «inglés». Su alabanza y optimismo son sin duda sinceros, pero había opiniones contrarias que hablaban de «vagos borrachos» y fracasados desesperados que no eran infundadas. Y estaba, por supuesto, la queja constante en cuanto a la renuencia de esta comunidad a integrarse socialmente. Sin embargo, sería razonable suponer que, para mediados del siglo XIX, a la mayoría de los inmigrantes ingleses les iba bien, financieramente hablando, y que llevaban una respetable vida social.

En los primeros días de la independencia, la mayoría de los inmigrantes ingleses eran comerciantes y habilidosos artesanos. Los que llegaron más tarde eran agricultores de familias numerosas de Inglaterra o personas que escapaban de la recesión agrícola en Gran Bretaña. Esto fue consecuencia de la eliminación de las Corn Laws (Leyes de Granos) de 1848, que habían protegido a los agricultores de las importaciones de alimentos

Un Estanciero Inglés

El primer relato que hace William MacCann sobre el establecimiento agrícola de un estanciero inglés, que se encontraba a unas 11 millas (18 km) al sur de Buenos Aires, en lo que ahora es un suburbio llamado Quilmes, muestra un escenario bastante idílico:

«La casa del Sr. Clark tenía la apariencia de la comodidad y la laboriosidad inglesas. Los terrenos y el jardín estaban dispuestos en hermoso orden, surtidos con una profusión de verduras, aves de corral y una piara de cerdos; fuertes cercas bien prolijas y ricos potreros cerrados; algunos arados escoceses acababan de dar vuelta la mejor tierra que jamás había visto; mientras que felices mujeres irlandesas andaban ocupadas cargando vasijas de leche. A esta distancia conveniente de la ciudad, todo puede convertirse en dinero. Los empleados del Sr. Clark son principalmente irlandeses, personas muy industriosas y que ahorran casi todo su salario».

Después de haber sido convidado con una cena de «carne asada, aves, budín de pasas, papas y pan blanco, servida de forma hermosamente limpia», MacCann es invitado con insistencia a pasar la noche, cosa que acepta. Se deshace en elogios sobre la ubicación de esta área para la práctica de la agricultura, en la que la tierra «a menos de quince millas de una ciudad de 60.000 personas se puede obtener solamente por 40 chelines (£2) por acre, en comparación con terrenos similares en la lejana Australia, que costarían 20 por acre».

Sin embargo, la coherencia no es el punto fuerte del Sr. MacCann porque, luego de su largo recorrido rural, concluye:

«Mientras nuestras propias colonias en Australia y Nueva Zelanda ofrecen campos tan ricos para un empleo rentable del capital, hay menos incentivo para que los comerciantes arriesguen su capital y energía entre una raza de personas cuyas riquezas naturales se desperdician por la acción combinada de la ignorancia, el gobierno inestable y la guerra interminable».

Agricultores En La Frontera

Richard Seymour zarpó de Liverpool el 17 de enero de 1865 para reunirse con un amigo en la Argentina, donde «los dos esperábamos hacer una fortuna rápida abocándonos a la cría de ovejas».131 El suyo es un relato único, en inglés, de los cuatro años que pasó dedicado a la agricultura en el límite de la Pampa con las tierras aborígenes. Al igual que muchos pioneros ingleses de la época, arribó con el capital suficiente para poder comprar tierras de cultivo, que, conforme a los estándares ingleses, estaban siendo vendidas a precios ridículamente bajos. En su relato no da detalles sobre sus antecedentes sociales y financieros, pero cuenta con el capital y los fondos para poner en marcha su nueva empresa, llevar a cabo mejoras e incluso traer mano de obra agrícola desde Inglaterra. Su libro está bien escrito, lo que indica que su autor era inteligente e instruido.

Él y su socio exploran las tierras al sur de un asentamiento pequeño y desolado llamado Fraile Muerto, que están bien irrigadas y son fértiles, ideales para la producción de ganado ovino o vacuno. Reunido con productores escoceses, explora la zona, que había sido tierra indígena y en la que aún no había asentamientos europeos, y la describe como «bastante deshabitada y extendiéndose hasta una región tan poco conocida como el Sahara». Mientras que los indígenas habían hecho muchas incursiones en las zonas más al norte, él afirma que «alrededor de esta área de Rosario los colonos están comparativamente seguros».

Eligen tierras que parecen prometedoras y deciden hacerle una oferta al Gobierno. Una visita a la capital de la provincia de Córdoba les permite hacer una oferta por la tierra «por la cual había muy poco interés» y consiguen 24.000 acres (9.700 hectáreas) «a poco menos de seis peniques [2½p] por acre». Sí, 24.000 acres a seis peniques por acre, es decir £600. Su comentario «podríamos considerar que no es muy caro» parecería un eufemismo muy inglés. Aunque su afirmación de que no había mucho interés en la tierra no era del todo correcta. Lo había, pero eran los aborígenes los que estaban interesados.

La creación de un nuevo asentamiento a más o menos unos dos días a caballo y carro, del otro lado de su frontera, el río Saladillo, era para ellos una experiencia emocionante. «Fuimos», dice «los primeros ingleses entre el Saladillo y la Patagonia». Iba acompañado por su socio y un irlandés contratado para cavar una zanja a modo de defensa, así como de un «gaucho muy poco confiable».

Si bien las autoridades le habían asegurado que los indígenas solamente «representaban un riesgo insignificante (...) y nunca se les ocurriría atacar a un inglés bien armado, y que solo estaban interesados en el ganado vacuno y los caballos, ya que las ovejas eran demasiado lentas para ahuyentarlas», la construcción de un zanja como medio de defensa era un requisito previo. La zanja, de unos 6 pies (1,80 m) de profundidad por 6 pies de ancho, rodeaba un espacio para habitar, de unos 150 pies (46 m) cuadrados. Los aborígenes no poseían armas de fuego; su arma principal era una lanza de 20 pies (6 m) y, ya que sus caballos no saltaban las zanjas y ellos no desmontaban, los colonos armados se podían considerar a salvo al estar rodeados por estas zanjas. Por fortuna los colonos ingleses no importaron caballos adiestrados para saltos hípicos y a los indios no parece habérseles ocurrido enseñarles a sus caballos a saltar zanjas; de lo contrario, la historia de la Pampa podría haber sido muy diferente.

Compraron una «casa» de hierro prefabricada, importada, de dos habitaciones: la primera de su tipo en la región. Su naturaleza robusta los protegía del viento y la lluvia, pero no del calor y el frío. El contar con la vivienda les permitió empezar a trabajar en el desarrollo de sus nuevas tierras, para lo cual compraron 4.000 ovejas. En el proceso se enteraron, con cierta alarma, que la frontera con las tierras indígenas estaba a bastante menos de 300 millas (480 km) al sur, y también que una estancia ubicada a 66 millas (106 km) al sur de la suya había sido atacada el año anterior y su propietario y su administrador habían sido asesinados.

En el mes de abril, un año después de su llegada, la estancia estaba empezando a tomar forma, con las zanjas ya cavadas, cuando se alarmaron al ver lo que ellos pensaron que eran unos 200 o 300 jinetes aborígenes que se dirigían a la carga contra ellos, a todo galope. Afortunadamente su establecimiento, incluido el personal contratado y los visitantes, había aumentado a doce personas, de las cuales nueve eran hombres adultos. Todos estaban completamente armados y listos para recibir a los atacantes.

Resultó que el grupo constaba de unos 50 aborígenes que desmontaron a alguna distancia de la casa, y su jefe y algunos hombres se acercaron a la zanja. Ellos, a través de un gaucho que se les había unido, les aseguraron a los colonos que no pretendían hacerles ningún daño; que habían perdido su camino y les gustaría visitar su casa, y les rogaron si tenían algo de ropa que pudieran darles. Richard rechaza educadamente su propuesta de una visita, pero encuentra algunas ropas viejas para darles. Ya que parecían amistosos y habían dejado sus armas, poco a poco la mayoría de los colonos finalmente cruzó el foso para charlar con ellos. El jefe les prometió amistad permanente antes de alejarse galopando con casi toda la tropilla de 100 caballos pertenecientes a Richard, sus amigos y personal, que no estaban en el interior de la zanja defensiva.

A pesar de su pérdida, sienten un gran alivio al ver que los indígenas se van, pues, como el gaucho que los ayuda les dice, si no hubieran estado armados, la visita habría terminado de manera diferente.

No obstante, terminó de manera diferente seis meses más tarde, cuando una estancia vecina, propiedad de un inglés, fue atacada, y él y dos de sus colaboradores asesinados. A pesar de estas alarmas justificadas, Richard y su compañero no se rinden. Compran otras 4.000 ovejas y comienzan a construir una nueva casa, de adobe, más grande y más cerca del río.

Sus vidas no están dedicadas de lleno al trabajo, ya que la población más cercana, Fraile Muerto (ahora Bell Ville), les queda a 30 millas (48 km) de distancia y el ferrocarril de Rosario une a las dos ciudades. Junto con otros colonos ingleses, organizan un evento de carreras de caballos en Roldán, un pueblo pequeño cerca de Rosario, y, más tarde, hasta tienen tiempo para visitar Buenos Aires y su espléndido teatro ópera.

Sin embargo, los indígenas todavía estaban activos y, a su regreso, se encontraron con que habían asaltado la estancia y soltado a varios cientos de cabezas de ganado y a la mayoría de sus caballos. Dado que la principal fuente de sus ingresos eran las ovejas, la pérdida fue más inconveniente que desastrosa.

A pesar de estos contratiempos, siguen mejorando la estancia. Importan carneros de raza, que no se adaptan bien, y varios cerdos, que resultan ser todo un éxito. Más tarde plantan 2.000 durazneros y su huerto comienza a producir una valiosa variedad de verduras. Comienzan a poner alambrados.

Nuevamente, indígenas merodeadores asaltan la estancia pero, desconcertados por el «cercado invisible» (introducido por primera vez a principios de la década de 1840 en Chascomús por Newton), no logran ahuyentar mucho ganado, que está encerrado; sin embargo, por primera vez, se llevan con ellos 1.200 ovejas. Richard intenta organizar una partida para perseguir a los aborígenes, pero todos sienten que sus haciendas no van a estar seguras si las dejan sin nadie que las defienda. Afortunadamente, 700 ovejas vuelven a ellos.

Posteriormente se dan cuenta, al igual que varios otros estancieros, de que sus suelos son muy adecuados para la producción de trigo y maíz, y que estos cultivos les proporcionarán mejores rendimientos que el ganado. Importan arados americanos, comienzan a entrenar bueyes reacios a tirar de ellos y plantan unos 50 acres (20 hectáreas) de trigo y maíz. Un vecino inglés importa un arado de vapor y todos son invitados a ver cómo funciona. Y funciona bien. De este modo comienza la revolución agrícola que llevó a la siembra masiva de trigo, maíz y otros cereales. Las ovejas fueron reemplazadas por cultivos y, en consecuencia, 50 años después, la Argentina se convirtió en uno de los productores de cereales más grandes del mundo.

Después de cuatro años de duro trabajo con el arado, Richard Seymour deja a su socio a cargo y regresa a Inglaterra para una visita, durante la cual encuentra tiempo para escribir su libro, un relato singular de la agricultura en una zona pionera.

En su epílogo, es decididamente optimista respecto a las perspectivas de la agricultura en la Argentina. Un nuevo presidente, Domingo Faustino Sarmiento, ha sido elegido —él lo aprueba por completo— y habiendo llegado a su término la guerra del Paraguay, existen todas las posibilidades de que el ejército se dedique a eliminar a los indígenas merodeadores.

Concluye:

«Siempre que el Gobierno defienda sus fronteras, puedo animar a otros a venir a instalarse en nuestra vecindad, donde encontrarán que pueden comprar a un precio muy bajo pastizales de excelente calidad; donde hay un hermoso clima y muchos de sus compatriotas viven en las cercanías».

Agricultores Bajo Presión

Después de 1852 la producción ovina se había tornado cada vez más rentable, ya que los precios por unidad llegaron a aumentar en más de 12 veces, de 2 pesos hasta 25 y 30 pesos cinco años después. Mientras que en 1850 las exportaciones de lana habían sido de 8.000 toneladas largas/imperiales (8.128 toneladas métricas), este enorme incremento de los precios llevó a que las exportaciones se elevaran a 12.000 toneladas largas/imperiales (12.192 toneladas métricas) en 1855, a 19.000 toneladas largas/imperiales (19,304 toneladas métricas) en 1859 y a la impresionante cifra de 91.000 toneladas largas/imperiales (92.456 toneladas métricas) en 1875.132

Esto causó un frenético interés en la cría de ovejas, un polo de atracción para los hijos de muchos agricultores ingleses, que emigraron a Argentina en busca del vellocino de oro. Muchos llegaron en la década de 1860, cuando parecía que, con la nueva constitución de la República Argentina, los conflictos civiles iban a ser cosa del pasado. Las regiones que atrajeron a la mayoría de los nuevos pobladores fueron las que estaban libres de las incursiones de los aborígenes: las provincias del norte de Buenos Aires, incluida Entre Ríos. Esta atrajo a muchos jóvenes ingleses.

Uno de ellos era George Reid, un muchacho de 25 años de edad que, viendo que era difícil encontrar empleo en Inglaterra, decidió probar suerte, junto con un amigo, en la Argentina. Escritas en un período de cuatro años, sus cartas contienen un elocuente relato de las venturas y desventuras que les tocó vivir mientras se dedicaban a la agricultura en la zona sur de la provincia de Entre Ríos.133

Arrancaron bastante bien, arrendando 6.000 acres (2.400 hectáreas) de tierra al norte de Gualeguaychú, y parecen solo ligeramente consternados al descubrir que los precios de la lana se han derrumbado, en gran parte como consecuencia de la finalización de la Guerra Civil de los EE. UU.:

«Es muy cierto que las ovejas y el ganado se duplican en tres años, pero lo que omiten decir es que las ovejas son totalmente invendibles. Todo lo que la gente de por aquí hace es ganar el dinero que precisan para sus gastos. Por otra parte, yo estoy convencido de que puedo y voy a ganar dinero, pero no va a ser con la cría de ovejas».

No está claro cómo espera lograr esto, pero sí menciona que la agricultura de cultivo es el futuro, aunque no uno en el cual él y su compañero quieran embarcarse.

Mientras tanto, parece estar disfrutando de la vida porque, al salir al campo una mañana temprano, se encuentra con otros ocho ingleses y galopan:

«...legua tras legua (una legua equivale a tres millas) entre avestruces, loros gritones, perdices zumbonas y nubes de patos, en un hermoso día despejado y con una brisa agradable, sobre el corto césped verde (...) me emocioné tanto que galopé y canté hasta que llegaron a creer que estaba loco».

Claramente estaba disfrutando la vida, a pesar de que vivir en una choza de adobe con poca compañía y pasar el día tras las ovejas y comiendo poco más que carne tiene sus limitaciones. No es de extrañar, por lo tanto, encontrar que, cada vez que tiene oportunidad, visita a sus compañeros agricultores ingleses:

«…que lo que hacen es trabajar y no tienen ninguna idea de cómo pasarla genial (...) lo peor es que todos beben (...) nunca antes había encontrado semejante grupo de borrachos y creo que B es el único tipo que no se va a dormir borracho seis noches de cada siete».

Es comprensible que en esas situaciones de aislamiento muchas de las personas que trabajaban en los campos cayeran en el vicio de la bebida, aunque este no es el caso de George, quien les asegura a sus padres en sus cartas que no tiene el hábito de beber.

Es particularmente crítico de los Mulhall, los editores de The Standard, sobre quienes opina «habría que fusilarlos» por alentar a tantas decenas de hombres jóvenes a abandonar sus puestos de trabajo y hacer un montón de dinero mediante la cría de ovejas, gente que a menudo termina mendigando que los dejen trabajar de marino en un barco para conseguir volver a su casa. «La ganadería ovina es una estafa y un delirio, su momento ha pasado», escribe a sus padres, y continúa diciendo que él y su amigo tiene la intención de incursionar en el cultivo del trigo, que paga bien.

Por desgracia, se encuentran con que después de ocho meses no pueden sacar su estancia adelante, así que la venden al mejor precio que pueden. Todavía parece ser capaz de disfrutar, ya que relata fiestas, carreras y cabalgatas hasta la ciudad (Gualeguaychú):

«…ocho uno al lado del otro, usando nuestras mejores ropas, y seis más en la retaguardia, y les puedo decir que teníamos un aspecto bastante imponente y atravesamos la ciudad hasta el hotel, al que encontramos totalmente abarrotado de ingleses».

Les cuenta a sus padres: «Buenos Aires es el infierno para los ingleses jóvenes que llegan sin dinero, quienes van en cuerpo y alma directo al diablo, y es lamentable ver cómo tantos de ellos beben, beben, beben».

Mientras tanto, en junio de 1868, escribe a su casa contando que todavía tienen las £3.000 con las que comenzaron y que esto les permitirá arrendar a £90 al año una estancia de 6.700 acres (2.700 hectáreas) con 1.600 bovinos, 6.000 ovinos, 100 yeguas y 50 caballos mansos —cuyo valor es de aproximadamente £2.100—, y algunas viviendas de ladrillo. Parece haber olvidado los comentarios que había hecho sobre los aspectos económicos de la cría de ovejas, arrastrado por el bajo precio del ganado.

Todo pareciera ir bien, ya que hay un saladero británico en el «bello pueblito de Fray Bentos», que después iba a convertirse en una ubicación de la planta de Leibig, «donde hay más caras inglesas que locales».

Las cosas empiezan a ir mal cuando la tormenta más espantosa, con piedras de granizo grandes y dañinas, arrasa con su estancia, y el viento arroja 1.500 ovejas, 50 vacas y algunos caballos a una laguna, donde se ahogan. A continuación, sufren un calor insoportable, 90º F (32º C), y son invadidos por un enjambre de moscas, que cubren todos sus cuerpos y su comida.

Habiendo sobrevivido a todo esto y luego de un viaje rápido de vuelta a Inglaterra, regresa en mayo de 1870 para encontrarse con que el caudillo local, el general Urquiza, ha sido asesinado por su segundo al mando, un tal López Jordán, quien toma el control. En lugar de aceptar esto como el reemplazo de un caudillo por otro, el Gobierno decide intervenir. Lo hace de forma tan ineficaz que provoca un caos en la provincia, y esto lleva a un colapso social y económico. Las tropas y otras bandas de merodeadores aterrorizan a la población, roban sus caballos, matan su ganado y a menudo destruyen deliberadamente los cueros que dejan atrás.

Si bien los líderes de ambas partes insisten en que los extranjeros están a salvo, y sin duda así lo creen, no pueden controlar los muchos grupos de asaltantes. El Gobierno es tan inepto en su accionar para sofocar la rebelión que existe la sospecha de que los militares desean prolongar la intervención con el fin de enriquecerse. George consigue venderle al general Mitre, quien es responsable de las tropas gubernamentales, algunas cabezas de ganado y caballos, obteniendo un amplio margen de ganancia en esta operación.

El caudillo rebelde, López Jordán, está muy ansioso por asegurarles a los colonos británicos que se encuentran a salvo, e instruye a sus hombres para que respeten sus propiedades. Cuando uno roba un poncho y otro se lleva unos postes de una estancia, da la orden de que los degüellen.

Sin embargo, los trastornos que generan son tremendos, con grupos militares metiéndose en las estancias, cambiando sus caballos y matando ovejas y ganado. Los Gobiernos británicos e italianos tuvieron que enviar cañoneras en las que sus ciudadanos pudieran refugiarse. George y muchos otros se refugian en ellas, pero significa que sus estancias quedan abiertas a robos y saqueos.

En otra ocasión, todos los colonos ingleses se reúnen en la estancia de Reid para poder autodefenderse. Con el fin de evitar que se lleven sus caballos, George tiene que recurrir a la cruel y dolorosa estrategia de mantenerlos muertos de hambre, para que no sirvan para que los monten. George dice que «ni siquiera podíamos desprendernos de nuestra estancia» y lamenta mucho «haber venido a este país olvidado por Dios». Una de las cañoneras británicas «está llena de estancieros británicos en dificultades», y más tarde dice que de sus 6.600 ovejas, ahora solo tiene 3.000, y que en esto le fue mejor que a la mayoría de los estancieros ingleses. Hace el cálculo de que, del puñado de ingleses que ellos conocen, las pérdidas de los últimos cuatro años deben ascender a £80.000 y «ahora ni uno de ellos tiene lo suficiente para pagar su factura de hotel antes de partir».

Cuenta que el secretario de la legación británica le dijo:

«Sarmiento no quiere terminar la guerra, y parece que los generales le cobran al país diez veces más por todos los pertrechos que compran. En una instancia, Mitre le cobró al Gobierno 30.000 caballos, cuando la cantidad real que compró era de 3.000, con lo que logró hacerse con una diferencia de £80.000».

George finalmente deja «este país maldito» y regresa a su casa, pobre y desilusionado. La suerte no había estado de su lado. Como muchos otros, le tocó operar cuando el ciclo de precios de la lana estaba en su parte baja y, peor aún, fue afectado de manera directa por una guerra civil horrible y confusa, que estalló justo cuando él y muchos otros estancieros británicos se habían establecido en el país. Es bueno recordar que, en el espectacular desarrollo del país en su conjunto, no faltaron los que perdieron.

Fundación De Venado Tuerto

En 1880, Frederick Bridger, que en ese entonces contaba con 35 años de edad y que había establecido una agencia de negocios de tierras en Buenos Aires, fue contratado por el Banco de la Argentina para relevar y vender tierras a unas 186 millas (300 km) al norte de Buenos Aires, alrededor de un viejo fuerte abandonado que consistía en unas cuantas chozas de barro. El área cubría unos 568.000 acres (230.000 hectáreas) de suelos vírgenes.134

No se disponía de equipos para un relevamiento topográfico en esos días, y la forma convencional de medir una legua (3 millas o 5 km) se basaba en lo que un caballo podía caminar en una hora. Fred debe haber quedado exhausto por la tarea de determinar los límites de esas tierras, pero lo hizo y legítimamente podía presumir de ser uno de los principales fundadores de lo que se convertiría en una de las comunidades rurales más exitosas en Argentina: Venado Tuerto, al noroeste de Buenos Aires.

Según su hija, Alicia, cuyas memorias inéditas registran el evento, el nombre de Venado Tuerto fue propuesto por Fred, porque se dio cuenta de que las cañas en el lago local creaban la forma de un ciervo. Cómo es que este ciervo perdió un ojo nadie se lo explica.

¿Cómo llegó a involucrarse Fred? Nació en Winchester en 1845, en la granja de 1.500 acres (607 hectáreas) de su padre, George Bridger. Fred era el tercero de ocho hijos. Su hermano mayor, mi abuelo Robert, se había unido a la marina mercante y había llegado a ser segundo oficial antes de decidirse, a la edad de 22 años, a probar suerte como agricultor en Uruguay. Robert finalmente se convirtió en gerente de una de las estancias más grandes y exitosas del noroeste de Uruguay, que pertenecía a la Río de la Plata Land Company.135

Fred y, más tarde, otro hermano, Charles, lo siguieron. Tristemente Charles se ahogó al cruzar un río a caballo, a consecuencia de comer «demasiados duraznos» (según Alicia), una explicación de lo más curiosa e inverosímil.

Fred comenzó criando ovejas en Uruguay, pero lo hizo en un período de precios de la lana muy bajos y, además, muchas ovejas enfermaron y murieron. Entonces, él y un amigo y incursionaron en el comercio de cueros. Pero no tuvieron éxito y él se dedicó a comerciar con caballos por un tiempo antes de tomar un trabajo como gerente de una estancia. Más tarde, pasó a administrar otras estancias en la Argentina.

Según Alice, encontró tiempo para convertirse en jinete y participó activamente en diversas actividades de carreras de caballos (y, posteriormente, fue miembro fundador del aristocrático Jockey Club). Era un apasionado jugador de polo «que comenzó con palos de hockey», fundó clubes de polo en Quilmes y Temperley —dos suburbios de Buenos Aires—, ahora extintos y de los cuales solo quedan registros en las memorias de Alice.

Su avance hacia el negocio de las tierras llegó a través de su relevamiento del área alrededor de Venado Tuerto. Fred negoció la venta de estas propiedades como representante del Gobierno. Edward Casey, un irlandés dueño de una gran fortuna, compró cuatro leguas cuadradas de tierra. Otros compradores tenían apellidos como Brett, Lett y Hagan, lo que hizo que Venado Tuerto se transformara en un asentamiento muy británico.

Según Alicia, Fred compró tierras en 1881 en asociación con otros, pero, para 1891, logró comprar también las partes de sus socios. El nombre de la estancia, «Bentworth», era el de la población de Inglaterra en donde vivía uno de sus socios y amigos.

Surtió la estancia con ganado Hereford de calidad y toros de pedigrí importados de Inglaterra. De acuerdo con J. Macnie, Frederick:

«Fue uno de los fundadores y miembro vitalicio del Jockey Club, uno de los fundadores del Polo Club Venado Tuerto, del cual fue presidente, y también fue importador de sementales de carreras y de ganado Hereford. Venado Tuerto y, de hecho, los argentinos, le deben mucho».136

El Jockey Club, cuya lista de miembros del comité original todavía está colgada en una pared de la estancia de la familia (según lo que afirma un descendiente), con el tiempo se convirtió en el centro social de la aristocracia terrateniente extremadamente rica de Buenos Aires. El club Atheneum en Londres era su modelo, al que superó en riqueza y comodidad. El Jockey Club se convirtió en un símbolo y fue un objetivo para las masas durante el régimen de Perón, cuando estas lo invadieron y dañaron seriamente. Fred fue tan solo uno de muchos pioneros ingleses que han dejado un legado económico y social olvidado, pero duradero, para el país.

William C. Morris – Maestro

«Es un motivo de tristeza que no haya cincuenta mil, o incluso cientos de miles de hombres como el señor Morris en la Argentina, pertenecientes a cualquier religión (...) un verdadero filántropo, un hombre que ama a este país, y no puede catalogárselo como extranjero, ya que cualquier persona que dedica su vida al progreso del país, es argentina».

Estas elogiosas palabras fueron pronunciadas en el Congreso de la Nación, en 1901, por los diputados que apoyaban la solicitud financiera de brindar asistencia a las escuelas que William C. Morris había fundado a fin de educar a niños de la calle.

La solicitud había recibido un amargo ataque por parte del obispo católico de Santa Fe, ya que se trataba de una misión educativa protestante que era «una institución antipatriota subversiva, que atacaba a la iglesia católica, que denigraba a los héroes nacionales, que enseñaba a los niños a escupir en la cruz y que los sobornaba con ropa y alimentos». Los Diputados argentinos no vieron nada de esto y mayoritariamente acordaron el máximo apoyo financiero que se les había solicitado.

¿Quién era William C. Morris y qué era lo que había logrado que generaba tanto apoyo y, a la vez, esa viciosa oposición? Lamentablemente, en la comunidad angloargentina, sus logros se han olvidado hace mucho tiempo y es gracias a los registros de los establecimientos educativos argentinos que se preserva su memoria.

En el año 1864, su padre había emigrado de Inglaterra a Paraguay, a otra de las tantas colonias agrícolas malogradas, con sus cuatro hijos, y luego se había desplazado a la Argentina, donde arrendó una parcela. William vivió con su padre hasta que tuvo 24 años y emigró a la zona de clase trabajadora de La Boca en Buenos Aires, donde comenzó a trabajar como pintor y luego pasó, poco a poco, a dedicarse al trabajo de oficina, más lucrativo. Al igual que Lucas Bridges, tenía poca o ninguna educación formal, pero era autodidacta; reunió libros y desarrolló un celo misionero por ayudar a los niños de la calle en La Boca. En 1892 encontró una habitación que amuebló con mesas, sillas, un mapa del mundo y 50 libros de ejercicios. Luego salió a la calle y convenció a 12 niños analfabetos y pobres a que se le unieran. Les enseñó a leer y escribir y los instruyó en la higiene elemental y, cuando se dio cuenta de que muchos de ellos tenían hambre, les proporcionó comidas en la escuela.

Para financiar este esfuerzo de caridad admirable, tenía que conseguir dinero, y este se lo se aseguró, de manera modesta, de los miembros de la comunidad británica. Se unió a la Iglesia Metodista en 1895 y se hizo predicador. No contento con iniciar una escuela para niños necesitados, posteriormente estableció una misión para los muchos marineros que tenían tiempo ocioso cuando atracaban en Buenos Aires y que necesitaban algo que no fuera bares y burdeles.

Sin embargo, el dinero nunca era suficiente; por lo tanto regresó a Inglaterra, donde hizo un recorrido en busca de apoyo financiero para su organización educativa. A su regreso, abandonó el ministerio metodista y se unió a la Iglesia Anglicana, ya que esta le concedía más libertad para cumplir su misión.

Y ahora sí tuvo éxito. Su primera nueva escuela se inició en la zona pobre de Palermo, en Buenos Aires, con 18 niños. Pronto tuvo tres escuelas funcionando —una de las cuales era para niñas— en las que también se dictaban clases en turno tarde, y a las cuales asistían 588 niños en total.

William, a diferencia de muchos filántropos, no tenía fortuna propia, sino que era un recaudador de fondos resuelto y convincente, con acceso a personalidades importantes. A través de uno de los personajes más poderosos, consiguió ser presentado al Presidente Roca, que se convirtió en su seguidor y en admirador de su obra y que, posteriormente, fue presidente de la organización benéfica educativa llamada «Las Escuelas e Institutos Filantrópicos Argentinos».

En 1901, la integridad y la eficiencia de William, combinada con el apoyo gubernamental y privado, llevó a una rápida expansión de las escuelas, a las cuales asistían 1.400 niños en ese momento, y que incluso dictaban clases nocturnas para los policías. En 1905 había 11 escuelas que ofrecían una amplia gama de enseñanza de competencias básicas y de formación profesional a más de 3.000 niños. Para cuando a este hombre extraordinario le llegó la muerte, en 1932, en las escuelas que él había fundado había 7.000 estudiantes bajo la supervisión de 200 maestros.137

Mientras que la enseñanza de los niños necesitados fue fuertemente apoyada por el sector del pueblo más próspero y con conciencia social de la sociedad argentina, a la escuela la administraban mayormente miembros británicos o angloargentinos. Cuando se examinan las juntas directivas de las obras de caridad, emergen de la oscuridad muchos importantes, pero poco recordados, empresarios británicos. Samuel Hale Pearson fue presidente de la organización benéfica durante 15 años a partir de 1910. ¿Quién era él? Había sido miembro de la Junta del Banco Nacional Argentino y del Ferrocarril Central Argentino, y presidente de la Compañía de Tranvías Angloargentina. Fue sucedido por Carlos Lumb y luego por Charles Scott, ambos también con un destacado número de directorios a sus nombres. Esta era la cara aceptable del capitalismo.

En 1923, William usó sus poderes de persuasión para conseguir que un terrateniente donara un valioso terreno para construir un orfanato, y que un italiano, José Solari, financiara la construcción de lo que se convirtió en el hogar «El Alba», que existe hasta nuestros días (aunque en un sitio diferente).

El Obispo Every dice de William: «Durante un total de treinta años su obra ha sido colosal, ha trabajado incesantemente en escuelas diurnas, escuelas de oficios, orfanatos (...) es pedagogo, financiero, organizador, pastor y evangelista y, tal vez más que todo lo anterior, amigo de los niños: lo primero por necesidad, lo último por amor y elección».138

Para cuando falleció, en 1932, se estimaba que 160.000 niños habían pasado por sus escuelas. No pueden haber existido muchos súbditos británicos que hayan hecho tanto por los niños necesitados de la Argentina como William C. Morris y, si algún inglés merece una estatua, yo votaría por él.

Pioneros Galeses

La historia de los galeses es un mucho más limitada que la de los otros grupos británicos, y ya la hemos cubierto en el capítulo IV. Los galeses se concentraron mayormente en el norte de la Patagonia; se trataba de un grupo relativamente pequeño de idealistas altamente motivados que se asentaron en una zona fronteriza remota del país.

Apenas es necesario contar su historia de nuevo, (de la cual puede encontrarse un relato más detallado en el libro de Carlos Brebbia)139 más allá de en este contexto, a fin de garantizar que se añada a la lista de logros británicos en la creación de la Argentina moderna. Los galeses fueron pioneros en las fronteras del sur del país, que se abrieron a los espacios casi desérticos del norte de la Patagonia, y expandieron el límite occidental de la Argentina desde las costas del Atlántico hasta las estribaciones de los Andes. Ellos crearon el primer sistema de riego integrado del país y, por ejemplo, introdujeron el voto secreto en el sistema electoral. Estos fueron logros nada despreciables para unos pocos miles de galeses.

Un Crisol Nacionalista

La enorme ola de nacionalidades que se extendió por Argentina creó una cultura y una sociedad de características únicas. Socialmente basada en una mezcla de culturas mediterráneas, todas las fortalezas y debilidades que estas culturas poseían se desarrollaron en esta fusión. Aunque la Iglesia Católica ha tenido una influencia importante en el comportamiento en la Argentina, esta ha sido menor que en otros países latinoamericanos. La Argentina fue el primero de estos países en permitir que otros grupos cristianos se establezcan en el país, y presenta una fuerte vena secular. A pesar de que cuenta con una cultura masculina fuerte y que allí abunda el individualismo masculino, las mujeres argentinas han sido siempre más independientes que la mayoría de sus pares latinoamericanas.

Dentro de este marco, las lealtades y los vínculos familiares han sido siempre todopoderosos. Sin embargo, las ventajas de estos valiosos vínculos personales tienen que sopesarse con las dificultades de establecer las lealtades con una sociedad nacional mucho más amplia. La fuerte lealtad familiar de los argentinos a menudo entra en conflicto con la lealtad debida al público o al Estado y, por tanto, la administración pública imparcial suele verse socavada.

Los nuevos inmigrantes trajeron energía e ideas que transformaron a la sociedad española más letárgica. Sin embargo, el énfasis en la individualidad y en las fuertes diferencias políticas y sociales ha hecho que el surgimiento de una nación y una sociedad de consenso sea más difícil. Y ha hecho que el surgimiento de una administración pública imparcial se torne extremadamente difícil.

En este plano, es interesante comparar las diferencias culturales y sociales existentes entre los EE. UU. y la Argentina. El primero fue conformado, en gran medida, por una clase media de religión protestante, mientras que en el último primó una cultura católica feudal española. En los EE. UU., los derechos de propiedad no se limitaron a una pequeña minoría feudal, sino que se consideraban iguales para todos los inmigrantes (aunque no para la población nativa).

Si bien la Constitución de los EE. UU. se basaba en la filosofía científicamente insostenible de que «todos los hombres nacen iguales», paradójicamente esto sí dificultó el surgimiento de una clase dominante que pudiera reclamar derechos de propiedad exclusivos, como en América Latina. El resultado fue una sociedad mucho más dinámica y democrática.140

Los EE. UU. fueron capaces de desarrollar sistemas de gobierno que, aunque llenos de defectos, han dado lugar a un gobierno más eficaz. Un ejemplo de esto es la capacidad que tuvieron los EE. UU. para implementar una distribución de tierras indígenas a través de la Homestead Act (Ley de Asentamientos Rurales), que otorgaba a los colonos 60 acres (24 hectáreas) de tierra en el oeste. Los EE. UU. no sólo contaban con un órgano de gobierno que deseaba tal distribución, sino también con una administración de clase media capaz de cumplir con esto. En la Argentina se logró cierto éxito, similar al de los EE. UU., en los emprendimientos privados que se dieron en las provincias de Santa Fe y Córdoba. En los otros casos, la ausencia de un cuadro administrativo eficiente, sumado a una poderosa aristocracia terrateniente, posibilitó que esta última se apodere de grandes extensiones de tierra indígena.

La consolidación de un buen gobierno ha fracasado con frecuencia en la Argentina, donde las lealtades políticas y feudales son abrumadoramente más fuertes que la lealtad a la sociedad y la nación en su conjunto.

Referencias del capítulo VII


110. www.worldstatesmen.org/Argentina.html
111. Ferns, H. S. The Argentine Republic, 1516–1971. Newton Abbott: David and Charles, 1973.
112. Record of the British Community in the River Plate. Buenos Ayres: South American Bank Note Company, 1902.
113. Ibid
114. Bruce, G. Memorias no publicadas, 1909.
115. Mulhall, M. G. y E. T. Handbook of the River Plate. Buenos Aires: Standard Printing Office, 1869.
116. Mulhall, M. G. y E. T. op. cit.
117. Robertson, J. P. y W. P. Letters on South America (tres vol.). Londres: John Murray, 1843.
118. Love, G. T. Five Years’ Residence in Buenos Ayres. Londres: G. Herbert, 1825.
119. Stewart, I. A. D. Don Heriberto, Knight of the Argentine. Ely: Melrose Books, 2008.
120. Stewart, I. A. D. From Caledonia to the Pampas. East Linton, Escocia: Tuckwell Press, 2000.
121. Barry, C. ‘Cecilia Grierson: Argentina’s First Female Doctor’ en Irish Migration Studies in Latin America, noviembre de 2008 (www.irlandeses.org/previous.htm)
122. Mainwaring, M. J. From the Falklands to Patagonia. Londres: Allison and Busby, 1983.
123. Bruce, G. Memorias no publicadas, 1909.
124. Murray, E. ‘Ireland and Latin America’ en Irish Migration Studies in Latin America, noviembre-diciembre de 2005
125. MacCann, W. Two Thousand Miles’ Ride through the Argentine Provinces . Londres: Smith, Elder and Co., 1853.
126. MacCann, W., ibid.
127. Murray, T. The Story of the Irish in Argentina. Nueva York: P. J. Kennedy & Sons, 1919.
128. Geraghty, M. J. ‘Argentina: Land of Broken Promises’, Buenos Aires Herald, 17 de marzo de 1999
129. Koebel, W. H. British Exploits in South America. Nueva York: The Century Co., 1917
130. MacCann, W., ibid.
131. Seymour, R. A. Pioneering in the Pampas. Londres: Longmans, Green & Co., 1869.
132. Giberti, H. C. E. Historia Económica de la Ganadería Argentina. Buenos Aires: Editorial Solar/Hachette, 1961.
133. Reid, G. A South American Adventure. Londres: V. Boyle, 1999.
134. Bridger, A. Memorias no publicadas, 1926.
135. Bridger, G. Investigación personal.
136. Macnie, J. Work and Play in the Argentine. Londres: T. Werner Laurie, 1925.
137. Ceres, H. ‘William C. Morris. El Apóstol de la Fe’, Todo es Historia, núm. 66, octubre de 1972. También disponible en http://www.culto.gov.ar/noticias/williammorris.php
138. Every, E. F. Twenty-five Years in South America. Londres: S.P.C.K., 1929.
139. Brebbia, C. A. Patagonia, a Forgotten Land: from Magellan to Peron. Southampton: WIT Press, 2007.
140. Ferguson, N. Civilization: The Six Ways the West Beat the Rest. Londres: Allen Lane, 2011.

CAPÍTULO VIII
La era del deporte
En el inmensamente competitivo mundo del deporte internacional, la Argentina se da el lujo de lucirse en las ligas mayores. En fútbol, golf, rugby, tenis, polo, remo y hockey, individuos y equipos argentinos se han convertido en campeones y han vencido a países con poblaciones mucho mayores y, también, de riqueza mucho mayor.

Estos países incluyen a Gran Bretaña, que fue quien introdujo todos estos deportes en la Argentina. En su libro Empire: How Britain Made the Modern World (El imperio británico: Cómo Gran Bretaña forjó el orden mundial),141 Niall Ferguson asevera que los legados de Gran Bretaña para el mundo fueron el idioma inglés, el gobierno parlamentario y el libre comercio. No obstante, omite una contribución, quizás la más importante de todas: los deportes de equipo.

El fútbol y, en menor medida, el críquet se han extendido a través del mundo y no solo han proporcionado entretenimiento a miles de millones de personas, sino que también, y tal vez esto es de la misma importancia, encarnan actividades que han canalizado la energía masculina y la agresividad en una forma socialmente aceptable de terapia. Si bien en el marco del fútbol han surgido una gran cantidad de fanáticos de conducta histérica y rebelde, este deporte probablemente haya hecho más que cualquier otra medida social para prevenir acciones antisociales y violentas por parte de jóvenes impulsados por su testosterona. No le falta sentido a la idea de que el mundo es un lugar mejor y más seguro gracias a los deportes de competición que se disputan en él.

Fútbol

Las reglas de juego para el fútbol se habían elaborado en diferentes partes de Inglaterra hacía ya mucho tiempo: en 1848 (Cambridge), en 1857 (Sheffield) y en 1862 (Uppingham). Sin embargo, no se unificaron hasta 1863, y no fue hasta 1878 que se logró un acuerdo más formal de las normas nacionales.

Por lo tanto, es llamativo que el siguiente anuncio haya aparecido en The Standard en Buenos Aires el 6 de mayo 1867:

FÚTBOL
«El jueves por la noche, a las 19.30 horas, se celebrará una reunión preliminar en la calle Temple, frente al No. 46, con el propósito de hacer las reglas y regulaciones para los partidos de fútbol que se jugarán en el campo de cricket durante el invierno. Todas las personas interesadas están invitadas a asistir».

Esta reunión iba a llevar a la creación del primer club de fútbol de América del Sur.142 Fue llamado «Buenos Aires Football Club» y se estableció en lo que ahora son los bellos terrenos de los bosques de Palermo, que estaban, en ese entonces, en las afueras de la ciudad.

Si bien es una creencia común que quienes inicialmente jugaron al fútbol fueron los trabajadores de los ferrocarriles británicos, la investigación realizada por el diligente Víctor Raffo143 aclara que los primeros organizadores y, de hecho, todos los jugadores eran hombres jóvenes que trabajaban para las muchas empresas comerciales y bancarias británicas. Particularmente activo en la organización de los juegos fue Walter Heald, quien comenzó su carrera laboral como empleado en el Banco de Londres y América del Sur, donde se desempeñó durante 42 años, y terminó siendo su subdirector. Habiendo localizado los diarios de Walter, Víctor Raffo pudo establecer con gran detalle cómo se jugaron los primeros partidos organizados, y relata cómo Heald y sus colegas tuvieron que salir a buscar campos de juego (uno fue una plantación de alfalfa), llevar postes para el arco, pedir pelotas de fútbol a Inglaterra, asegurarse de que los periódicos británicos locales informaran sobre los partidos y, en general, brindar todo el apoyo administrativo esencial que requieren los juegos de equipo. Se registraron tres partidos de fútbol en 1867, pero no fueron de lo más exitosos, ya que una lluvia torrencial puso fin a uno de ellos y el segundo intento fue un partido de cuatro jugadores por equipo que se disputó en La Boca. Raffo comenta este partido, que se jugó en mayo y comenzó a la hora muy temprana, según los estándares de hoy en día, de las 7 de la mañana:

«…muchos hubiesen llegado a dudar de la cordura de los jugadores si hubieran visto a estos jóvenes corriendo tras un pelota en las primeras horas de la mañana (...) ¿de qué otra manera podía verse el fútbol que no fuera como un juego para ingleses locos?».

Este segundo juego atrajo más participantes y el tercero, en julio, logró disputarse con diez jugadores por equipo, y se autorizó que se jugara en los campos de cricket del Buenos Aires Cricket Club, en Palermo. El enérgico Walter informó en The Standard:

«El día fue todo lo que se podía desear, hubo muchos espectadores; los locales honraron el partido con su presencia y, sin duda, se divirtieron y fueron sorprendidos por el desempeño de los jugadores».

Si bien el papel de Walter Heald fue clave en el establecimiento del fútbol en Buenos Aires, del cual también fue un jugador entusiasta, las primeras estrellas de fútbol, al menos en cuanto a goles marcados, fueron los dos hermanos Hogg. El último partido del año se disputó el 7 de julio en un campo de juego muy embarrado, lo que hizo que la pelota estuviera húmeda y flácida; a pesar de ello, el juego se prolongó durante una hora.

Para la temporada siguiente, en 1868, se habían adquirido en Inglaterra cinco pelotas de fútbol de marca Rugby. Con el apoyo entusiasta de The Standard, se organizó un partido de once jugadores por equipo que atrajo mucha atención del público, ya que se congregaron «cientos de carros y gente de a caballo» para presenciar el extraño comportamiento de estos jóvenes ingleses. Una vez más, los Hogg y Heald marcaron la mayoría de los goles.

El juego se desarrolló muy lentamente durante la siguiente década, en gran parte debido a desastres externos. Primero fue la gran epidemia de fiebre amarilla de 1870, que se estima que terminó con la vida de unas 26.000 personas y provocó la evacuación de Buenos Aires, donde solamente quedaron 60.000 habitantes de una población de 200.000 en el centro de la ciudad. La mayoría se retiró a los suburbios, con lo cual se interrumpió la organización de actividades sociales y deportivas.

Luego, en 1875, el colapso financiero llevó al desempleo generalizado. Este revés estaba recién siendo superado cuando, en 1880, estalló una feroz lucha entre las fuerzas federalistas que apoyaban al general Roca —quien había eliminado con éxito a los pueblos originarios de la Pampa— y los porteños (habitantes de Buenos Aires), bajo las órdenes de Carlos Tejedor. Los combates entre estas fuerzas estallaron en Buenos Aires , lo cual tuvo un efecto calamitoso para los negocios, porque gran parte de la lucha se desarrollaba en el límite sur de la ciudad y durante unas seis semanas el enlace del Gran Ferrocarril del Sud se interrumpió debido a que las luchas se disputaban a su alrededor. La ciudad fue incluso bombardeada por la marina. Finalmente, en junio de 1880, la facción de los porteños se rindió y el general Roca asumió la presidencia. Fue él quien finalmente resolvió la vieja lucha entre Buenos Aires y el resto del país, haciendo que esta ciudad se convirtiera en la Capital Federal y estableciendo una nueva capital provincial para Buenos Aires, la ciudad de La Plata, ubicada a unas 44 millas (70 km) al sur.

Los inversores británicos, confiando en los poderes del nuevo Gobierno para garantizar la seguridad y el orden, se embarcaron en un gigantesco festival de inversiones, que cimentaron la transformación del país. Esto dio lugar a que los ferrocarriles y otros servicios públicos emplearan a una gran cantidad de trabajadores británicos y a que surgieran escuelas británicas en las que se organizaban actividades deportivas. Estas escuelas ayudaron a sentar las bases para el fútbol organizado debido a que sus maestros estaban imbuidos de las prácticas y la ética de los colegios privados británicos.

Alexander Watson Hudson es considerado por la mayoría como el padre del fútbol argentino. Él comenzó a enseñar fútbol en la escuela St. Andrews School, pero posteriormente fundó el colegio secundario Buenos Aires English High School. Estas escuelas iban a proporcionar los jugadores de uno de los más famosos primeros equipos de fútbol: Alumni. Sin embargo, hubo muchos otros que jugaron un papel clave en la instauración de una estructura formal para el fútbol argentino. Entre ellos se encontraba Isaac Newell, quien fundó en Rosario, la ciudad rival de Buenos Aires, la Escuela de Comercio angloargentina. Su hijo Claude promovió equipos muy competentes, que llevaron a que se fundara un club que se convertiría en uno de los más importantes del país: Newell’s Old Boys.

No fue sino hasta 1891, sin embargo, que Hudson consiguió reunir equipos suficientes como para formar la Argentine Association Football League, la primera asociación de este tipo que se estableció fuera de las Islas británicas. Él fue su presidente; Benjamin Guy, el vicepresidente, Francisco Webb fue su tesorero y Alfred Lamont, el secretario. Los seis miembros del comité también eran británicos.

En un principio, en los albores del siglo XX, los clubes y la mayoría de los jugadores eran británicos. Algunos de los clubes —sus nombres no han cambiado— se encuentran entre los mejores de la actualidad, mientras que otros han desaparecido. River Plate Football Club, Racing Football Club, Banfield Athletic, Lomas Athletic y Boca Juniors, Alumni y Newell’s Old Boys eran los más famosos, establecidos por el gran número de trabajadores británicos que llegaron a construir empresas privadas y de servicios públicos y a trabajar en ellas. Otros nombres nos recuerdan sus orígenes de trabajo, como el Ferrocarril Oeste, Ferrocarril Midland, Rosario Central y Talleres de Córdoba. El juego se extendió rápidamente y, para 1907, la Argentina contaba con más de 300 equipos. El primer equipo enteramente argentino, Argentino de Quilmes, fue formado en 1899. Me crié en un barrio de Buenos Aires llamado Temperley, y nuestro club local era el Lomas Athletic Club. Este club entretuvo y mantuvo alejados de las travesuras a los jóvenes de la comunidad británica, ya que contaba con una cancha de rugby y de cricket, un campo de hockey, una cómoda piscina y vestuarios, una cancha para bowl sobre hierba y ocho canchas de tenis, así como un gran y hermoso edificio de dos plantas. En mi época, el rugby y el cricket eran nuestros principales deportes. Nuestro equipo de rugby había caído al nivel de la tercera división, en gran parte debido a que muchos jugadores jóvenes se habían ofrecido para pelear en la Segunda Guerra Mundial. Uno era vagamente consciente de que había habido un tiempo, hacía mucho, en el que el nuestro había sido el club de rugby más importante del país.

De lo que nunca fuimos conscientes fue de la historia en relación con el fútbol que tenía el club y menos idea aún teníamos de su papel pionero en este deporte. Los siguientes equipos resultaron campeones en los primeros 21 años de la Liga argentina:

Gran Bretaña Y El Desarrollo De La Argentina

Esta distinguida historia deportiva del Lomas Athletic Club nunca nos fue mencionada, ni siquiera era conocida por ninguno de los jóvenes del club. Nunca ninguno de los mayores nos refirió nada al respecto de esta parte de nuestra historia. Yo solo me enteré de esto gracias al libro de Fernández-Gómez y, más recientemente, por la publicación de la historia del Lomas Athletic Club, en el año 2006.144

Lomas participó en 17 campeonatos y ganó cinco de ellos (podríamos incluso decir que seis, porque Lomas Academy era el segundo equipo del Lomas) y, en este sentido, aún ocupa el noveno lugar club más exitoso en la historia del fútbol argentino.

La facilidad con la que podía jugarse al fútbol llevó a que este se propagara rápidamente, y la influencia británica pronto disminuyó. En 1912, la Association fue rebautizada en español como Asociación Argentina de Fútbol; para entonces, ya había varios cientos de equipos participando en torneos de fútbol.

Ya en el año 1901 se disputó un partido amistoso contra Uruguay: este fue el primer partido de fútbol internacional jugado fuera de Gran Bretaña. Argentina ganó el partido 3 a 2.

No fue hasta 1931 que se formaron equipos profesionales y la Argentina empezó a convertirse en un importante competidor internacional. Desde entonces, selecciones de la Argentina han ganado la Copa del Mundo en dos ocasiones, en 1978 y 1986, han sido subcampeonas en 1930 y 1999 y han ganado los principales campeonatos interamericanos 14 veces. También han tenido la satisfacción de vencer a los fundadores del juego tres veces de las nueve ocasiones en que se han encontrado.

Rugby

Una vez más me sorprendió descubrir que en 1899 mi club había sido el primer campeón de rugby argentino. Fue uno de los cuatro miembros fundadores de la River Plate Rugby Union. Sin embargo, a diferencia de sus evidentemente más enérgicos colegas del fútbol, no lograron retener el título el año siguiente, ya que les fue arrebatado por el Buenos Aires Football Club, que utilizaba al Lomas como sede y, de manera muy poco galante, los derrotó durante los siguientes cuatro años. Rosario, que se había desarrollado como una próspera ciudad portuaria, se llevó el campeonato en 1905 y 1906. Sin embargo, el Lomas salió victorioso por última vez en 1913.

Se jugaba al rugby desde mucho antes de que se comenzara con el campeonato en 1899; el primer partido registrado data de 1873. El juego no solo parece haber intrigado a la población local, sino que también la habría alarmado, porque en la época del presidente Celman, en 1890, se llamó a la policía porque los políticos sospechaban que se estaba organizando una revuelta, por lo que las fuerzas llegaron con la intención de arrestar a gran cantidad de jugadores y espectadores. La historia parece algo exagerada, pero es probable que sea cierto que se llamó a la policía para investigar la «lucha» que estaba ocurriendo en los bosques de Palermo.145

A diferencia del fútbol, el rugby tardó más en hacerse popular, ya que requería instalaciones de juego adecuadas, que solo los jugadores de clase media podían llegar a pagar. Los primeros clubes locales tendieron a asociarse con universidades.

El juego se mantuvo en gran medida como reservado para los británicos durante muchos años, aunque se conformó un equipo nacional para jugar contra Uruguay y luego, a nivel local, en contra de un equipo llamado Extranjeros. Mi padre jugó, en 1913, como medio scrum para la Argentina contra el equipo Extranjeros. En ese entonces el requisito en cuanto al lugar de nacimiento no era muy riguroso, obviamente, ya que él había nacido en Uruguay (y posteriormente se convirtió en secretario de la Asociación de Rugby de Argentina).

Argentina solo se volvió un contendiente serio en el rugby internacional en la década de 1980, cuando llegó a haber un número suficiente de clubes y jugadores locales como para ofrecer equipos de calidad. Si se tiene en cuenta que el rugby aún es un juego amateur en la Argentina, en donde hay muchos menos clubes y jugadores que en países como Inglaterra, Francia, Gales, Irlanda y Escocia, los logros de la selección Argentina en este deporte han sido mucho más notables y dignos de elogio que los de sus ardientes compatriotas futboleros. En un momento u otro desde el año 2000, Argentina ha vencido a todos los países mencionados anteriormente y ha tenido que depender en gran medida de jugadores profesionales contratados por clubes europeos más prósperos. Debe haber sido particularmente satisfactorio para ellos vencer a Inglaterra en Twickenham, el hogar del rugby, en 2003, aunque su mayor logro como país sin una liga profesional fue obtener el tercer lugar en la Copa Mundial de Rugby en 2007.

Polo

De lejos, el deporte internacional argentino más exitoso ha sido el polo. Desde los primeros años de la década de 1940 los equipos de polo de Argentina han liderado las competencias mundiales, y sus jugadores y caballos han tenido mucha demanda en todos los países en los que se practica este deporte.

Aunque los juegos de a caballo se remontan muchos siglos atrás en las comunidades nómades de las yermas tierras de Asia, fueron los oficiales del ejército británico que servían en la Frontera del Noroeste quienes organizaron el polo como juego y volvieron con él a Gran Bretaña en la década de 1860.

Con sus planicies y su fuente inagotable de caballos, no puede haber mejor lugar en el mundo para el desarrollo del polo que la región pampeana argentina. De hecho, es interesante reflexionar sobre por qué los amos españoles de estas vastas propiedades no desarrollaron el juego ellos mismos y por qué se tuvo que esperar a que los recién llegados británicos lo hicieran. Al querer responder esta pregunta, uno se encuentra con todos los diferentes factores culturales, sociales y económicos que influyen en el ritmo del cambio. Es difícil imaginar a los terratenientes feudales españoles jugando al polo.

El primer partido de polo registrado por la prensa tuvo lugar en la estancia Negretti de David Shennan en el año 1875, un tiempo sorprendentemente corto después de que se hubiera disputado el primer juego en Inglaterra, seis años antes. Se trató de todo un evento social, en el cual hubo varios juegos y muchos invitados.146 Los invitados de Buenos Aires tenían que tomar el ferrocarril recién inaugurado hasta el pueblo de Ranchos, al noreste de la capital. Se jugaron seis partidos que fueron un completo éxito, para delicia de los espectadores, y ninguno de los participantes sufrió heridas serias. Los juegos contaron con un elemento innovador a nivel internacional, ya que se disputaron con cuatro jugadores por equipo, siendo que en Inglaterra este deporte aún se practicaba con seis jugadores por lado. Pronto se descubrió que la composición de cuatro jugadores por equipo era la mejor opción.147

Está claro que antes de esto, en la Argentina ya jugaban al polo muchos de los gerentes y dueños de las estancias. De hecho, Alice Bridger relata148 que su padre, Frederick, había comenzado a jugar al polo usando palos de hockey. Frederick fundó clubes de polo en Venado Tuerto, Quilmes y Lomas (estos últimos dos clubes hace mucho que ya no existen) como también el Jockey Club, ya que sus intereses y actividades como jinete lo llevaron a iniciar las carreras de caballos.

Hasta la Primera Guerra Mundial, los jugadores de polo en la Argentina eran de nacionalidades británicas. El primer anuario de este deporte, del año 1913, registra 248 jugadores, de los cuales 139 eran británicos, y en 1930 esta cifra llegó a 974, pero de estos solamente 288 poseían apellidos británicos. En 1922, sin resistencia de los clubes británicos, tales como el Hurlingham, se constituyó la Asociación Argentina de Polo con sus estatutos en español, para gran indignación de algunos elementos conservadores.

Cuando la Argentina participó en los Juegos Olímpicos de 1924 y ganó la Medalla de oro en polo —y esta fue la primera medalla que la Argentina ganó en las Olimpíadas— a su regreso el equipo fue recibido por una multitud alborozada. Dicho equipo estaba conformado por Arturo Kenny, Jack Nelson, Enrique Padilla y Juan Miles.

En los Juegos Olímpicos de 1936, la Argentina repitió su triunfo, venciendo fácilmente al equipo inglés en las finales. En esta ocasión, el equipo contaba con más jugadores cuyo origen no era británico: Andrés Gazzotti, Luis Duggan, Miguel Andrada y Roberto Cavanagh.sup>149

La historia del polo en la Argentina a partir de entonces ha sido de éxitos casi ininterrumpidos, y los jugadores y los caballos de polo argentinos dominan este deporte en todo el mundo. Se estima que en la actualidad el 85 % de todos los jugadores profesionales de polo son argentinos.

Remo

Tan solo a 19 millas (30 km) al norte del centro de Buenos Aires, a 30 minutos en tren, el delta del Río de la Plata se torna un húmedo laberinto de densas islas fértiles, que hoy son un refugio de fin de semana para los más pudientes, una fuente de frutas y verduras y un centro de remo y navegación. Este laberinto se conoce como «El Tigre» porque parece que en ocasiones podía encontrarse algún desafortunado yaguareté varado en esas islas de ricos suelos y abundante vegetación, formadas a partir de sedimento de los grandes ríos Paraná y Uruguay. Muchas opulentas mansiones de estilo victoriano y clubes adornan sus riberas. Con el paso de los años, el Tigre se ha vuelto el centro de remo y navegación más importante del continente.

El desarrollo siguió sorprendentemente rápido después de la aparición del remo como deporte nacional oficial en el río Támesis. Es asombroso, y no poco desconcertante, que los británicos en la Argentina fueran mucho más rápidos en el desarrollo de actividades deportivas en ese país que los que habitaban los dominios británicos y los EE. UU.

El remo en Gran Bretaña se había organizado como deporte a finales del siglo XVIII y en Eton se hacían cada vez más populares los concursos oficiales organizados por clubes (1793) y en la forma de la famosa Regata en la que compiten el Boat Club (Club náutico) de la Universidad de Cambridge y el de la Universidad de Oxford (a partir de 1829). El primer gran evento oficial, la Henley Royal Regatta (Real Regata de Henley), se realizó en 1851.

En la Argentina, los entusiastas remeros británicos habían estado utilizando no solo el Tigre, sino también, créase o no, el cercano Riachuelo, en el límite sur de la ciudad, ahora trágico receptor de efluentes sin tratar de las fábricas que cubren sus costas y un peligro para la salud de cualquier persona que lo utilice. Otro sitio que se utilizaba en los inicios es el Río Luján, que se halla un poco al norte de la capital. Fue aquí donde el 12 de febrero de 1871 se celebró la primera regata en la Argentina, bajo los auspicios del Río Luján Rowing Club. Sin embargo, el principal evento que inauguró formalmente el remo en el país tuvo lugar el 8 de diciembre de 1873 en el Tigre.

Se trató de un gran acontecimiento náutico y social, que fue presidido por el plenipotenciario británico en la Argentina, Lionel Sackville-West, (abuelo de Vita Sackville-West), y hasta se organizó que un tren llevara a más de 200 espectadores al evento. Los invitados especiales eran el presidente Domingo Faustino Sarmiento y el ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Tejedor, a quien habían podido convencer de que presenciara las actividades de ocio de esta comunidad de locos por el deporte. Después de un almuerzo con champán, el Presidente dio un amable discurso:

«Damas y caballeros: Estoy deleitado con la fiesta de hoy, acaso más de lo que podéis creerme. He venido complacido como socio honorario de este club para presenciar la inauguración de un nuevo género de diversión en este país. Vuestros intrépidos antepasados debieron mucho de su grandeza a la destreza y osadía en el mar y los robustos británicos del presente han conservado el físico fino de la raza mediante estas diversiones dignas de una nación viril, libre y enérgica.

»Para mí, que estoy envuelto en los graves cuidados del cargo, es reconfortante venir aquí y tomar parte de estos deportes varoniles (...) Ojalá lograse entrar en la juventud argentina la imitación de este ejemplo para injertar en nuestra naturaleza un amor por el elemento glorioso que ha hecho de vuestro país lo que es y que es el padre del comercio, la riqueza y prosperidad. (...) entretanto os agradezco por el placer que me habéis proporcionado; bebo al éxito del Club de Botes del Tigre».

El gran éxito de este evento dio lugar a que se fundara el Buenos Aires Rowing Club, cuyo presidente fue Lionel Sackville-West, en una reunión a la que asistieron más de 200 entusiastas remeros. Se compraron a Inglaterra botes de remos de última generación, que contaban con asientos deslizantes.

Resulta sorprendente saber que se les proporcionó un terreno y construyeron un cobertizo para botes en las playas del Riachuelo, en cuyas aguas se practicaba este deporte. Y digo sorprendente porque para el siglo XX este pequeño río se había convertido en poco más que una cloaca a cielo abierto. Ojalá se lleven adelante los esfuerzos públicos necesarios para restaurarlo y que vuelva a ser un área limpia para recreación.

En la década de 1870 se desarrolló una regata entre los clubes Tigre y Buenos Aires, y en 1875 se invitó al recién formado Montevideo Rowing Club a participar de una regata en el Tigre. Los organizadores habían conseguido que el Presidente electo de la República, Nicolás Avellaneda, asistiera al evento. Aparentemente, este se dejó llevar por el entusiasmo, porque exclamó:

«Ahora entiendo cómo 50.000 jóvenes británicos fueron suficientes para vencer a los Cipayos».

Se refería a la represión británica del motín de la India de 1857, aunque hace falta que la imaginación recorra un trayecto considerable para relacionar los esfuerzos de los remeros en la aguas del Tigre con los requisitos de combate de los soldados británicos en las secas llanuras de la India.

Surgieron nuevos clubes náuticos, no solo en Buenos Aires sino también en Rosario. Originalmente eran todos de origen británico, pero otras nacionalidades pronto establecieron sus propios clubes náuticos y, poco a poco, enérgicos argentinos se sumaron y tomaron el control.

Con los años, los remeros argentinos se hicieron cada vez más exitosos en muchas competiciones internacionales, y ganaron medallas y posiciones en los Juegos Olímpicos y en Henley. El más exitoso de todos los remeros argentinos fue Alberto Demiddi, del Rosario Rowing Club, que ganó el título mundial en single-scull en 1970, la Regata de Henley en 1971, medallas olímpicas de plata y bronce e innumerables trofeos en América del Sur y la Argentina. En la actualidad, los remeros argentinos continúan participando con éxito en los principales torneos de remo.

Otros Deportes

Casi todos los deportes que se practican en la Argentina fueron introducidos en el país por los británicos, y sería necesario dedicarle un volumen entero al tema para hacerle justicia a estos orígenes. El Lomas Athletic Club albergó el primer campo de golf del país, y el tenis y el atletismo se convirtieron rápidamente en actividades deportivas de gran popularidad. Las carreras de caballos y la cría de caballos también fueron actividades importantes que iniciaron y organizaron los colonos británicos. Luego también fundaron el Jockey Club, que se transformaría en el centro de actividades sociales de la nueva aristocracia terrateniente.

No contamos aquí con espacio suficiente para explayarnos en cuanto a los considerables logros de estos pioneros, sin mencionar la rapidez con la cual fueron desarrollados por la comunidad británica y, a su tiempo, por los argentinos.

El único deporte británico que no llegó a hacerse popular a nivel nacional fue el cricket, y esa es la razón por la cual no lo mencionamos aquí. El hecho de que este no prendiera en el país se ha explicado esgrimiendo que se lo consideraba de naturaleza elitista. Sin embargo, esta explicación no resulta convincente, ya que este deporte se ha vuelto muy popular en el subcontinente asiático y en el Caribe, si bien no en los países latinoamericanos ni en los EE. UU. Les tocará a otros explicar esta rareza.

Pero en otros deportes, la Argentina ha producido campeones mundiales de manera consistente. Particularmente impresionante resulta el desempeño del equipo de hockey femenino, que ha ganado el campeonato mundial en dos ocasiones, superando los menos fructíferos esfuerzos de sus colegas masculinos.

En deportes individuales, como por ejemplo tenis y golf, la Argentina también ha producido una lista admirable de celebridades internacionales. En el caso del golf, Roberto De Vicenzo, Vicente Fernández y Ángel Cabrera han obtenido campeonatos internacionales, mientras que en tenis, Guillermo Vilas, David Nalbandian, Gabriela Sabatini y, más recientemente, Juan del Potro han ganado el reconocimiento mundial, ya sea como campeones o subcampeones en los principales circuitos internacionales.

Clubes

Los británicos que emigraron a la Argentina no poseían tantos estrechos vínculos familiares como los inmigrantes provenientes de España e Italia. Esta falta de cohesión y apoyo social, combinado con un nivel general más alto de riqueza y educación, los convirtió en pioneros en el establecimiento de una amplia gama de negocios, asociaciones y clubes deportivos, intelectuales y sociales.

Ellos crearon algunos de los primeros clubes sociales y culturales, bibliotecas, organizaciones de caridad, asociaciones profesionales, exposiciones rurales y periódicos, y tuvieron un rol clave en el establecimiento de los servicios bancarios y las asociaciones empresariales. Fueron pocas las nuevas instituciones sociales que se crearon durante el siglo XIX en las que los inmigrantes británicos no jugaron un papel preponderante e iniciador.

Mientras que en las instituciones empresariales y sociales la función que cumplieron los británicos ha sido absorbida y olvidada ya hace mucho tiempo, en las instituciones deportivas su legado permanece, aunque solo sea por sus nombres. En el fútbol, una de las mayores contribuciones de Gran Bretaña en el mundo, los nombres de muchos de los equipos más famosos de la Argentina todavía traicionan sus orígenes. Boca Juniors, River Plate, Banfield, Newell’s Old Boys y Racing son un testimonio vivo de esta herencia.

En relación con otras actividades deportivas, se desarrollaron los que se conocen como «country clubs», de origen británico, sitios donde se practicaba una variedad de deportes y que constituían tanto centros sociales como deportivos. Otros clubes deportivos en los cuales se jugaban varios deportes mantuvieron su identidad cultural y social bien hasta mediados del siglo XX. Estas instituciones brindaron a los inmigrantes británicos un valioso sentido de cohesión social, identidad y entretenimiento y constituyeron modelos que pronto fueron emulados por otros. Mientras que los clubes de fútbol rápidamente fueron absorbidos por los entusiastas y dinámicos deportistas locales, otros clubes deportivos con más participantes de clase media, como los de rugby, tenis, hockey y cricket, siguieron teniendo asociados y directivos británicos hasta después de la segunda guerra mundial.

Estos clubes, como por ejemplo, Hurlingham, Belgrano, Buenos Aires, San Isidro, Lomas Athletic, además de muchos clubes más especializados y más pequeños, eran en gran parte británicos, y en ellos se habló en inglés británico hasta la década de 1950, cuando una afluencia de ricos y enérgicos argentinos les permitió ampliar y desarrollar estos deportes, que han convertido a la Argentina en un país deportivo de primera clase. Es curioso que solamente en el cricket la Argentina no haya desarrollado equipos y jugadores de clase mundial.

El Impacto Del Deporte

Los deportes, y sobre todo los deportes de equipo, han enriquecido la vida de millones, o tal de vez miles de millones, de personas en todo el mundo y han logrado redirigir la enorme energía de muchos jóvenes hacia la persecución de logros individuales o como parte de un equipo.

A pesar de su población relativamente reducida, la Argentina se ha convertido en una de las grandes naciones deportivas del globo, con equipos de fútbol de primer nivel, el más destacado equipo de polo del mundo, un equipo de rugby a la altura de los mejores y muchos exitosos regatistas y jugadores de tenis, golf y hockey.

Si este legado y este éxito en el campo deportivo se hubieran trasladado al sector económico y político de la Argentina, el curso de la historia reciente del país podría haber sido muy diferente. Uno llega a preguntarse por qué tanta energía y talento no se han aplicado a estos otros campos.

Referencias del capítulo VIII


141. Ferguson, N. Empire: How Britain Made the Modern World Londres: Penguin, 2004.
142. Raffo, V. El Origen Británico del Deporte Argentino. Buenos Aires: Edición del autor, 2004.
143. Raffo, V., op. cit.
144. Burzaco, R. Lomas Athletic Club 115 Años, Fundador de Pasiones. Buenos Aires: Editorial Eugenio B., 2006.
145. Cotton, F. (ed.) The Book of Rugby Disasters and Bizarre Records. Londres: Century Publishing, 1984.
146. Graham-Yooll, A. The Forgotten Colony. Buenos Aires: L.O.L.A., 1999.
147. Raffo, V., op. cit.
148. Bridger, A. Memorias no publicadas, 1926.
149. Laffaye, H. A. The Evolution of Polo. Jefferson, NC: McFarland & Co, c. 2009

CAPÍTULO IX
¿Y cómo es que todo salió mal?
El martes 29 de octubre de 1929, la bolsa de valores de Nueva York, en Wall Street, colapsó. La pérdida en esa semana fue de 30 mil millones de dólares, más de diez veces el presupuesto federal e incluso más que lo que los EE. UU. habían gastado durante la Primera Guerra Mundial. El mercado continuó cayendo hasta 1933 y no fue hasta 1955 que volvió al nivel de 1929.150

Esta crisis económica, que siguió al auge de «los felices años 20», fue la peor de siglo XX y, posiblemente, de todos los tiempos. Sus consecuencias fueron devastadoras. Sirvió para consolidar y fomentar dos de las peores dictaduras del mundo, la de la Alemania nazi y la de la Unión Soviética. Fue una de las causas básicas de la Segunda Guerra Mundial, en la cual perdieron la vida entre 60 y 78 millones de personas. Como consecuencia del colapso económico, los negocios quebraron, el desempleo se propagó como una enfermedad incontrolable y los precios de las materias primas se derrumbaron. La pobreza y el miedo se extendieron por todo el mundo.

La Argentina, al igual que otros proveedores de materias primas, se enfrentaba a una caída catastrófica de sus ingresos a medida que los precios de las exportaciones se hundían. Los productores empobrecieron y los comerciantes quebraron. Entre estos estaba mi padre, con su hasta entonces floreciente negocio de exportaciones.

La falla del sistema de libre mercado llevó a la intervención estatal, que buscaba mitigar el daño causado por este colapso económico. En un intento por suavizar los efectos de esta falla, se implementaron nuevas políticas intervencionistas públicas.

El Mundo Después De 1918

El mundo de la posguerra había sido testigo de algunos drásticos cambios sociales y económicos. Debido a las pérdidas humanas y económicas que había sufrido durante la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña ya no contaba más con los recursos para impulsar el desarrollo en otros países. Además, estaba comenzando a sufrir lo que los historiadores económicos llaman la «desventaja de haber empezado primero». Otros habían tomado como punto de partida las nuevas tecnologías, muchas de las cuales provenían de Gran Bretaña, y entonces contaban ahora con tecnologías mucho más innovadoras. Los EE. UU. y Alemania, con su inmensa cantidad de recursos humanos y naturales, se convirtieron en competidores importantes. En la Argentina, los inversores de los EE. UU. se habían volcado al desarrollo del negocio frigorífico de carnes de manera muy efectiva, y había empresas alemanas, italianas y francesas incursionando en los servicios públicos.

Mientras tanto, las inversiones más importantes de Gran Bretaña en la Argentina, mayormente los ferrocarriles, como en casi todo el mundo, estaban empezando a enfrentar la fuerte competencia de los vehículos de motor. Las ganancias que obtuvieron en los años 20 fueron escasas.151

En la Argentina, en 1916, unas elecciones más universales y honestas habían alterado el equilibrio político del poder, llevándolo hacia el partido Radical y alejándolo de la aristocracia terrateniente. El nuevo electorado, más urbano, era mucho más crítico de los servicios públicos que se encontraban en manos de empresas británicas. Los ferrocarriles y la compañía de tranvías de Buenos Aires se volvieron particularmente vulnerables.

En 1917, una huelga de los ferroviarios ocasionada por el despido de dos trabajadores paralizó todos los ferrocarriles:

«Los trabajadores cometieron todo tipo de ultrajes contra los ferrocarriles de propiedad británica. Tomaron las oficinas de telégrafo, volaron puentes, golpearon a quienes se negaron a participar de la huelga y destruyeron masivamente la propiedad británica. La policía y las tropas nacionales comisionadas para proteger a la compañía no hicieron nada para contener a los huelguistas. Quedó claro que el gobierno no arrestaría a nadie por los daños causados a las compañías ferroviarias británicas».

Esto escribió Winthrop Wright, un académico estadounidense, en su libro British-owned Railways in Argentina (Los ferrocarriles ingleses en la Argentina).152 A lo largo de todo su libro, el autor mantiene una sólida postura independiente y su conclusión es que fue ahí cuando los directores del ferrocarril perdieron su influencia en el Gobierno. Desde entonces, los gobiernos hicieron poco o nada por apoyar a los inversores en lo que era la inversión en infraestructura más importante con la que se contaba.

Los aumentos en los pasajes y en el precio del transporte de carga, el mal servicio, una gestión deficiente y la falta de material rodante llevaron a que las quejas de los clientes por este servicio fueran prácticamente absolutas. Sin duda, algunas de estas quejas eran totalmente válidas, y una lejana junta de directores en Londres puede no haber estado tan en contacto con los problemas locales como lo habría estado una basada en la Argentina.

Las tarifas y el rendimiento de los proveedores de transporte y servicios públicos fueron objeto de un escrutinio mucho mayor, y a las empresas ferroviarias les resultó mucho más difícil asegurarse un retorno financiero adecuado. Hubo constantes disputas entre ellas y el Gobierno en cuanto a si estaban obteniendo ganancias adecuadas o excesivas. En la década de 1920, con una competencia que iba en aumento, los ferrocarriles no lograron más que modestos rendimientos de un 3 a un 5 %.153 Con el fin de aumentar el transporte de carga, las compañías ferroviarias buscaron promover el desarrollo agrícola, en particular la producción de granos, a través de proyectos de colonización y extensión agraria, pero la crisis de 1929 abortó estos programas.154

Aunque hubo declives, la década de 1920 en la Argentina fue, en general, económicamente exitosa, si bien se vivía una confusión política constante, en la cual el Gobierno Radical lograba sobrevivir en tanto prosperara la economía. Durante la presidencia de Yrigoyen se adoptó, gradualmente, un enfoque más conciliador a los intereses británicos, por temor a que las empresas estadounidenses significaran una amenaza mayor para la autonomía del país que la que representaban las británicas. El presidente también era «consciente de que el funcionamiento corrupto e ineficiente de las líneas de propiedad del Estado las ponía en serias dificultades financieras».155 Sin embargo, existía preocupación pública ante la idea de que pasaran a manos de las empresas británicas, ya que los usuarios estaban bastante contentos con las tarifas bajas y los grandes subsidios, y estaban dispuestos a aceptar la mala gestión antes que tener que pagar tarifas económicas más altas. Los sindicatos no tenían problemas con que las instalaciones tuvieran personal excesivo. Las propuestas de privatizar los ferrocarriles estatales llevaron a protestas basadas en que eso era cederlos a intereses extranjeros, mas los cínicos afirman que esta oposición a la idea de que se los vendiera surgía de la posibilidad de que los pasajeros tuvieran que pagar las tarifas con un valor que resultara rentable para la empresa.

El derrumbe de la bolsa de Wall Street generó serios problemas políticos para la Argentina y, en 1930, un golpe militar organizado por los conservadores derrocó a un Gobierno Radical cada vez menos popular. Si bien representaba principalmente los intereses rurales a gran escala, el nuevo Gobierno no era de ninguna manera servil a los inversores británicos. Winthrop Wright escribe con gran perspicacia:

«Frustrados por la crisis económica internacional que parecía hacer de la Argentina un apéndice económico del imperio económico británico moribundo y desilusionados por el colapso de la democracia de la clase media, muchos recurrieron al pasado (...) los revisionistas históricos (...) sus estudios reflejan la creencia de que los extranjeros los habían engañado, robándoles el destino que les correspondía (...) culpaban a Gran Bretaña y a sus oligarcas conservadores de pervertir el sueño argentino».156

La clase trabajadora de Buenos Aires, que era cada vez mayor y se sentía resentida por estar relativamente descuidada y por verse obligada a soportar el impacto de una recesión que no había provocado, fue alentada a culpar a los británicos (y más tarde los EE. UU.) por sus desgracias, y estos resultaron ser chivos expiatorios altamente convenientes para los políticos argentinos.

Los Ómnibus Contra Los Demás

En Buenos Aires, en la década de 1930, la Compañía de Tranvías, empresa angloargentina regulada por el Gobierno, se volvía cada vez más obsoleta y era socavada por grandes cantidades de pequeños microbuses no regulados (los «colectivos»), que proporcionaban un servicio más rápido, más barato y muy eficiente, aunque peligroso. Estos coloridos ómnibus conducidos por un solo hombre, se movían locamente por toda la ciudad, con conductores que escuchaban tango y cobraban las tarifas mientras manejaban. Originalmente estaban pensados para transportar a alrededor de 16 pasajeros sentados, pero iban atestados con más del doble de ese número de personas de pie. Dentro de lo posible, no perdían tiempo parando a recoger a los pasajeros, sino que se esperaba que saltaran dentro cuando el ómnibus pasaba por delante. Aún recuerdo con sorpresa, alarma e indignación cuando mi padre me llevó al centro a la edad de diez años y tuve que saltar en un colectivo que desaparecía llevándose a mi padre, que había saltado al interior antes que yo. Estos servicios de micros simbolizaron extremadamente bien las fortalezas y debilidades de las emprendedoras empresas argentinas.

Esta forma de transporte, junto a las nuevas carreteras y los servicios de ómnibus que recorrían el país, representaban una enorme competencia para las compañías de tranvías y para los ferrocarriles, que afirmaban que los colectivos operaban fuera del marco regulatorio y que debía haber un sistema de transporte planificado. Si bien había un autointerés obvio en su preocupación, en principio era sensato tratar de integrar estas empresas de transporte. Desde alrededor de 1928 ni las empresas de tranvías ni las de ferrocarriles obtenían beneficios económicos, y su futuro era muy poco prometedor.

Por esta razón, el Gobierno trató de introducir una legislación para planificar las actividades de transporte. Hubo una gran protesta de los socialistas y los radicales, que atacaron duramente a los británicos y a la oligarquía terrateniente conservadora. El senador Palacios, un líder socialista, arengó a sus colegas durante seis horas en el Congreso, explayándose sobre las iniquidades del capitalismo británico y sobre cómo este estaba intentando convertir al país en una «gran estancia servil a sus intereses». A pesar de que la ley fue aprobada por el Gobierno, nunca fue realmente implementada y no sirvió en nada para ayudar a las empresas británicas. Todo lo que hizo fue crear un clima político que los políticos nacionalistas supieron explotar.

El Pacto Roca–Runciman

En la demonología extendida sobre colonialismo e imperialismo, este acuerdo fue la culminación. En 1932, Gran Bretaña era presionada por sus dominios, que se quejaban de que su comercio con ellos estaba siendo socavado por el comercio que mantenía con la Argentina e instaban a su restricción. Pero, Gran Bretaña, deseosa de mantener sus importaciones de carne vacuna argentina, se ofreció a garantizar un comercio continuo si la Argentina hacía concesiones en los aranceles de importación para las exportaciones británicas. Gran Bretaña también presionó para que se le diera preferencia a la remisión de utilidades por parte de inversionistas británicos y para que un cierto porcentaje de las exportaciones de carne a Gran Bretaña fuera procesado a través de frigoríficos británicos.

Cuando, en 1933, se firmó el acuerdo y se lo hizo público, fue denunciado de manera bastante histérica por los nacionalistas y la izquierda, ya que lo consideraban una traición de la oligarquía ganadera, a la cual se la acusó de estar sacrificando la industria local con el fin de asegurar su mercado cárnico en Gran Bretaña. Mientras que el profesor británico David Rock asevera que Gran Bretaña «obtuvo, de lejos, los mayores beneficios»,157 el estadounidense Winthrop Wright, cuestiona su afirmación.

Las plantas procesadoras de carnes casi seguramente se beneficiaron, debido a que más cantidad de ganado se canalizó por su intermedio, pero las otras concesiones no fueron tan perjudiciales. La reducción de los aranceles a las importaciones británicas no parece haber afectado demasiado la capacidad de fabricación local y los consumidores realmente se beneficiaron al ofrecérseles más posibilidades de elección. Los principales perdedores deben haber sido otros importadores extranjeros que tenían que pagar aranceles más elevados. Las preferencias en los aranceles aduaneros afectaron principalmente a los competidores extranjeros y a los consumidores locales y no parecieran haber tenido efectos adversos para los fabricantes locales.

Las otras partes del acuerdo —que le daban prioridad a los inversores británicos sobre otros extranjeros cuando se autorizaban las remesas— no habrían tenido un efecto muy perjudicial en la economía. Aquellos que critican el pacto parecen pasar por alto el hecho de que la Argentina había impuesto restricciones severas a las remesas de utilidades y que estas planteaban un problema real para muchos inversores y afectaban negativamente los incentivos para invertir.

Si bien es posible discutir sobre quién gana o pierde como resultado del acuerdo, este fue, sin duda, uno que los nacionalistas esgrimieron como ejemplo de la perfidia de los explotadores capitalistas británicos.

La actitud del Gobierno en la década de 1930 queda bien reflejada en la siguiente declaración:

« …en caso de que su política de ofrecer las tarifas de flete más baja posibles entrara en conflicto con los intereses de los ferrocarriles de propiedad británica, los intereses de los ferrocarriles se sacrificarán ante los de la Argentina».158

Pocas declaraciones podrían reflejar de manera más eficaz la actitud que socavó el futuro económico del país que esta inquietud de tan poca amplitud de miras, que ignoraba la mutualidad de los intereses extranjeros y locales.

Durante la segunda mitad de la década de 1930, se discutió mucho sobre la posibilidad de nacionalizar los ferrocarriles, y tanto el Gobierno como los ya hartos propietarios del ferrocarril convinieron en principio en que se trataba de un fin deseable, pero no conseguían acordar los medios para lograrlo. Se estipuló que una manera sensata de llevar a cabo la nacionalización era mediante una adquisición gradual, pero no fue posible alcanzar un acuerdo sobre los valores y la gestión. En 1936, el embajador británico en Buenos Aires, escribió:

«Es cierto que los ferrocarriles británicos contribuyeron en gran medida a la unidad y la prosperidad de la Argentina. Pero ambos beneficios ya se han alcanzado ahora. Es inútil esperar gratitud, algo que es apreciablemente menos frecuente con las naciones que con las personas».159

Nuevas elecciones, más fraudulentas, trajeron un nuevo gobierno al poder en 1937, sin que se alcanzara ningún acuerdo en relación con los ferrocarriles. La Segunda Guerra Mundial dejó ese asunto sin resolver.

Argentina Y La Segunda Guerra Mundial

La guerra en Europa generó tanto problemas como oportunidades para la Argentina. Muchos bienes de consumo importados y materias primas esenciales no estaban disponibles o eran escasos. Las importaciones de carbón procedentes de Gran Bretaña, que eran vitales para los ferrocarriles, se redujeron drásticamente y las empresas ferroviarias y muchas industrias se vieron obligadas a utilizar maíz como combustible. Esto condujo a la sustitución de importaciones en textiles, en otras industrias ligeras y en bienes de consumo. El valor de las exportaciones del país se incrementó drásticamente, aunque Gran Bretaña, que se hallaba en grandes apuros económicos, difirió el pago de muchas de sus importaciones hasta el final de la guerra. A fin de cuentas, sin embargo, la guerra benefició a la Argentina de manera considerable y, una vez que esta terminó, los precios de las exportaciones aumentaron aún más. En los tres años siguientes, la Argentina tuvo unos excedentes comerciales inmensos y construyó enormes reservas de divisas.

Habían tenido lugar cambios políticamente importantes debido una toma militar del Gobierno en 1943, que llevó al poder a un grupo que se apoyaba fuertemente en las políticas fascistas. El ejército, altamente influenciado por los alemanes, estaba muy impresionado por las ventajas de un estado corporativo disciplinado y gestionado, obviamente, por sí mismo, y en el cual los empresarios jugaban un papel secundario y los trabajadores estaban bajo su firme control.

La neutralidad del nuevo gobierno militar, que favorecía a las potencias del Eje en lugar de a los Aliados, probablemente no reflejaba la opinión popular. Esta política molestó a los EE. UU., ya que la Argentina se negó a unirse a otros países latinoamericanos en las alianzas interamericanas que este país impulsaba contra las potencias del Eje. Los EE. UU. obtuvieron información acerca de los vínculos entre los militares argentinos y los alemanes y ejercieron presión sobre el Gobierno argentino para que renunciaran a ellos.160 Pero los militares se negaron. Entonces, los EE. UU. hicieron públicos estos vínculos, aunque esto no tuvo más efecto que molestar aún más al Gobierno.

Las relaciones empeoraron cuando los EE. UU. aplicaron un embargo al suministro de armas a los militares argentinos. Esto a su vez molestó a los militares y aparecieron cantidades de letreros por todo Buenos Aires que decían «Yankee Go Home» («Yanquis vuélvanse a su casa»). Estos carteles desconcertaron a muchos, ya que había muy pocos yanquis en el país. El ingenioso que escribió bajo uno de ellos «y llévenme con ustedes» probablemente reflejaba la opinión popular con más precisión que lo que lo hacía la campaña antiestadounidense del Gobierno.

El efecto económico desafortunado de esta restricción en el armamento fue la decisión de establecer un complejo de fabricaciones militares. Durante muchos años, este complejo fue responsable de la gestión de industrias costosas e ineficientes, creadas en un principio para abastecer al ejército, pero más tarde llegó a gestionar empresas industriales incluso más ineficientes.

Cuando quedó claro que Alemania estaba perdiendo la guerra, el Gobierno (en parte presionado por el gobierno de los EE. UU.) cínicamente se volvió sobre sus antiguos aliados, les declaró la guerra y expropió todos los activos importantes que estos tenían en la Argentina. Lo que no se reveló hasta muchos años después fue su vergonzosa complicidad en la concesión y venta de permisos de inmigración a los criminales de guerra nazis.

Los Años De Perón

En el año 1946 Juan Domingo Perón resultó ganador en unas elecciones abiertas y razonablemente libres, principalmente gracias al apoyo de la clase trabajadora. La instrucción del gobierno de que cada empleado debía recibir un bono equivalente a un mes de salario antes de las elecciones fue recibida con alegría por los empleados, pero con consternación por parte de los empleadores privados. Sin embargo, cumplió su propósito y ganó las elecciones para su generoso proponente.

Las deudas externas con la Argentina en el mundo de la posguerra ascendían a la enorme suma de 1,7 miles de millones de dólares, y alrededor de un tercio de esta suma lo debía Gran Bretaña. Representaban un tercio de todas las reservas de divisas de América Latina. En 1947, Perón se jactó ante una delegación de los EE. UU.:

« ...tenemos el Banco Central lleno de oro y ya no sabemos dónde ponerlo. Los pasillos están llenos de pilas de oro. Tenemos 2.000 millones de pesos congelados para no aumentar la inflación».161

Esta situación económica enormemente favorable, que solo poseían otros pocos países, llevó al Gobierno militar a un enorme derroche de dinero. Hubo tres objetivos principales en los cuales el Gobierno se enfocó: en primer lugar, redistribuir el ingreso en favor de la hasta ahora descuidada clase trabajadora, favoreciendo en particular a quienes estaban sindicalizados y apoyarían al Gobierno; en segundo lugar, hacer al país más autosuficiente mediante el desarrollo industrial; y en tercer lugar, nacionalizar los servicios públicos extranjeros.

Los medios para lograr estos objetivos serían mayormente la planificación y la intervención estatal, aunque muchos de estos beneficios sociales fueron distribuidos por la dinámica esposa de Perón, Evita, quien estableció una fundación para repartirlos.

Reformas Para El Bienestar Social

Las reformas del bienestar social fueron impresionantes. Incluían la jubilación a la edad de 55 años, una jornada laboral reglamentaria, vacaciones pagas, indemnizaciones por accidentes, protección contra los despidos, una ley de descanso dominical, control de trabajo femenino e infantil, servicios de conciliación obligatoria, estatus legal a los sindicatos, aguinaldos, centros de vacaciones, el «derecho al trabajo», el derecho a un «salario justo» y acceso a la educación y a instalaciones culturales.162

Mientras que muchos de los beneficios sociales decretados por el Gobierno existían desde hacía mucho tiempo y eran la norma en los países desarrollados, otros eran demasiado generosos y suponían que las empresas públicas y privadas podrían pagarlos. La nueva legislación laboral impuso nuevas cargas a las empresas que se esperaba que impulsaran la economía. Y las relativas a las pensiones y bonificaciones eran especialmente onerosas. La jubilación a los 55 años, por ejemplo, era una de las más generosas del mundo y nunca fue sostenible, aunque en sus primeros años, con los requisitos contributivos, se disponía de aportes masivos del personal para pagar a los jubilados.

Industrialización Y Sustitución De Importaciones

La política de industrialización fue más allá de lo que sería una política generalmente aceptable de protección de industrias nacientes, es decir, de aquellas empresas que se espera que lleguen a ser económicamente viables después de un período de protección para finalmente lograr competir con las importaciones extranjeras.

Para tratar de establecer una base industrial exitosa, una economía necesita ofrecer una o más de las siguientes tres condiciones: en primer lugar, debe contar con materias primas que puedan ser procesadas en el país; en segundo lugar, debe tener una fuente de mano de obra barata; o, en tercer lugar, debe tener una ventaja comparativa dentro de un gran mercado interior. Esta última situación permite el desarrollo de industrias que ahorran en costos de transporte gracias a que la fabricación local presenta una ventaja comparativa al estar cerca del mercado. Ejemplos de ello son la elaboración de cerveza y el armado de muebles, que demuestran que es más económico transportar la materia prima a un lugar de mercado y procesarla o ensamblarla allí en lugar de fabricar el producto final en el sitio donde se producen las materias primas e incurrir en costos de transporte pesado al mercado.

La Argentina cumplía con la primera condición, la de la transformación local de sus propias materias primas —ganado y productos agrícolas (es decir, envasado de carne y transformación de productos agrícolas: algodón, tanino, vino y azúcar)— pero no cumplía con la segunda, ya que los costos laborales en el país eran altos para los estándares mundiales. Había, sin embargo, perspectivas razonables de cumplir con la tercera condición: el desarrollo de industrias para abastecer el consumo local basado en el mercado interno. Sin embargo, con una población de solamente unos 20 millones de habitantes, y que en actualidad asciende al doble de esa cifra, el mercado interno no era lo suficientemente grande como para poder apoyar empresas de fabricación moderna como las de los EE. UU., Gran Bretaña y Alemania, ya que estos son todos países que cuentan con grandes mercados internos donde los consumidores poseen mejores niveles de vida.

Mientras que la Segunda Guerra Mundial generó un impresionante crecimiento de la industria local, el país carecía de las materias primas (como, por ejemplo, combustible, mineral de hierro y cobre) necesarias para establecer una base manufacturera eficaz. No obstante, fue esto lo que se intentó. Con controles de importación y aranceles sumamente altos, que a veces llegaban a un 300 %, se evitaron las importaciones y se alentó la producción o el ensamble local. En un momento, llegó a haber 14 fábricas de montaje de automóviles en el país y 12 fábricas de tractores que construían modelos obsoletos. En consecuencia, los consumidores tenían que pagar a veces el doble o el triple del precio que el producto importado les habría costado y conseguían un artículo inferior.

Empero, se hizo todo lo posible para establecer nuevas industrias por medio de estos aranceles extremadamente elevados, sumados a controles de importación y subsidios. Se comenzó una industria siderúrgica para satisfacer las necesidades militares del país, mas la Argentina no poseía las materias primas necesarias para sostenerla.

En la Argentina se había descubierto petróleo en la Patagonia y era tan firme la decisión de que los extranjeros no debían explotarlo que, en 1922, se creó una empresa estatal: Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF). En sus inicios se la gestionó bien, pero no estaba lo suficientemente capitalizada; no poseía toda la experiencia que sí tenían las compañías petroleras internacionales y no podía abastecer todas las necesidades del país. El Gobierno tuvo que hacer acuerdos con empresas británicas o estadounidenses para asegurarse la mayor parte de sus necesidades de petróleo. La expansión de YPF fue coartada porque el Gobierno se quedaba con gran parte de las ganancias, porque la propia YPF desarrollaba servicios no esenciales (en los últimos años una campaña de eficiencia redujo sus empleados de 50.000 a 5.000), y porque el Gobierno interfería en la gestión. El Gobierno de Perón buscaba de manera desesperada aumentar la producción de petróleo, pero, cuando estuvo a punto de firmar un acuerdo con la empresa estadounidense Standard Oil para que los ayudara a explotar los recursos nacionales, los políticos se enteraron de esta situación y otra ronda de histeria política en repudio a la explotación extranjera puso fin a los intentos del Gobierno de que Argentina llegara a ser autosuficiente en la producción petrolera.

Surgieron proyectos más ambiciosos y menos realistas desde el punto de vista económico a partir de la atracción de científicos nazis a la Argentina, el más famoso de los cuales fue Kurt Tank, el diseñador del caza Focke Wulf FW-190, quien realmente logró producir un avión de combate argentino en 1950, un producto muy adelantado para las necesidades o la capacidad del país.163

Una actividad económica más inútil y estrafalaria surgió debido a que otro nazi, un tal Dr. Ronald Richter, físico nuclear, convenció al ingenuo dictador argentino, Perón, de que él podía lograr la fusión nuclear, por lo que se lo autorizó a establecer una planta en la Patagonia. La historia está bien relatada en el libro de Carlos Brebbia164 y refleja de nuevo los peligros de una dictadura en la cual el debate abierto es imposible. En 1952, la Argentina acaparó los titulares de los medios de comunicación internacionales porque supuestamente había descubierto el secreto de la fusión nuclear, solo para que más tarde se revelara que el «gran científico», a quien habían colmado de distinciones y fondos públicos, había falsificado las pruebas.

Mientras que una política sensata de industrialización basada en la ventaja comparativa podría haber funcionado, el resultado fue no solo que se creó un sector altamente costoso e ineficiente, sino que este sector en realidad servía para empeorar la balanza comercial del país, ya que la materia prima y los componentes industriales debían importarse. Esto hacía que el ensamblado local fuera más costoso, ya que no se poseían las economías de escala que habían logrado las fábricas en los países más industrializados. La única manera en que podía pagarse este aumento de las importaciones era mediante un aumento de las exportaciones agrícolas, sin embargo, debido a que estas estaban fuertemente gravadas, el sector agrícola no se veía alentado a producir más. La situación de la balanza de pagos empeoró cuando cayeron los precios mundiales de las materias primas.

Es difícil imaginar una estrategia económica más incompetente que una política de sustitución económica que en realidad aumente las importaciones y luego penalice al sector agrícola, que es el que tiene que pagar por ellas.

Mientras tanto, la población urbana creciente empleada en estas industrias y en las empresas estatales disfrutaba temporalmente de un mejor nivel de vida y consumía cantidades cada vez mayores de carne vacuna, lo que repercutía en las exportaciones de carne, que eran más bajas. Con el fin de tratar de resolver este dilema, el Gobierno decretó días sin carne en los restaurantes. Los visitantes extranjeros se habrían desconcertado al asistir a uno de los miles de restaurantes en la capital y encontrarse con que aún había cordero, cerdo y pollo en el menú. Es que en Argentina «carne» significa carne de vaca. De más está decir que esta prohibición tuvo poco efecto.

Un periodista tituló una nota «El país que se está comiendo a sí mismo» refiriéndose a la Argentina. Esta era una descripción dramática, aunque no enteramente injusta, de la política económica del régimen de Perón.

Reservas De Divisas

Y a estos problemas económicos se sumó el hecho de que las reservas de divisas se gastaron en la nacionalización de las empresas de servicios extranjeros, la mayoría de las cuales habían sufrido graves negligencias a causa de la guerra y la recesión, y también por la determinación del Gobierno de no alterar a los usuarios con aumentos de precios.

El Gobierno no solo compró los ferrocarriles en 1948, lo que le costó 600 millones de pesos (un resultado feliz para los inversores británicos), sino que también adquirió tres empresas ferroviarias francesas, la Compañía Telefónica del Río de la Plata, la American Foreign Power Company, los subterráneos, las compañías de gas y las instalaciones portuarias de Rosario y Buenos Aires. Todas estas adquisiciones costaron la mitad de las reservas de divisas del país.165

Pero, ¿eran estas compras realmente necesarias? En cuanto a la más polémica, la de los ferrocarriles, se había llegado a un acuerdo entre los accionistas británicos y el ministro de economía argentino para realizar una transferencia gradual de la propiedad, en la cual se utilizaría la deuda de los británicos para renovar el sistema que se hallaba tan descuidado. Se trataba de una solución sensata, pero fue tan grande la protesta del Congreso cuando los radicales y los socialistas se enteraron de esta política de «vender a los británicos», que incluso Perón se negó a aceptar cualquier cosa que no fuera una compra directa.

Era una decisión totalmente política y un gran disparate desde el punto de vista económico, pero, dadas las circunstancias, resultaba inevitable. La compra de todos los otros servicios públicos, si bien fue políticamente popular, tuvo como consecuencia que el Gobierno se viera obligado a encontrar el capital para renovar muchas inversiones en infraestructura que había sido gravemente desatendida. Pero se había opuesto tanto a los inversores extranjeros que ninguno de ellos estuvo dispuesto a prestar fondos con este propósito. Por lo tanto, el Gobierno tenía que recaudar fondos a nivel nacional. Se realizaron grandes esfuerzos para conseguirlos y se produjeron algunas mejoras, pero las necesidades eran enormes. Si bien hubo, sin duda, satisfacción política por haber usado alrededor de la mitad de las reservas de divisas del país, no se obtuvieron beneficios económicos por esta compra, lo que significó que el Gobierno tuvo que buscar capital de inversión para mantener los activos. También tenía la enorme responsabilidad de administrarlos. El razonamiento económico fue superado por la conveniencia política nacionalista.

Gestión

La nacionalización de todos estos activos extranjeros fue recibida con inmenso júbilo por los sindicatos y la clase política. En el caso de los ferrocarriles, el júbilo fue tal que tuvo lugar una orgía de destrucción. «Perón permitió que una turba destruyera los registros de las compañías de propiedad británica. En un frenesí nacionalista, los argentinos destruyeron años de información invalorable relacionada con los detalles de la administración del ferrocarril».166

Como usuario de los ferrocarriles durante varios años antes de irme de la Argentina, recuerdo que antes de la nacionalización siempre parecieron estar gestionados de manera competente. Los gerentes parecían tratar al personal razonablemente bien, y esa destrucción extraordinaria y gratuita después de la nacionalización es incomprensible.

Las empresas administradas por el estado en la Argentina habían sido poco mejores que ineficientes agencias de empleo. Por lo tanto, no fue sorprendente encontrarse con que, prácticamente de inmediato, todas las juntas de los servicios nacionalizados estuvieron colmadas con grandes números de directores, y el personal que empleaban se vio aumentado debido a la contratación de amigos y personas a quienes les debían favores.

Durante más de 30 años, la compañía telefónica, con sus excesivos 47.000 empleados y 28 jefes ejecutivos, fue sinónimo de corrupción e incompetencia. Hay gente que llegó a tener que esperar 15 años para conseguir un teléfono y que se vio obligada a pagar inmensos sobornos, de hasta 1.500 dólares, para que le instalaran uno.

Las industrias estatales sufrieron una caída catastrófica en materia de eficiencia, ya que sus nuevas gerencias no cumplían con sus responsabilidades públicas. A los ferrocarriles les fue particularmente mal; no solo tuvieron que soportar más directores y un inmenso aumento de personal sindicalizado, sino que también se vieron afectados por el surgimiento de un transporte de carga y pasajeros mucho más eficiente. Los servicios de transporte por ruta, operados por empresas más pequeñas, sin afiliación política y con frecuencia gestionadas por familias se adaptaban más a la cultura emprendedora del país que las grandes empresas administradas por el estado.

Planificación Central

La gestión de la planificación estatal también ocasionó muchos problemas. A partir del derrumbe económico de la década de 1930, y de la guerra, la planificación central se popularizó ampliamente en todo el mundo occidental. Los gobiernos tenían mayor responsabilidad reguladora y los planes quinquenales se generalizaron.

Una de mis responsabilidades dentro de la Comisión Económica para América Latina de la ONU era asesorar a los países en su planificación económica. No obstante, pronto resultó obvio que la planificación central era un proceso demasiado complejo y lento para servir a la toma de decisiones y que simplemente había posibilitado que intereses políticos creados usaran el control del estado para beneficiarse a sí mismos.

La planificación central se difundió por todo el mundo y, curiosamente, encontró un importante apoyo en ese bastión de la libre empresa que constituyen los EE. UU. En 1960, en el marco de su programa de ayuda internacional, denominado Alianza para el Progreso, realizaron un plan económico obligatorio para cualquier país que aspirara recibir asistencia de los EE. UU.

En el caso de la Argentina, la planificación central —mejor definida como toma de decisiones central— se practicaba desde hacía mucho, desde la Segunda Guerra Mundial, y el régimen militar de 1943 se aprovechó de ella. Esta planificación les daba el control de todas las actividades principales. Lo más importante era el control estatal de las importaciones y exportaciones.

El Gobierno estableció una junta que fijaba el precio que le pagaba a los productores agrícolas por sus exportaciones y que controlaba las importaciones. Este monopolio estatal produjo enormes ganancias. Los malos precios que pagaban por los productos agrícolas disuadían la inversión en la agricultura y no alentaban a que se buscara aumentar la producción.

El poderoso instituto responsable de la planificación de los precios de las importaciones y las exportaciones era dirigido por un ministro de economía clave, Miguel Miranda. Al ministro le debe de haber ido bastante bien en sus finanzas personales porque, cuando uno de mis primos fue a verlo para solicitar una autorización para importar desde Gran Bretaña equipamiento para la extracción de carbón, se le concedía gustosamente un permiso de exportación siempre y cuando le pagara un 10 % al ministro. Es difícil creer que esta espléndida iniciativa para obtener ganancias personales desde la función estatal no sirviera de ejemplo para otros.

Uno de los grandes problemas en muchos países es la falta de políticos honestos, así como de un cuadro de servidores públicos capacitados, leales a la nación o la sociedad en su conjunto, en lugar de a sus familias o comunidad. Este era y es, sin duda, un problema en la Argentina, donde el empleo estatal es, para demasiada gente, un camino hacia el enriquecimiento personal. Empleados públicos mal pagados sumados a un escaso sentido de lo que significa el servicio público agravan el problema. Como resultado de ello, no importa lo bien intencionado que un gobierno de América Latina pueda ser, en general es probable que tenga una burocracia corrupta e ineficiente detrás de él.

Algunos ejemplos personales de problemas que podrían definirse como sociales o culturales surgieron mientras yo trabajaba para las Naciones Unidas, en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en Chile. No había ningún tipo de capacitación en administración pública dentro de la organización y no puedo recordar que ninguna reunión comenzara nunca en el horario estipulado, ni que se elaborara un orden del día o que se distribuyeran las actas de las reuniones.

La CEPAL tenía la reputación de ser la única Comisión Económica de las Naciones Unidas con una filosofía social y económica que se basaba en la necesidad de una mayor autosuficiencia regional y reformas estructurales en los países de su competencia. Pero la actitud predominante, la que definía el trabajo de uno, era si uno estaba a favor o en contra los EE. UU. No había ningún sentido de la objetividad en este organismo de la ONU. De hecho, dos de mis colegas pasaron la mayor parte de su tiempo elaborando políticas y planes para los dos partidos políticos rivales en Chile.

Como asesor de planificación agrícola en la CEPAL, me sorprendió cuando un colega latinoamericano, un economista argentino, fue a revisar conmigo la sección del informe anual de la CEPAL sobre el estado de la economía del continente. Le señalé que era errónea la declaración del informe que atribuía el hecho de que la producción de trigo en la Argentina hubiera disminuido en los últimos años a que los EE. UU. practicaban dumping con el trigo en el mercado internacional. Y agregué que en realidad esta disminución se debía a la política de precios bajos para el trigo implementada por el Gobierno argentino. Para mi gran sorpresa, inmediatamente estuvo de acuerdo en modificar el comunicado. Meses más tarde, cuando el informe ya estaba impreso, lo hojeé y quedé desconcertado al descubrir que no se habían realizado ninguno de los cambios acordados. Algo interesante que observé fue que, varios años más tarde, este economista fue nombrado ministro de Comercio de la Argentina.

Incluso dentro de las Naciones Unidas había poco sentido del servicio público internacional. Esto quedó bastante en evidencia una vez cuando conversaba con un colega de la ONU. Le mencioné que yo había estado intentando persuadir al gobierno británico para establecer una estación de investigación agrícola en la cuenca del Amazonas. «Pero, Gordon», me dijo «¿y qué ganancia saca usted de eso?».

Otro vacío conceptual se hizo evidente cuando le pregunté al director de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en América Latina, a la que yo había sido transferido, si podía tomarme un año de licencia para trabajar en un ministerio británico de reciente creación, el de Desarrollo de Ultramar. Estuvo de acuerdo y luego se presentó en Londres solicitando el apoyo del Gobierno británico para que lo nombraran director de la FAO en Roma y les mencionó el favor que les estaba haciendo al permitirme la licencia. Aparte de la vergüenza que sentí cuando me hablaron de su ingenua esperanza, su creencia de que tal acción lograría influir en la decisión del Gobierno británico en alguna manera era una indicación de la brecha existente entre las culturas de las dos sociedades. (El Gobierno británico no apoyó su candidatura, pero yo obtuve mi licencia).

Antes de mi traslado, fui enviado a Bolivia para brindar asesoramiento en la implementación de un Plan quinquenal que se había desarrollado cinco años atrás pero que no se había implementado. Elaboré un plan de acción concreto y el asesor de los EE. UU y el director de planificación me dieron la orden de comenzar su implementación antes de partir. Me pareció una excelente idea, así que convoqué a una reunión de seis o siete representantes de los ministerios que era probable que participaran, a saber, Hacienda, Planificación y Agricultura. En el encuentro, traté con personas muy entusiasmadas, que nunca se había reunido antes. Pensaron que se trataba de un procedimiento excelente, incluso innovador, y se comprometieron a actuar conforme a mis recomendaciones. Partí feliz, solo para enterarme posteriormente que el ministro de Hacienda se había ofendido mucho con su representante porque este se había reunido con otras personas y, en consecuencia, lo había retirado de su cargo. La falta de cooperación y compromiso está demasiado generalizada dentro de la función pública en el continente.

En vista de lo que mi jefe pensaba que era una misión exitosa, me enviaron luego a Paraguay y la Argentina. En Paraguay armé un calendario para las acciones a tomar, señalé qué proyectos se debían escoger y expliqué cómo organizar una reunión: llevar actas y, lo más importante, llegar a tiempo. Mi público estaba encantado.

El problema en la mayoría de los países de América Latina es que son pocos los funcionarios públicos que tienen algún tipo de formación en administración. No aparecen a tiempo, en escasas ocasiones hay un orden del día, rara vez se labran las actas correspondientes, las decisiones no se registran y los archivos desaparecen o directamente son inexistentes.

Cuando visité la Argentina, los funcionarios me dijeron francamente que estaba malgastando su tiempo. Esto fue un cambio refrescante luego de la gran amabilidad con la que me recibían en otros países, pero que, por lo general, escondía el hecho de que lo que yo hacía no iba a tener ningún resultado.

Llamé al director de Planificación Agrícola, quien me dijo que él ya había elaborado un plan y no necesitaba mi ayuda. Para convencerme, me entregó una copia de su Plan quinquenal, que constaba de 150 páginas. Nunca había visto un documento de planificación tan impresionante y lo felicité, preguntándole cuánto les había tomado elaborarlo y cuántos departamentos, comités e individuos habían participado. Con orgullo me dijo que nadie más había participado. Él había hecho todo el trabajo solo.

La cultura de delegar o de buscar consenso y confiar, rara vez se encuentra dentro de las funciones públicas en el continente, en parte debido a la falta de formación, pero sobre todo porque las diferencias políticas y sociales son mucho mayores que en otras partes del mundo. Hay menos gente en la que uno puede confiar y por lo tanto los empleados de la administración pública tienden a ser nombrados por pertenecer a un círculo íntimo de familiares, amigos y partidarios políticos. Cuando a esto se le suma los salarios bajos que reciben los empleados, el problema se agrava. Alguien a quien yo conocía en la Argentina estaba en problemas con las autoridades debido a las emisiones de su fábrica, pero logró solucionar la cuestión gracias a la práctica común de «comprar su expediente», es decir, garantizar que este desapareciera. El dicho brasileño «El país crece por la noche, cuando el Gobierno duerme», contiene una profunda verdad.

El régimen de Perón concedió enorme poder a una función pública que no podía afrontar nuevas responsabilidades. Con todos los departamentos colmados de amigos y familiares, uno terminaba teniendo una sociedad y una economía dirigidas por una burocracia incompetente y, en gran medida, corrupta.

Beneficencias

Existían entonces, y todavía existen, todas las razones para redistribuir el ingreso en la Argentina desde el sector enormemente rico de la sociedad, pero, por desgracia, la capacidad administrativa para hacer esto no es lo suficiente buena como para garantizar que esta redistribución de la riqueza alcance a quienes debe alcanzar. Un grupo nacional de administradores bien capacitados, bien pagos y leales al público es algo que, simplemente, no existe. Los impuestos justamente cobrados a los ricos, si alguna vez se pagan o recaudan, solo son engullidos por una gigantesca maquinaria hiperburocrática.

Una forma en que podría sortearse esta maquinaria es a través de organizaciones benéficas. La más grande de la Argentina fue la Fundación Evita Perón. La esposa del presidente tenía a su disposición grandes sumas de fondos no contabilizados que recibía del gobierno, de empresarios frustrados y de dirigentes sindicales que acudían buscando ayuda. Los empresarios que tenían dificultades con los sindicatos o que tenían problemas con los permisos de importación acudían a ella con sus problemas y ella los resolvía. El director general de Philips International no lograba obtener los permisos de importación básicos, así que pasó a verla y ella consiguió resolverle el problema. Naturalmente, él estuvo tan satisfecho que hizo una contribución a su fundación y, además, al salir de su oficina, un grupo de señoras le mostraron unos artículos de joyería y le preguntaron si no le gustaría manifestar su agradecimiento comprándole alguna joya a su benefactora. Obviamente, estuvo encantado de hacerlo.167

Evita ejercía un gran poder sobre los sindicatos y la burocracia, y los pagos a su fundación aseguraban que la acciones llegaran a buen puerto. A cambio de un pago generoso a su fundación, ella resolvía los problemas burocráticos o sindicales. La finalidad de la fundación era, por supuesto, ayudar a los pobres, y los suplicantes que hacían cola para entrevistarse con ella solicitándole vivienda, bicicletas, ayuda médica, ropa y educación rara vez se iban con las manos vacías. No hay duda de que su deseo de ayudarlos era genuino y, en consecuencia, para los receptores de su benevolencia adquirió un estatus casi de santa. Sin embargo, no hubo ningún tipo de registro contable de los 700 millones de pesos que habría recibido; ella afirmaba que los contadores eran un invento capitalista. Además, tenía un armario que habría vestido a un centenar de mujeres con el más extraordinario lujo. Una exposición de sus extensas posesiones se exhibió al público luego de que el régimen fue derrocado.

Es evidente que una buena cantidad de la riqueza y las reservas llegó a los pobres, que es más que lo puede decirse de los regímenes anteriores. Muchos años más tarde, le pregunté a un taxista en Buenos Aires qué pensaba de Perón. Me respondió con tristeza: «Fue el único que se acordó de nosotros».

El Legado De Perón

Si bien los dos primeros objetivos básicos del Gobierno de Perón —la redistribución de la riqueza y el desarrollo de una economía más autosuficiente— eran loables, ambos fueron llevados a cabo en exceso y con ineficiencia extrema. Y por el exceso en los impuestos a la fuente de la riqueza, el sector agrícola, la situación económica empeoró.

La política de nacionalización de los servicios públicos extranjeros fue otro error económico increíble, si bien fue política y socialmente popular. Se desperdiciaron las reservas acumuladas durante la guerra para pagarles a los inversionistas extranjeros. La inversión necesaria para la posterior renovación de los servicios públicos tuvo que conseguirse a nivel local. Las reservas utilizadas para adquirir estos servicios fueron a parar, obviamente, al extranjero. La Argentina tuvo que conseguir capital de sus propios recursos decrecientes para renovar y reconstruir la infraestructura.

La única ganancia de la nacionalización fue que el Gobierno se hizo cargo de la gestión de estos servicios públicos, pero nadie podría afirmar que eso fue un éxito. De hecho, la competencia de la gestión se redujo drásticamente, mientras muchas de las empresas de servicios públicos nacionalizados se convertían en poco más que agencias de empleo y los gobiernos se mostraban reacios a caer en la impopularidad elevando las tarifas.

Varias décadas de mala gestión pública llevaron a una privatización masiva de los servicios públicos en 1992, que incluyó los ferrocarriles. Sin embargo, este proceso con frecuencia se manejó mal y la oposición pública a los aumentos de precios necesarios llevó una vez más a la intervención del gobierno.

Con el tiempo, muchas de las empresas manufactureras más ineficientes debieron enfrentarse a la competencia, como consecuencia de un comercio más libre, y desaparecieron. Además, los militares, que habían construido un enorme complejo industrial, fueron puestos en su lugar. Sin embargo, el país aún tiene una industria de fabricación de automóviles y una industria del acero, que es más pequeña y más eficiente, y que sobreviven en gran parte debido al apoyo del gobierno y a aranceles aduaneros regionales proteccionistas porque son importantes empleadoras de mano de obra.

Y este es el legado que dejaron el régimen de Perón y sus políticas: una inmensa migración a Buenos Aires, que en la actualidad tiene una población de más de 11 millones de habitantes. Los consumidores urbanos tienen que vivir de un sector agropecuario no muy eficiente y de una economía industrial aún menos eficiente. Mientras que las áreas periféricas de la pampas a lo largo de los Andes (Mendoza) y al noroeste, y las zonas productoras de cereales al norte (Santa Fe) han aumentado sustancialmente su productividad, las grandes áreas ganaderas de la pampa han cambiado más lentamente, aunque en los últimos años han empezado a hacerlo. Las exportaciones de carne, que alguna vez fueron la principal fuente de ingresos de exportación del país, ya han, prácticamente, desaparecido debido al aumento del consumo interno. Un país que ha elegido comer su carne vacuna en lugar de exportarla.

Este desequilibrio social y económico entre las zonas rurales y urbanas es una característica común de muchos países, pero en ninguno la dependencia urbana es tan marcada como en la Argentina. La resolución de este problema ha estado en el corazón de los esfuerzos del gobierno desde que Perón fue depuesto en 1955. Su regreso, en medio de la desesperación, en la década de 1970, no hizo nada para resolverlo.

El Legado Colonial

No todos los problemas pueden atribuírseles a las desastrosas políticas de Perón en el período de posguerra. Detrás de estas políticas estaba el largo legado de un régimen feudal, con un sistema de distribución de la tierra que se condecía más con la Edad Media y un individualismo en el que la cooperación y el compromiso no tenían nada que hacer.

El sistema colonial de la encomienda —por el cual se otorgaban grandes propiedades a quienes habían luchado contra los aborígenes, propiedades que incluían a las personas que vivían en dichas tierras— tuvo como resultado que la riqueza y el estatus los determinara el tamaño de las tierras, y esta ausencia de necesidad de trabajar para vivir persistió luego de que se lograra la independencia argentina.

La apropiación del territorio indígena, que comenzó en la década de 1830 y alcanzó su apogeo en la década de 1880, llevó a la aparición de una clase terrateniente extremadamente rica, que tenía buena relación con la nueva clase capitalista y gerencial británica. Esta nueva aristocracia terrateniente tenía mucho en común con la aristocracia terrateniente británica del siglo XIX. La ganadería se convirtió en la ocupación más rentable y la que tenía mayor estatus.

La producción de cereales, por el contrario, requería de mano de obra, que escaseaba, y de un manejo más intensivo. Los ricos propietarios de ganado estaban felices de dejarle esta actividad a la ola de inmigrantes que hacían el trabajo pesado, provenientes de Italia y Europa del Este, y que inundaron el país en el cambio de siglo.

La riqueza prodigiosa que generaron las inversiones en ferrocarril y el transporte marítimo barato permitió que esta nueva aristocracia viviera con gran estilo y confort, a menudo en París. Gran parte de la elegancia de Buenos Aires, si no toda, nace de este vínculo entre las ciudades. La aparición de una elite muy rica, que jugaba al polo, condujo a que se instaurara un sistema político, social y económico liberal y relajado, que permitió que esta floreciera con capital y gerenciamiento británico y trabajo inmigrante europeo.

Explotación Colonial Británica

Un reclamo político de la izquierda, demasiado frecuente, ha sido que el «pulpo» británico ha succionado la Argentina hasta dejarla vacía, como resultado de la explotación colonial. También se ha afirmado que la espectacular caída de la Argentina, que pasó de ser el país más rico de América Latina a una economía latinoamericana de segunda categoría es consecuencia de que los capitalistas británicos, en alianza con una oligarquía rural argentina, derrochadora y socialmente excluyente, extrajeron de ella sus riquezas.

Que a los inversores británicos les haya ido bien con sus inversiones en la Argentina es altamente probable, aunque difícil de estimar, y que lo hicieron a través de la inversión en la agricultura muy productiva de la Argentina es más que evidente.

Muchos de estos logros ya se han registrado en el presente trabajo y, simplemente, no es posible creer que la inversión y los conocimientos necesarios se podrían haber generado localmente, que es lo que suponen los nacionalistas y la izquierda. Las cantidades relativamente pequeñas de ahorro interno en el siglo XIX no se invirtieron en la infraestructura que transformó el país, sino en la especulación con las tierras, que era mucho más rentable.

Estas inversiones británicas, como todas las inversiones internacionales, no se hicieron con un espíritu de altruismo, sino que fueron motivadas por un interés propio. No hay ninguna necesidad particular para esperar gratitud por parte de los beneficiarios de estos bien encauzados actos de interés propio, pero negar que resultaron clave para el desarrollo de la Argentina solo sirve para envolver al país y a su desarrollo en una nube de autoengaño.

Es pertinente señalar aquí que los países de la Commonwealth británica que, como Argentina, se beneficiaron de la inversión capitalista (por ejemplo, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, como así también los EE. UU.) no han perdido tiempo y esfuerzos denunciando a los inversores británicos. Se ha reconocido ampliamente que existía un beneficio mutuo en esta relación.

Incluso la India ha reconocido «las consecuencias positivas de la dominación británica». En el año 2010, el primer ministro indio, Manmohan Singh, declaró en una conferencia en la Universidad de Oxford:

«Los beneficios de la dominación británica incluyen las nociones del estado de derecho, el gobierno constitucional, una prensa libre, un servicio civil profesional y el idioma inglés, legados que han servido bien al país».168

Revisando la historia de la India, el principal periódico de Delhi afirmaba al mismo tiempo «que es un hecho reconocido de la historia que los británicos fueron los mejores gobernantes coloniales del mundo».169

Sin embargo, la Argentina nunca fue colonia británica y lo que muchos críticos marxistas y socialistas omiten al criticar el «imperialismo» británico es que Gran Bretaña era diferente a otros regímenes imperialistas, al menos desde alrededor de 1850. Esto se debe a que, como consecuencia de la Revolución Industrial, Gran Bretaña comenzó a invertir fuertemente en los países que gobernaba y que no se trató de un poder metropolitano pura y despiadadamente extractivo, como lo había sido antes, y como, de hecho, lo eran otras potencias: España, Portugal, Japón y la Unión Soviética. Esto fue claramente así en América Latina, donde el dominio español fue despiadadamente explotador y dejó poco para la población autóctona. El «imperialismo» británico, por su parte, invirtió fuertemente en América Latina y el resultado fue un beneficio mutuo. Es imposible calcular si los beneficios resultantes se repartieron de manera equitativa, y así de difícil también es juzgar. Chile, Uruguay y Brasil —todos destinatarios de considerables capitales británicos— han evitado esa improductiva crítica.

No obstante, no es nuestro propósito analizar los pros y los contras del imperialismo británico, sino dejar en claro que se trata de una cuestión irrelevante para explicar el mal desempeño de la Argentina desde la Segunda Guerra Mundial.

La razón por la cual a Canadá, Australia y, por cierto, a muchos otros países les ha ido mejor que a la Argentina en las últimas décadas no puede atribuirse de forma creíble a la explotación británica y quienes insisten con este argumento solo contribuyen a oscurecer las explicaciones más relevantes y consentir un nacionalismo en extremo contraproducente.

El Factor Malvinas/Falkland

Un síntoma de la crisis de un país que busca echarle la culpa a otros de sus problemas ha sido la invasión, en 1982, de estas islas distantes y sombrías, ubicadas en una región en la que pocos ciudadanos argentinos, por no decir ninguno, desearían vivir. Siempre había quedado en claro para la mayoría de las personas que viven en la Argentina que el reclamo por estas islas invariablemente coincidía con algún tipo de crisis que el Gobierno quería ocultar haciendo demandas por su devolución. Los regímenes militares, ansiosos por distraer al público de sus faltas, con frecuencia realizaron reclamos similares por pequeñas extensiones de tierra en la Patagonia que también se adjudicaba Chile.

Si bien es razonable aceptar que las islas eran parte del Virreinato de Buenos Aires al momento de la independencia, en 1816, (los isleños aseveran que Gran Bretaña mantuvo su pretensión cuando evacuó las islas, en 1773), parece que convenientemente se pasa por alto que también pertenecían a este virreinato Bolivia, Uruguay y Paraguay, territorios mucho más ricos, que ningún gobierno argentino ha tratado de reconquistar.

Es extraordinario que en un país con un alto nivel de educación y sofisticación, cualquier debate sobre la propiedad de las Malvinas/Falkland se vea sofocada por una orden del gobierno. Un día, una alumna le preguntó a mi cuñada, que era la directora de una de las escuelas británicas de niñas más prestigiosas de Buenos Aires, a quién pertenecían las Malvinas/Falkland. Ella le respondió explicando la cuestión tanto desde el punto de vista de la Argentina como del de los isleños. Las autoridades educativas fueron notificadas de inmediato e intervinieron, reprendiéndola por exponer los dos lados del argumento.

Para muchos, fue una gran tragedia que tantos jóvenes perdieran la vida en este conflicto lejano, que duró solo 74 días, pero generó una xenofobia latente y peligrosa. En muchas partes del mundo, con gran frecuencia diferentes personas que vivían juntas en armonía han sido enfrentadas unas contra otras por políticos despiadados y que gustan de agitar las multitudes para promover sus propios intereses. El resultado de este intento fallido en particular tuvo un efecto positivo en la Argentina: la libró de un estamento militar corrupto e incompetente. Yo espero que esto permita que los futuros gobiernos se concentren en los problemas reales.

La Doctrina Prebisch

Aclamado por algunos como el Keynes de América Latina, Raúl Prebisch, un destacado economista argentino de la segunda mitad del siglo XX, fue el líder de un grupo agrupado en torno a la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), que afirmaba que el sistema de comercio internacional estaba sesgado en contra de los países en vías de desarrollo productores de materias primas. Se argumentaba que a medida que los consumidores y los países industriales más ricos se enriquecían cada vez más, su demanda de materias primas, en particular de productos alimenticios, no aumentaba proporcionalmente (hay un límite a lo que la gente puede comer) y que, por lo tanto, los productores de materias primas estaban en una permanente situación de desventaja de negociación ante las poderosas naciones industriales del mundo. En otras palabras, los términos de intercambio tenían un sesgo en contra de los países pobres productores de materias primas.

La solución propuesta era que estos países debían convertirse en autosuficientes a través de políticas de sustitución de importaciones. Este punto de vista no estaba injustificado en los años de entreguerras, cuando los términos de intercambio tras el derrumbe de Wall Street en 1929 eran desfavorables para los productores primarios, que sufrieron más que los países industriales como consecuencia de la recesión. El argumento en favor de la autosuficiencia se fortaleció aún más durante la Segunda Guerra Mundial, ya que Latinoamérica quedó aislada de muchas importaciones europeas importantes. No obstante, para cuando se promovió la doctrina Prebisch, ya existía una política de sustitución de importaciones bien establecida, principalmente a través de la CEPAL y sus economistas. Sin embargo, esta doctrina les dio a muchos de los que tomaban decisiones en el gobierno y que tenían una inclinación nacionalista o de izquierda la confianza necesaria para justificar sus políticas de sustitución de importaciones.

Si bien existen razones perfectamente buenas para proteger nuevas industrias que tienen potencial económico para crecer, como se ha argumentado anteriormente, la política de sustitución de importaciones se llevó hasta un extremo absurdo y contraproducente, que incluso Prebisch finalmente llegó a criticar. Quizás lo más importante es que tendía a separar a América Latina y la Argentina del comercio mundial y que, equivocadamente, desalentaba la producción agrícola con el argumento de que había un permanente sesgo mundial contra los exportadores agrícolas. Esto alentó a que, en la mayoría de los países latinoamericanos, se implementaran políticas de extrema autosuficiencia que terminaron siendo contraproducentes.

Los «tigres» asiáticos no cometieron este error. Fomentaron la creación de vínculos con los EE. UU. y el resto del mundo y también políticas orientadas al mercado, aunque protegieron las industrias emergentes. En consecuencia, a Corea del Sur, Taiwán, Japón, Malasia, Tailandia, Vietnam y Singapur —por no mencionar a China y la India— les ha ido, en general, bien.

La doctrina Prebisch perjudicó a la Argentina considerablemente, ya que su gran ventaja comparativa yace en el sector agropecuario más que en la industria, que ha sufrido debido a políticas de sustitución de importaciones en extremo celosas.

Esta lección la aprendieron por las malas primero Chile y más recientemente Brasil, dos países que hoy están progresando. Es cierto que Chile y Brasil cuentan con una ventaja comparativa en sus exportaciones a los EE. UU., ya que sus actividades comerciales tienden a complementarse con las del país del norte; por otro lado, el ganado y los cultivos de las zonas templadas de la Argentina compiten directamente con los productos de la actividad rural estadounidense. No obstante, la Argentina ha tenido, y seguirá teniendo, más mercados para sus productos en muchos otros países. Estos mercados pueden ser desarrollados y, de hecho, están siéndolo.

Una Herida Autoinflingida

Es tentador culpar del relativo fracaso de la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial al legado peronista de una economía de bienestar mal manejada, un derroche descontrolado y políticas mal dirigidas para lograr una autosuficiencia engañada. Sin embargo, debe reconocerse que para los políticos fue fácil explotar una estructura social sesgada. Y la promoción del desarrollo agropecuario por parte de Gran Bretaña la convirtió en aliada de esta clase. Fue una relación política tóxica que muchos políticos argentinos explotaron al máximo.

Es lamentable, sin embargo, que las inversiones británicas fueran en gran medida en infraestructura políticamente vulnerable y que los políticos no estuvieran dispuestos a aceptar la reciprocidad de beneficios que generaba asegurar que se manejaran con eficiencia.

Lo más perjudicial, sin embargo, fue el nacionalismo que los políticos fomentaron deliberadamente en contra de la inversión británica y, de hecho, estadounidense. El mal de la xenofobia afectó a este país con tantos extranjeros y perjudicó gravemente su desarrollo. Debe señalarse, sin embargo, que rara vez se tradujo en animosidad personal hacia los británicos o estadounidenses que residían en el país.

Un Olvido Injustificado

El objetivo principal de este libro ha sido el de intentar hacer lo que Fernández-Gómez describe como:

« …rescatar del olvido injustificado los nombres de los británicos que actuaron como agentes para el cambio progresivo de la Argentina, elevaron el perfil del país hasta 1920 y lo transformaron durante el proceso».170

Esperamos tener por lo menos un modesto impacto recordándoles a los lectores la enorme contribución que nuestros antepasados británicos hicieron para la creación de una Argentina moderna, y contribuir a volver a darles vida a las palabras que ese gran estadista argentino, Bartolomé Mitre, pronunciara en 1905 sobre Gran Bretaña, y que aparecen en la portada de este libro:

« …cuya influencia en todo momento ha sido beneficiosa para la suerte de la República y deberá serlo con mayor eficacia en el futuro».

Que el motivo para el desarrollo de la relación haya sido el interés económico no es ni sorprendente ni inusual y sería ingenuo esperar lo contrario. Por otro lado, hubo una ganancia mutua en esta relación, algo que otras potencias imperiales no proporcionaron.

Si los beneficios fueron compartidos equitativamente o no es algo que no puede sopesarse objetivamente y no es un tema de debate particularmente fructífero. Es un hecho, sin embargo, que para la década de 1920 la Argentina había dejado de ser la pequeña comunidad rural que había sido 50 años antes y se había convertido en un importante centro de actividad y en una importante economía mundial, que producía tanta riqueza como todos los demás países de América del Sur juntos.

Los recursos agropecuarios de la Argentina le permitieron convertirse en uno de los países productores más eficientes del mundo, uno que ofrecía toda una gama de exportaciones agrícolas y ganaderas. Sin embargo, ante las esperanzas de competir con los EE. UU. y otras economías industriales se ignoró el hecho de que la Argentina no posee materias primas industriales ni un mercado interno lo suficientemente grande como para lograr salir ganando.

El orgullo desmedido por los logros del país y las enormes reservas financieras con las que llegó a contar después de la Segunda Guerra Mundial llevaron a que se adoptaran varias políticas desastrosas. La Argentina hizo caso omiso de las lecciones de éxito económico, replegándose sobre sí misma, tratando de ser autosuficiente y embarcándose en imprudentes programas de bienestar, mal administrados y que atrajeron a una vasta población a la megalopolitana Buenos Aires y generaron problemas económicos y sociales perdurables.

Culpar a Gran Bretaña, a los EE. UU., al FMI y al sistema económico mundial en general fue una táctica política fácil, pero corta de miras y equivocada. Simplemente pospuso la curación de las heridas económicas y sociales autoinfligidas que el régimen de Perón creó y que otras causas subyacentes agravaron.

La Argentina posee inmensos recursos naturales que aún puede desarrollar de manera eficiente y cuenta con una población enérgica, talentosa y educada que tiene la capacidad para lograrlo, siempre y cuando las políticas del gobierno se concentren en las ventajas comparativas del país y todo se haga a través de las instituciones correspondientes.

La necesidad de instituciones apropiadas se evidencia en un comentario hecho por mi hermano mayor, un laborioso ingeniero civil que trabajó en la Argentina durante 25 años en los ferrocarriles, en frigoríficos y en la industria petrolera, y luego, totalmente harto, al igual que muchos argentinos profesionales, emigró a Nueva Zelanda. Para él, la calma del orden era el paraíso y, sin embargo, me escribió diciendo: «En comparación con los trabajadores argentinos, los neozelandeses son perezosos». El éxito relativo de Nueva Zelanda, en gran medida una economía rural en el fin del mundo, no ha dependido principalmente del esfuerzo, sino de las instituciones y las políticas. ¿No hay aquí una lección que Argentina debería aprender?

Colin Lewis hace un sagaz análisis del desempeño de la economía argentina y argumenta:

« …utilizando las trayectorias de crecimiento de Canadá y Australia como indicadores, es posible sostener que la economía argentina habría sido un 50 % más grande (y, posiblemente, dos veces más grande) a principios de la década de 1980 si se hubieran aplicado políticas menos aislacionistas y menos intervencionistas a partir de 1920».171

Muchos estarán de acuerdo con la conclusión de Lewis: «los argentinos han sido perjudicados por sus políticos».

La Argentina siempre ha recibido a los inmigrantes con los brazos abiertos y todos estos han hecho una contribución significativa al país. Por lo tanto, es incomprensible que los políticos argentinos hayan logrado, con tanta facilidad, despertar una xenofobia nacionalista contra muchos países extranjeros. Es imposible no estar de acuerdo con que la mayoría de los líderes políticos del país han prestado un mal servicio y cabe esperarse que, con la caída del incompetente y corrupto gobierno militar, sus políticas queden en el pasado y se logre un reconocimiento más equilibrado de la cantidad de diferentes comunidades que han contribuido y pueden contribuir al bien común y se las aprecie completamente. Un país con tantos hombres y mujeres talentosos y enérgicos tendría que haber podido obtener mejores resultados en el campo político y económico.

Desafortunadamente, Buenos Aires ha actuado como un imán para un poderoso y masivo electorado, reclutado en actividades estatales improductivas y empresas no rentables. Así que, si bien los políticos son un blanco fácil para culpar ante los malos resultados del país, las elecciones de 1916, que llevaron al poder a una clase urbana que deseaba comida barata y servicios públicos baratos, han hecho difícil que los políticos logren satisfacer sus demandas electorales sin penalizar al sector agrícola y a los inversores de los servicios públicos.

Por último, la existencia de fuertes relaciones de parentesco, como es normal en la mayoría de las sociedades, ha debilitado una función eficiente en la administración pública y se ha traducido en que los intentos por utilizar al Gobierno como motor de crecimiento económico y social hayan hecho más daño que bien.

Sin embargo, en la Argentina existe una enorme reserva de energía y talento, así como muchos recursos naturales que pueden utilizarse para poner al país en un camino de crecimiento más vigoroso. Esto implica, sin embargo, mirar hacia afuera en lugar de hacia adentro, como lo han hecho los países asiáticos. En América del Sur, el rápido progreso que recientemente han experimentado Chile, Brasil y Perú se ha logrado empleando las habilidades y la energía de su gente con tecnología, gestión y capital extranjero.

La edad de oro del desarrollo de la Argentina requiere de colaboración entre capital extranjero, gestión y trabajo, sobre una base de políticas económicas y sociales liberales que siguen siendo importantes hoy en día y que son cruciales para que la Argentina resurja de su pasado turbulento.

Mientras que recrear las relaciones pasadas no es ni posible ni deseable, tratar de enterrar el pasado o definirlo en términos marxistas como un sistema explotador e imperialista no hace justicia a los hechos y es un importante obstáculo para que se puedan aceptar soluciones liberales.

Esperemos que este recordatorio de cómo Gran Bretaña y los británicos contribuyeron a la creación de una Argentina moderna sirva para enfatizar los fuertes orígenes y relaciones internacionales del país, así como también la importancia de que estas últimas se desarrollen aún más.

Referencias del capítulo IX

150. http://facts.randomhistory.com/
151. Wright, W. R. British-owned Railways in Argentina. Austin: University of Texas Press, 1974.
152. Wright, W. R., ibid.
153. Wright, W. R., ibid.
154. Wright, W. R., ibid.
155. Wright, W. R., ibid.
156. Wright, W. R., ibid.
157. Rock, D. Argentina. 1516–1987. Berkeley: University of California Press, 1987.
158. Wright, W. R., ibid.
159. Wright, W. R., ibid.
160. Josephs, R. Argentine Diary. Londres: Victor Gollancz Ltd., 1945.
161. Lewis, P. H. The Crisis of Argentine Capitalism. Raleigh, NC: University of North Carolina Press, 1990.
162. Rock, D., op. cit
163. Brebbia, C. A. Patagonia, a Forgotten Land: from Magellan to Peron. Southampton: WIT Press, 2007.
164. Brebbia, C. A., ibid.
165. Lewis, P. H., op. cit.
166. Wright, W. R., ibid.
167. Informado por la hija del director ejecutivo
168. Conferencia de Manmohan Singh, primer ministro de la India, en la Universidad de Oxford, el 8 de julio de 2010.
169. Periódico The Pioneer , de New Delhi, publicado en The Economist el 15 de agosto de 2010
170. Fernández-Gómez, E. M. Argentina: Gesta Británica (cinco vol.). Buenos Aires: L.O.L.A., 1993, 1998, 2004
171. Lewis, C. M. Argentina: a Short History. Oxford: One World, 2002.

Lecturas recomendadas
Mientras investigaba para escribir este libro, me encontré con muchas historias, que han caído en el olvido hace ya mucho tiempo, de personas que vivieron vidas fascinantes en la Argentina. Muchas son meditadas y están bellamente escritas, y cuentan de primera mano la historia de ciertos eventos y personajes que reconocemos del pasado. Es lamentable que no sea sencillo conseguir todos estos relatos, pero se me ocurre que a cualquier lector que quiera extender sus lecturas sobre este tema le serán útiles algunas recomendaciones.

Lo que he hecho aquí, por lo tanto, es buscar en los sitios web de Amazon Books y AbeBooks los libros de referencia que he consultado y disfrutado, ya que los lectores pueden verse tentados a hacer lo mismo.

Como punto de partida general para el tema de los británicos en la Argentina, el admirable relato de The Forgotten Colony (La colonia olvidada), de Andrew Graham-Yooll, trata de las diversas actividades de los inmigrantes británicos en estas tierras y se vuelve una introducción fundamental. Para quienes tengan interés en leer un libro de historia argentina equilibrado y bien escrito, Argentina 1516–1987, del profesor David Rock, es uno de los mejores que se puede conseguir.

En esta categoría general no puedo dejar de mencionar el trabajo de cinco volúmenes de Emilio Fernández-Gómez, Argentina: Gesta Británica, aunque este lo recomiendo solo para investigadores diligentes y verdaderos. Si bien se trata de una mina de oro de información sobre los británicos, nunca usa una sola palabra si puede emplear tres. Y si bien su admiración por todo lo británico es un cambio agradable y sus críticas hacia quienes han gobernado la Argentina nunca se ven restringidas por la moderación, uno debe ser un lector decidido para moverse a través de estos, sin duda invaluables, documentos sociales. Se encuentran, por supuesto, en español.

Para mi gran sorpresa, encontré que los dos libros de J. y W. Robertson, Letters on Paraguay (tres vol.)(Cartas de Paraguay), de 1839 y Letters on South America (tres vol.) (Cartas de Sudamérica), de 1843, han vuelto a imprimirse y están disponibles en Amazon. Si bien cada título comprende tres volúmenes, constituyen una lectura entretenida. No solo registran cómo era hacer negocios en los caóticos días posteriores a la independencia, sino que el atrapante relato de su vida social nos brinda una visión de un mundo diferente. Los hermanos se mezclan con todos los reconocidos líderes de la revolución. John es un observador en la Batalla de San Lorenzo, invitado por su amigo San Martín, y es un favorito (durante un tiempo) del dictador paraguayo Francia. John narra cómo, en Paraguay, una dama de 80 años le da una serenata y cómo les sirven la cena pequeños negritos esclavos desnudos. Los hermanos también son observadores muy perspicaces del escenario político y de los británicos que residen en el país y sus observaciones son relevantes incluso en la actualidad.

La gran mayoría de los lectores estarán interesados en las biografías y autobiografías que traen a la vida un mundo del pasado lejano, así como personas y costumbres que posiblemente no sean ya ni recuerdos. Son un recordatorio de las penurias y los placeres que nuestros antepasados sufrieron y disfrutaron.

En primer lugar entre estas autobiografías, yo ubicaría la de Jane Robson, quien llegó al país junto con sus padres a bordo del SS Symmetry en 1825. Sus padres trabajaban como sirvientes de los ocho agricultores que emigraron para establecer la colonia escocesa en Monte Grande. Es muy raro encontrar una historia escrita por una inmigrante que nunca fue escolarizada y que narra, con un estilo conmovedor e impresionante, la forma en que tuvo que luchar para criar a su familia en la Pampa. Finalmente, pudo comprar una estancia pequeña en Chascomús y construir una sala para la iglesia escocesa que ayudó a erigir en ese delicioso pueblito. Narra su historia en un libro editado por Iain Stewart: From Caledonia to the Pampas. El libro también incluye un diario del viaje, en el que no ocurren mayores incidentes, escrito por uno de los agricultores.

Otra autobiografía, de un estilo diferente, es la de Lucas Bridges, titulada Uttermost Part of the Earth (El último confín de la tierra). Este relato es acerca de la vida de Lucas y también de la de su padre, misionero y criador pionero, que estableció una granja de ovejas en la Patagonia. No obstante, lo que verdaderamente lo distingue es que probablemente se trata del único relato de un europeo que vivió y trabajó durante muchos años con una comunidad de subsistencia tradicional. Si bien existe una gran cantidad de libros escritos por antropólogos y aventureros, Lucas, durante las primeras etapas de su vida, trabajó y vivió con los onas de Tierra del Fuego. Aunque él era su empleador, trabajaba a la par de ellos, luchaba con ellos y fue aceptado en su clan. Lucas, una persona excepcionalmente capaz y comprensiva, nos dejó un libro clásico de innovadora antropología personal.

La historia de los Halliday, campesinos escoceses de las Malvinas/Falkland que establecieron la primera granja de ovejas en Río Gallegos, está bien contada en el libro de Michael Mainwaring From the Falklands to Patagonia. Aquí, en el capítulo VII, relatamos las terribles primeras experiencias de esta resistente familia pionera. En el libro de Mainwaring, la historia continúa hasta que finalmente llegan a establecer una exitosa estancia.

George Musters, un explorador extraordinario, pasó un año viajando de sur a norte por la Patagonia con los tehuelches y relató su experiencia en At Home with the Patagonians (Vida entre los patagones). Comiendo la comida de los aborígenes y, a menudo, vistiéndose con sus prendas, sobrevivió a lo que para la mayoría de nosotros sería una existencia horrible, de la cual él emerge como un fuerte admirador de estas personas resistentes y es adoptado por su comunidad. Su hazaña todavía se recuerda y un lago fue nombrado en su honor.

Un relato muy diferente, que trata de lo que significaba vivir, siendo una niña, en estas llanuras remotas y sombrías y, más tarde, al pie de los Andes —donde la nieve se acumula formando pilas de varios metros de altura en invierno, la tierra se chamusca en verano y el vecino europeo más cercano estaba a dos días de viaje— es la narración que Mollie Robertson hace de los siete años que pasó en la Patagonia. Su libro, The Sand, the Wind and the Sierras (La Arena, el viento y las sierras), es un relato memorable y agradable de su vida con los animales pequeños que ella adopta, que recuerda a uno de Gerald Durrell, My Family and Other Animals (Mi familia y otros animales), aunque en el caso de Mollie, ella no tenía ni hermanos ni una isla griega. Hay un desgarrador relato de cuando finalmente debe partir para ir a la escuela y su padre tiene que dispararles a todas sus mascotas favoritas, ya que no quedará nadie para cuidarlas.

Para los interesados en saber más sobre la historia de la Patagonia, Carlos Brebbia ha escrito un relato excelente en Patagonia, a Forgotten Land: from Magellan to Peron.

Más hacia el norte tenemos a uno de los más geniales escritores y naturalistas británicos, G. E. Hudson, quien recuerda los días de su infancia, cuando perseguía aves en la Pampa, en la década de 1840. Hudson, quien llegó a ser presidente de la Royal Society for the Protection of Birds, tenía 78 años cuando, luego de una larga enfermedad, se sentó y escribió en seis semanas, con su prosa límpida, una de las más grandiosas autobiografías en idioma inglés, Far Away and Long Ago (Allá lejos y hace tiempo). Otro de sus libros, escrito 25 años antes, relata una vida de ensueño, salpicada con aventuras de naufragios y víboras: Idle Days in Patagonia (Días de ocio en la Patagonia) es otro relato bellamente elaborado sobre la vida en esa tierra distante.

Muchos quizás pospongan la lectura de A Naturalist’s Voyage Around the World (Viaje de un naturalista alrededor del mundo), de Charles Darwin, debido a la eminencia de este gran científico y en la creencia de que se trata de un trabajo científico. De hecho, se trata de una muy buena lectura, especialmente cuando cuenta sus recorridos a caballo por la Pampa y su exploración de la Patagonia. Escribe deliciosamente y con una vitalidad y exuberancia juvenil que uno no logra asociar con ese científico anciano, de apariencia enclenque, que pasaba el tiempo en su casa de Kent, ocupándose de los especímenes que coleccionaba. Su peligroso viaje a través de tierras aborígenes y su reunión con el general Rosas constituyen una espléndida lectura.

Existen sorprendentemente pocos libros sobre la vida en las estancias. Pioneering in the Pampas (Un poblador de las pampas), de Richard Seymour —una historia basada en una inversión en 24.000 hectáreas (60.000 acres) que Seymour compra por tan solo £600— es un relato sobre el trabajo de un capitalista de riesgo que comienza con una choza de barro cerca de lo que hoy es Venado Tuerto.

La historia de las tres generaciones de la rica familia escocesa Gibson ha quedado muy bien registrada en los diarios de Herbert Gibson, a quien más tarde le fuera concedido el título de baronet. Se trata de un relato espléndido, aunque más bien soso, acerca de una de las grandes familias pioneras. Los miembros de la familia Gibson comenzaron siendo comerciantes en la década de 1820, luego extendieron su actividad a la adquisición de estancias y, más tarde, a otras empresas y ferrocarriles. Fueron grandes inversores e innovadores y Herbert, en particular, fue un hombre de muchas aristas: inversor, empresario, escritor e investigador. La historia de la enorme contribución de Herbert y su familia al desarrollo de la Argentina está muy bien contada en Don Heriberto, Knight of the Argentine, de Iain Stewart. Es, sin embargo, un libro que probablemente disfruten más los historiadores e investigadores, ya que su valor radica en la información que proporciona más que en algún mérito literario.

Las cartas de George Reid, que pasó cuatro años en Entre Ríos tratando de establecer una granja con un capital de alrededor de £4.000, se publicaron con el título de A South American Adventure. Es un saludable recordatorio de que hubo muchos pioneros que fallaron en sus intentos. Al igual que muchos otros agricultores-inversionistas ingleses que se establecieron en Entre Ríos sobre el final del auge de la cría de ovejas, en la década de 1860, George compró las tierras justo en la época en que Urquiza, el caudillo local, fue asesinado. Reinó entonces la anarquía durante varios años, ya que el Gobierno de Buenos Aires parecía tener dificultades para suprimir la revuelta. A George le dicen que esto era algo deliberado, ya que a varios generales y políticos clave les estaba yendo muy bien gracias a esta situación. George relata tiempos tanto buenos como malos, pero finalmente sucumbe a los huracanes que arrojan sus ovejas a las lagunas y a los soldados que roban sus caballos y matan su ganado y, al final, deja este «país maldito».

A quienes les interesen las visiones e ideas históricas más amplias, les recomiendo el gran libro de Domingo Faustino Sarmiento, Civilization and Barbarism Civilización y Barbarie. Compuesto hace ya mucho tiempo, en 1845, se trata de un clásico que, de haber sido escrito en inglés, se ubicaría junto a los de Macaulay y Gibbon, los grandes historiadores de Gran Bretaña. El análisis que hace Sarmiento del efecto que tiene el entorno en la forma de pensar y actuar de la gente es una gran pieza de análisis predarwiniano, redactada en un estilo muy elegante. Los interesados en la historia de las ideas disfrutarán este libro.

Por último, quienes tengan interés en el desarrollo económico y social y en las razones por las cuales algunos países tienen éxito y algunos países no, y en cómo fue que Gran Bretaña y Europa occidental fueron líderes durante siglos de crecimiento sostenido, deben leer el análisis espléndidamente bien escrito del Profesor David Landes, The Wealth and Poverty of Nations (La riqueza y la pobreza de las naciones). Y quienes estén desconcertados por los motivos por los cuales los países de América del Norte y del Sur han tomado caminos algo diferentes, deberían leer el reciente libro del profesor Niall Ferguson, Civilization: The Six Ways the West Beat the Rest(Civilización: Occidente y el resto), en el que trata de establecer por qué Occidente dejó al resto del mundo atrás.

British Empire Book
Britain and the Making of Argentina
El autor
Gordon Bridger nació y se crió en la Argentina, asistió allí al St. Albans College y luego dejó el país para estudiar economía en la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres y en la Universidad de Manchester. Trabajó para las Naciones Unidas en África y América Latina y, posteriormente, como economista del desarrollo para el Gobierno Británico. Ha escrito otros libros y un relato muy personal titulado How I Failed to Save the World (Cómo fracasé en salvar al mundo) en el cual cuenta el trabajo que llevó a cabo durante 40 años ocupándose de programas de ayuda en todo el mundo.
La traductora
Verónica Minieri nació en Bahía Blanca, Argentina, en 1976. Desde niña le interesaron los idiomas y, cuando tuvo la posibilidad, estudió Traducción Pública en la Universidad Nacional del Comahue. Se ha desempeñado como docente de Inglés e Inglés Técnico en todos los niveles, desde primario hasta universitario. Hoy, desde su casa en la frontera patagónica, se dedica a la traducción entre el inglés, el italiano y el español. Ha traducido mayormente artículos científicos y técnicos, y también novelas, cuentos y poesías.
Editor
Publicado en idioma inglés en 2013 por

Wessex Institute of Technology Press
Ashurst Lodge
Ashurst
Southampton
SO40 7AA
Tel: +44 (0) 238 029 3223
Fax: +44 (0) 238 029 2853

25 Bridge Street
Billerica
MA 01821
USA
Tel: +(1) 978 667 5841
Fax:+(1) 978 667 7582

Disponibilidad
Abebooks
Amazon
También por el autor
How I Failed To Save The World, Or Forty Years Of Foreign Aid
www.argentinagranbretanadesarrollo.co.uk


Articles




Share